Hacia la utopía (o la distopía) urbana. Experimentos de control total

Por Simone Pieranni. Periodista italiano, vivió en China entre 2006 y 2014. Entre sus libros, se destacan Red Mirror. El futuro se escribe en China (Edhasa, Buenos Aires, 2021) y 2100. Come sarà l’Asia, come saremo noi (Mondadori, Roma, 2024).

Las ciudades chinas pasaron por varias fases, desde los intentos de volverlas el reflejo de la nueva China revolucionaria –a menudo de manera monumental, al estilo soviético– hasta la construcción de ciudades inteligentes. De la mano de la utopía de la eficiencia, emerge la distopía de un control de dimensiones hasta ahora desconocidas.

 

Beijing, la antigua ciudad sin historia

Beijing podría haber sido completamente distinta de lo que es hoy, o sea más similar al pasado. En diciembre de 1948, Liang Sicheng, considerado el padre de la arquitectura china, presentó a los dirigentes comunistas un plan para hacer de Beijing una capital capaz de conciliar las novedades de la revolución comunista y sus valores, junto a su historia de antigua capital imperial; poco después, el choque con los nacionalistas habría terminado con la victoria del Partido Comunista de China (pcch) y la proclamación del nacimiento de la República Popular el 1 de octubre de 1949. Beijing, la antigua Dadu mongol, había sido la capital más longeva en la milenaria historia china y estaba habitada por estructuras y monumentos que Liang esperaba preservar, haciendo de ello el núcleo de la Beijing del futuro.

Liang había nacido en Tokio en 1901, porque el padre había debido huir de la China de los Qing tras el fracaso de un intento de reforma y modernización del moribundo Estado chino. Regresó a China en los años 20 y, tras graduarse, gracias a un programa que permitía a algunos chinos ir a estudiar al exterior, continuó sus estudios en la Universidad de Pensilvania. Luego, retornó otra vez al país para crear los fundamentos arquitectónicos de la Nueva China. Su vida estuvo ligada con doble filo a su mujer, una famosa poeta, Lin Huiyin (cuya belleza produjo muchas anécdotas, incluido un flechazo fragoroso por ella, sin ningún éxito, por parte del símbolo cultural indio Rabindranath Tagore). La pareja viajó a lo largo y a lo ancho de China a la búsqueda de templos, palacios y estructuras de la antigüedad para concebir un desarrollo urbano «chino». Hoy Liang y Lin son venerados como Diego Rivera y Frida Kahlo en México: nacidos en familias aristocráticas y progresistas, además de haber estudiado en Estados Unidos, habían viajado mucho por Europa.

«Liang y Lin fundaron todo el campo de la arquitectura histórica china», afirmó Nancy Steinhardt, profesora de Arte de Asia Oriental en la Universidad de Pensilvania, ya que, valiéndose de la poca información disponible en aquel tiempo, siguiendo indicios hallados en textos antiguos, utilizando el análisis de murales así como de antiguos cantos folclóricos, lograron «mapear» cerca de 2.000 templos, pagodas y monasterios que estaban a punto de perderse para siempre. Steinhardt, al respecto, precisó que «fueron los primeros en hallar estas antiguas estructuras. Pero la importancia de sus estudios de campo va más allá: dado que muchos templos fueron más tarde destruidos –durante la guerra con Japón, la guerra civil y los ataques comunistas a la tradición, como la Revolución Cultural–, sus fotos y sus investigaciones son todavía hoy documentos inestimables».

Volvamos a Beijing, en 1949. Mao creó una Comisión para la Planificación Urbana de la capital con una idea precisa: hacer de la ciudad la representación de la Nueva China; grandeur, edificios mastodónticos y un centro industrial capaz de transportar a China hacia la modernización. Ideas más bien distintas de las de Liang, quien sin embargo se puso a disposición de la nueva dirigencia comunista para hacer su contribución. No exactamente lo que pensaba Mao, en definitiva. No obstante ello, Liang presentó al pcch un listado de estructuras arquitectónicas de la ciudad que a su parecer debían conservarse e hizo más: propuso que las estructuras administrativas fueran ubicadas fuera de la ciudad. Para Liang, la ciudad antigua era un museo y debía ser preservada y tutelada, incluidas las murallas.

En 1950, su propuesta, apoyada por otra estrella de entonces entre los arquitectos chinos, Chen Zhanxiang, fue presentada oficialmente. Sin embargo, no tuvo gran éxito, también porque en aquel momento la dirigencia comunista estaba fuertemente influenciada por los «consejeros» soviéticos enviados por Stalin para sostener los esfuerzos chinos. Los soviéticos, al contrario que Liang, sostenían que la nueva capital debía surgir sobre los cimientos de la vieja. En la práctica, la vieja ciudad debía ser destruida. Un enfoque afín a la voluntad de Mao, que imaginaba, con muy escaso respeto hacia el pasado, una Tiananmén gigantesca además de industrias, fábricas y chimeneas. Y como ocurrió en otros momentos de la historia china, aun antes de que los expertos presentaran sus planos, algunas operaciones decididas desde lo alto, en realidad, ya estaban en fase de completarse. La demolición de las murallas de la ciudad, por ejemplo, ya se había iniciado antes de que Liang entregara su proyecto, en el cual el antiguo anillo de murallas era, en cambio, considerado «un bellísimo collar nacional».

Liang y sus ideas fueron dejadas de lado, y a Liang y Lin, de allí en adelante, la vida les reservaría solo dramas. Lin murió en 1955 de tuberculosis; durante la Revolución Cultural, Liang fue obligado a llevar un cartel negro en el cuello que lo sellaba como «autoridad académica reaccionaria». Tras un periodo de vejaciones, abusos y humillaciones –destino análogo al de muchos otros–, Liang murió en 1972, convencido de que el trabajo de toda una vida, suyo y de su mujer, había sido desperdiciado. Como sucedió con muchos otros, no fue así: tras la muerte de Mao en 1976, Liang Sicheng estuvo entre los primeros intelectuales que fueron rehabilitados (en su caso, de manera póstuma). La poesía de Lin Huiyin volvió a publicarse con gran éxito y el retrato de Liang apareció también sobre un sello postal en 1992. Pero Beijing no volvió atrás: durante el periodo maoísta, ya se había transformado en uno de los principales centros industriales del país. Durante el primer plan quinquenal –de 1953 a 1958– fueron proyectadas construcciones industriales con un ojo puesto en el sector eléctrico (se construyeron 21 nuevos establecimientos, además de los 104 ya existentes). No faltaban las acerías: en 1990, en Beijing vivían dos millones de obreros empleados en las fábricas de la capital. Los edificios históricos habían sido casi por completo demolidos.

La ciudad fantasma

Vivir en China significa buscar la historia en ciudades que a veces asumen las semblanzas de las metrópolis visionadas por la imaginación ciberpunk: ultratecnológicas pero decadentes, con rascacielos y neón espejando las lluvias copiosas, a lo Blade Runner. Se trata en muchos casos de investigaciones enervantes y decepcionantes: cuando vivía en Shanghái, viajé a Suzhou, la «Venecia china», pero ya la ciudad sobre el agua era una especie de parque de juegos, así como la parte vieja de Shanghái, falsa y desoladora. O también Hangzhou y su Lago Occidental, semejante a un centro comercial a cielo abierto; Urumqi en Xinjiang, igual a otras mil ciudades chinas, salvo las callejuelas de los mercados y de los restaurantes en las cuales quedaba un vago sabor arabizante; Xi’an, otra de las viejas capitales, fagocitada por la urbanización y la contaminación. Y así Nankín, Cantón, hasta llegar a las «nuevas» Shenzhen, Ningbo o la más ciberpunk de todas, Chongqing, un mix entre una novela de William Gibson y Ciudad Gótica.

Se dice que China es el único país del mundo donde tomas un tren, recorres millares de kilómetros, bajas y tienes la impresión de estar en el mismo punto del que partiste. Se trata de una constatación que no hace justicia a pequeñas gemas que todavía se encuentran, pero expresa bien la idea. Cuanto menos, atestigua una sensación occidental de laowai1, porque en realidad los chinos viven todo con espíritu laico y poco preocupado por la preservación y la restauración del patrimonio cultural. China es un país del todo ocupado en construir el futuro, el suyo.

En los últimos 20 años, China construyó 20 nuevas ciudades por año, urbanizando –solo en los primeros diez años de los 2000– a un número de personas equivalente a toda la población estadounidense. Uno de los resultados de esta tendencia es el de las llamadas «ciudades fantasma».

Territorios surcados por edificios uno al lado del otro, o barrios flamantes unidos por una característica: están aparentemente desiertos. Es un fenómeno que los chinos han llamado «muros sin mercados», ciudades incompletas o vacías construidas antes aún de tener habitantes prontos a vivir en ellas, fruto de la especulación inmobiliaria y de la ansiedad de pib de la China contemporánea. William Hurst, profesor de Ciencias Políticas de la Northwestern University, contó que «las personas no querían mudarse a áreas carentes de servicios públicos básicos como salud, escuelas, transportes y centros comerciales, mientras que los gobiernos locales eran reacios a construir las infraestructuras necesarias hasta que no hubiera allí bastantes personas como para justificar los costos». Un auténtico cortocircuito.

Pero las cosas en realidad están cambiando, si bien solo desde hace algunos años. En 2015, el fotógrafo de Chicago Kai Caemmerer decidió ver personalmente de qué se trataba y visitar algunas de estas ciudades. Lo que encontró no era para nada lo que esperaba. «Al inicio –le contó a la revista Wired– estaba inspirado por algunos de los artículos (sensacionalistas) que había leído sobre las nuevas ciudades fantasma de China». Excavando un poco más hondo, sin embargo, «se volvió bastante claro que muchas de estas ciudades fantasma no estaban de ningún modo abandonadas o extintas, como habían sido descritas, sino más bien eran muy nuevas». Así, máquina fotográfica en mano, Caemmerer pasó unos tres meses explorando tres de las llamadas ciudades fantasma: el distrito de Ordos, Kangbashi, el distrito financiero de Yujiapu en la nueva área de Binhai cerca de Tianjin y la ciudad del lago Meixi cerca de Changsha.

Estas ciudades tienen un origen político, porque nacen del deseo de funcionarios del gobierno local y de su visión acerca del desarrollo inmobiliario y urbano, visto como única inversión segura y de alto rendimiento que puede ayudar a alimentar el crecimiento económico (del cual depende su carrera).

El poblamiento de estas ciudades, sin embargo, parece ya encaminado: Kangbashi, por ejemplo, cuenta hoy con unos 100.000 habitantes. El ejemplo de las «ciudades fantasma» también nos dice mucho de la manera en que, con frecuencia, China es relatada: se busca el sensacionalismo –grandes ciudades completamente deshabitadas– para confirmar nuestro prejuicio de que el desarrollo chino es algo insensato o cuanto menos bizarro, «extraño pero cierto», sin profundizar y sobre todo las más de las veces sin verificar algunas cuestiones (por ejemplo, como hizo Caemmerer, yendo personalmente a los lugares). No por casualidad, la veta de las «ciudades fantasma» parece haberse agotado, en la prensa principal internacional, en el momento en que comenzaron a poblarse.

Las ciudades inteligentes

Ciudades antiguas, modernas, nuevas, nuevísimas, «fantasma». El progreso chino, a veces sin que se mire mucho hacia atrás, no podía finalmente sino aterrizar sobre el nuevo concepto de ciudad que se está afirmando en el mundo, o sea, las ciudades inteligentes. Y, como de costumbre, China no quiere ser una más en esta tendencia, sino que quiere primar.

Sobre las ciudades inteligentes existe un amplio debate en todo el mundo, entre el deseo de poner la tecnología a disposición de los habitantes y los riesgos de un control sobre la vida de las personas que parece volverse una discusión cada vez más controvertida. En su libro Design, Control, Predict: Logistical Governance in the Smart City [Diseñar, controlar, predecir. Gobernanza logística en la ciudad inteligente], Aaron Shapiro introduce así el tema:

La tecnología está reconfigurando la vida urbana. En las «ciudades inteligentes», los datos y la información no se limitan a representar los procesos urbanos: intervienen en ellos. Los flujos de datos y las arquitecturas de la información estructuran nuestra experiencia, mediando nuestro acceso a instituciones, recursos y servicios. Los algoritmos traducen los input de datos en output «utilizables», anticipando los flujos futuros de personas, materiales e información e intercediendo para garantizar o prevenir determinados resultados. Las tecnologías de la ciudad inteligente calculan, calibran y movilizan; identifican y explotan fuentes de eficiencia cada vez más pequeñas. Y ya están transformando el modo en que el espacio público es proyectado y administrado, cómo son gestionados el trabajo y los trabajadores, cómo son controlados los barrios y las comunidades.2

Una descripción que calza como un guante a lo que está ocurriendo en China. Basta tomar tres ejemplos casuales, en las ya citadas Hangzhou, Chongqing y Shenzhen. En la primera, una ciudad de 10 millones de habitantes, las cámaras de video filman cada movimiento: máquinas, peatones, cruces. Los algoritmos mastican los datos y entregan un plan para gestionar mejor el tránsito. Desde hace algunos años, en la metrópolis meridional china está en uso un sistema de ciudad inteligente: se llama City Brain [Cerebro de la ciudad] y fue creado por Alibaba. Según la administración local, el algoritmo de la empresa de Jack Ma habría ya contribuido a reducir los embotellamientos en 15%. Sus creadores especificaron que City Brain puede prever «dónde se verificarán los embotellamientos y prevenir los accidentes viales instituyendo el control preventivo del tránsito».

En Chongqing, la automatización procede a etapas forzadas, señalada por artículos que describen robots que sirven el café o acomodan las sillas de las oficinas al final de una larga reunión. En el proyecto ciudadano están involucradas entidades no solo chinas, como por ejemplo el estudio de arquitectura danés Big, que junto con Terminus (una empresa china que se ocupa de recoger datos y proporcionar reportes sobre todos los aspectos –contaminación, consumos y movimientos de las personas– de un determinado territorio) planificó un barrio completamente gestionado por la inteligencia artificial. El proyecto –denominado Cloud Valley– preveía utilizar sensores y dispositivos para recoger datos sobre todo, desde el clima y la contaminación hasta las costumbres alimentarias de las personas, para satisfacer automáticamente las exigencias de los residentes. «Está volviendo esta idea de vivir en un pueblo donde, si te presentas en un bar, incluso si es la primera vez que estás allí, el barman conoce tu bebida favorita», dijo Bjarke Ingels, socio fundador de Big. «La ia puede reconocer –por ejemplo– a las personas que están llegando a un determinado lugar: puede abrir la puerta, de modo que no tengan que buscar las llaves de la casa», agregó. Lanzado en abril de 2021, Cloud Valley es un proyecto de ciudad extendida sobre un territorio equivalente a alrededor de 200 campos de fútbol, «donde la tecnología permite a las personas vivir más cómodamente, anticipando sus exigencias». «Cuando la luz del sol golpea las casas, las ventanas de las habitaciones regulan solas su propia luminosidad para permitir a la luz natural despertar a los residentes dormilones», se lee en el sitio web de Terminus. «Una vez que la luz inundó la habitación, una gobernanta virtual ia llamada Titan selecciona el desayuno, acomoda la vestimenta a las condiciones climáticas y presenta un programa completo de la jornada».

La ciudad, que incluye oficinas, casas, espacios públicos y autos de conducción autónoma que se mueven bajo el ojo siempre vigilante de la ia, debía ser completada en unos tres años, según Terminus3. De todos modos, como para otras ciudades inteligentes, esta aproximación ha despertado preocupaciones en relación con la privacidad. Eva Blum-Dumontet, una investigadora de Privacy International, afirmó que las ciudades inteligentes corren el riesgo de convertirse en una amenaza para los derechos humanos si las empresas y los gobiernos no adoptan medidas para limitar la vigilancia y garantizar la inclusividad. «Debemos preguntarnos, por ejemplo, en qué modo la ciudad influenciará a las personas que quizá no tienen gran familiaridad con la tecnología –señaló–, tanto más que este riesgo es mayor cuando no existe un marco jurídico que limite el acceso de los gobiernos a los datos recogidos por las empresas privadas».

En plena pandemia de covid-19, en China se anunció, entonces, el nacimiento de otra ciudad inteligente creada por Tencent, el rival de Alibaba. Se llamará Net City [Ciudad Red]: dos millones de metros cuadrados en el interior de Shenzhen con oficinas y residencias para los empleados de la empresa, parques y un área sobre la costa marítima. Menos autos, energía limpia e ia para controlar el tránsito, los consumos energéticos y, naturalmente, a la población. Tras la pátina de ciudades ecológicas y seguras, en efecto, en cada ciudad inteligente se esconde un proyecto de control de sus habitantes garantizado por los big data, o sea, el conjunto de todos los datos que pueden ser extraídos de una persona y de un ambiente. Videocámaras con reconocimiento facial, celulares inteligentes y apps, registros de voz: todo concurre a desarrollar una forma de seguridad «preventiva», flor en el ojal de una ola de proyectos con el imprimatur del pcch.

El corazón del funcionamiento de estas ciudades es una suerte de secreto que gobierno y empresas involucradas en los proyectos custodian celosamente. Pero los imprevistos están a la vuelta de la esquina: en mayo de 2019, a causa de un error en el mecanismo de seguridad, se hizo pública una base de datos de los sistemas de monitoreo de dos barrios de Beijing. Así, se descubrió que, a través de las cámaras de video con reconocimiento facial, el sistema está en condiciones de rastrear todos los movimientos (y los tiempos de recorrido de un lugar a otro), además de la etnia y la edad de las personas. Analizando la base de datos, se descubrió luego la existencia de «alertas» ad hoc para la policía, es decir, señalamientos del rostro de una persona que de algún modo se vio involucrada con las fuerzas del orden en el curso de su vida y que, como tal, se vuelve «sospechosa» (o etiquetada como «drogodependiente» o «salida recientemente de la cárcel»). La base de datos –aunque solo se ocupaba de dos barrios– mostró todas las potencialidades de la recolección de datos que será posible efectuar en el interior de las «ciudades inteligentes». El resultado será tener ciudades hipertecnológicas y (se espera) ecológicas, donde la vida de las personas será controlada 24 horas sobre 24.

Nota: este artículo forma parte del apartado «Metrópolis» del libro La nueva China (Edhasa, Buenos Aires, 2022). © 2021, Gius. Laterza & Figli, All rights reserved, © Diego Bigongiari, 2022, © Edhasa, 2022. Traducción: Diego Bigongiari.

  • 1. Término coloquial chino que significa «extranjero»; puede o no ser despectivo [N. del T.].
  • 2. University of Minnesota Press, Mineápolis, 2020.
  • 3. El proyecto parece haber sido aplazado por Terminus. La empresa viró hacia el negocio de vender software –tacos– para digitalizar ciudades ya construidas. Es decir, más que abandonar el proyecto de Cloud Valley, lo transformó: pasó de ser una empresa que prometía construir ciudades a una que vende las herramientas para hacerlas funcionar como ciudades inteligentes. La compañía promueve edificios que redefinen la interfaz hombre-máquina; por ejemplo, construcciones con paredes que incorporan rampas interiores, diseñadas para permitir la circulación de robots dentro de la propia estructura y facilitar así el cumplimiento de sus tareas. Terminus ha llevado estos proyectos de software a otras ciudades, como Wuhan, cuyo ai Park (parque industrial inteligente) funciona hoy como la nueva vidriera de la empresa. Allí, los robots cumplen funciones como seguridad –detectan y siguen a intrusos– o prevención de incendios, mediante la incorporación de cámaras térmicas [N. del E.].

 

¿Superinteligencia o nueva burbuja capitalista?

Por Cédric Durand

Es profesor de Economía Política en la Universidad de Ginebra y miembro del Centre d’économie Paris Nord. Es autor de El capital ficticio (2017) y How Silicon Valley Unleashed Techno-Feudalism: The Making of the Digital Economy (2024).

 

El valor de mercado de las empresas ligadas a la inteligencia artificial (IA) se ha incrementado diez veces en la última década. Como remarcó recientemente John Lanchester, todas excepto una de las más grandes firmas en el mundo están conectadas al valor futuro de la IA. Todas salvo una son estadounidenses, y en conjunto su valor es igual a bastante más de la mitad del valor de la economía de Estados Unidos. A lo largo de los últimos años, la expectativa de una «revolución» de la IA ha impulsado el crecimiento de la inversión en estas empresas tecnológicas estadounidenses. Las promesas de un avance radical en la inteligencia posthumana y aumentos milagrosos de la productividad han atrapado el espíritu animal de los inversores hasta un punto en el que, como lo expresó Ruchir Sharma en el Financial Times, «Estados Unidos está apostando fuerte por la IA». La inversión fija en el sector es tan grande que fue el principal motor del crecimiento de Estados Unidos en 2025. El entrenamiento y la operación de modelos de IA requieren un enorme incremento físico de centros de datos, equipos informáticos, sistemas de refrigeración, hardware de red, conexiones a la red eléctrica y suministro de energía. Se espera que las empresas tecnológicas gasten la asombrosa cifra de cinco billones de dólares en esta costosa infraestructura –que sigue concentrándose principalmente en Estados Unidos– para satisfacer la demanda desde ahora hasta 2030.

El problema es que los números no cuadran. Para satisfacer sus necesidades colosales, el sector ha pasado de un modelo dominado por la financiación mediante el flujo de caja y el capital accionario a uno basado en la financiación por deuda. En principio, este giro al endeudamiento podría simplemente reflejar una creciente oportunidad de ganancias y la expectativa de prosperidad futura. Los acuerdos financieros cada vez más exóticos sugieren otra cosa. Una gran parte del entusiasmo se alimenta de los bucles financieros por los cuales los proveedores invierten en sus clientes y viceversa. OpenAI es un ejemplo. Su principal proveedor de chips, Nvidia –la empresa más valiosa del mundo–, está planeando invertir 100.000 millones de dólares en OpenAI, financiando de hecho la demanda de sus propios productos. OpenAI, mientras tanto, está gastando el doble de lo que gana en Azure, la plataforma en la nube de Microsoft, que ofrece la potencia computacional necesaria para ejecutar sus servicios, enriqueciendo de ese modo a su principal patrocinador al tiempo que acumula deuda.

Hay mucho financiamiento creativo en curso. Tomemos como ejemplo los planes de Meta de construir un centro de datos monumental en Luisiana. Las instalaciones, valuadas en 30.000 millones de dólares, serán propiedad de Beignet Investor LLC, una empresa conjunta entre Meta y una firma de capital privado llamada Blue Owl. No obstante, ni los clientes de Blue Owl ni Meta proporcionarán la mayor parte de la financiación, que provendrá de una amplio grupo de tenedores de bonos. Meta se está comprometiendo fundamentalmente a un contrato de alquiler a largo plazo para utilizar las instalaciones. Como señala el blog FT Alphaville del Financial Times, «la estructuración ingeniosa permite a Beignet beneficiarse de la solvencia crediticia de Meta, pero la solvencia crediticia de Meta, mágicamente, no se ve afectada por la responsabilidad financiera que supone su garantía de arrendamiento a largo plazo».

Sin embargo, debajo de esta inventiva ingeniería financiera, la conclusión es que Meta está dispuesta a pagar alrededor de 1% de su balance patrimonial para financiar la construcción del centro de datos. Y la razón es que, contrariamente a los argumentos que repite como loro a los bonistas, busca una protección en caso de que la promesa futura de superinteligencia y superabundancia no llegue a concretarse. El acuerdo por el centro de datos de Meta es sintomático de la coyuntura del mercado, que un analista financiero describió como «la convergencia entre una necesidad inmensa de capital, emisores menos dispuestos a sostener el riesgo residual (…) y dinero en reserva», es decir, efectivo disponible. En estas circunstancias, el trabajo de los bancos de inversión es convencer a los prestamistas de asumir riesgos que no entienden realmente. «Hemos visto esta historia un millón de veces», advierte el analista, por empezar, en el periodo previo a la crisis financiera de 2008.

Mirando en detalle los sólidos balances de los principales hiperescaladores –Amazon, Meta, Microsoft, Alphabet–, la explosión de la IA puede parecer sostenible. Pero mientras aparecen fisuras en los jugadores más débiles, como Oracle, y en algunos rincones del negocio de desarrollo de IA, crece el temor de que pueda no haber suficiente rentabilidad para sostener la tendencia en la totalidad del ecosistema. La fiebre por la IA llega tras años de auge del mercado bursátil estadounidense y décadas de un superciclo de capital ficticio, que conlleva sus propias fragilidades. De ahí la creciente preocupación que se detecta debajo del lenguaje burocrático del Banco de Pagos Internacionales: «Si se produjera un declive en las inversiones en IA con una corrección significativa del mercado bursátil, los efectos indirectos negativos podrían ser mayores que lo que sugieren auges previos. Los inversores han preferido las acciones estadounidenses para ganar exposición a las empresas de IA, y el apalancamiento oculto puede conducir a efectos indirectos en el mercado crediticio».

La limitada evidencia de los estudios de campo sugiere que se producen aumentos significativos de la productividad en tareas como la escritura, la codificación y la asistencia a clientes en centros de atención. Hay un desfase inicial, ya que las firmas se hacen cargo del costo de aprender cómo se usa la tecnología, pero con el tiempo, quienes la adoptan cosechan beneficios. Dado que se espera que la tecnología sea ampliamente utilizada y que conduzca a una continua innovación y mejora, incluso en los procesos de investigación y desarrollo, las expectativas de beneficios económicos son altas. Si la IA incrementa la productividad según lo prometido, los usuarios estarán dispuestos a pagar mucho más para acceder a ella. De acuerdo con JP Morgan, dado el volumen del gasto de capital previsto, los proveedores de IA «necesitarían ~650.000 millones de dólares en ingresos anuales a perpetuidad» para obtener una ganancia de 10% –«una cifra exorbitante»–. Esto equivale aproximadamente a 35 dólares por mes por cada uno de los 1.500 millones de usuarios activos de iPhone, o 0,55% del PIB global. Por el momento, los precios se mantienen artificialmente bajos, ya que las empresas de IA esconden los costos económicos reales para fidelizar a los clientes. Si los incrementos en eficiencia se materializan, no habrá ningún problema; los negocios florecientes tendrán gran cantidad de recursos para pagar la cuenta. Aun si se mantienen en silencio, los inversores en IA podrían seguir saliendo con los bolsillos repletos. En un par de años, cuando la IA haya infiltrado los procesos de trabajo a punto tal que los costos de salida sean prohibitivos, la base de clientes no podrá escapar y se verá obligada a pagar. El mundo se habrá vuelto adicto a la IA, y las firmas tecnológicas recogerán ganancias considerables.

Nadie debería dudar de que esa es la estrategia de las big tech (las grandes empresas tecnológicas), y de que ni siquiera una cascada de fracasos en el negocio de IA las hará desviarse de ella. La historia del capitalismo está llena de fases de crisis seguidas de momentos dramáticos de consolidación, y las principales empresas de tecnología podrían incluso beneficiarse de una sacudida en la industria. Además, dada la tremenda influencia política de los multimillonarios de Silicon Valley que están en el gobierno, se puede esperar que peleen con uñas y dientes para conseguir apoyo político para alcanzar sus objetivos. De ser necesario, siempre pueden reforzar el argumento prometeico con uno geopolítico, ofreciendo la victoria en la carrera por la IA contra China como un desafío existencial para el país y obteniendo jugosos contratos militares.

Aun así, se están intensificando los vientos en contra. La adopción de la IA se volvió viral luego del lanzamiento de ChatGPT el 30 de noviembre de 2022 y el valor de las empresas ha tenido un aumento sideral. Pero la aceptación por parte de las empresas no ha sido tan alta como se anticipaba. A pesar del entusiasmo, el uso de la IA en el trabajo no está aumentando vertiginosamente, sino que hasta podría estar ralentizándose, e involucra solo a una pequeña fracción de la fuerza laboral. La evidencia reciente indica que el uso de la IA no implica un inmediato impulso de la productividad. En síntesis, a pesar de que está en marcha algún tipo de automatización, no hay evidencia de una disrupción inminente de la IA capaz de generar las enormes ganancias económicas previstas.

Como bien lo saben los críticos radicales y como han argumentado con vehemencia Daron Acemoğlu y Simon Johnson, no hay tal cosa como un desarrollo capitalista impulsado por la eficiencia; el incremento de la eficiencia técnica es un producto macroeconómico que depende del contexto institucional. Las tecnologías poderosas pueden no resultar redituables y no llegar a implementarse si la estructura del mercado impide que los inversores obtengan beneficios; y pueden empobrecer a los trabajadores si conducen a despidos masivos. Con la IA, el peligro más inmediato parece ser una epidemia de desmoralización laboral. La investigación sugiere que el uso intensivo de IA es desmotivante y descalificante, impulsa el aburrimiento y la mediocridad. Podríamos hasta llegar a ver una «curva en J de productividad» inversa: aumentos de productividad a corto plazo rápidamente superados por un deterioro en la calidad del trabajo.

Otro problema es el desperdicio que puede resultar de la cuasirreligiosa apuesta por la IA por parte de las big tech, posibilitada por el liderazgo privado en la industria y mercados con tendencias maníacas. El contraste entre los enfoques estadounidense y chino sobre la IA es aleccionador. Las economías capitalistas enfrentan un grave problema de coordinación, como ha enfatizado Michael Roberts: «en China hay un plan para alcanzar objetivos claves en tecnología que impulsen la economía en su totalidad» pero «en las principales economías capitalistas, todos los huevos de la IA están puestos en una canasta que está en manos de los hiperescaladores privados y las megaempresas de medios tecnológicos conocidas como los Siete Magníficos, y para ellas lo fundamental es la rentabilidad, no los resultados tecnológicos».

Más adelante, si la presión financiera en el sector se intensifica, no está claro que el legado material del auge se compare al de burbujas anteriores. De hecho, la construcción y la infraestructura representan solo una parte mínima del gasto de instalar capacidad de procesamiento de datos; casi tres cuartos de las inversiones consisten en equipos de tecnología de la información, sobre todo chips avanzados (unidades de procesamiento de gráficos). A diferencia de los cables de fibra óptica de la era de las punto com o de los ferrocarriles del siglo XIX, los chips para IA deben ser reemplazados con frecuencia ya que su desempeño se degrada y la tecnología mejora. Si debido a temas de rentabilidad las inversiones repentinamente se estancan, el achicamiento de la disponibilidad de IA en relación con su abundancia presente es una posibilidad material. En teoría, si la reducción de los gastos de capital superara la reducción de costos derivada de las mejoras en los procesos de IA, el legado de la bonanza de la IA no duraría mucho tiempo y la potencia computacional disponible para las consultas de IA habituales podría disminuir.

Este problema de obsolescencia tiene consecuencias financieras cruciales. De hecho, los préstamos de los centros de datos «son casi siempre préstamos no amortizables: los pagos no se destinan a reducir el importe adeudado. En su lugar, son un financiamiento perpetuo por lo que se asume que son activos perpetuos. La presunción es que al final del plazo del préstamo –en general, cinco a siete años– se refinanciará todo el saldo». Pero si los chips han perdido prácticamente todo su valor después de cinco años, ¿quién refinanciará un activo cuyo componente clave se ha depreciado casi por completo?

Y ni hablemos del estrés ecológico causado por la creciente demanda de tierra, energía y agua para gestionar centros de datos, que pone la totalidad de la fiebre por la IA en una posición insostenible. En ese contexto, la función ideológica del discurso sobre la conquista del espacio de las big tech es darle credibilidad a la fantasía de un futuro completamente digital. Como explica el Proyecto Suncatcher de Google, «la demanda de computación de IA –y de energía– continuará creciendo» y «en la órbita correcta, un panel solar puede ser hasta ocho veces más productivo que en la Tierra, y generar energía en forma casi continua, lo que reduce la necesidad de baterías’; en consecuencia, «en el futuro, el espacio puede ser el mejor lugar para escalar la computación de IA».

Aquí en la Tierra, la demanda creciente de energía barata y tierras raras se materializa en un imperialismo a la vieja usanza. La nueva doctrina de seguridad estadounidense dice con claridad que quiere «un hemisferio (…) que apoye las cadenas de suministro críticas». La captura del petróleo venezolano por parte del gobierno de Donald Trump y las reivindicaciones expansionistas sobre Groenlandia para obtener minerales críticos codiciados por los multimillonarios tecnológicos demuestran la gravedad de la situación. Si la IA continúa defraudando, las aventuras imperialistas bien podrían intensificarse; la búsqueda digital de quiméricos aumentos de eficiencia sería reemplazada por una carrera predatoria para reducir los costos, en una nueva era de lo que con agudeza David Harvey llamó «acumulación por desposesión».

Nota: la versión original de este artículo, en inglés, se publicó en Sidecar, el blog de la New Left Review, el 15/1/2025 con el título «aquí» y está disponible aquí. Traducción: María Alejandra Cucchi.

Cuando migrar es sobrevivir: la doble vulnerabilidad de las mujeres venezolanas

Por Claudia Vargas.

Es licenciada en Sociología por la Universidad Central de Venezuela (UCV) y magíster en Ciencia Política por la Universidad Simón Bolívar (USB), donde se desempeña como profesora e investigadora. Es especialista en migración y derechos humanos.

 

Las imágenes de miles de venezolanos cruzando a pie los puentes internacionales entre San Antonio del Táchira y Cúcuta, cargando bolsos, niños y lo poco que podían llevar, se volvieron, entre 2015 y 2016, el símbolo más visible de una crisis que llevaba años gestándose. Aquellas escenas de fronteras desbordadas, filas interminables y pasos improvisados por el río Táchira transformaron en rostro humano lo que hasta entonces era un dato económico o político: el éxodo venezolano. Lo que comenzó como una migración gradual se convirtió, en apenas unos meses, en un desplazamiento forzado bajo condiciones de extrema vulnerabilidad, uno de los más grandes y complejos de la historia reciente de América Latina.

Hoy, cerca de ocho millones de venezolanos y venezolanas viven fuera de su país. Esa cifra, equivalente a 23% de la población, ilustra la magnitud de una diáspora que, por su escala y velocidad, no tiene precedentes en la región. La mayoría de quienes partieron se encuentra en edad productiva y 85% de ellos reside en América Latina y el Caribe; 56,8% ha logrado regularizar su situación migratoria. Los principales destinos son Colombia, Perú, Brasil, Estados Unidos y Chile. Las razones que impulsaron la salida fueron variando con el tiempo, pero comparten un mismo trasfondo: la crisis económica, social y política que hizo imposible sostener una vida cotidiana digna dentro del país.

Entre esos ocho millones de venezolanos y venezolanas hay un dato que cambia el modo de mirar el éxodo: más de la mitad son mujeres. Pero no se trata solo de un número; la migración tiene rostro de mujer y con él se exacerban las desigualdades que la crisis ha profundizado. En la ruta migratoria, la falta de protección institucional y la irregularidad del estatus colocan a las mujeres en una situación de riesgo permanente. La violencia sexual, la explotación, la discriminación o la invisibilidad se entrelazan en un mismo hilo: una vulnerabilidad sistémica que atraviesa fronteras y acompaña cada etapa del viaje.

El costo del género: entre la crisis y la restricción migratoria

En pocos años, las carreteras del continente se llenaron de familias venezolanas caminando con mochilas al hombro. Entre 2016 y 2018, más de 2,7 millones de personas dejaron el país y aquella escena pronto se convirtió en una prueba de resistencia para toda la región. Los países de América Latina y el Caribe respondieron inicialmente de manera hospitalaria, pero esto fue cambiando a medida que el flujo se intensificaba. Lo que empezó como un gesto solidario terminó derivando en políticas de control crecientes: las fronteras se endurecieron y los trámites se multiplicaron.

Visas, permisos y requisitos imposibles de cumplir se convirtieron en la nueva norma para una población que huía sin tiempo ni recursos. Las políticas transitorias, diseñadas para atender la emergencia, fracasaron en garantizar la regularidad migratoria y la integración a largo plazo, lo que dejó a cientos de miles de personas atrapadas en un limbo jurídico que aún persiste.

Hoy, los principales países receptores aplican dos modelos de respuesta. El primero es el enfoque securitario, visible en la militarización de las fronteras y en el discurso que presenta la migración como una amenaza a la seguridad del Estado y sus ciudadanos. Ese lenguaje de sospecha, reproducido por actores oficiales y medios de comunicación, ha contribuido a criminalizar a los inmigrantes. El segundo modelo, el de la externalización y la restricción, traslada los procesos de protección fuera del territorio nacional y delega en otros Estados la contención de los flujos. En esta lógica se inscriben decisiones como la cancelación del Estatuto Temporal de Protección (TPS, por sus siglas en inglés) para la población venezolana en Estados Unidos o las restricciones de entrada por motivos de «seguridad nacional» que anunció Washington el 4 de junio de este año, en las que también se incluye a Venezuela.

Estas políticas no solo cerraron fronteras: cerraron caminos de vida. Al bloquear las vías legales, empujaron a miles de personas hacia rutas irregulares donde los riesgos se multiplican. Para las mujeres más de la mitad del éxodo, como ya se ha mencionado, este endurecimiento no es solo un obstáculo burocrático, sino una amenaza directa. Cada frontera sellada y cada permiso negado amplifican la exposición a la violencia, la explotación y el abuso, y refuerzan una desigualdad que se arrastra desde el origen y se profundiza en cada tramo del camino.

El resultado de estas políticas es una violación sistemática de derechos que empuja a miles de personas hacia la irregularidad. Al cerrarse las vías legales, no queda más opción que internarse por rutas clandestinas, donde los peligros se multiplican: la trata y el tráfico de personas, la negación del derecho a solicitar asilo o refugio, el limbo jurídico que impide acceder a servicios básicos y la discriminación cotidiana que acompaña la irregularidad. Lo que para los Estados se presenta como un mecanismo de control termina produciendo una red de exclusión y riesgo.

En ese entramado, las mujeres cargan con una vulnerabilidad mayor. No solo están inmersas en la misma espiral de desprotección que el resto de la población migrante: para ellas, todos esos riesgos se multiplican. Lo sabemos por las historias que circulan las mujeres violentadas al cruzar el Tapón del Darién, coberturas de medios de comunicación plagadas de prejuicios o redes sociales atravesadas por discursos xenófobos, pero pocas veces nos detenemos a pensar en la dimensión estructural de esa doble amenaza. ¿Qué hay detrás de ese riesgo permanente? ¿Qué mecanismos sociales, económicos y culturales sostienen esta desigualdad que persigue a las mujeres migrantes desde el origen hasta el destino?

El origen del éxodo, la crisis socioeconómica y la autonomía femenina

El viaje de una mujer migrante no empieza en la frontera, sino mucho antes, el día en que decide partir. Lo que desde fuera puede parecer una elección personal es, en realidad, un entramado de dilemas que condicionan cada paso: el destino posible, la fecha de salida, la existencia o no de documentos válidos, las redes de apoyo en el camino. Pero también pesan las preguntas íntimas, aquellas que la sociedad ha impuesto sobre sus hombros: ¿qué pasará con sus hijos?, ¿quién cuidará del hogar?, ¿cómo se juzgará su partida?

En el caso venezolano, este conflicto se amplifica en el marco de una cultura matricentrada en la que la mujer sigue siendo el eje de la crianza y la vida doméstica. Antes de cruzar una frontera, debe calcular el vacío que dejará en la familia, la culpa de ausentarse, la ruptura del rol que se espera de ella. Y mientras sopesa esas decisiones, las condiciones de vida se vuelven insostenibles: la falta de ingresos, el deterioro de los servicios, la incertidumbre política. Así, la migración no se elige: se impone como el último recurso para sobrevivir y sostener, desde la distancia, la vida de los suyos.

La principal razón que impulsa la salida sigue siendo la búsqueda de una vida digna frente a una emergencia social persistente. En Venezuela, la inflación, la informalidad laboral y los ingresos insuficientes definen el día a día. El promedio mensual de ingresos se ubica entre 115 y 228 dólares para los empleados formales, muy por debajo de los 503,73 dólares necesarios para adquirir la canasta básica familiar.

Esta precariedad golpea con más fuerza a las mujeres, que encabezan más de 50% de los hogares venezolanos. A pesar de ello, su tasa de ocupación apenas alcanza el 36,8%, y el desempleo abarca a 57% en los hogares más pobres. Los indicadores revelan una tendencia clara: muchas mujeres han abandonado la fuerza laboral para asumir tareas de cuidado, lo que erosiona su autonomía y las deja atrapadas en una red de dependencia económica y vulnerabilidad.

La crisis de los servicios básicos agrava aún más la situación: 69,2% de la población enfrenta problemas en el acceso al agua potable y 69,3% no ha tenido atención médica. Las consecuencias son inmediatas: enfermedades, malnutrición y un impacto directo sobre la niñez y las mujeres embarazadas, quienes, además de sostener el hogar, son las principales responsables de los cuidados.

A la precariedad material se suma un clima de creciente restricción de libertades, en cuyo marco las mujeres han sido tanto protagonistas como víctimas. En 2024, en 96% de las 5.226 manifestaciones registradas había mujeres, cuyas principales demandas son derechos civiles, políticos y sociales. Pero la respuesta del Estado fue la represión: la violación de la libertad personal aumentó un 1.347,8 %  respecto de 2023. A finales de octubre de 2025, el Foro Penal registraba 882 presos políticos, de los cuales 116 eran mujeres.

La combinación de emergencia social y represión política ha creado un clima de incertidumbre que empuja a miles de mujeres a migrar. La desigualdad, que ya pesa sobre ellas en su vida cotidiana, se convierte así en el punto de partida de su doble vulnerabilidad: la que las marca antes incluso de cruzar la frontera.

El desafío de la ruta: una espiral de vulnerabilidad

El viaje de una mujer migrante venezolana no comienza con el cruce de una frontera, sino con una espiral de vulnerabilidad que arrastra desde el origen y que se intensifica a lo largo del camino. En cada etapa, la falta de información, la precariedad institucional y la ausencia de protección amplifican los riesgos. Todo depende de las condiciones del trayecto: si es terrestre, aéreo o marítimo, si atraviesa trochas o pasos irregulares, si la mujer viaja sola o acompañada, si tiene documentos válidos o debe improvisar con lo que queda de una cédula vencida o un pasaporte que no siempre es reconocido en los países de destino, o que simplemente no tiene porque no lo puede pagar. Cada variable puede marcar la diferencia entre el resguardo y la indefensión.

Las mujeres que salen en situación de urgencia, como la mayoría de las venezolanas, lo hacen sin información suficiente. No conocen los requisitos migratorios, ignoran los mecanismos de protección y, con frecuencia, desconocen sus propios derechos. El estudio regional «Nuestro derecho a la seguridad» revela que más de 60% de las mujeres encuestadas en su mayoría, venezolanas no sabe cuáles son sus derechos, y que 55 % desconoce los servicios de asistencia disponibles. Esa desinformación las deja expuestas a abusos, extorsiones y violencias que rara vez se denuncian. La impunidad se alimenta, precisamente, de ese silencio forzado.

A ello se suma una profunda vulnerabilidad sanitaria. En las rutas migratorias, la insalubridad y la falta de privacidad no solo dificultan las necesidades básicas, sino que incluso comprometen directamente la salud sexual y reproductiva. El Mixed Migration Centre advertía en su informe de agosto de 2025 que la ausencia de condiciones adecuadas afecta desde lo más elemental como poder asearse o alimentarse hasta aspectos críticos como la menstruación, el embarazo o la lactancia. Aunque existen iniciativas humanitarias que intentan mitigar estas carencias, el propio informe concluye que la respuesta sigue siendo insuficiente frente a la magnitud del problema.

Violencia basada en género en el camino

Desde el inicio del éxodo masivo, las rutas migratorias se convirtieron en territorios de riesgo. Las rutas informales las llamadas trochas en la frontera colombo-venezolana, las embarcaciones precarias que cruzan el Caribe, o el desierto de Atacama, donde el calor y la deshidratación se cobran vidas, son escenarios donde la vulnerabilidad es constante. Los hombres suelen reportar robos o extorsiones, pero para las mujeres el peligro adopta una forma más brutal: la violencia sexual, en cualquiera de sus manifestaciones. Lo más alarmante es que los agresores no siempre son desconocidos, pueden ser otros migrantes, habitantes de comunidades locales o incluso miembros de grupos de seguridad y del crimen organizado que operan a lo largo de las rutas.

Desde 2022, la migración forzada a través del Tapón del Darién ha revelado la forma más extrema de esta violencia. En 2023, Médicos Sin Fronteras (MSF) reportó que cada tres horas una mujer era víctima de violación en ese trayecto. En 2024, la cifra se mantuvo: una de cada cinco mujeres dijo haber sufrido violencia sexual durante la ruta. Tras esos números hay historias como la de «María», una mujer venezolana que fue abusada por siete hombres y que presenció cómo otras menores eran violentadas ante sus ojos. Casos como el suyo muestran que el daño físico y psicológico de estas experiencias es devastador, especialmente entre mujeres y niñas.

Esa vulnerabilidad también es aprovechada por las redes criminales de trata de personas, la segunda economía ilícita más lucrativa del mundo. Los datos son contundentes: en América del Sur, las mujeres representan 45% de las víctimas de trata y las niñas, 17%. En Centroamérica, una de las rutas de mayor tránsito, la proporción de niñas asciende a 52%. Aunque medir la trazabilidad de estos crímenes es complicado, organizaciones como Mulier-Venezuela reportaron el rescate de 1.390 venezolanas de redes de trata a fines de 2022. Autoridades de países como Ecuador, Estados Unidos, México y España confirman que las mujeres venezolanas encabezan las cifras de víctimas rescatadas en el último año, sobre todo jóvenes de entre 20 y 27 años. Una investigación periodística publicada en abril de 2023 puso rostro a esas estadísticas con testimonios y grabaciones de sobrevivientes de explotación sexual, mostrando la brutalidad de un negocio que se nutre del engaño y la desesperación.

La violencia adopta también formas extremas, reflejadas en trabajos como el documental El portal (2024), centrado en los asesinatos de cinco mujeres tres de ellas venezolanas víctimas de una red de trata con fines de explotación sexual en México. La serie reconstruye cómo la búsqueda desesperada de oportunidades, a menudo impulsada por la necesidad o por ofertas laborales falsas, puede terminar en un ciclo de explotación y violencia que, en los casos más trágicos, culmina con la muerte.

La ausencia de gobernanza migratoria en los países de tránsito y destino agrava la situación. Sin políticas de protección ni capacitación con enfoque de género, los funcionarios migratorios y de seguridad no logran responder ante la magnitud de los abusos. La Relatoría Especial sobre los Derechos Humanos de los Migrantes advirtió hace pocos meses que en puntos críticos como el Tapón del Darién no existen unidades de atención a víctimas, lo que impide a las mujeres denunciar por miedo a ser deportadas o retenidas. En este contexto de emergencia humanitaria compleja (EHC), la falta de proyección y de protección estatal condena a las mujeres venezolanas y a todas las que migran en condiciones similares a convertirse en víctimas recurrentes de múltiples violencias, muchas de ellas impunes.

Y cuando el camino termina, los peligros no desaparecen. En los países de destino, la violencia muta: deja atrás las selvas y los pasos fronterizos, pero persiste bajo otras formas. Los informes coinciden en que las mujeres venezolanas enfrentan un patrón sistemático de discriminación y exclusión, que se manifiesta en los ámbitos cultural, legal, laboral y social, y configura un nuevo tipo de frontera: la del rechazo.

El estigma como arma

El primer gran obstáculo que enfrentan muchas mujeres venezolanas al llegar a su destino no es legal ni económico: es cultural. La imagen de la mujer venezolana, moldeada durante décadas por el éxito en los concursos de belleza y difundida por los medios, se exportó al resto de la región con una carga de estereotipos que hoy funciona como una trampa.

En los países de acogida, una de las formas más persistentes de violencia es la de las narrativas hipersexualizadas. Bajo esa mirada, el cuerpo femenino se convierte en medida y destino, y todo lo demás la formación, el trabajo, la voz se vuelve invisible. El valor de la mujer se reduce a su apariencia física, y desde el prejuicio se le niega cualquier posibilidad de integración o aporte a la comunidad. En Venezuela, esta representación tiene raíces profundas: los estudios de Luisa Elena Kislinger y Rosa y Zoila Amaya muestran cómo la cultura nacional ha encuadrado históricamente a las mujeres en estereotipos de apariencia física extrema, sensualidad o roles domésticos, incluso contraponiendo la figura de la «buena» a la de la «mala madre» o la «prostituta».

El estigma se vuelve entonces una forma de violencia simbólica y cotidiana. En redes sociales, en los barrios o en los lugares de trabajo, la mujer venezolana es asociada de manera directa con el trabajo sexual, y sobre ella se descargan insultos que combinan misoginia y xenofobia: «veneca»«prostituta»«quita maridos». Estas palabras, que circulan sin pudor, son el arma más visible de una discriminación que atraviesa fronteras y clases sociales. En países como Colombia y Perú, que concentran la mayor cantidad de migrantes venezolanas más de 50% del total, esas expresiones se han vuelto parte del paisaje cotidiano. Los periódicos y la música también las reproducen. El diario español El Mundo tituló un artículo «La invasión de las venecas», mientras que en Perú se volvió popular una canción titulada «Las venecas», que reproduce estos estereotipos. En el barrio Kennedy de Bogotá llegaron incluso a aparecer carteles en la vía pública con la consigna: «¡Despierta! Estas venecas nos están matando. No des limosnas, comida ni ropa. No [les] arriendes ni [les] des trabajo. No seas cómplice de sus crímenes».

Estas etiquetas dejan una marca profunda en las mujeres migrantes. La humillación se convierte en desconfianza; la desconfianza, en aislamiento. Así, el estigma no solo hiere: rompe los lazos posibles, impide la integración comunitaria y condena a muchas a vivir en los márgenes de las sociedades que las reciben.

La precariedad laboral y la barrera de la irregularidad

La búsqueda de oportunidades choca de frente con la precariedad y la exclusión del mercado formal, lo que limita la autonomía y el proyecto de vida de las mujeres migrantes. La primera barrera es la falta de documentación: pasaportes, visas, permisos que abran las puertas al empleo y a la estabilidad. Obtener un pasaporte en Venezuela no está al alcance de la mayoría. Su costo, que oscila entre 200 y 350 dólares, supera con creces el ingreso mensual promedio muy por debajo de esa cifra, y aun menor en el caso de las mujeres. Esa sola dificultad empuja a miles hacia la irregularidad y el uso de vías informales, lo que reduce sus posibilidades desde el inicio del viaje.

A escala regional, el panorama es desigual. 60% de las mujeres en edad productiva que declaran responsabilidades en el hogar (cuidado de personas/niñez) no trabaja, a pesar de contar con mejor nivel educativo y de calificación. En su lugar, la mayoría se dedica al trabajo de cuidados, una carga invisible que sostiene hogares pero las margina del desarrollo económico. Entre las mujeres migrantes, esta dinámica se agrava: 40% está sobrecalificada para los empleos que desempeña y 74% se concentra en sectores vinculados al cuidado.

El informe «Nuestro derecho a la seguridad» refuerza ese diagnóstico. De las mujeres encuestadas 62% venezolanas, 47% estaban empleadas, pero 92% trabajaba en el sector informal. Las cargas familiares y las limitaciones de horario las mantienen atrapadas en empleos precarios, con bajos salarios y alto riesgo de explotación laboral.

A los desafíos migratorios se suma la doble carga del cuidado. Muchas crían solas a sus hijos e hijas, sin redes de apoyo y con enormes dificultades para incorporarlos al sistema educativo por falta de documentos o estatus regular. En países como Colombia, la imposibilidad de convalidar títulos o regularizar la residencia las mantiene en un círculo de empleos temporales, sin seguridad social ni derechos laborales. La necesidad de sobrevivir las ata a los trabajos más desprotegidos, y esa rutina de subsistencia agudiza aún más su exclusión personal, económica y social.

Rechazo a la maternidad migrante, dificultades de acceso al sistema de salud

La discriminación contra las mujeres migrantes embarazadas se sostiene en una narrativa que las presenta como oportunistas, como si buscaran obtener un beneficio legal o social a través del nacimiento de sus hijos en el extranjero. En países como Colombia, que es el país que alberga la mayor población venezolana, de la cual 51,8% son mujeres, y donde la nacionalidad no se adquiere automáticamente por nacimiento, esa percepción se refuerza con un discurso que las muestra como una carga para el Estado receptor.

Uno de los ejemplos más notorios de esta estigmatización fue la columna de opinión publicada en 2018 por la periodista Claudia Palacios, titulada «Paren de parir». En ese texto, Palacios no solo cuestionaba que las mujeres venezolanas acudieran a hospitales colombianos, sino que las calificaba de «reproductoras irresponsables». Sostenía que debían «dejar de tener hijos», justificando su argumento en la supuesta incapacidad del Estado colombiano para asumir los costos de sus embarazos.

Este tipo de narrativa periodística alimenta la estigmatización de la maternidad migrante y refuerza la idea de que la población venezolana es una carga para los Estados de acogida. Al hacerlo, legitima la exclusión y erosiona el derecho fundamental a la salud, lo que perpetúa una forma de violencia institucional que recae directamente sobre las madres migrantes.

La irregularidad migratoria convierte el acceso a la salud sexual y reproductiva (SSR) en un riesgo sistémico. Aleja a las mujeres de los controles y seguimientos esenciales, y transforma lo que debería ser un espacio de protección en una posible fuente de violencia institucional. La serie Valientes del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) lo muestra con precisión: en el video «La espera», el miedo de las mujeres a ser excluidas del sistema o reportadas por su condición migratoria vuelve el derecho a la salud reproductiva un privilegio condicionado, un derecho que se ejerce con temor.

En algunos casos, ese temor se paga con la vida. El caso de Diana Alemán, una mujer venezolana que murió en un hospital de Lima, es el ejemplo más trágico. Intentó huir tras ser amenazada con una denuncia por presentar un aborto incompleto y cayó desde una altura mortal. Su muerte evidenció que la atención médica, en lugar de amparar, puede convertirse en castigo: una mezcla de violencia obstétrica y criminalización del estatus migratorio.

Así, la falta de acceso legal a la salud no solo afecta la salud sexual y reproductiva: pone en riesgo la vida misma. En el tránsito o en el destino, ser mujer y ser migrante irregular significa vivir bajo una doble condena, e incluso la búsqueda de atención médica puede acabar en una nueva forma de violencia.

El flujo inverso y nuevas rutas de riesgo: el Darién de ida y vuelta

Las políticas restrictivas aplicadas en los últimos años por Panamá con el cierre de estaciones de recepción migratoria y por Estados Unidos con los vetos migratorios redujeron drásticamente el flujo hacia el norte. El paso por el Tapón del Darién cayó 98%, según datos del ACNUR. Pero el descenso no trajo alivio: dio origen a un nuevo fenómeno conocido como «flujo inverso», un movimiento de retorno forzado desde el norte hacia el sur, en el que Colombia se ha convertido en uno de los principales destinos.

Durante el primer semestre de 2025, Migración Colombia, organismo del Ministerio de Relaciones Exteriores de ese país, registró 12.347 extranjeros en este flujo irregular por vía marítima. 99% eran de nacionalidad venezolana, 25,4% mujeres y 18,1% niños, niñas y adolescentes. Las rutas más utilizadas son dos: la del Caribe, que conecta Colón (Panamá) con Capurganá (Colombia), y la del Pacífico Norte, que va de Panamá a Juradó o Bahía Solano (Colombia), una travesía especialmente peligrosa por el fuerte oleaje y la ausencia de vías terrestres.

El informe conjunto de la Defensoría del Pueblo de Colombia, Panamá y Costa Rica advierte sobre el desgaste extremo de esta población migrante. 86,8% de quienes regresan afirma haber cruzado previamente el Darién rumbo a Estados Unidos. En el retorno, la vulnerabilidad se profundiza: las mujeres enfrentan nuevas formas de violencia, desde viajes en embarcaciones no aptas y sobrecargadas hasta abusos físicos, extorsiones y desapariciones forzadas, perpetradas tanto por grupos criminales como por organismos migratorios. A todo ello se suma la ausencia institucional de los Estados de tránsito, cuya falta de presencia y de respuesta condena a las mujeres a revivir el ciclo de desprotección e impunidad del que intentaron escapar.

El dilema del desgaste y el retorno incierto

Para muchos migrantes, el retorno no significa un final, sino una pausa incierta. Algunos intentan reinstalarse en ciudades intermedias, como Medellín; otros regresan a Venezuela con la esperanza de «estabilizarse» y volver a emigrar más adelante, pero lo que encuentran al volver es un país que sigue sumido en una emergencia compleja, con un espacio cívico reducido y redes de apoyo debilitadas ONG, organizaciones feministas, familiares y comunidades con muy pocas capacidades.

Para las mujeres, esta movilidad forzada implica una doble carga y una espiral de riesgo. Muchas lo hacen en condición irregular y siendo las únicas responsables de hijos o personas a su cuidado. Cada decisión quedarse, volver o continuar el viaje repercute sobre los suyos. Esa presión las obliga, con frecuencia, a aceptar condiciones de precariedad extrema, poniendo en riesgo su seguridad y su vida.

A los peligros del retorno se suman los de los países de tránsito. En México, las rutas entre Nuevo México y Texas están consideradas entre las más peligrosas del mundo: registran el mayor número de muertes y desapariciones. En Colombia, las migrantes enfrentan además las consecuencias de la crisis de desplazamientos internos, marcada por la violencia armada y, en algunos casos, agravada por el cambio climático.

El impacto del recorte de ayuda humanitaria

A la crisis del desplazamiento se suma un nuevo golpe: el debilitamiento de la atención humanitaria debido al recorte del apoyo financiero internacional. La Orden Ejecutiva de Reevaluación y Reorientación de la Ayuda Exterior de Estados Unidos, emitida a comienzos de 2025 por el gobierno de Trump, aunque no se enfocaba de manera directa en la política migratoria, tuvo un impacto inmediato sobre las ayudas destinadas a la atención en fronteras y a los programas de protección para mujeres en riesgo de violencia basada en género.

Investigaciones de organizaciones como la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA, por sus siglas en inglés) y el Consejo Internacional de Agencias Voluntarias (ICVA, por sus siglas en inglés) revelan un deterioro estructural de la capacidad de respuesta humanitaria en la región. Los recortes provocaron la suspensión de programas, la reducción de personal y la pérdida de cobertura en numerosas organizaciones, especialmente entre aquellas de alcance nacional y local, que eran las más cercanas a las comunidades desplazadas.

El balance del primer semestre del año, según estas fuentes, es preocupante. Programas esenciales para la atención de la población venezolana como la Operación Acogida en Brasil, la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados, los centros Intégrate en Colombia y las oficinas de movilidad segura han visto suspendidas sus actividades o enfrentan incertidumbre sobre su continuidad. Esta parálisis afecta directamente la capacidad de asistencia a las personas más vulnerables, en un momento en que la región, marcada por las nuevas restricciones migratorias de Estados Unidos y por la inestabilidad sociopolítica interna, vive un escenario inédito: los países que antes eran solo receptores de migrantes se han convertido, al mismo tiempo, en emisores, receptores y territorios de tránsito. 

¿Qué tenemos hasta el momento?

El balance es claro: las mujeres migrantes venezolanas enfrentan un alto riesgo y una vulnerabilidad estructural en todas las etapas de su desplazamiento. El éxodo masivo, visible desde 2015-2016, se produce en un contexto de emergencia humanitaria compleja, y más de la mitad de quienes lo protagonizan son mujeres. La mayoría viaja con responsabilidades familiares, incluso cuando lo hacen solas. Son, en muchos casos, jefas de hogares monoparentales, y esa doble carga sostener a sus familias y reconstruir una vida en el extranjero las empuja hacia empleos precarios, mal remunerados y altamente expuestos a la explotación laboral o sexual.

Las violencias que las atraviesan no pueden entenderse de manera aislada. Son violencias interconectadas que se manifiestan en distintas formas y momentos del recorrido migratorio. En la ruta, la violencia directa adopta rostros múltiples: agresiones sexuales, acoso, robos, extorsión y otras formas de abuso que se repiten con frecuencia alarmante. En los países de destino, la violencia silenciosa y simbólica se expresa en la xenofobia, la humillación y la discriminación cotidiana, que erosionan su salud mental y refuerzan el aislamiento.

A todo ello se suma la trata de personas, una amenaza constante que persigue a mujeres y niñas venezolanas desde el origen hasta los principales destinos migratorios. Las redes criminales se alimentan de la precariedad y del desconocimiento, aprovechando la falta de información y la ausencia de mecanismos de protección eficaces.

Buena parte de estas violencias permanece invisibilizada y normalizada, tanto por la emergencia misma como por la falta de capacitación del personal de atención migratoria. Así, los abusos se diluyen entre las estadísticas, y el impacto real sobre una población con necesidades específicas sigue sin ser plenamente reconocido.

En la mayoría de los países receptores, la respuesta a la migración venezolana se ha ido cerrando poco a poco, hasta volverse un laberinto de restricciones. Lo que comenzó como una política de acogida derivó, con el paso de los años y los cambios de gobierno, en trabas burocráticas, permisos imposibles y políticas temporales que dejan a millones en el limbo. En Colombia, el país que alberga más migrantes venezolanos, no hay visas ni controles formales de ingreso, pero sí un retroceso silencioso: miles de personas más de la mitad, mujeres viven hoy al borde de la deportación o la irregularidad migratoria, atrapadas entre la falta de respuestas institucionales y la ausencia de políticas sostenibles.

Mientras los Estados afinan sus estrategias para limitar el flujo migratorio, poco se discute sobre el costo humano de esas decisiones. La irregularidad que producen sus propias medidas se convierte en el verdadero problema de seguridad. A la falta de articulación regional se suman el abandono de las zonas fronterizas y el avance de redes criminales que hacen de esa desprotección su negocio.

La situación se complica con las tensiones políticas y sociales que atraviesan países como Colombia, Perú y Ecuador, y con las nuevas restricciones impuestas en Centroamérica y Estados Unidos. El resultado es una migración que se reconfigura: rutas que antes apuntaban al norte giran hacia el sur, hacia Brasil, o se extienden hasta Europa, especialmente España. Cada cierre de frontera empuja a miles a buscar un atajo, y cada atajo más las expone.

Necesidad de respuestas con enfoque de género y cooperación

Frente a esta espiral, urge un cambio de enfoque. La respuesta regional debe ir más allá de la contención o el diagnóstico: necesita una visión de cooperación y de género que reconozca que más de la mitad de las personas en movimiento son mujeres. Su presencia no es marginal, es estructural; y sus necesidades de protección, salud, trabajo y autonomía no pueden seguir tratándose como excepciones.

Las articulaciones entre la sociedad civil, los Estados y las organizaciones internacionales deben transformarse en un compromiso político real. La ayuda humanitaria tiene que llegar donde más se necesita, con presencia territorial, recursos sostenidos y políticas pensadas para las mujeres.

También es urgente que los países de destino abran las puertas de la inclusión laboral y educativa. Reconocer títulos, validar competencias, garantizar derechos: cada paso en ese sentido no solo mejora la vida de las migrantes, sino también la de sus familias en los países de origen. Y los controles fronterizos, en lugar de castigar la movilidad, deberían servir para desmantelar las redes criminales que trafican con ella. Fortalecer la presencia estatal en los municipios más empobrecidos en Colombia, Panamá o México no significa cerrar fronteras, sino abrir caminos seguros.

Porque detrás de cada cifra, de cada ruta y de cada frontera, hay una historia de resiliencia y resistencia. Mujeres que migran con lo que pueden, sosteniendo hogares enteros y desafiando un sistema que las empuja a la invisibilidad. Reconocerlas no es solo una cuestión de justicia: es la condición mínima para que ese éxodo deje de ser, por fin, un éxodo invisible.

Las imágenes en la era del calor

Por Hito Steyerl

Realizadora cinematográfica, artista visual y autora en el campo del ensayo y documental. Sus principales temas de interés son los medios, la tecnología y la circulación global de imágenes.

 

En 2023, la gente subió a YouTube 500 minutos de video por segundo: 30.000 veces más que la cantidad real de tiempo transcurrido1. Unos tres siglos de contenido de YouTube durarían todo lo que dura la existencia del Homo sapiens. El tiempo de la plataforma se convierte así en un laborioso asunto en cámara superlenta, inmediatamente desbordado por la escala de su propia datificación: un pantano interminable y estancado del pasado próximo, un pool de datos rancios2.

¿Podría ser esta la razón por la cual «la cultura ha llegado a un punto muerto», como afirma el crítico de arte Jason Farago en un ensayo en el New York Times3? El autor Kurt Andersen respalda este análisis: «La cultura popular se ha quedado ‘atascada en la repetición, consumiendo el pasado en lugar de crear algo nuevo’»4. La periodista Reena Devi opina que se está produciendo en las artes una «inercia casi total» que tendrá consecuencias indelebles5. «La era del promedio», un influyente artículo del estratega de marcas Alex Murrell, plantea un argumento similar6. Murrell recopiló ejemplos de cientos de sitios web para concluir que la mayoría de las imágenes dentro del marketing digital lucen prácticamente iguales. Ya se trate de autos o de ciudades, productos de cualquier tipo o incluso personas, ninguna imagen escapa a la «convención y el cliché». Las pruebas de focus group y la aversión al riesgo crean millones de imágenes casi idénticas en las que variaciones genéricas de plantillas convencionales se agrupan en torno de curvas de distribución normal imaginarias.

Una explicación de la estasis y la homogeneidad culturales es la simple inercia de la masa de datos al por mayor7. Las grandes colecciones de datos incentivan recombinaciones estadísticas populares y no controvertidas de estilos anteriores populares y no controvertidos. Las culturas digitales convergen hacia esta media: orbitando alrededor de estilos, nociones e imágenes promedio, crean una restrictiva corriente dominante. El resultado: una especie de «consenso» automatizado con un fuerte sesgo hacia las formas más insípidas de comerciabilidad. Esto ya vale para las imágenes digitales anteriores a la inteligencia artificial (ia). Sin embargo, la generación de imágenes basada en el aprendizaje automático está optimizada para crear ese tipo de bazofia visual estática, como demuestra Tim O’Neill, conocedor de la industria, en una entrada de blog titulada «La era del promedio y la ia»8. Allí simplemente reproduce muchas de las fotos de productos que aparecen en el texto de Murrell utilizando el generador de prompts Midjourney. Los resultados de ia se ven sorprendentemente similares a los originales.

Los motivos de este bloqueo están por demás claros, como sostiene Devi: «Las razones de este fenómeno de homogeneización de la cultura son múltiples y ampliamente discutidas (desde el flujo de riqueza y poder hacia unos pocos elegidos de la sociedad hasta los algoritmos y las redes sociales, pasando por la accesibilidad desenfrenada de las tendencias y las señales visuales a través de internet)»9. Esta parálisis cultural, no obstante, es sorpresiva en una época de crisis generalizada. Regiones enteras del mundo se ven afectadas por la guerra, el autoritarismo, las epidemias, el cambio climático y las penurias económicas. ¿Por qué, entonces, la cultura parece tan inerte?

Poder10

Hay una capa que subyace a esta inercia cultural. Esta puede parecer inanimada, pero de hecho genera mucha actividad en otros lugares. Para que la cultura converja en torno de una media, tienen que ejecutarse muchos procedimientos con un consumo intensivo de energía. Todos estos datos se trituran y aplanan utilizando energía o –literalmente– poder. En 2011, Barath Raghavan y Justin Ma, de la Universidad de California, en Berkeley, emprendieron la tarea de estimar la cantidad de electricidad que requiere internet. Incluyeron la energía que utilizamos para crear la propia internet, esto es, la electricidad que se necesita para construir computadoras, conexiones de red, torres de telefonía móvil y otros soportes físicos. Llamaron a esto energía incorporada, o «emergía».

Si torciéramos el término «emergía» de Raghavan y Ma para aplicarlo a las imágenes, podríamos llamar a la medida equivalente de poder «imergía», o poder de la imagen. La imergía sirve como indicador tanto de la cantidad estimada de recursos destinados a la producción y diseminación de imágenes digitales como de su interacción más general con otros sistemas. Es un término traslativo que vincula energías físicas y sociales, metáfora y materia, el mundo y su imagen.

Se requiere energía para producir, exhibir, hacer circular, almacenar y procesar datos y, por extensión, imágenes. Esto también vale para las representaciones analógicas (pensemos en el transporte y la conservación de obras de arte en entornos con un clima controlado): están relacionadas con la energía, independientemente de lo que representen o de si en efecto representan algo en absoluto inteligible.

Aglomeración

Desde alrededor de 2022, sin embargo, la computación relacionada con el aprendizaje automático ha acelerado drásticamente el consumo de energía por parte de las tecnologías digitales. Incluso las consultas más sencillas por internet, por no hablar de la generación de imágenes, dependen ahora en gran medida de un entrenamiento y una computación que consumen mucha energía: según un informe publicado en el New Yorker, «se calcula que Chatgpt responde algo así como 200 millones de solicitudes por día y que, al hacerlo, consume más de medio millón de kilovatios por hora de electricidad»11. El periodista ambiental Brian Calvert escribió:

El poder computacional necesario para sostener el ascenso de la ia se duplica cada 100 días aproximadamente. Para lograr una mejora de diez veces en la eficiencia de los modelos de ia, la demanda de poder computacional podría aumentar hasta 10.000 veces. La energía necesaria para ejecutar tareas de ia ya se está acelerando a una tasa de crecimiento anual de entre 26% y 36%. Esto significa que, para 2028, la ia podría estar consumiendo más energía que la que toda Islandia consumió en 2021.

En Reino Unido, se prevé que la demanda de energía aumente 500%. Para 2034, se espera que la energía total consumida por los centros de datos alcance el consumo energético de la India12. Todas estas cifras están cambiando rápidamente. Incluso dentro de unos meses, los números no serán los mismos, como tampoco las estimaciones. Los nuevos procedimientos de optimización podrían reducir eventualmente el consumo de energía, pero también podrían servir para ampliar el mercado en general. A medida que las tecnologías de aprendizaje automático se integran en la búsqueda, el gasto de energía aumenta hasta 30 o 40 veces la cantidad original (por ahora). Microsoft llegó a anunciar que planeaba construir una central nuclear exclusiva para uno de sus mayores centros de ia, desarrollada en conjunto con Openai13. Según un informe de Bloomberg de 2024, la introducción de servicios basados en ia produjo un incremento casi inmediato de la demanda de energía, que superó la oferta en muchas partes del mundo y generó listas de espera de un año:

El aumento drástico de la demanda de energía debido al enfoque de crecimiento a toda costa con el que Silicon Valley encara la ia también amenaza con echar por tierra los planes de transición energética de naciones enteras y los objetivos de energía limpia de empresas multimillonarias de tecnología. En algunos países, como Arabia Saudita, Irlanda y Malasia, la energía necesaria para hacer funcionar en plena capacidad todos los centros de datos que planean construir excede la oferta disponible de energías renovables.

¿La fuente de toda esta energía? El fracking –gas natural estadounidense– u otras fuentes de combustible fósil son presentados como soluciones sin alternativa15. Según Leopold Aschenbrenner, la carrera por la ia crea su propia lógica. Dado que esta producirá por defecto lo que el autor llama «superinteligencia», hay que ganarla, por todos los medios necesarios, incluso quemando energía fósil. En un pasaje particularmente escalofriante, «Situational Awareness» [Conciencia situacional], Aschenbrenner presenta esta carrera como parte esencial de una nueva carrera armamentística. Esta dinámica conduciría a una economía de guerra masiva dirigida por la seguridad nacional, comparable al Proyecto Manhattan, para crear y proteger la «superinteligencia».

Aschenbrenner concluye que se requeriría un enorme esfuerzo para suministrar todo el equipamiento y la energía necesarios para… ¿para qué, exactamente16? ¿Para automatizar la subida de videos a YouTube y TikTok y así mantener la inercia cultural en torno de las remezclas de bazofia promediada? ¿Para crear cientos de sitios web estandarizados de diseño de interiores que muestran Airbnb anodinos y casi idénticos? ¿Para añadir más de lo mismo a una distribución normal de puntos de datos culturales esterilizados? ¿Para agregar más tiempo muerto a las plataformas, con videos que nadie ve y que en su mayoría lucen iguales? Parece que se necesita una versión de Silicon Valley de un capitalismo monopolista de Estado leninista para mantener estática a una cultura.

Imágenes de poder

Esta situación también arroja nueva luz sobre uno de mis escritos anteriores. Hace unos 15 años escribí un texto titulado «En defensa de la imagen pobre», que trataba sobre la resolución y la circulación de imágenes online.

Las principales premisas: plataformas como YouTube permitieron la circulación en baja resolución de muchas obras que antes no estaban disponibles. Sin embargo, esta circulación era un fenómeno ambivalente, ya que posibilitaba vínculos entre las personas bajo las condiciones del capitalismo comunicativo. Desde ese momento, muchas de estas condiciones han cambiado (otras no tanto). Los estilos de baja resolución se han integrado completamente en todos los aspectos del capitalismo digital, desde los 8 bits de Balenciaga18 hasta los memes de derecha. Técnicamente hablando, la imagen pobre en su forma de 2007 casi ha desaparecido. El nuevo estándar de alta definición industrial es 4k. Aunque ha habido un aumento en el número de píxeles, la división impuesta industrialmente entre los consumidores y los supuestos profesionales sigue existiendo, incólume.

Pero el principal cambio es que la circulación se complementa ahora con la aglomeración y la minería de datos. La acumulación y extracción de datos se ven fuertemente aceleradas por las demandas de las industrias de ia, que requieren grandes cantidades de datos, por ejemplo, para entrenar nuevos modelos. Uno de los principales factores que han cambiado desde la época de la imagen pobre es el creciente énfasis en el acopio, la extracción y el cercamiento de datos. Las imágenes, pobres o no, son desviadas de internet, reducidas a características en un espacio vectorial y luego recombinadas de forma optimizada para que resulten populistas, incontrovertibles e insípidas. La fase de «mercado» de la circulación con al menos cierto grado de «intercambio» o circulación de datos está siendo suplantada por una era de cuasimonopolios en la que se asume que los datos se acumulan casi exclusivamente dentro de silos corporativos y propietarios específicos.

En esta modalidad, el foco ya no está puesto principalmente en la circulación y la participación del usuario, aunque ambos aspectos sigan siendo importantes, sino más bien en la recolección, apropiación y extracción de datos. Esto no es para nada nuevo. Una vez conocí a un cineasta en Sarajevo que había perdido los negativos de su película durante el asedio llevado adelante por la República Srpska y las fuerzas del Ejército Popular Yugoslavo en los años 90, cuando una banda armada entró a robarle en su casa. A los ladrones no les importaba el contenido del film, solo les importaba el valor material del negativo. Al fin y al cabo, dos horas de película negativa en blanco y negro de 35mm contienen alrededor de 141 gramos de plata. Al igual que un rollo de película, los datos tienen un valor adicional.

Así pues, las imágenes son parte de un continuo que se extiende a la naturaleza: la generación y circulación de imágenes provoca una huella de carbono, contaminación, desechos y minería de recursos. Esto exacerba el cambio climático y, por extensión, tiene impactos en la seguridad alimentaria e hídrica, la probabilidad de epidemias, los patrones de migración, los conflictos, etc. Aunque las culturas basadas en datos estén estancadas, siguen moviendo todo lo demás a su alrededor. Calientan las atmósferas, desplazan a las personas y queman recursos.

Brecha metabólica digital

En las consecuencias ambientales de la producción de imágenes digitales resuena el concepto de metabolismo social de Karl Marx19. Antes de la segunda revolución agrícola en el siglo xix, los desechos humanos se utilizaban para fertilizar los campos y cultivar alimentos que daban de comer a los humanos. Marx describió esta economía circular preindustrial como un «metabolismo social», que se vio interrumpido por las largas rutas de transporte para los productos agrícolas y la agricultura industrial20. Tras el cese de su circulación, los desechos empezaron a amontonarse en las ciudades, donde provocaban epidemias y contaminación.

El sociólogo John Bellamy Foster ha descrito la imposibilidad de que los desechos humanos vuelvan a los campos como una «brecha metabólica», adaptando «el uso [de Marx] del concepto de brecha metabólica para dar cuenta de la enajenación material de los seres humanos en la sociedad capitalista respecto de las condiciones naturales de su existencia»21. La idea de un metabolismo social muestra las relaciones entre los seres humanos y la naturaleza, la ciudad y el campo, la agricultura y la industria. Sostiene que características como la «fertilidad» estaban codeterminadas por las relaciones sociales.

Aplicar la noción de la brecha metabólica a la producción de imágenes supone poner el énfasis en sus infraestructuras materiales, como lo han hecho Boaz Levin y otros expertos en medioambiente22. También hay otra razón para plantear la existencia de una brecha metabólica digital.

Según Foster, una brecha metabólica se abre cuando los humanos se enajenan materialmente de sus «condiciones materiales». ¿Cómo aplicar esto a los datos? Los datos, por supuesto, no forman parte de las «condiciones naturales» de los humanos; forman parte de una «segunda» naturaleza, artificial, que surge de la esfera de la circulación. Como afirma el economista marxista Alfred Sohn-Rethel, la esfera de la segunda naturaleza es el intercambio, o «el tiempo y el espacio abstractos del capital»24. Dentro de esta esfera, los datos se intercambian y pasan a formar parte de una naturaleza artificial. También se enajenan de sus productores, ya que las plataformas actúan como guardianes que separan a las personas de sus propios datos.

El trabajo de los datos está devaluado, se lo trata casi como un recurso natural disponible gratuitamente. Aunque los datos formen parte de la «segunda naturaleza», se los trata como a muchas externalidades que pertenecen al reino de la primera naturaleza.

Las plataformas (y muchos Estados) lograron recuperar en gran medida el control sobre la circulación de datos, imponiendo la propiedad intelectual, la curaduría masiva de la visibilidad y la censura. El libre intercambio entre plataformas es criminalizado, excepto si se realiza en forma de saqueos de datos a gran escala por parte de las propias plataformas. El control sobre los medios de circulación y extracción ha complementado el control sobre los medios de producción.

Asimismo, más de 30 años después del lanzamiento de internet, la realidad presenta una actualización más bien irónica de los ejemplos de Marx. Las heces fertilizantes a las que se refería Marx eran guano, el excremento de pájaro y abono25. Es inevitable sentir que, hoy en día, los desechos de datos humanos (o seudohumanos generados por máquinas) constituyen una gran parte del tráfico de internet, en algún lugar del espectro entre la caca y la mierda, por así decirlo. El acaparamiento de los desechos digitales intoxica los climas físicos, pero también los intelectuales y los políticos y, al no poder ofrecer ninguna vía para que esas atmósferas se recuperen, conduce también al agotamiento, el deterioro y la extenuación generalizada.

Este escenario se asemeja a una versión virtual de las crisis sanitarias del siglo xix en las grandes ciudades europeas. Las enfermedades se propagaban porque el suministro de agua estaba infestado de desechos. Se necesitaron enormes proyectos e inversiones en saneamiento público para remediar la situación y depurar las aguas residuales para que volvieran a circular26. Estos proyectos fueron en muchos casos masivamente obstruidos por intereses privados y empresas que se beneficiaban de un manejo inadecuado del agua en ciudades como Londres y Berlín27.

Lamentablemente, en este punto sería más realista esperar que la agencia pública retorne en la forma de una enorme economía de guerra centrada en la ia, antes que en la de un proyecto de construcción de servicios públicos de tecnologías de la información con el espíritu de los proyectos de saneamiento a gran escala del siglo xix.

Populismo genérico

Esto me lleva de regreso al principio, a la cuestión de la estasis cultural. ¿Por qué todo luce igual? ¿Qué es lo que las imágenes generadas por ia pretenden optimizar? ¿Cuáles son sus ventajas? ¿Automatizar el flujo de videos a TikTok (cuyo algoritmo funciona más favorablemente cuando un usuario sube de uno a tres videos al día, lo cual hace que añadir más de lo mismo a un pool rancio de uniformidad ya existente sea un trabajo a tiempo completo)? ¿O contribuir al pool infinito de videos que se acumulan en YouTube?

En su iluminador texto «Will the Art World’s ‘Age of Average’ Cost Us?» [¿Nos costará cara la «era del promedio» del mundo del arte?], Reena Devi menciona un anuncio reciente de Apple en el cual una serie de herramientas relacionadas con la producción cultural (una batería, parlantes, cámaras de cine) son aplanadas por una enorme prensa hidráulica hasta ser convertidas en un iPad muy delgado. Los contornos y trazos irregulares de la producción cultural son violentamente aplastados para que formen algo parecido a un plano, lo cual conduce a una consolidación estética que a su vez produce aún más polarización:

Cuando una está intrínsecamente acostumbrada a la homogeneidad cultural, incluso en las escenas artísticas que parecen ser más progresistas, cualquier cosa que sea diferente puede convertirse en un conflicto inmediato y dolorosamente disonante de procesar que, sin quererlo, vuelve ineficaz toda comunicación abierta y honesta. Esto puede conducir a encuentros sociales y a una cultura laboral tóxicos o, llevado a su extremo, a la fragmentación social y al colapso del discurso sobre las grandes crisis y tragedias, ya sean guerras, pandemias, desastres climáticos, etc.28

La regla de los promedios conlleva una toxicidad y un conflicto interminables, tanto en el clima social como en el físico. El poder y la extracción por la fuerza bruta se ven reforzados por una brecha digital cada vez mayor. Para que las culturas estancadas se mantengan iguales, todo lo que las rodea debe cambiar.

Nota: este texto es un fragmento de «La brecha digital: de las imágenes pobres a las imágenes de poder», capítulo 6 de Medios calientes. Las imágenes en la era del calor (Caja Negra, Buenos Aires, 2025). Traducción: Maximiliano Gonnet.

  • 1. Ver «How Much Content Is Uploaded to the Internet per Second?» en Spectralplex, disponible en spectralplex.com
  • 2. Un pool de datos es un repositorio centralizado donde se almacenan, comparten y gestionan datos de diferentes fuentes. Se utiliza para facilitar la colaboración, el intercambio de información y el análisis de datos entre diferentes entidades, como proveedores, minoristas o distribuidores, especialmente en la gestión de cadenas de suministro, marketing y análisis de negocios [N. del T.].
  • 3. J. Farago: «Why Culture Has Come to a Standstill» en The New York Times Magazine, 10/10/2023.
  • 4. K. Andersen: «You Say You Want a Devolution?» en Vanity Fair, 7/12/2011.
  • 5. R. Devi: «Will the Art World’s ‘Age of Average’ Cost Us?» en Art Industry Insights, 10/5/2024.
  • 6. A. Murrell: «The Age of Average» en alexmurrell.co.uk, 20/3/2023.
  • 7. Orit Halpern y otros: «Surplus Data: An Introduction» en Critical Inquiry vol. 48 No 2, 2023
  • 8. T. O’Neill: «AI and the Age of Average» en Time under Tension, 24/3/2023, disponible en timeundertension.ai
  • 9. R. Devi: ob. cit.
  • 10. La autora juega en todo este capítulo con los distintos niveles de significación del vocablo «power», desde el poder político hasta el poder computacional, pasando por el poder en el sentido de la energía, la electricidad y la luz [N. del T.].
  • 11. Elizabeth Kolbert: «The Obscene Energy Demands of ai» en The New Yorker, 9/3/2024.
  • 12. B. Calvert: «AI Already Uses as Much Energy as a Small Country. It’s Only the Beginning» en Vox, 28/3/2024.
  • 13. Mehul Reuben Das: «Microsoft, Already One of the Biggest Polluters Because of AI, Saw Its 2023 Emissions Grow 30% from 2020» en Firstpost, 17/5/2024.
  • 15. L. Aschenbrenner: «Situational Awareness», 6/2024, disponible en https://situational-awareness.ai/
  • 16. También sostiene que los casos de uso actuales se restringen a la generación de imágenes y el procesamiento de información, así como al marketing automatizado; v. Tej Parikh: «The Bear Case for AI» en Financial Times, 18/7/2024.
  • 18. La autora se refiere al videojuego de la casa de moda española Balenciaga creado en colaboración con el artista BFRND, musicalizador de todos sus desfiles [N. del T.].
  • 19. Boaz Levin ha planteado esto para el caso de la fotografía en su excelente texto «The Pencil of Cheap Nature: Towards an Environmental History of Photography» en Philosophy of Photography vol. 14 No 1, 1/2024.
  • 20. Kohei Saito: La naturaleza contra el capital. El ecosocialismo de Karl Marx, Bellaterra, Manresa, 2022.
  • 21. J. Bellamy Foster: «Marx’s Theory of Metabolic Rift: Classical Foundations for Environmental Sociology» en American Journal of Sociology vol. 105 No 2, 9/1999, p. 380.
  • 22. B. Levin: ob. cit.
  • 24. Ibíd.
  • 25. K. Marx: Teorías sobre la plusvalía II, vol. iv de El capital, FCE, Ciudad de México, 1980, p. 15
  • 26 Como explica Esme Buden, las empresas de agua, por ejemplo, seguían vendiendo agua, pero se negaban a drenar las aguas residuales, lo cual provocó brotes de enfermedades infecciosas. E. Buden: «Das Milljöh im Milieu, Soziale Wohnungshygiene am Beispiel der Berliner Cholera- und Tuberkulosebekämpfung. Beitrag zum Geschichtswettbewerb des Bundespräsidenten ‘Mehr als ein Dach über dem Kopf. Wohnen hat Geschichte’», 2022-2023, inédito.
  • 27 Ibíd.
  • 28. R. Devi: ob. cit.

Hannah Arendt, una pensadora sin barandas

Por Claudia Hilb.

Claudia Hilb es doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires y obtuvo un diploma de estudios avanzados en Estudios sobre América Latina (opción Ciencias Políticas) en la Universidad de París III. Es investigadora independiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) de Argentina.

En 1972, en una conferencia alrededor de su obra organizada en Toronto, Hannah Arendt respondía así a su amigo Hans Morgenthau, quien le pedía que aclarara si era conservadora, liberal, o cuál era en definitiva su postura: «No sé, realmente no lo sé y nunca lo supe. Y supongo que nunca tuve una postura propiamente dicha. Como saben, la izquierda considera que soy conservadora y los conservadores a veces piensan que soy de izquierda, o inconformista o solo Dios sabe qué. Y debo decir que me tiene totalmente sin cuidado». En esa misma conferencia, Arendt apeló a la metáfora de «pensar sin barandas». «Cuando subimos y bajamos las escaleras», aclaraba, «siempre podemos tomarnos de las barandas para no caernos. Pero hemos perdido estas barandas. Eso es lo que me digo, y es ciertamente lo que intento hacer [pensar sin ellas]».

En las últimas décadas, el interés en la obra de Arendt ha crecido exponencialmente dentro y fuera de los círculos especializados en el pensamiento político. Probablemente la imposibilidad de encasillar a la autora no sea totalmente ajena a ese fenómeno, y aunque ello mismo pueda dar lugar a apropiaciones muchas veces superficiales, o a la utilización de citas sueltas con fines banalmente estetizantes, ha permitido al mismo tiempo enriquecer de manera notable la reflexión política tanto sobre los acontecimientos del siglo XX como sobre nuestras miradas hacia el mundo contemporáneo.

Es posible identificar, en la obra arendtiana, elementos que la atraviesan desde sus inicios así como distintos momentos que pueden asociarse a acontecimientos que marcan su biografía. Así, desde su tesis sobre el amor en San Agustín (1929) hasta La vida del espíritu, publicada póstumamente en 1978 tras su muerte ocurrida en 1975, es posible detectar una preocupación permanente por situar la experiencia en el espacio, tal como lo había aprendido de uno de sus grandes maestros, Karl Jaspers, y en el tiempo, en la senda de su otro gran maestro, Martin Heidegger. 

No parece abusivo decir que uno de los modos en que podríamos recorrer cada uno de sus textos o cada uno de los momentos de su obra podría consistir en fijar la atención en el modo en que estas dimensiones atraviesan su reflexión. Ello, nuevamente, sin dejar de atender al modo en que esta se ve impactada por los acontecimientos que la provocan, recordando que para Arendt -tal como lo señala en el prólogo de Entre pasado y futuro-, «el pensamiento surge de los acontecimientos de la experiencia vivida y debe permanecer vinculado a ellos, como únicos puntos de referencia por los que orientarse».

Así, sería posible trazar un primer arco que llevaría desde sus estudios sobre la vida de la escritora alemana Rahel Varnhagen (1771-1833) a principios de la década de 1930 a los textos que preceden a su gran libro Los orígenes del totalitarismo (1951). A través de la vida de Varnhagen se perfila la reflexión acerca del destino de aquellos judíos que, al calor de la emancipación política en Alemania a fines del siglo XVIII, buscaron asimilarse a la sociedad en que habitaban. Ello supuso, en términos generales, el esfuerzo individual por insertarse en un espacio de pertenencia, renunciando al legado de la propia tradición. Pero, a ojos de Arendt, la asimilación como proyecto individual intenta soslayar -y a la vez pone en evidencia- el hecho de que, si bien los judíos habían logrado la emancipación política, seguían siendo, como grupo, socialmente marginados. 

El advenimiento del nazismo clausura de manera brutal aquellos sueños individuales de asimilación, arrojando a todos los judíos por igual a la condición de «parias». En diversos textos de esos años, y de manera señalada en La tradición oculta (1944), Arendt elabora la posibilidad de otra tradición, la tradición del paria consciente, hilando en un relato los retratos de autores y actores -Heinrich Heine, Franz Kafka, Charles Chaplin, Bernard Lazare- que en su acción o su obra se han diferenciado tanto de la búsqueda individual de asimilación del advenedizo, como de la aceptación resignada de la marginación del paria. 

En 1933, Arendt, nacida en 1906 en un hogar judío laico de Königsberg, huye de Alemania hacia Francia, de donde logrará huir nuevamente, esta vez hacia Estados Unidos, en 1941. Entre 1945 y 1949 se abocará a la elaboración de la que probablemente sea su obra más resonante, Los orígenes del totalitarismo, una parte de la cual surge de la reelaboración de textos producidos en los años precedentes y no publicados por entonces«aún en total desconsuelo y tristeza, pero ya saliendo de la indignación muda y el horror impotente». Había llegado el momento de intentar comprender cómo pudo acaecer lo inimaginable. «¿Qué sucedió, por qué sucedió, cómo pudo suceder?», son las preguntas con las que intentaba lidiar, advierte Arendt en el prólogo de 1966 a la reedición de esta obra. 

Como nadie antes que ella, Arendt insistirá en que el totalitarismo no puede deducirse simplemente de sus antecedentes ni comprenderse en los términos de los regímenes ya conocidos: dictaduras, despotismos. Sus antecedentes -analizados en profundidad en sus dos primeras partes, «Antisemitismo» e «Imperialismo»- permiten ir percibiendo cómo se desarrollan los distintos elementos que cristalizarán de manera catastrófica en un régimen de nuevo tipo, el régimen totalitario, objeto de la tercera parte del volumen. 

El totalitarismo es un régimen inédito, en tanto innova de manera radical en la comprensión de la ley, sustituyendo la ley positiva y el ordenamiento legal por la voz del Führer como enunciadora de una supuesta ley de la naturaleza o de la historia a la que todos han de plegarse. En los términos clásicos heredados de Montesquieu, se trata de un régimen cuya naturaleza es el gobierno del terror, sostenido y reproducido en el principio de acción que le provee la ideología en tanto subordinación de la acción a la lógica implacable de una idea, como anulación del pensar reflexivo; de un régimen que anula la pluralidad, la diferencia y elimina toda distancia, esto es, toda libertad, entre los seres humanos, a los que a la vez aísla y amontona. 

Podemos trazar un segundo arco que nos lleva desde comienzos de la década de 1950 hasta la crónica del juicio de Eichmann, en 1963, e identificar un hilo que liga tres libros fundamentales de la obra arendtiana, La condición humana (1958), Entre el pasado y el futuro (1961) y Sobre la revolución (1963), en torno de la reflexión sobre la acción política como acción libre en un espacio compartido y de su destino en la modernidad. 

La condición humana es, junto con el póstumo La vida del espíritu, uno de los libros más propiamente filosóficos de Arendt; propone una indagación de las distintas esferas del actuar humano: la labor en tanto reproducción vital, el trabajo como producción de un mundo de objetos duraderos, la acción propiamente dicha como capacidad de iniciar lo nuevo, de aparición del «quien» de cada cual en una escena compartida, que solo existe en tanto actuamos y que se desvanece cuando dejamos de hacerlo. Pero es, simultáneamente, un diagnóstico del ocaso de la acción en la modernidad: la sustitución del poder (que se ejerce en la escena pública mediante actos y palabras) por la administración; y la disolución del actor singular, que se revela en su aparecer en un espacio compartido, en la masa impersonal.

Los textos incluidos en Entre el pasado y el futuro reponen a su manera las preguntas con que cierra La condición humana, pero reconectan al mismo tiempo con la preocupación arendtiana, presente en La tradición oculta, sobre la dificultad de actuar y pensar libremente cuando hemos perdido el suelo seguro que nos brindaba una tradición -estamos una vez más ante el desafío de pensar sin barandas o, en la frase de René Char que abre su prólogo, el de hacer frente a una herencia sin testamento-. Así, en la interrogación sobre la libertad se pone en evidencia que la asociación entre libertad y política, o la comprensión de la libertad ante todo como libertad mundana, pública, antes que como un atributo del individuo aislado, ya no va de suyo en el mundo contemporáneo. 

En la indagación sobre la autoridad -¿qué es, o tal vez sea mejor decir qué ha sido la autoridad?, se pregunta Arendt- se enfoca en la forma en que el quiebre de la autoridad de la tradición, y con ella de la tradición de la autoridad, nos enfrenta a la dificultad de tener que asentar cada vez nuestras acciones y nuestras convicciones en la acción misma, en nuestra capacidad de juzgar, sin poder contar con el suelo seguro de aquello que es transmitido como acervo común de significaciones y sentidos, de generación en generación. Ciertamente, dirá Arendt, es posible que recién ahora, en esta brecha entre el pasado y el futuro en que nos hallamos ante el quiebre del hilo de la tradición, pueda aparecerse ante nosotros el presente en toda su novedad. Pero existe el riesgo, y no es un riesgo menor, de que ese quiebre nos deje sumidos en un presente sin espesor, o que convoque a la adhesión a cualquier contenido que llene ese vacío de sentido en que nos encontramos. 

Por fin, en Sobre la revolución Arendt se enfrenta a las revoluciones modernas, la francesa y la estadounidense, para hallar en esta última un momento de fundación de la libertad, esto es, de un poder surgido de la acción de los seres humanos entre sí y asentado en las promesas -es decir, que emana de la única fuente efectiva del poder, a ojos de Arendt-. Pero también aquí el diagnóstico final es poco esperanzador: no solo que la revolución moderna ha quedado asociada a la experiencia francesa de apropiación de los resortes de mando por una minoría, y no por la experiencia fundacional estadounidense, sino que también esta última ha derivado, en última instancia, en una forma de gobierno en la que la administración de la prosperidad se ha impuesto por encima de la búsqueda de la felicidad pública.

Tracemos, por fin, un tercer arco que conduce de Eichmann en Jerusalén (1963) hasta su libro póstumo, el inconcluso La vida del espíritu. El juicio de Eichmann, al que Arendt asistió a su pedido como cronista para el New Yorker, marcaría la reflexión de Arendt en los años siguientes; su apreciación de la incapacidad del jerarca nazi por pensar por sí mismo, por fuera de clichés y frases hechas, la llevaría a ahondar en la interrogación acerca de la actividad del pensar y del juicio, y de la relación de estas actividades con el mal. La noción de la banalidad del mal, tan ligeramente rechazada por sus detractores, lejos de exculpar a los criminales o, por así decir de banalizarlos, nos ponía, entendía Arendt, frente a un horror más difícil de concebir aún que la maldad diabólica, y contradecía el modo en que la tradición había concebido el mal. 

Los textos de sus clases de 1965 y 1966, reunidos en Responsabilidad y juicio, vuelven desde diversos ángulos sobre el impacto que esa constatación produjo en ella. En ellos, Arendt indaga en la relación del mal con la ausencia de pensar y la incapacidad de juzgar -la ausencia del diálogo de cada quien consigo mismo, del dos en uno de la conciencia, la incapacidad de relacionarse con el mundo y con los demás a través del juicio-. En esa incapacidad de pensar en diálogo con uno mismo, de rememorar las acciones como propias y de juzgar de manera ampliada -concluirá en «Algunas cuestiones de filosofía moral»- «radica el horror y al mismo tiempo, la banalidad del mal». 

La vida del espíritu debía constar de tres partes, «El pensar», «La voluntad» y «El juicio». Arendt no llegó a escribir la tercera y decía sentirse incómoda con la segunda. Señalemos someramente que la primera retoma y profundiza las meditaciones de esos años sobre el diálogo del dos en uno de la conciencia y explicita el modo en que esta capacidad, que opera con invisibles (conceptos, ideas, significados, diálogo silencioso con uno mismo), prepara la capacidad de juzgar, que opera con casos particulares. 

De las elaboraciones de la sección del pensar, pero también de los numerosos textos de Arendt de aquellos años, podemos concluir que en la sección sobre el juzgar habría de tomar forma más elaborada su apropiación de esta capacidad como capacidad reflexiva. Esto es, una capacidad, una actividad, que lejos de subsumir bajo una máxima ya dada los juicios que formulamos, nos invita a elevar nuestro juicio a partir de un caso particular, con una pretensión de validez universal que no se sostiene en una verdad exterior, sino en nuestra búsqueda por juzgar aquello que acontece a través de una mirada ampliada que -partiendo de nuestra posición- pueda imaginar otras miradas, otras posiciones, en una escena compartida. Que pueda elevar un juicio, entonces, carente de barandas, sean estas las de la tradición o las de una autoridad, que no ceda a la tentación de someterse a alguna nueva verdad de cualquier tipo que haría innecesario el ejercicio, el esfuerzo, de pensar y juzgar ante esta, nuestra herencia sin testamento.

El viaje del libro a través de la historia. Entrevista a Roger Chartier

Por Mariano Schuster.

Periodista. Es editor de la plataforma digital de Nueva Sociedad. Fue jefe de redacción de las publicaciones socialistas argentinas La Vanguardia y Nueva Revista Socialista. Colabora con medios como Letras Libres y Le Monde diplomatique, entre otros. Es coautor de Mario Bunge y Carlos Gabetta (comps.): ¿Tiene porvenir el socialismo? (Eudeba, Buenos Aires, 2013).

 

A mediados de la década de 1980, el historiador Roger Chartier comenzó a indagar de modo agudo y focalizado en diversos aspectos de la historia del libro. Heredero de la diversa y multifacética tradición de la Escuela de los Annales, Chartier impulsó, junto con otras historiadoras e historiadores, un «giro cultural» que, valiéndose de novedosas categorías, dio como resultado un marco analítico singular que permitió comprender mejor los diversos aspectos que hacen a la historia global de la cultura escrita.

 Su estudio pionero sobre los orígenes culturales de la Revolución Francesa y sus innovadores trabajos sobre la historia del libro y la lectura lo hicieron acreedor de una creciente notoriedad en el campo académico e intelectual. Decidido a escribir para lectores especializados, pero también para un público amplio, Roger Chartier ha combinado sus estudios académicos con intervenciones públicas sobre la historia de las prácticas lectoras, el papel de los libros en la historia y las transformaciones que ha supuesto, tanto para la lectura como para el libro, la emergencia de la «era digital».

Nacido en Lyon en 1945, Chartier realizó sus estudios universitarios en la École Normale Supérieure de Saint-Cloud. En 1970, comenzó su labor en la docencia como asistente en la cátedra de Historia Moderna en la Universidad de París 1. En 1975 ingresó como profesor asistente en la École des Hautes Études en Sciences Sociales y en 1984 se convirtió en director de estudios en la misma institución, de la que hoy es profesor emérito. Roger Chartier ha sido, además, profesor en el Collège de France, en la Universidad de Pensilvania y en la Universidad de Cornell. Entre 1990 y 1994 presidió el Consejo Científico de la Bibliothèque de France y entre 2000 y 2004 fue miembro del Comité Científico del Instituto Max Planck de Historia de la Ciencia.

Es autor de innumerables libros, muchos de los cuales han sido traducidos a diversos idiomas. Entre ellos se destacan Espacio público, crítica y desacralización en el siglo XVIII: los orígenes culturales de la Revolución Francesa (1990), El orden de los libros (1990), El mundo como representación (1992), Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna (1993), La cultura como apropiación (1995), Escribir las prácticas. Foucault, De Certeau, Marin (1996), Las revoluciones de la cultura escrita (1997), El juego de las reglas (2000), Inscribir y borrar: cultura escrita y literatura (2005), Escuchar a los muertos con los ojos (2008), El libro y sus poderes (2009), La mano del autor y el espíritu del impresor (2015), El pequeño Chartier ilustrado (2021) y Editar y traducir (2022). Chartier fue coordinador, junto con Henri-Jean Martin, de Histoire de l’édition française [Historia de la edición francesa] (1983) y, junto con Guglielmo Cavallo, de la imponente Historia de la lectura en el mundo occidental (2001). Fue, además, director del tercer tomo de la afamada Historia de la vida privada, editada por Philippe Ariès y Georges Duby.

En esta entrevista, el historiador francés dialoga con Nueva Sociedad sobre sus principales libros, indaga en la historia de la lectura y plantea los principales cambios que ha supuesto la era digital en términos de cultura escrita.

Profesor Chartier, usted ha escrito una obra extensa, dedicada sobre todo a la historia del libro y a la historia de la lectura. Ya a fines de la década de 1960, realizó su trabajo sobre la Academia de Lyon en el siglo XVIII, y en 1974 escribió junto a Daniel Roche en el famoso libro Faire de l’histoire [Hacer historia], publicado bajo la dirección de Jacques Le Goff y Pierre Nora. Su relación con ellos, su participación en la École des Hautes Études en Sciences Sociales, y su vínculo con historiadores como Philippe Ariès, llevó a que su obra fuera catalogada como parte de la Escuela de los Annales, en alusión a la revista fundada por Marc Bloch y Lucien Febvre, en la que, por supuesto, usted también escribió. Pero, además, su obra ha sido sindicada como parte de una «cuarta generación» de los Annales, es decir, aquella que, en la década de 1980, formó parte del llamado «giro cultural». Usted, sin embargo, nunca se ha mostrado muy favorable a la interpretación de una «cuarta generación» de los Annales y, de hecho, ha sugerido que nunca ha habido homogeneidad entre las diferentes generaciones que surgieron a partir de esa publicación. ¿Cómo ve, históricamente, el papel de esa revista y cuáles son las razones por las que descree de los marcos generacionales que se le han atribuido?

Aun cuando mi obra ha estado marcada por la tradición historiográfica asociada a la revista Annales, en la que participé y de la que no he dejado de sentirme parte, yo nunca he creído en la idea de generaciones homogéneas asociadas a esa publicación. De hecho, siempre he pensado que esa fue una invención de algunos historiadores franceses para posicionarse aprovechando la presencia internacional de la revista, fundada en 1929, y de una institución como la École des Hautes Études en Sciences Sociales, creada en 1947, y ligada directamente a ella. Es cierto que la primera generación de los Annales fue más concreta y compacta, en tanto para sus fundadores, Marc Bloch y Lucien Febvre, era necesario afirmar una forma de historia que se oponía a la que entonces era dominante. Lo que ambos buscaban era construir una perspectiva que, incluyendo dimensiones económicas, sociales y culturales que hasta entonces estaban ausentes en el campo académico, se diferenciara también de los enfoques que hacían un eje casi exclusivo en el individuo y en sucesos puramente políticos y militares. Luego, con la llegada de Fernand Braudel a la dirección de la revista, a mediados de la década de 1950, habría comenzado lo que algunos denominaron como la «segunda generación» de los Annales, marcada sobre todo por la aplicación del gran modelo de las temporalidades, ideado por el propio Braudel, y también por una aproximación histórica que era tanto económica como demográfica. Más tarde, ya en la década de 1960 y comienzos de la de 1970, se habría desarrollado una tercera generación de los Annales, identificada con lo que se conoció como «historia de las mentalidades».

Tiendo a pensar que hasta ese momento hubo ciertos criterios metodológicos, temáticos y de perspectiva que podrían permitirnos hablar de una cierta unidad, aunque no de homogeneidad; ya entonces resultaba evidente que había tonos y miradas distintas a la hora de hacer historia. Esto quedó muy claro cuando, en la década de 1980, apareció lo que algunos denominaron como la «cuarta generación» de los Annales, la de la «historia cultural», de la que yo formaría parte. En aquel contexto se hizo cada vez más visible que tanto en la revista como en la propia École se habían desarrollado formas muy diversas de interpretar y escribir la historia y que todos esos modos de interpretación presentes en los Annales habían logrado incidir fuera del propio círculo interno, por lo que aquello contra lo que se había luchado en un principio ya se había modificado.

Esa diversidad, que era cada vez mayor, se debía, entre otros aspectos, a la internacionalización del campo historiográfico y a la permeabilidad hacia corrientes que provenían de otros países y que eran absorbidas por distintos grupos. Por eso creo que, al menos desde esa época, se hizo imposible pensar en términos de generaciones, aunque a mí nunca me ha parecido que haya habido una identidad nítida e identificable dentro de los Annales. Fíjese, sin ir más lejos, que mi propia obra está inscripta en una «cuarta generación» asociada a la historia cultural, contraponiéndola a la perspectiva más cuantitativa y económica. Sin embargo, ya Marc Bloch, fundador de la revista Annales, había hecho historia cultural en toda regla al escribir un libro como Los reyes taumaturgos, en el que se destacaban criterios basados en las representaciones colectivas, los ritos y las creencias.

Lo que sucedió en realidad fue que, durante muchos años, distintos historiadores –o grupos de historiadores– intentaron aprovechar el prestigio de la revista, presentándose como «historiadores de la Escuela de los Annales», lo que daba la imagen de un grupo homogéneo que, en rigor, no era tal. Eso era una pura invención. En este sentido, debo decirle que yo, que provengo de ese mundo, me he sentido mucho más próximo al tipo de trabajo que han realizado colegas de Italia, Estados Unidos, España y América Latina que de otros colegas de la École, donde teóricamente estábamos los herederos de los Annales. Por supuesto, no pretendo destruir esta identificación con la revista y con la escuela, pero considero que es importante poner algunos matices. Reconozco que esa identificación fue muy provechosa, dado que muchos libros fueron traducidos porque en teoría pertenecían a la «escuela de los Annales», y que hubo un tiempo en el que nombrar a los Annales implicaba hacerse poseedor de un cierto capital simbólico. Pero para mí todo aquello de la primera, segunda, tercera y cuarta generación siempre ha sido una invención, una suerte de fábula.

Si quitamos del medio la idea de generaciones, es claro que, en la década de 1960, se impuso con mucha fuerza la perspectiva de la llamada «historia de las mentalidades», dentro de la cual se destacaron Philippe Ariès, Georges Duby y Robert Mandrou. ¿Cuáles son, a su entender, las principales contribuciones que hizo la historia de las mentalidades?

Creo que la historia de las mentalidades fue fundamental para pensar una serie de dinámicas y de fenómenos que habían ocupado un lugar secundario o subordinado en el campo historiográfico francés. Frente a las perspectivas socioeconómicas, la historia de las mentalidades se propuso hacer eje en las creencias y las formas de percepción que eran compartidas por diversas sociedades y grupos, estudiando los modos comunes de pensar, de ver y de sentir. Ese nuevo enfoque, que se desplegó desde la década de 1960, tuvo un gran impulso a partir de la obra de Jacques Le Goff, Robert Mandrou, Georges Duby y Emmanuel Le Roy Ladurie, así como de los sustanciales aportes de Philippe Ariès –quien era, en rigor, un outsider de la academia y de la École, a la que fue integrado uno o dos años antes de su muerte–. Si bien la perspectiva promovida por estos historiadores implicaba, sin dudas, una cierta ruptura con la historia dominante, incluso dentro de los Annales, también marcaba un cierto retorno a planteos que ya estaban presentes en la obra de Lucien Febvre, uno de los fundadores de la revista, en tanto había sido él quien, en su día, había utilizado el concepto de «herramientas mentales» para denominar las distintas creencias y categorías que eran compartidas por un grupo específico o una sociedad concreta. Así que, de un modo u otro, los historiadores de las mentalidades desarrollaron su concepto a partir de la categoría de Febvre y le dieron un nuevo dinamismo, construyendo una aproximación histórica que puede delinearse a partir de cuatro características centrales. Una de ellas era la de pensar que existía efectivamente una «mentalidad colectiva» en un momento dado o en un lugar dado. Hacer hincapié en lo común, en lo repetitivo y en lo compartido, ligaba ese enfoque a un tipo de historia cuantitativa, dado que si había fenómenos reiterados, debía ser posible reconstruir series y estadísticas que los mostraran. La segunda característica de la historia de las mentalidades era la de privilegiar las fuentes masivas –como las notariales, las demográficas, los catálogos e inventarios de bibliotecas–, que permitían el análisis de lo compartido y de lo común, al mismo tiempo que un tratamiento estadístico. El tercer rasgo distintivo era el de tomar el modelo de las temporalidades de Fernand Braudel para analizar las prácticas y los consumos culturales. Por un lado, se verificaba la larga duración de algunos fenómenos que resistían a las mutaciones y, por el otro, se examinaba, como lo hacía Michel Vovelle, el momento de ruptura, de desplazamiento de las creencias, de las transformaciones de las formas de pensar el mundo. La cuarta y última particularidad en el campo de la «historia de las mentalidades» era la de una tensión entre una perspectiva como la de Philippe Ariès, centrada en aquello que era común y compartido dentro de una sociedad, y otra, más cercana a la historia social francesa, que veía correspondencias entre las mentalidades y las clases sociales. Si para Ariès lo importante era el proceso que transformaba las creencias o los sentimientos de una época en parte de una «mentalidad común», para la corriente de la historia de las mentalidades más cercana a la historia social, que estaba representada sobre todo por Georges Duby y Robert Mandrou, lo trascendental era ver la mentalidad en relación con una clase social o a un medio profesional, o incluso las tensiones entre lo «popular» y lo «elitista». Pero lo cierto es que, pese a las diferencias que pudieran existir, la «historia de las mentalidades» constituía un paradigma dominante.

¿Cuáles eran los principales aspectos de la historia de las mentalidades que, a su juicio, resultaban problemáticos y requerían una revisión? ¿Cuáles eran las maneras en las que la nueva historia cultural, nacida durante la década de 1980 y de la que usted formaba parte, proponía superar los escollos que encontraba en la historia de las mentalidades, aun cuando en buena medida reconociera muchos de sus aportes?

La vertiente que se dio en llamar «nueva historia cultural» era deudora y heredera de la historia de las mentalidades, pero al mismo tiempo establecía críticas a esa tradición y marcaba lo que consideraba sus límites. En aquel momento, algunos investigadores considerábamos que el concepto de mentalidad era demasiado fijo y estático, y veíamos un problema en el hecho de que la historia de las mentalidades, al hacer tanto énfasis en aquello que era compartido y constante, dejara de lado no solo la idea de prácticas, sino también la diversidad de estas. Es por ello que, en lugar de buscar lo repetitivo, lo constante y lo sistemático, la nueva historia cultural se esforzó por trabajar con estudios de caso de situaciones particulares. De este modo, el marco analítico que se desplegó a fines de la década de 1980 a partir de obras como The New Cultural History1 [La nueva historia cultural] –un libro editado por Lynn Hunt en el que escribimos diversos historiadores e historiadoras– marcó una ruptura con un modelo de historia cuantitativa –que había sido adoptado por los historiadores de las mentalidades– e hizo hincapié en la particularidad de situaciones y procesos históricos específicos que también permitían sacar conclusiones amplias. En lugar de organizar la demostración histórica a partir de una división social ya establecida, la historia cultural pretendía pensar la construcción móvil, inestable y conflictiva del mundo social. Y esto implicaba la necesidad de acuñar nuevas ideas, como por ejemplo la de «luchas de representación» y la de «actos performativos de los discursos». A esto se añadió otra diferencia con la historia de las mentalidades y era la relación con los «vecinos» de las ciencias sociales. Mientras que la historia de las mentalidades había tenido cierta familiaridad con la sociología y la psicología, la historia cultural se sintió vecina de la antropología y de la crítica literaria. Por un lado, la historia cultural enfatizó la importancia del análisis de los textos –documentos, escritos, publicaciones– y, por el otro, marcó la necesidad de hacer hincapié en los ritos, las ceremonias y las prácticas que transmitían una serie de sentidos y símbolos. A partir de este horizonte se podía pensar una historia cultural que respetaba la herencia de la historia de las mentalidades, pero que a la vez ofrecía perspectivas nuevas y diferentes a ella.

Y dentro de la propia historia cultural parecía haber diferencias, aun cuando existiese un terreno común…

Por supuesto, porque siempre ha sido difícil definir o delimitar lo que constituirían los objetos propios de la historia cultural. Puede haber una perspectiva que marque una frontera y que divida, por ejemplo, la historia de la educación, la historia intelectual, la historia de los medios, la historia del arte, la historia de la literatura. Este tipo de lectura indica que hay unos objetos concretos que son culturales, pero que son analizados por disciplinas específicas, en tanto tienen características que no necesariamente comparten con el resto. Pero hay, por supuesto, una segunda perspectiva, que es la de considerar que toda historia es cultural. Este modelo rompe con el de las historias diferenciadas, en tanto sostiene que, como cada conducta y cada realidad objetiva es el resultado de significaciones que los individuos, las comunidades y las sociedades expresan en prácticas, ritos, y símbolos, la cultura es aquello que atraviesa toda la historia. Mientras que la primera perspectiva parte de un principio de delimitación de un corpus de textos y prácticas en relación con la estética, la intelectualidad y la literatura, definiendo la historia cultural en función de una serie de objetos propios, la segunda podría inscribirse en una relación con la antropología simbólica tal como la entendió Clifford Geertz, que considera que todas las conductas, los comportamientos y los rituales están investidos de un proceso de producción de sentido que es definido como cultural.

En 1989, usted publicó un ensayo que es ya un clásico de la nueva historia cultural. Me refiero a El mundo como representación. Quisiera preguntarle, en primer término, en qué medida buscaba, mediante ese concepto, producir una superación de la categoría de «mentalidad» sobre la que conversábamos anteriormente, y cuáles son, desde su punto de vista, las razones por las que el concepto de «representación», que tenía claras evocaciones de la obra de Émile Durkheim, pero también de la de Ernst Kantorowicz, tuvo un éxito tan nítido en el campo historiográfico y analítico en general.

Pienso que el éxito del concepto de representación se vincula con varios fenómenos. El primero es que se trata de una noción que ya era familiar en las sociedades de la Edad Media y, sobre todo, de la primera modernidad, y, al mismo tiempo, es un concepto analítico que fue utilizado por la sociología, la historia y la estética. A diferencia del concepto de «mentalidad», que es claramente una invención del siglo XIX, el de «representación» tiene una dimensión que es tanto histórica como metodológica. Si observamos los diccionarios de la lengua española podremos ver muy bien esta dimensión. Fíjese, por ejemplo, la definición de representación dada por el Tesoro de la lengua castellana o española de Covarrubias de 1611. Dice que «representar» es «hacernos presentes algunas cosas ausentes con palabras o figuras que se fijan en nuestra imaginación». En definitiva, la «representación» es «hacer presente lo ausente». Pero ya en el siglo XVIII, la categoría adquiere una complejidad mayor. En el Diccionario de autoridades, publicado entre 1726 y 1739, el acto de «representar» es definido, por un lado, como hacer presente lo ausente, pero también como la forma de «manifestar en lo exterior alguna cosa que lo hay o que lo parece». Según este diccionario, «representación significa también autoridad, dignidad, carácter o recomendación de la persona. Y así se dice, Fulano es hombre de representación». En definitiva, aparece una doble dimensión que alude, por un lado, a la de la representación de una ausencia y, por el otro, a la exhibición de una presencia. Un aporte fundamental en este sentido fue el que desarrolló Louis Marin, un autor que lamentablemente ha sido poco traducido al español. Marin afirmaba que la representación tiene un carácter transitivo (o transparente) y otro reflexivo (u opaco). El primero nos indica que una representación «representa algo», pero el segundo nos muestra que la propia representación se presenta a sí misma como «representación de algo». Es decir, la dimensión transitiva muestra a la representación como una operación de sustitución: hay un elemento que reemplaza a aquel que está ausente. Y la dimensión reflexiva nos muestra esa propia representación como la exhibición de una presencia.

En este sentido, diría que hay tres líneas que nos permiten pensar, en términos históricos, sobre la base de la idea de representación. Una de ellas es la que proviene de la gran tradición sociológica francesa asociada, fundamentalmente, a Durkheim y Marcel Mauss, para quienes las «representaciones colectivas» –como ellos las llamaban– constituían el cimiento de las distintas formas de percepción, clasificación y juicio. En el caso de Durkheim y Mauss, las representaciones colectivas mostraban los modos en que se internalizaban o se incorporaban las estructuras sociales, dando lugar a modos de percibir, pensar y actuar. En una segunda línea, podemos entender las representaciones como las formas a través de las cuales los individuos, los grupos, las comunidades y las sociedades exhiben y manifiestan su identidad. En esa dinámica, los individuos, pero también los distintos grupos y comunidades, se reconocen a sí mismos, y se dan a conocer a otros, a través de representaciones, de gestos, de formas específicas. Por último, podemos mencionar una tercera línea, que se vincula a la representación en un sentido delegativo, en tanto hay una persona o un grupo de personas que ejercen la representación de una colectividad, de un poder o de una identidad. Es la idea de los representantes políticos. Esas tres líneas nos permiten articular la representación incorporada, la representación exhibida y la representación delegada, haciendo de la idea de representación un instrumento analítico poderoso.

En su obra, ese concepto se vuelve especialmente potente en tanto se lo asocia a procesos de lucha con dimensiones performativas y simbólicas. ¿Hasta qué punto las «luchas de representación», tal como usted las ha denominado, forman parte de distintas estrategias de afirmación y/o rechazo de distintas identidades en el campo social? ¿En qué medida esas «luchas de representación» son sociales y políticas?

La idea fundamental es, precisamente, dejar en claro que las representaciones son parte del mundo social y, como tal, lo constituyen. Creo que, en este sentido, la obra de Pierre Bourdieu es muy importante, ya que muestra que el mundo social está constituido por una tensión entre la aceptación o el rechazo de diversas representaciones –simbólicas, del poder, de identidades–. Tal como lo expuso Norbert Elías en El proceso de la civilización2, la modernidad no consiste en la desaparición de la lucha violenta entre grupos e individuos, sino en la posibilidad de que esa violencia también se desplace, en virtud de la limitación de las pulsiones, al campo de lo simbólico. El hecho de que las luchas sociales, e incluso podríamos decir las luchas de clases, ya no se expresen única y exclusivamente a partir de la violencia física o de una guerra abierta y declarada, sino a través de combates en los modos de representar y de clasificar, lleva a que los distintos grupos e individuos proyecten sus identidades, sus perspectivas y sus discursos a través de representaciones. Y esas representaciones entran en pugna unas con otras.

Es en este sentido que las luchas de representación forman parte de los elementos que pueden asegurar una determinada dominación política, una dominación social o una dominación de género. Tanto la historia política que estudia las formas de ejercicio del poder a la manera de Kantorowicz, como las modalidades de análisis de la construcción de las desigualdades sociales a la manera de Bourdieu, o la propia historia de las mujeres en el marco analítico crítico que promovió, entre otras, Lynn Hunt, expresan permanentemente luchas de representaciones. Este último ejemplo, el de la representación de género, es muy claro, en tanto que la dominación simbólica hace aceptar como naturales las representaciones dominantes de «lo masculino» y «lo femenino» hasta el momento en que estas son rechazadas, como bien lo demuestran los diversos movimientos feministas.

 Como cualquier concepto renovador de la disciplina, el de «representación» ha tenido también sus críticas, como las que formularon el italiano Angelo Torre y el español Ricardo García Cárcel. ¿Cómo analiza y piensa esas objeciones?

Aunque son de orden diferente, considero que ambas críticas se encuentran unidas en la idea de que estudiar las representaciones constituiría una forma de alejarse de la realidad histórica y social. Por un lado, tenemos la crítica de García Cárcel, que consiste, fundamentalmente, en la idea de que hacer eje en las representaciones puede volvernos cómplices de los mitos del pasado. En su consideración, las representaciones no pueden más que distorsionar y ocultar la verdad histórica, los hechos tal y como sucedieron, por lo que, según su punto de vista, estudiar esas representaciones conduce directamente al relativismo. Lo que García Cárcel plantea es, en definitiva, la existencia de una verdad de la historia que se opone a la falsedad o las ilusiones de las representaciones. Si esta crítica es principalmente epistemológica, la que realizó Angelo Torre tiene un corte más metodológico. En un artículo, publicado en la revista italiana Quaderni Storici, Torre planteó que el estudio de las representaciones llevaba aparejado un abandono del estudio de lo que él definía como la «realidad», que consistiría en las prácticas sociales de los individuos y grupos del pasado.

Creo que estos argumentos críticos hacia la noción de representación y al estudio de las representaciones, en virtud de un supuesto alejamiento de la verdad histórica o de la realidad histórica, llevan, en primer lugar, a una pregunta: ¿qué son y para qué sirven, entonces, las fuentes históricas? Nosotros, como historiadores, no vivimos en el siglo XVI, por lo que todo lo que decimos sobre el siglo XVI surge a partir de documentos que enumeraron, narraron y comentaron las realidades de ese tiempo. Y esos documentos o esas fuentes no nos muestran lo que los críticos de la noción de representación denominan «la realidad» o «la verdad», sino justamente las representaciones de una realidad pasada. Por lo tanto, si los historiadores trabajamos con documentos, que constituyen representaciones de la realidad, la lógica nos indica que nuestro trabajo es descifrar los códigos internos de esas representaciones para llegar al conocimiento de las realidades efectivamente vividas.

En segundo lugar, considero que apelar a la categoría de representación y trabajar a partir de ella en el análisis histórico social no supone de ningún modo abandonar el terreno de las prácticas y las experiencias humanas en la realidad social. De hecho, los esquemas de representación se relacionan directamente con condiciones de posibilidad inscriptas en esa realidad, por lo que difícilmente puede verse el trabajo con las representaciones como una anulación de aquella. La representación no está escindida de aquello que representa o pretende representar. En este sentido, creo que algunas críticas a la noción de representación y al trabajo de los historiadores a partir de las representaciones tienen un problema añadido, que es el de considerar que las representaciones no constituyen, en sí mismas, una realidad. El punto es justamente que las representaciones también forman parte del terreno de lo real.

Permítame introducirme de lleno en la cuestión de la historia del libro. Es sabido que el campo específico comenzó a delinearse a partir de la publicación de La aparición del libro, de Lucien Febvre y Henri-Jean Martin3. ¿Cuál fue, para usted, la importancia del marco promovido por esa obra y por ambos autores?

Creo que el trabajo de Henri-Jean Martin y Lucien Febvre, publicado en 1958, plasmó una novedosa práctica historiográfica que abrió camino a un campo de estudios y, a partir del uso de herramientas estadísticas y de métodos de análisis social, permitió, entre otras muchas cosas, analizar la presencia de libros en distintos entornos sociales –haciendo jugar allí el poder adquisitivo y la pertenencia a una determinada clase–. Siempre he considerado que el título La aparición del libro era algo desafortunado, ya que el trabajo de Lucien Febvre y Henri-Jean Martin estaba enteramente dedicado a las consecuencias de la invención de la imprenta, y eso  impedía ver que había libros antes de la creación de Gutenberg.  Pese a ello, considero también que tanto los aportes que ambos realizaron, como la apertura del campo de la historia del libro fueron de un gran valor.

A partir del estudio de Febvre y Martin se desarrolló el que, durante muchos años, sería el paradigma dominante en la historia del libro. Ese paradigma hacía hincapié, en primer lugar, en la «gente del libro», es decir, en los impresores, los tipógrafos, los encuadernadores, los editores. Y al poner el foco en ellos acababa construyendo una historia social de las personas que participaban de ese universo. La segunda línea importante de este paradigma era la de poner énfasis en la coyuntura de la producción de los libros. Estos historiadores tomaban un modelo que la historia ya había utilizado para otras mercancías y, valiéndose de herramientas cuantitativas y estadísticas, indagaban en la producción de libros a escala nacional y local, durante un determinado periodo. La tercera línea de este enfoque se basaba en el desarrollo de una reflexión sobre el modo en que el libro se introducía en las sociedades: cómo se distribuía, cómo se accedía a él y cómo las bibliotecas hogareñas de libros –la clase de libros que tenía la gente– podían vincularse con una determinada identidad social. De ahí que este tipo de historia prestara tanta atención a los inventarios de libros que se encontraban en los testamentos o a los catálogos impresos de las librerías.

Si bien ese paradigma, tal como usted lo expresa, fue dominante, tuvo también una serie de modificaciones e incorporaciones a lo largo del tiempo. Sin ir más lejos, en la década de 1980 usted fue uno de los coordinadores, junto con el mismo Henri-Jean Martin, de la Histoire de l’édition française [Historia de la edición francesa]4, proponiendo algunos enfoques nuevos. Pero, además, en su propia obra es claramente visible la influencia de la sociología de los textos de Donald McKenzie y la de la paleografía de Armando Petrucci. ¿Cuáles fueron los principales aportes de esas tradiciones y de esas aproximaciones históricas e intelectuales para construir nuevas perspectivas en el campo de la historia del libro?

Es cierto que cuando publicamos la Histoire de l’édition française con Henri-Jean Martin emergieron una serie de perspectivas nuevas, pero creo que estas se asociaron, en buena medida, al tema de la investigación, que estaba más centrado en el proceso editorial que en la historia del libro. En ese sentido, uno de los principales puntos, que hasta entonces no había sido tratado en el campo de estudios dominante sobre los libros, fue el de pensar el modo en que los editores seleccionaban los textos en distintos periodos históricos construyendo una determinada «identidad editorial». Por otro lado, y tal como usted comentaba, comenzaron a desarrollarse, desde distintas latitudes, nuevos enfoques que desafiaban el paradigma francés de la historia del libro y que hacían hincapié en cuestiones como la de la materialidad. Esto fue muy claro con la aparición, en 1986, del libro Bibliografía y sociología de los textos del académico neozelandés Donald McKenzie5. La sociología de los textos propuesta por McKenzie, por la que muchos nos vimos atraídos, remarcaba que no todos los textos eran libros y que, por lo tanto, se debía prestar una atención particular a otras producciones escritas, lo que a muchos de nosotros nos llevó a pensar que era necesario unir en una misma perspectiva el análisis de la producción, la circulación y la apropiación de los textos impresos o manuscritos –fueran estos libros o no– y a considerar que la materialidad misma de los libros desempeñaba un papel fundamental en la recepción por parte de los lectores. Este tipo de planteo desafiaba, sin dudas, algunos de los rasgos de la tradición francesa de la historia del libro, en tanto esta no se ocupaba demasiado de la materialidad, sino que veía los libros casi como títulos que podían ser puestos en una serie estadística. La sociología de los textos propuesta por McKenzie permitió modificar ese enfoque, mostrando que las formas materiales de los libros constituyen una realización e incluso una encarnación de su sentido –en tanto se considera que el sentido de un texto depende también de la forma de su inscripción material–. Este planteo llevó a un análisis más detallado de los diversos elementos «no verbales» de los propios libros: el formato, el carácter tipográfico, la división del texto, la puntuación. Todos estos elementos forman un libro, pero no son estrictamente «el texto» que está publicado dentro de este libro.

A ese enfoque se le debe agregar otra referencia externa a la tradición francesa de la historia del libro, que fue igualmente fundamental para desarrollar nuevos análisis y perspectivas en torno de esta materia. Me refiero a la tradición italiana de la paleografía o de la codicología, cuyo exponente principal fue, sin dudas, Armando Petrucci. Fue Petrucci quien nos llamó a considerar la cultura escrita en su totalidad. Al tomar en cuenta las más diversas prácticas y producciones de lo escrito en una determinada sociedad, Petrucci amplió el marco y la perspectiva de análisis, porque situó el libro impreso dentro de una entidad más amplia: lo que él llamaba la «historia global de la cultura escrita», que incluía la historicidad de las normas, de los códigos y las competencias en el uso de la escritura, pero también la de las maneras de leer. Creo que, a partir de estas tradiciones, lo que podemos concluir es que progresivamente se fue transitando un camino que condujo de la historia del libro a una sociología de los textos y a una historia global de la cultura escrita.

En muchos de sus ensayos usted retoma la idea de Kant según la cual, por un lado, el libro puede ser considerado como un objeto –es decir, como un bien material que es producido por un editor y comprado o adquirido por un propietario que pasa a ser su poseedor y potencial lector–, y por otro, como una obra –es decir, como un texto que pretende transmitir un determinado discurso–. ¿Cómo se interrelacionan en el campo de la historia cultural estas dos dimensiones del libro? ¿Qué desafíos supone esa dualidad a la hora de producir una aproximación histórico-crítica?

La doble dimensión que marcaba Immanuel Kant en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres es una verdadera constante y es central para comprender algunos de los aspectos más importantes de la historia del libro y de la historia de la lectura. Lo que Kant vio, y que hoy es señalado por casi cualquier diccionario, es que el libro es, por un lado, un objeto material o, como él mismo lo llamaba, un opus mechanicum, que es producido a través de una determinada técnica que permite su distribución y su circulación, y cuyo propietario es quien lo adquiere. Pero por otro lado, y tal como lo manifestaba a la vez el mismo Kant, un libro es también un discurso, una obra que ha sido escrita por un autor –que es, en ese caso, su propietario–, y que ha tenido la mediación de editores y libreros, y cuyo propósito es dirigirse a un lector. Esa doble identidad o doble dimensión que marcaba el filósofo alemán adquiere un sentido importante en el siglo XVIII, porque es en ese momento cuando surge la idea misma de copyright, que estaba destinada a proteger el libro como discurso, como obra textual. No debemos olvidar que en el siglo XVII se solía afirmar que un libro tenía, por un lado, un cuerpo, y por el otro, un alma. ¿Cuál era el cuerpo? La materialidad. ¿Cuál era el alma? El discurso.

A la hora de hacer historia o sociología del libro, es necesario tener siempre en cuenta estas dos dimensiones, que están entrelazadas entre sí. Este es el modo en que, de hecho, han trabajado numerosos historiadores, sociólogos e investigadores de distintas disciplinas. Pero debo decirle que, lamentablemente, ha habido ciertas perspectivas que han tendido a olvidar esta doble dimensión. Algunos análisis desde la crítica literaria han tendido a estudiar los textos sin su materialidad, como si se pudieran considerar las obras independientemente de su forma de inscripción material. Esto fue muy claro en la tradición estructuralista de la crítica literaria y de la semiótica. Pero, al mismo tiempo, otros han querido estudiar la materialidad del libro sin prestar atención al texto y a su discurso, considerando que lo importante eran únicamente los procesos de fabricación y las intervenciones múltiples que transformaban el texto en un objeto. Gracias a Don McKenzie, a Armando Petrucci y a la tradición francesa de la historia del libro, creo que es posible establecer una relación y una aproximación histórica tanto a la materialidad del libro como a la crítica textual, pensándolas en su conjunto.

Permítame referirme a una de esas dos dimensiones: la de la materialidad. ¿En qué medida impacta sobre los lectores? ¿Por qué la inscripción material de las obras es un elemento central para la historia de la lectura?

La materialidad es un elemento esencial para entender las apropiaciones sucesivas de una misma obra y es por ello que la dualidad que usted mencionaba debe estudiarse históricamente. Al estudiar, por ejemplo, una determinada obra de Shakespeare, de Jorge Luis Borges o de Machado de Assis, debemos tener en cuenta que una determinada inscripción material de esa obra –entendida como discurso– condiciona también el modo en que la leemos y la percibimos. Pensemos en esto: todos hemos leído la misma obra –entendida nuevamente como discurso– en una edición concreta y particular, en un formato concreto y particular, en una lengua concreta y particular. Además, lo hemos hecho, como individuos, en una situación de lectura que es igualmente concreta y particular. Y esto implica que nuestra aproximación a esa obra está mediada por circunstancias singulares que han marcado nuestra lectura y nuestra apropiación de esa misma obra. Ahora bien, usted y yo podríamos, por ejemplo, comenzar a hablar de Hamlet o de Madame Bovary sin referirnos necesariamente a la edición específica en la que leímos esas obras, es decir, prescindiendo de la inscripción material. Esa transhistoricidad de algunas obras, decía Borges, tiene algo misterioso, en tanto parecería que son, siempre, idénticas a sí mismas. Con ellas adoptamos, como decía un crítico shakesperiano, una «perspectiva platónica», ya que al referirnos a ellas excluimos completamente su dimensión material, sus ediciones concretas. Eso mismo sucede cuando pensamos en términos de copyright. El copyright protege una obra, cualquiera sea su forma de publicación. No protege una edición particular, sino que protege la obra. Sin embargo, esa misma obra solo puede existir a través de una determinada materialidad, solo puede encarnarse en la forma de un objeto específico. En definitiva, el copyright profundiza y refuerza esa perspectiva platónica, colocando la materialidad en un segundo plano y el discurso textual en el primero. Sin embargo, como historiadores, sabemos que las obras, cualesquiera sean, aun aquellas que nos resultan transhistóricas, requieren del estudio de las circunstancias y de las materialidades que han hecho posible nuestro encuentro con ellas en situaciones bien concretas, bien específicas, bien particulares, bien singulares. Y es por ello que una historia del libro y una historia de la lectura atenta a las dinámicas de los sujetos, a los modos de apropiación de las obras, a las formas de recepción y movilidad de los textos, no puede prescindir nunca de la dimensión material.

En Historia de la lectura en el mundo occidental, libro que coordinó junto con el paleógrafo italiano Guglielmo Cavallo6, usted enfatiza que, al ejercer el acto de leer, el lector se enfrenta a toda la serie de mediaciones ya incorporadas en el libro, tanto en su carácter discursivo como en su propia materialidad. Si como usted afirmó, el lector transgrede las coacciones, pero desde una libertad condicionada, ¿es la historia de la lectura, en buena medida, el estudio de las formas en las que actúan los condicionamientos que el libro impone sobre el lector y los modos en los que este, de igual manera, ejerce su libertad?

 Lo que usted está marcando en su pregunta es una de las grandes paradojas de este campo de estudios. Por un lado, la historia de la lectura parte del supuesto de que el lector tiene libertad, capacidad de apropiación y de comprensión de aquello que lee. De hecho, la historia de la lectura solo puede existir si se establece una autonomía del lector en relación con lo que le es propuesto, tanto por el texto del autor como por el libro del editor. Pero, al mismo tiempo, la historia de la lectura afirma que esa libertad y esa capacidad de apropiación tienen condicionamientos, coacciones y constreñimientos. Esos condicionamientos son producto de los libros en su doble sentido, como obras/discursos y como objetos materiales. Por un lado, los modelos narrativos y retóricos le imponen al lector una serie de marcos de ubicación de aquello que lee, en tanto la lectura se ejerce dentro de una larga herencia de categorías literarias y estéticas. Por otro lado, y siguiendo nuevamente a Don McKenzie, todos los elementos no textuales del libro le imponen al lector una clasificación, un reconocimiento y una ubicación que se encuentra en el marco de una cultura impresa ya establecida. En este sentido, la historia de la lectura parte del reconocimiento de que el lector percibe y lee dentro de un marco de coacciones que, de un modo u otro, le imponen una cierta forma de recepción de las obras. Toda la historia de la lectura busca esta tensión entre la libertad del lector y las coacciones dentro de las que ejerce esa libertad. Es por ello que suelo utilizar la frase que usted menciona, y que hace referencia a un lector que transgrede coacciones, al tiempo que ejerce una libertad restringida. Esta es la idea que resume la relación entre la historia de los libros, la historia de los textos, la historia de las lecturas y de los lectores. El punto está, entonces, en cómo se moviliza, a partir de estudios particulares, esta relación que está sujeta a variaciones históricas, en tanto depende de momentos, de géneros, de espacios de libertad que se abren o se cierran.

Por otro lado, es importante destacar que la capacidad del lector depende siempre de su construcción sociocultural. El famoso ensayo de Michel de Certeau en el que identifica la lectura como una forma de «caza furtiva» muestra que el texto-libro o el libro-texto nunca se impone totalmente en la mente del lector, porque este sostiene siempre un espacio de invención, de apropiación y de creación. La lectura no es un mero consumo, es una actividad creadora y creativa. Al mismo tiempo, al abordar la historia de la lectura, es importante pensar en «lectores» en plural. Es cierto que hay posturas individuales de lectura, pero también hay sociedades de lectores, comunidades de lectores. Esas comunidades se definen a partir del entrecruzamiento de criterios sociales, generacionales, de género. Todo esto define los aspectos más interesantes y provocadores, pero también difíciles, de una historia de la lectura, de las lecturas, de los lectores.

¿En qué medida la imprenta desarrolló una revolución en términos de prácticas lectoras y en qué medida favoreció una que ya estaba produciéndose? ¿Cómo se conectaron los cambios en términos técnicos y de producción con las transformaciones en la lectura?

Creo que para pensar la revolución de la imprenta asociada a la historia de la lectura es necesario reflexionar sobre una serie de líneas diferentes que se encuentran en relación. En primer lugar, debemos considerar la cuestión técnica que es, en rigor, la verdadera revolución del invento de Gutenberg, en tanto antes de la imprenta la reproducción de los textos solo podía realizarse a través de la mano del copista o del escritor. Con la prensa de imprimir y los caracteres móviles esto se modificó, lo que dio lugar a una multiplicación de los textos. Además, el tiempo en que se fabricaban los libros se redujo, y lo mismo sucedió con los costos de producción. La consecuencia de este proceso fue una circulación cada vez mayor de los libros, que se expresó en dos vías: si por un lado cada libro podía llegar a más lectores, también cada lector podía hacerse de más libros. En esta misma línea de análisis, es decir, la vinculada a la técnica, se produjo otra revolución en el siglo XIX, con la industrialización de la impresión, que fue seguida en el siglo XX de la transformación digital. Sin embargo, cuando pensamos en la imprenta, creo que debemos referirnos, al mismo tiempo, a la cuestión asociada a la forma material del libro, es decir a su morfología. Al observar lo que sucedió con el invento de Gutenberg, nos percatamos de que este no modificó el carácter del libro, que siguió siendo fundamentalmente el mismo tipo de objeto. La forma material del libro, tal como la conocemos, se remonta al códex desarrollado durante los primeros siglos de la era cristiana. El códex ya nos muestra el libro como una serie de pliegos, hojas y páginas que cuentan con una encuadernación o algún tipo de cobertura, lo que se contrapone a su forma precedente de rollos o tabletas –como las de la región de Sumeria–. Este tipo de transformación, nítidamente morfológica, se mantuvo intacta con el desarrollo de la imprenta. Ahora bien, cuando vemos estos procesos en relación con la lectura, podemos identificar otros tres procesos que refieren a transformaciones sociológicas y culturales. Sin dudas, la primera gran transformación se produjo en los monasterios durante la Alta Edad Media, cuando comenzó a verificarse un paso de la lectura en voz alta a una de tipo silenciosa, por lo que, tal como usted sugería, el cambio en las prácticas de lectura comenzó a producirse antes de la invención de la imprenta. Una segunda revolución en términos de lectura tuvo lugar en el siglo XVIII, cuando se produjo una transición de un corpus de libros específico y limitado, que estaba dirigido sobre todo a los miembros de las elites –que ejercían una lectura intensiva–, a una producción más extensa de libros, que llegaron a manos de un público más amplio de lectores. Finalmente, en el siglo XIX tuvo lugar a una tercera transformación, con la aparición de nuevas categorías de lectores, producto, en buena medida, de los procesos de alfabetización. Los niños y las mujeres, pero también diversos sectores de las clases llamadas «populares» accedieron a la lectura. Y, al mismo tiempo, se profundizó el pasaje de la lectura intensiva a la extensiva. Los lectores multiplicaron, valga la redundancia, sus lecturas, comenzaron a leer más rápidamente y, al hacerlo, no siempre le dieron un peso o una autoridad a aquello que leían.

Recién hacía referencia a la transformación del mundo digital para las prácticas lectoras, pero también para la propia idea de lo que constituye un libro. ¿Cuáles son las principales modificaciones que ha supuesto, hasta ahora, la revolución digital? ¿Cómo se conjugan los cambios técnicos con los hábitos de lectura?

Sin lugar a dudas, la revolución digital ha supuesto una transformación técnica y una transformación morfológica. Por un lado, tenemos un cambio técnico que modifica la forma de transmisión de la textualidad. Por otro lado, tenemos un cambio morfológico, en tanto la pantalla, que es totalmente distinta de una página, cambia la forma de inscripción del texto. Lo llamativo es que ahora la técnica y la morfología han cambiado de forma simultánea. Pensemos en la invención de la imprenta, un caso sobre el que recién conversábamos. A través del invento de Gutenberg, un libro siguió siendo básicamente lo mismo que era desde la creación del códex: un objeto que consistía en hojas dobladas, pegadas y encuadernadas. Su gran revolución fue técnica, pero la morfología quedó intacta. Ahora pensemos en la invención del códex. ¿Qué fue lo que sucedió allí? Una transformación exclusivamente morfológica. Pero lo que sucede ahora es totalmente distinto porque las dos revoluciones se producen al mismo tiempo. Esta es, además, una revolución muy singular, en la medida en que se trata de la primera vez que el soporte técnico ya no se vincula a un contenido específico. Este no era el caso de las tablas de Sumeria, ni del manuscrito medieval ni del libro del siglo XIX. Fíjese que, a diferencia de la página, la pantalla no solo permite leer, sino que es el vehículo de cualquier tipo de producción simbólica. Sabemos que un libro está necesariamente vinculado con el contenido textual, pero ahora en la misma pantalla en la que podemos leer un libro, también podemos tener, como lo estamos haciendo ahora, una conversación. Apenas terminemos nuestro diálogo, cada uno de nosotros podría, si así lo quisiera, leer una noticia o mandar un correo en el mismo dispositivo en el que hemos conversado. Esta gran transformación da lugar a cambios importantes en las prácticas lectoras, en la medida en que ha favorecido lecturas más aceleradas, impacientes y fragmentarias. Y supone, al menos en mi perspectiva, un desafío: el de los criterios de lectura. El mundo de internet y de las redes se presta, como se ha verificado durante los últimos años, a la proliferación de noticias falsas y a diversas formas de falseamiento y de manipulación de la historia. Y, honestamente, no estoy convencido de que podamos distinguir bien las cosas, o al menos no todavía. Los criterios de lectura, los criterios de evaluación y juicio de aquello que leemos, también pueden modificarse. La frase «lo he leído en internet» como criterio de verdad es, lamentablemente, muy preocupante. Creo que, en este sentido, además de analizar las implicancias técnicas y morfológicas de los cambios que ha supuesto el mundo digital, es necesario que nos embarquemos en estudios sobre las prácticas lectoras en ese mismo universo.

Profesor Chartier, me gustaría preguntarle por uno de los asuntos más espinosos sobre los que ha trabajado en su obra: el de la llamada «cultura popular». Usted no solo escribió su famoso ensayo sobre la Biblioteca Azul, que reunía libros que algunos historiadores, como Robert Mandrou, definieron como destinados al «lector popular» –algo que usted discutió–, sino que también indagó en el concepto mismo de «cultura popular»7. De hecho, en un artículo publicado hace ya décadas afirmó que, en realidad, «la cultura popular es un concepto culto». Al mismo tiempo, usted ha valorado muy positivamente el trabajo de Carlo Ginzburg sobre el molinero Menocchio8, afirmando que mostró modos populares de lectura, incluso respecto de textos que provenían de la cultura hegemónica. ¿En qué medida la cultura popular supone un desafío para la historia del libro y la historia de la lectura? ¿De qué hablamos cuando nos referimos a los modos populares de leer?

La cuestión de la cultura popular siempre ha sido muy problemática, porque si bien podemos afirmar que existe algo que denominamos «pueblo», el conflicto comienza cuando pensamos en qué consiste exactamente. Y lo mismo sucede, lógicamente, cuando hablamos en términos de «cultura popular». Esto conduce a una multiplicidad de definiciones posibles, que no siempre tienen un punto en común. Por un lado, se puede adoptar una definición estrictamente social o socioprofesional, que lleva a que lo popular sea establecido en relación con ciertas clases sociales presentes en una sociedad concreta. Pero también se puede adoptar una definición mediática, en la que lo popular es lo exitoso, lo masivo, lo que trasciende las clases sociales o que parece, a priori, trascenderlas. Esto muestra que, conforme a las aproximaciones, el sentido de lo que llamamos pueblo y, por ende, de lo que consideramos como «popular» se modifica. Un segundo problema consiste en pensar esa cultura que ha sido definida como «popular» como un sistema autónomo y cerrado que tiene su propia lógica. Esta es la tentación del folclore, de la folclorización de lo popular. Pero también es problemático pensar la cultura popular en términos de carencia y de dependencia en relación con la cultura dominante, erudita. Si la primera perspectiva es la de una cultura popular carnavalesca, que es independiente del resto de la cultura, constituyéndose como un sistema cerrado, la segunda perspectiva piensa la cultura popular como desprovista de una cierta legitimidad. La tensión entre estas dos miradas ha sido esencial en los trabajos históricos, como lo muestra claramente la obra de Peter Burke.

Cuando avanzamos hacia el terreno de la historia de la lectura en relación con la cultura popular, considero que, en lugar de centrarnos en la identidad específica de un corpus –que sería el de la «literatura popular»–, debemos desplazar nuestra atención hacia los modos de apropiación de aquello que se lee. Usted mencionaba a Carlo Ginzburg, y justamente el caso de Menocchio nos muestra esos modos de apropiación9. Es decir, nos muestra la forma en que una serie de textos que no fueron producidos para un público integrado por campesinos, artesanos o pequeños mercaderes –es decir, para un público popular, en el sentido social del término– pudieron ser apropiados por esos sectores, a menudo gracias a su nueva forma de publicación, de circulación y de adquisición. Se trataba de textos que habían sido escritos originalmente para otro tipo de público, pero que pudieron ser apropiados por el mundo popular. Incluso en el caso de ciertos textos «impuestos», existe siempre un espacio posible para la apropiación a través de la lectura. Esa era, de hecho, la idea fundamental de Ginzburg cuando afirmaba que Menocchio leía textos de la cultura dominante de un modo muy particular. Un modo que Ginzburg identificaba como «popular», como un modo «popular» de lectura. Usted sabe que hay mucho debate sobre si un molinero como Menocchio podía ser realmente considerado como una encarnación de lo popular. Porque una cosa es encarnar a alguien que no está en las elites, pero otra distinta es encarnar algo que puede ser definido como popular. Pero cualquiera sea el diagnóstico sobre «lo popular» de Menocchio, para Ginzburg lo importante era mostrar que la lectura de Menocchio era la que tenía ese carácter popular. Y esa calificación no se vinculaba a que un molinero pudiera ser miembro de las clases populares, sino a que, tal como afirmaba el propio Ginzburg, la lectura que Menocchio hacía de ciertos textos implicaba la movilización de un sistema de pensamiento y de creencias que procedían de una tradición oral, que eran folclóricos, que pertenecían a una historia cultural primordial, campesina. Eso era lo popular de Mennocchio, más que su condición social.

Esta perspectiva abierta por Ginzburg me parece central para comenzar a resolver el problema de lo popular en términos de la historia de la lectura y la historia del libro. Cada vez que nos aproximamos a un corpus que es definido como «popular» debemos prestar mucha atención y verificar qué se está queriendo decir con ello. Pensemos en el caso que usted planteaba, el de la Biblioteca Azul10. Ese corpus no era popular en sí mismo ni había estado dirigido primariamente a un lector definido, socioprofesionalmente, como popular, tal como creía Robert Mandrou, en una interpretación que, quizás, estaba algo cargada de ideología. Sin embargo, el modo de circulación a través de la venta ambulante, y el modo de apropiación, a través de las formas de lectura, podían tener algún carácter popular. Pero dado que los lectores de los libros de esa Biblioteca Azul no han dejado diarios o memorias que nos permitan entender cómo los leían, debemos manejarnos con algunos indicios para sacar conclusiones provisorias.

Ya que hablamos de cultura popular en relación con la historia del libro, permítame preguntarle por su ensayo «Los libros, ¿hacen revoluciones?» que fue publicado en Espacio público, crítica y desacralización en el siglo XVIII11, donde usted analizó los orígenes culturales de la Revolución Francesa. Aquel texto daba cuenta de una polémica, por cierto muy amable, con su amigo y colega Robert Darnton. Leyendo el ensayo, y entrevistando luego a Darnton, he tenido la impresión de que, en rigor, no tenían tantas diferencias. Si bien para Darnton los libros de la Ilustración, y sobre todo los «libros filosóficos», habían contribuído en el desarrollo de un «temperamento revolucionario», no habían favorecido un paso mecánico a la propia revolución. ¿Cómo ve aquel debate, a la luz de los años?

Lo primero que me gustaría decirle es que es una alegría que The Revolutionary Temper: Paris, 1748-1789 [El temperamento revolucionario: París, 1748-1789], el último libro de Robert Darnton, haya sido traducido al francés. Es un libro interesantísimo, sobre el que recientemente he publicado una reseña en el periódico Le Monde. Recuerdo que cuando sostuvimos aquel debate, Darnton estaba muy involucrado en sus fantásticos estudios sobre la Sociedad Tipográfica de Neuchâtel (en Suiza). En esos trabajos, mostraba que a partir de 1740 o 1750 se había producido en Francia una fuerte circulación de aquello que los editores llamaban «libros filosóficos» y que eran, en rigor, libros que contenían una mezcla entre lo pornográfico y lo político y que, a la vez, realizaban denuncias contra los aristócratas y contra la misma monarquía. Darnton consideraba que la circulación amplia de esos libros ya había transformado la relación de los franceses con la autoridad monárquica, algo con lo que yo no estaba del todo de acuerdo. Sin embargo, más recientemente, Darnton matizó esta perspectiva y en su libro Piratería y edición, publicado hace tres años, retomó sus estudios sobre los archivos de la Société Typographique de Neuchâtel y mostró que lo esencial del negocio de esta casa editora estaba en las ediciones piratas, más que en los libros prohibidos12. Esas copias piratas estaban prohibidas en Francia por una razón puramente comercial, en tanto no respetaban los privilegios reales que habían obtenido los editores de esas obras, que eran introducidas en el país desde el exterior en ediciones más baratas. Era esa circulación ilegal de ediciones igualmente ilegales lo que estaba prohibido. Porque esos libros eran, digamos, bastante tradicionales, conservadores. De hecho, si habían recibido un privilegio real era porque no tocaban de ninguna manera a las autoridades y el sistema de creencias instalado. Y en este trabajo reciente, Piratería y edición, Darnton lo mostraba, equilibrando así la relación entre los libros realmente prohibidos –es decir, los que defendían y mostraban imágenes o ideas que iban en contra de la autoridad– y el negocio de las ediciones piratas. Ahora, en The Revolutionary Temper, Darnton desplaza más su atención a los panfletos y los libelos, indagando en el modo en que contribuyeron a una transformación del humor, de la sensibilidad y de las percepciones en el periodo previo a la Revolución Francesa. Y esto me parece muy interesante, en tanto marca una trayectoria en el pensamiento de Darnton: al principio más centrado en la idea de que la Revolución fue habilitada por la propia circulación de ese corpus «filosófico» –que incluía no solo de manera estricta la filosofía, sino los llamados «libros filosóficos» que contenían pornografía–, y ahora más focalizado en la conformación de una nueva sensibilidad, de una nueva percepción o, como él mismo dice en su libro, de un nuevo temperamento a partir de la circulación de rumores y noticias transmitidas, tanto de modo impreso, como de forma oral. Creo que, de este modo, Darnton se acercó a una perspectiva como la de la historiadora Arlette Farge, que siempre hizo hincapié en los rumores y en todo aquello que circulaba oralmente13. Pero en el caso de Darnton, y esto me parece muy acertado, esa perspectiva va de la mano de la circulación de los textos, cualquiera haya sido su formato. Así que creo que ahora nuestras posiciones sobre si los libros hacen o no revoluciones son más próximas que cuando tuvimos el debate.

 En su trabajo sobre los orígenes culturales de la Revolución Francesa usted planteaba, además, una discusión sobre la forma en que los actores del propio proceso revolucionario reconstruían los fundamentos históricos del acontecimiento, dando lugar a la constitución de un panteón selectivo de precursores. ¿En qué medida la categoría de «orígenes» utilizada para la comprensión del proceso entra en contradicción con la forma en que los actores mismos los pensaron?

En primer término, debo decirle que soy consciente de que hay quienes plantean objeciones a la categoría de «orígenes», en tanto esa noción es ambigua y paradójica porque, justamente, las revoluciones se reivindican a sí mismas como un momento de ruptura absoluta, como un momento sin prefiguraciones. Es lo que el mismo Darnton recuerda en el epílogo de su libro, cuando muestra que, en muy poco tiempo, la Revolución Francesa inauguró, por ejemplo, un nuevo calendario y hasta una nueva métrica. Pensemos, sin ir más lejos, que luego de la Revolución Francesa comenzó a hablarse del Año I de la República. Esto, por supuesto, no es privativo de esa revolución; lo mismo puede decirse respecto de la rusa o de la china, por nombrar solo dos. Al pensarse a sí mismas como rupturas radicales con todo lo previamente existente, se presentan primero como una absoluta novedad, aunque luego busquen sus propios precursores para justificar su causa. Uno de los principales críticos de la idea de «orígenes» fue el propio Michel Foucault, que consideraba que no se podía, de ningún modo, pensar que un evento existiera antes de su emergencia real como acontecimiento. Pensar en términos de orígenes, suponía, en el planteo de Foucault, eliminar u olvidar lo radical del acontecimiento. El problema es que esta perspectiva filosófica de corte nietzscheano es muy interesante pero hace difícil escribir la historia. Lo que debemos hacer, y esto es ciertamente lo que ha hecho Darnton en toda su obra, y muy particularmente en sus últimos libros, es detectar todo aquello que puede prefigurar u organizar los cambios de percepción y de mentalidad que se producen antes del acontecimiento revolucionario, de la ruptura radical que se muestra a sí misma como una pura novedad, como un hecho sin orígenes. No es necesario que utilicemos el concepto de «orígenes», del que yo ciertamente me valí en mi libro sobre la Revolución Francesa, pero sí es necesario que podamos ver las formas en que fue desarrollándose un cambio en la perspectiva de las personas. Esto nos permite encontrar otra dimensión de las revoluciones, porque estas revoluciones que se afirman como una ruptura radical son las mismas que luego van en busca de sus precursores para ubicarlos en su propio panteón. Todas, absolutamente todas las revoluciones –la francesa, la rusa, la china– han construido panteones en los que han ubicado a aquellos a quienes han considerado sus precursores. Y esto muestra que las revoluciones, en su propia radicalidad, no pueden borrar la presencia obsesiva de orígenes construidos a través de esos precursores. Las revoluciones mismas reescribieron su historia a través de ellos para mostrar que el proceso revolucionario estaba destinado a ocurrir.

En su ensayo «Descristianización y laicización», también publicado en su estudio sobre los orígenes culturales de la Revolución Francesa, usted desafía la tesis de un proceso de pura desacralización y, en consonancia con la tesis de Mona Ozouf, se refiere a una «transferencia de lo sagrado» del mundo propiamente religioso al naciente espacio secular. ¿En qué medida ese desplazamiento modificaba la relación de la ciudadanía con la religión? ¿Cómo se expresó esto en el mundo del libro?

Aquel capítulo de mi libro sobre los orígenes culturales de la Revolución Francesa tenía justamente el objetivo de mostrar esa transferencia de lo sagrado desde el espacio propiamente cristiano al nuevo universo secular. Evidentemente, el proceso de secularización dejaba en evidencia una distancia cada vez mayor entre las nuevas prácticas y aquellas que habían dominado a la Francia tradicionalmente católica, pero no necesariamente revelaba una desacralización, o al menos no en todos los terrenos. Lo que se producía era, más bien, una transferencia de lo sagrado. En ese sentido, me valí de los trabajos de Mona Ozouf y Michelle Vovelle, quienes intentaban demostrar que el alejamiento de lo «sagrado cristiano» implicaba la adopción de nuevas formas de sacralidad. Dado que mi intención era realizar un estudio cultural, traté de dejar en evidencia que, luego de la revolución, se establecieron cultos, ceremonias y ritos seculares que no estaban desprovistos de un carácter sacro. Tal como lo mostró el crítico e historiador Paul Bénichou con el caso de Víctor Hugo, que fue considerado el «gran escritor nacional» y fue elevado a una altura simbólica equivalente a la de un rey, los escritores mismos fueron parte de ese proceso. Ese caso, el de Víctor Hugo, es muy nítido: su figura se volvió portadora de una relación de respeto, de sacralización y de exaltación. Este tipo de indagación permite ver que la traslación de los ritos religiosos del cristianismo –y en el caso de Francia, del catolicismo– a espacios seculares acabó construyendo una suerte de religión laica, cívica. Lo que se sacralizó ya no fue más un misterio, sino una obra, una presencia, un discurso, una voz. Este tipo de sacralización llegó, como decía, hasta la misma literatura. Un ejemplo de ello es Éloge de Richardson [Elogio de Richardson] de Denis Diderot (1762), en el que se ensalza la obra del escritor británico, sacralizando las virtudes que esa obra tiene. Este proceso de sacralización de aquello que anteriormente no era considerado sagrado puede encontrarse en numerosos documentos de la revolución, y creo que se verifica también en el nuevo estatuto que se le confiere a la literatura y a la idea del autor nacional, al que se considera la encarnación de la nación o del pueblo.

Durante toda nuestra conversación nos hemos referido a sus principales libros, y en ellos no solo es visible su vocación de abrir nuevas preguntas, sino también la de asumir que en la escritura de la historia hay, también, herramientas narrativas. Esto me recuerda que en el prólogo a su libro El juego de las reglas14, José Emilio Burucúa afirma que el modo en que usted entiende la dimensión narrativa de la historia se contrapone al de Hayden White, para quien el discurso histórico no manifiesta diferencias con el de la ficción. ¿En qué medida afectó a la historia la homologación entre ambas formas discursivas? ¿Cuáles han sido sus principales puntos de desacuerdo con esa tradición que parecía contravenir la premisa de Michel de Certeau según la cual la historia, aun con todo su carácter narrativo, debe poder ser sometida a pruebas?

Creo que a partir de la obra de Hayden White, que hizo eje en las confluencias entre la escritura de la historia y la escritura de obras de ficción, se produjeron una serie de malentendidos. Y esos malentendidos llevaron a perspectivas relativistas que pusieron en duda la capacidad de la historia para producir saber y conocimiento. En su famoso libro Metahistoria15, Hayden White indicó, creo que correctamente, que el uso de formas narrativas y metafóricas es similar en la escritura de la historia y en la escritura literaria. Es lícito afirmar que un discurso del saber y del conocimiento no puede hacer otra cosa que valerse de recursos que también son movilizados por los discursos literarios. Esto es algo que Michel de Certeau ya había visto en su libro La escritura de la historia, en el que indicaba que la narrativa de ficción y la historia compartían figuras y formas retóricas16. Pero, a diferencia de White, De Certeau avanzaba en una explicación que marcaba lo que era propiamente específico de la escritura de la historia, destacando dos niveles: uno era el del discurso del historiador y el otro, el del discurso de las fuentes utilizadas por el historiador. Y esto le permitía diferenciar no solo los discursos, sino también las perspectivas epistemológicas. De este modo, en la obra de De Certeau, a diferencia de la de White, quedaba claro que la historia se reivindica como productora de saber y de verdad con relación con hechos del pasado, aun cuando utilice métodos narrativos que son también parte del mundo de la ficción. Esta postura, que comparto, implica asumir, de entrada, que la perspectiva epistemológica de la historia no se encuentra en la escritura de literatura. Lo que importa, en el campo de la historia, es el sometimiento del conocimiento y las hipótesis a una serie de técnicas de prueba. Y esto es algo que una novela no precisa, excepto que quiera imitar a un libro de historia. El trabajo del historiador o de la historiadora es construir un objeto de investigación, movilizar fuentes para responder a una serie de preguntas y, finalmente, someter su análisis a una serie de pruebas técnicas y a criterios establecidos por una comunidad de saber. Lógicamente, para la escritura de su trabajo de investigación pueden utilizarse herramientas literarias, pero estas no suplen la tarea analítica. Esto era, de hecho, lo que Carlo Ginzburg le decía a Hayden White cuando criticaba la homologación entre literatura e historia17.

Siendo uno de los más agudos críticos de la posición de Hayden White, Ginzburg buscaba mostrar que aquello que se debatía no era solo el estatuto de la historia como disciplina. Para él, y yo comparto esa posición, el relativismo de considerar que historia y ficción producen el mismo saber tenía implicancias cívicas, éticas y políticas. En el fondo, lo que Ginzburg estaba discutiendo era que la homologación entre historia y literatura podía dar lugar a toda una serie de reescrituras subjetivas de la historia que tomaban distancia de la comunidad científica. Fue así como Ginzburg alertó sobre el peligro del revisionismo que podía esconderse detrás de los postulados de White y reaccionó reafirmando la capacidad de generar conocimiento de la historia. Esta, lo sabemos muy bien, siempre está puesta en discusión y tiene una tensión interna, en tanto puede haber aproximaciones distintas a un mismo fenómeno. Pero es allí donde hay que distinguir interpretaciones diferentes pero fundamentadas de aquellas que no tienen fundamento en fuentes, pruebas y demostración de hipótesis. Porque, conviene recordarlo siempre, para hacer historia es necesario cumplir con exigencias epistemológicas. Y eso nos muestra que no todo es discutible. Cuando nos referimos a un fenómeno histórico, nosotros sabemos que existen verdades. Esto es lo que decía Carlo Ginzburg: las cámaras de gas existieron, la Shoah fue una realidad. Luego de asumir esa verdad puede haber interpretaciones, pero esas interpretaciones deben respetar las reglas epistemológicas del conocimiento histórico y la autenticidad del saber. De ahí que yo crea, al igual que Ginzburg, que este tema es absolutamente fundamental. Y, en este sentido, considero que pueden establecerse analogías lógicas entre la escritura de la historia y la escritura literaria, pero que se debe poner el mismo énfasis en distinguir la aproximación epistemológica particular de la historia y sus criterios de conocimiento y de saber. En definitiva, el punto está en pensar las dos dimensiones de la historia: la de la historia como escritura y la de la historia como conocimiento.

Profesor Chartier, he intentado mantener fuera de esta conversación toda una serie de apartados relativos a su propia trayectoria para evitarle un riesgo sobre el que usted ha advertido muchas veces: el de la «ilusión biográfica», tal como la denominaba Pierre Bourdieu. Permítame, sin embargo, una pregunta, que puede quizás rozar esa ilusión, aunque no tocarla de fondo. ¿En qué medida su interés por los libros, sobre los que ha trabajado toda la vida, deviene de su infancia? ¿Había libros en su hogar o su relación con los libros se produjo a través de la escuela? ¿Cómo piensa su propia relación con el mundo del libro a partir de sus vínculos primarios con ciertas lecturas?

En primer lugar, permítame agradecerle por evitarme las preguntas vinculadas a mi propia biografía; creo que, efectivamente, Bourdieu llevaba razón al plantear que estas cuestiones siempre entrañan el peligro de una cierta reescritura, en la cual el propio sujeto reordena su vida, dando a veces una imagen de sí mismo que es, al final, bastante ilusoria. Pero debo decirle, al mismo tiempo, que esta cuestión sobre el interés en los libros asociados a la infancia es algo sobre lo que tengo ciertas ideas. Fíjese que, en este tema, creo que hay dos modelos predominantes. Uno es el de aquellos que, como mi amigo Carlo Ginzburg, crecieron en un mundo saturado de libros. En ese tipo de situación, que podríamos definir como la de la «los herederos», para parafrasear a Bourdieu, suele producirse una rebelión contra las lecturas impuestas, las lecturas favorecidas por la escuela. La otra situación posible es aquella en la que el relato se construye a partir de la falta, de la carencia de libros en el hogar y el grupo familiar, por lo que el papel del libro es, justamente, cubierto por la escuela. En ese grupo de «conquistadores» de los libros, las lecturas impuestas superan, así, a las elegidas, y son los textos escolares los que se constituyen como la puerta de entrada al mundo del libro. Mi experiencia es la segunda. Por mi origen social y por mi universo familiar, casi no había libros, exceptuando aquellos que se recibían como regalos navideños. Esto hizo que la escuela desempeñara, para mí, un papel muy importante en el acceso a los libros y a la lectura. A tal punto esto fue así que todavía hoy disfruto leyendo los clásicos franceses que leía cuando era un niño, y recuerdo el placer que me producía hacerlo en ese momento. Me sucede, por ejemplo, con las obras de Molière. Pero si la escuela fue una puerta de entrada importante, lo mismo sucedió con la televisión, que en la Francia de la década de 1960 tenía una importante función educativa. Había programas que adaptaban los clásicos del siglo XIX, pero también documentales sobre libros, escritores y pintores. Hace algunos años escribí un brevísimo artículo sobre esta cuestión y dije que tal vez no sería historiador –y sobre todo historiador del libro y la lectura– de no haber sido por mis maestros y maestras de la escuela primaria, pero también por esos hombres hoy olvidados que, a través de la pantalla en blanco y negro del televisor, nos iniciaron en el mundo de la lectura. Reconozco que para responder a esta pregunta preciso ir al terreno personal, sucumbiendo a la «ilusión biográfica» de la que tanto hablaba Bourdieu y a la que usted hacía alusión porque sabe que siempre pretendo escapar de ella, y debo decirle que creo que, en mi caso, la carencia de libros fue decisiva. Creo que, en alguna medida, ha operado en mí la psicología de la compensación: me han interesado mucho los libros porque no tenía demasiados.

  • 1. University of California Press, Berkeley, 1989.
  • 2. [1939] FCE, México, 1987.
  • 3. [1958] Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana, Ciudad de México, 1962.
  • 4. 4 vol., Promodis, París, 1982-1986.
  • 5. [1986] Akal, Madrid, 2005.
  • 6. [1995] Taurus, Madrid, 2001.
  • 7. «Cultura popular: retorno a un concepto historiográfico» en Manuscritos: Revista d’Història Moderna N° 12, 1994.
  • 8. C. Ginzburg: El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI, Muchnik, Barcelona, 1991.
  • 9. El libro da voz a Domenico Scandella, un molinero del siglo XVI, a partir de las actas del proceso llevado en su contra por la Inquisición. En sus páginas se reconstruye la particular visión de Menocchio del nacimiento del mundo, adquirida a partir de algunas de sus lecturas y que resultaba herética para la Iglesia católica.
  • 10. La Biblioteca Azul fue una colección de libros publicada en Francia entre los siglos XVII y XIX. Reunía novelas, cuentos e historias caballerescas clásicas adaptadas y reescritas para un público amplio.
  • 11. Gedisa, Barcelona, 1995.
  • 12. [2021] FCE, Ciudad de México, 2024.
  • 13. Historiadora francesa, autora de libros como La vida frágil. Violencia, poderes y solidaridades en el París del siglo XVIII [1979], Instituto Mora, Ciudad de México, 1994, y Dire et mal dire. L’opinion publique au XVIIIe siècle [Decir y decir mal. La opinión pública en el siglo XVIII], Seuil, París, 1992.
  • 14. FCE, Ciudad de México, 2000.
  • 15. FCE, Ciudad de México, 1992.
  • 16. [1975] Universidad Iberoamericana, Ciudad de México, 1993.
  • 17. Ver C. Ginzburg: El hilo y las huellas. Lo verdadero, lo falso, lo ficticio, FCE, Buenos Aires, 2010.

Chile: la batalla de las tres derechas

Por Cristóbal Bellolio Badiola
Doctor en Filosofía Política por el University College de Londres. Trabaja como profesor en la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez (Chile). Es autor, entre otros libros, de Liberalismo. Una cartografía (Taurus, Santiago de Chile, 2020) y El momento populista chileno, Debate, Santiago de Chile, 2022.

Tres candidatos declaradamente de derecha compitieron este domingo 16 de noviembre en la primera vuelta de la elección presidencial chilena. El vencedor de esta suerte de primaria fue José Antonio Kast, que obtuvo 23,9% de las preferencias. El candidato del Partido Republicano disputará la segunda vuelta con la postulante oficialista Jeannette Jara, que si bien logró la primera mayoría relativa con 26,9%, estuvo muy por debajo de las expectativas. Para ganar, a Kast le basta alinear los votos de los dos candidatos de derecha que quedaron en el camino: los que obtuvo Johannes Kaiser -que quedó en cuarto con 13,9%- y los de Evelyn Matthei -favorita al comienzo del ciclo electoral y que finalmente llegó quinta con 12,5% de los votos-. Juntos suman más del 50%, incluso sin contar a Franco Parisi, la sorpresa de la elección con 19,7%, cuyas coordenadas ideológicas, detrás de su afirmación de campaña de que Chile «no es facho ni comunacho», son más difíciles de precisar.

¿En qué minuto Chile giró a la derecha en forma tan pronunciada? ¿Cómo llegamos hasta acá? ¿Qué representan estas tres derechas? ¿Se parecen a sus pares latinoamericanos y globales? ¿Qué podemos esperar para el futuro?

El fin del piñerismo

La derecha chilena conquistó la presidencia en forma democrática recién veinte años después de que el dictador Augusto Pinochet la abandonara tras el plebiscito de 1988. Lo hizo en 2010 con Sebastián Piñera. Su primer gobierno fue moderado y sirvió para desdramatizar la alternancia en el poder. Su segundo mandato estuvo marcado por el turbulento «estallido social» que puso en tela de juicio la estabilidad de la convivencia política, y Piñera tuvo que acceder a un proceso constituyente para reescribir las reglas del juego. Su principal mérito fue sobrevivir a la izquierda que pedía su cabeza y a la derecha que exigía militares en la calle. Piñera ganó tiempo y aseguró la continuidad democrática. Más tarde, el masivo y oportuno proceso de vacunación para salir de la pandemia le valió reconocimiento de moros y cristianos. Su trágica muerte en febrero de 2024, contribuyó finalmente a acrecentar su figura.

Por lo anterior, se daba por descontado que su heredera natural, Evelyn Matthei, sería la próxima presidenta de Chile. En septiembre de 2024, The Economist la ungía como la mujer que lideraría la contrarrevolución tras años de utopismo juvenil. Matthei es una política experimentada: fue diputada, senadora y alcaldesa, además de ministra del Trabajo del propio Piñera.

Ungida por aclamación por los tres partidos de la derecha mainstream -Renovación Nacional (RN), la Unión Demócrata Independiente (UDI) y Evópoli- Matthei se sentó a esperar el paso del tiempo y dilapidó su ventaja. Como en otras partes del mundo, la derecha convencional chilena también se desplomó frente al surgimiento de alternativas más radicales. Algunos han intentado explicar el fenómeno apuntando a la convergencia programática entre centroderechas y centroizquierdas, que habría dejado dos polos huérfanos y resentidos. De este modo, mientras todo parecía indicar que la nueva derecha chilena sería más liberal que la de sus padres pinochetistas, el avance de la agenda progresista hizo que el elástico rebotara con fuerza.

Chile no ha sido la excepción al backlash cultural que se ha reportado a escala global. Las nuevas generaciones no serían de la «derechita cobarde», como se le comenzó a llamar despectivamente al piñerismo, sino de la «derecha sin complejos», esa que va de frente contra el wokismo y la corrección política. Hay ahí una ironía: mientras los chilenos añoran la eficiencia de Piñera, al mismo tiempo reniegan de su filosofía pragmática y consensualista, apostando en cambio por alternativas más radicales y dogmáticas.

El ascenso de Kast

A José Antonio Kast nunca lo sedujo el proyecto piñerista de modernización de la derecha, demasiado blando en lo político y muy relativista en lo moral. Cansado de transacciones doctrinarias y postergaciones generacionales, Kast renunció a la UDI –su partido de toda la vida– y construyó su propia plataforma política, el Partido Republicano, para asaltar el poder por el flanco derecho. Lo intentó primero en 2017, cuando desafió al propio Piñera, obteniendo 8% de los votos. Volvió a intentarlo en 2021, esta vez con mejor suerte: consiguió 28% en primera vuelta, pero fue derrotado de manera contundente por Gabriel Boric en el balotaje. Se dijo entonces que el conservadurismo de Kast le significaba un porfiado techo electoral. Siete de cada diez mujeres jóvenes votaron por Boric, o bien contra Kast, por considerarlo un retroceso en materia de derechos y agenda de género.

Luego se produjo una paradoja: Kast se opuso tenazmente al proceso constituyente que la clase política chilena abrió para encauzar la energía del «estallido social» de 2019. Sin embargo, tras el estrepitoso fracaso de la Convención Constitucional liderada por un variopinto elenco de izquierda, un segundo proceso constituyente –más acotado y tutelado– quedó a merced de Kast y su Partido Republicano, que gracias a una inédita mayoría pudieron redactar un texto a su entero gusto.

He ahí el contrasentido: Kast nunca quiso una nueva Constitución pero sus huestes quedaron a cargo de redactarla. Al hacerlo, copiaron la estrategia adversarial del primer proceso constituyente. En lugar de buscar consensos con la minoría de izquierda, incorporaron disposiciones que fueron interpretadas como más autoritarias, neoliberales y conservadoras que las contenidas en la mismísima Constitución heredada de Pinochet. Por ejemplo, endurecieron la norma constitucional que prohíbe el aborto, lo que motivó –nuevamente– la especial resistencia de las mujeres. En un plebiscito celebrado a fines de 2023, los chilenos volvieron a rechazar la oferta constitucional.

Considerando este antecedente, Kast modificó su estrategia para la elección presidencial 2025. Ya sea porque hizo las paces con el proceso de secularización cultural de la sociedad chilena, ya sea porque entendió que es la única forma de reducir la resistencia que genera en sectores moderados, Kast renunció a la llamada «batalla cultural», que va desde el aborto hasta el cambio climático, y se concentró en los dos temas prioritarios: seguridad y economía. Como en cuatro años no se puede abarcar todo, ha reiterado que el suyo será un «gobierno de emergencia». Es decir, dedicado a recuperar el orden público y la senda del crecimiento, ni más ni menos. El Kast 2025 presenta un perfil menos radical que el Kast 2021. Ya no amenaza con cerrar el ministerio de la Mujer ni habla de la «dictadura gay». Por el contrario, su programa se concentra en mejorar la gestión pública, e incluso se mimetiza con el de Evelyn Matthei.

Los académicos que estudian el fenómeno Kast desde sus albores se debaten entre dos perspectivas. Una primera corriente sostiene que Kast y sus republicanos exhiben –con distinta intensidad los tres elementos que Cas Mudde observa en la «derecha populista radical» europea: autoritarismo, nacionalismo y populismo, entendiendo por populismo una mirada ideológica que separa a la población entre un pueblo decente y una elite corrupta. Una segunda línea, que sigue a Ernesto Laclau en su conceptualización de populismo, concluye que Kast no califica como populista porque no idealiza la voluntad popular ni cuestiona la precarización que genera el neoliberalismo. Para estos últimos, el candidato republicano es un representante de la derecha tradicional, que aparece radicalizada por efecto de la moderación de la centroderecha, pero que en el fondo apela a los mismos valores conservadores de siempre. Es decir, vino viejo en odres nuevos.

Ambas perspectivas convergen en que Kast carece de la estridencia discursiva y el carisma avasallador que caracteriza a otros liderazgos populistas de la región, como Donald Trump, Javier Milei o Jair Bolsonaro. Kast es formal, sobrio, institucional y disciplinado, lejos del paradigma populista asociado al enfoque sociocultural, en el cual el líder alardea de su desfachatez y conexión con los -malos- modales del vulgo.

El factor Kaiser

Uno de los factores que «normalizaron» a Kast y lo hicieron aparecer como una figura menos radical fue la irrupción de Johannes Kaiser. Youtuber sin carrera devenido diputado y fundador del naciente Partido Nacional Libertario (PNL), Johannes es hermano de Axel Kaiser, el influyente polemista y escritor chileno cercano a Javier Milei. Aunque en un principio se pensaba que el presidenciable de la familia sería Axel, el destino quiso que fuera su hermano, más político y menos intelectual. Ambos tienen en común un furibundo desprecio por la izquierda y todo lo que huela a progresismo, «marxismo cultural» y «globalismo», coordenadas retóricas propias de la nueva derecha regional. La veta provocadora de Johannes Kaiser le valió la salida del Partido Republicano de Kast, al conocerse comentarios que ironizaban sobre la deseabilidad revertir el derecho al sufragio de las mujeres.

Cuando Kaiser anunció su candidatura presidencial, muchos pensaron que se trataba de una táctica para mejorar su posición negociadora por un cupo senatorial. No fue así: creció hasta convertirse en una amenaza para Kast. El republicano, en su estrategia de adquirir estatura presidencial y disminuir ruido, le regaló al libertario la batalla cultural. Kaiser se apropió de la franja más exuberante de la derecha, donde confluyen nostálgicos de la dictadura, enemigos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), trolls de la internet profunda, antivacunas y cruzados de la civilización cristiana occidental.

El Kaiser 2025 es el Kast 2021. Su programa es un mamotreto doctrinario que dice defender la «verdad». Pero Kaiser fue más allá: los primeros debates mostraron a un candidato con aplomo y actitud, capaz de defender con cierta elocuencia todas sus transgresiones. En una primera vuelta que giró alrededor de la lucha contra el crimen y la inmigración ilegal, Kaiser prometió la mano dura más despiadada. En la recta final, las encuestas mostraban que Kaiser subía en desmedro de Kast. Aunque finalmente el republicano le sacó diez puntos de ventaja, Kaiser llegó para quedarse.

Cómo va a gobernar Kast

La tarea del oficialismo de centroizquierda es casi imposible. El problema de Jeannette Jara no es que sea una militante comunista: es que representa a un gobierno impopular, y la inmensa mayoría de los chilenos no quiere continuidad. Por si fuera poco, Kast recibió el apoyo explícito de Kaiser y de Matthei la misma noche de la elección. A diferencia de Milei en Argentina, Kast no coopta las piezas por separado (en su caso, dirigentes del partido del ex-presidente Mauricio Macri), sino que extiende una invitación institucional a los demás partidos de la derecha chilena a conformar gobierno.

Si bien el entorno de Kast ha sido acusado de malas prácticas digitales que han enturbiado el ambiente –por ejemplo, un ejército de bots ligados a los republicanos esparció el rumor de que Matthei padecía de Alzheimer–, el candidato se ha esmerado en evitar una confrontación fratricida. Olfateando el pingo con más chances, connotados militantes de la derecha tradicional llevan meses pasándose a sus filas. Por su parte, Kast insistirá en que su proyecto político no tiene nada de excéntrico ni radical –aunque participe en las conferencias globales de la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC) junto a Viktor Orbán, Donald Trump, Nayib Bukele y Santiago Abascal–. Repetirá que, en el fondo, no se trata de otra cosa que de recuperar los principios de Jaime Guzmán, mítico mártir y padre fundador de la UDI a comienzos de la década de 1980. Atendiendo a su necesidad de controlar el Congreso y administrar la dispersión de las derechas, repartirá tareas y ministerios en proporción a los respectivos escaños.

Sus críticos sospechan que el famoso «gobierno de emergencia» centrado en economía y orden público no es un plan sincero. Creen que una victoria holgada en la segunda vuelta –un escenario del todo plausible– abrirá el apetito del sector más duro, que interpretará la existencia de un mandato amplio para ir por todo, batalla cultural incluida. Otros temen que un «gobierno de emergencia» equivalga a un estado de excepción permanente, que autorice al presidente a conculcar abusivamente de las libertades personales y ponga a Chile en la senda de la erosión democrática. El tiempo lo dirá.

 

Este artículo fue publicado originalmente en https://nuso.org/articulo/chile-tres-derechas-y-un-sillon/

El nuevo «oro blanco»: Cómo se construyó la ideología del litio

Por Bruno Fornillo y Melisa Argento

Fornillo es Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y en Geopolítica por la Universidad de París VIII. Es investigador del Consejo Nacional de Investigacio­nes Científicas y Técnicas (Conicet) de Argentina e integra el Grupo de Estudios en Geopolítica y Bienes Comunes (UBA). Coordinó los libros Geopolítica del litio. Industria, ciencia y energía en Argentina (El Colectivo / Clacso, Buenos Aires, 2015) y Litio en Sudamérica. Geopolítica, energía, territorios (IELAC / El Colectivo / Clacso, Buenos Aires, 2019). Argento es Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Es investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) de Argentina e integra el Grupo de Estudios en Geopolítica y Bienes Comunes (UBA).

Para el espíritu del capitalismo actual, la magia del litio es simple pero esencial: permite construir unas baterías livianas y a la vez potentes; mucha energía, poca masa, poco volumen. Nada más, y nada menos. Así como internet facilita la circulación infinita de palabras e imágenes, el litio brinda fluidez y movilidad a las cosas. Si internet almacena datos, las baterías almacenan energía. Gracias a su potencia y ligereza, las baterías lograron convertir teléfonos celulares incómodos como un ladrillo en encantadores dispositivos de bolsillo; que las múltiples tareas que permiten las laptops no estén ancladas a una mesa, que podamos ver una película en un avión o bailar sin cables de por medio, o que un dron nos muestre el mundo. Así, no solo reviven artefactos antiguos, sino que crean nuevos. Además, debido a que las baterías optimizan las variables potencia, masa y volumen, es posible fabricar motos, autos, camiones y muchas otras movilidades que no emiten gases de efecto invernadero; e incluso se fantasea con que, ante el agotamiento del combustible fósil, las baterías guarden la escasa pero fundamental energía eléctrica generada por fuentes renovables, como paneles solares o molinos eólicos. Aclaremos que, a diferencia de los hidrocarburos –petróleo, gas o carbón, fáciles de almacenar–, la electricidad debe consumirse o se disipa, por lo que será necesario almacenarla en gran escala, por ejemplo, en baterías de litio masivas.

Los acumuladores de litio alimentan la ilusión contemporánea de que el capitalismo puede ser infinito. Sostienen el afán por mantener la aceleración, la levedad y el goce del consumo, atendiendo a la evidencia de que el combustible fósil se acabará más temprano que tarde y que constituye la principal causa de las emisiones que desatan el calentamiento global. Si la fluidez definiera nuestra época, las baterías de litio serían su garantía concreta, de ahí su esplendor y centralidad ontológica. La tecnología del litio induce a imaginar que hay una salida al ocaso del mundo fósil sin renunciar al sistema hiperconsumista que origina nuestra múltiple crisis global. Por ello, el litio es mucho más que un simple mineral, es también un artefacto ideológico, un modo de concebir el mundo.

Plateado sobre plateado

Los salares altoandinos de la región atacameña de Argentina, Chile y Bolivia –el renombrado «triángulo del litio»– sobresalen por sus yacimientos: representan cerca de 65% del total de los recursos globales y concentran hoy 38% de la oferta mundial. Al litio se lo extrae de la piedra con las nocivas técnicas de la minería a cielo abierto; con este método, Australia es el primer exportador mundial. Sin embargo, cuando se habla de litio, siempre reluce la imagen prístina del salar. Como una decisión ineludible, cada editor elige la misma foto: el salar blanco, el cielo celeste, las piletas de tonos turquesas. Un rasgo de la ideología del litio procede del principal lugar de donde se extrae: el litio surge «milagrosamente» de ese espejo lleno de sal.

Los salares parecerían encarnar una especie de «naturaleza en estado puro». Dentro del salar, se reparten diversas piletas colmadas de salmuera y, en el pasaje de una a otra, gracias a la evaporación del agua, se concentran los minerales y el litio gana pureza. La imagen de esas piletas de evaporación ofrece una atrayente paleta de colores dispuesta para el «arte tecnológico» que lleva al litio precipitado. Estas imágenes remiten y culminan en otra, la de su producto final, ese litio que es como un polvillo blanco similar a la cocaína, aunque en este caso, supuestamente inofensivo. El mundo fósil es negro, el litio es blanco, y no debe haber colores más politizados y racializados que esos dos.

En suma, todo delata tranquilidad, belleza, inocencia, suavidad, una fusión armónica entre tecnología y naturaleza, proyectada al centro de la economía contemporánea. Aunque parezca menor, este punto no lo es: casi de manera natural, asociamos la palabra «litio» a la imagen del salar (así como «diablo» y «rojo» son la misma cosa). Una suerte de ingeniería futurista que ha logrado concentrar un elixir de la tierra para transformarlo en potentes baterías que garantizan un modo de vida. Se trata de una imagen incluso barnizada con el encanto de lo nuevo, ya que el litio no forma parte del conjunto de los minerales históricamente preciosos –no es el oro ni la plata–, ni de los «esenciales» –no es el cobre o el hierro–. En estas visiones, todo se mezcla para que la tecnología y el capital se apropien de la naturaleza, la belleza y el futuro. La imagen del salar hace deseable y agradable la transición energética, la justifica. Lleva el litio al sitial sagrado de la geoingeniería, esto es, la fantasía de que con más tecnología será posible reparar lo que la misma tecnología capitalista destruyó hasta hoy.

La región de Atacama es, en verdad, una unidad sociocultural con una historia en común que preexiste a las divisiones jurídicas políticas de los novísimos Estados-nación. Es un territorio –o ecorregión– conformado por cerros, quebradas y montañas, que fluctúan entre los 2.300 y los 4.500 metros sobre el nivel del mar y se expanden a cada lado de su arteria central, la cordillera de los Andes. Hace más de 12.000 años que está habitada por comunidades altoandinas, las que han inventado una imagen más precisa sobre el papel biológico de los salares, protagonistas del larguísimo ciclo del surgimiento de la vida. Desde su origen estelar, la leyenda de Tunupa –una deidad asociada a los volcanes– cuenta que la extensión blanca interminable del salar de Uyuni, en Bolivia, es leche vertida por esta deidad para alimentar a su hijo cuando comenzaba su peregrinación. Esta imagen, a primera vista fantástica, es más real que la apropiación corporativa de la foto técnica del salar y sus piletas. Incluso, deja en claro el carácter generoso y nutriente de la tierra, mojón en el camino de la trashumancia que garantizaba la supervivencia a partir de los intercambios interecológicos de sal, alimentos y artesanías, desde tiempos inmemoriales.

Un nombre vale mil imágenes

En Latinoamérica, el mundo litífero se anuncia con una grandilocuencia pronunciada: Bolivia posee la mayor reserva; Chile, el mejor salar; Perú, el salar más grande de Sudamérica en piedra; México, el depósito en arcilla más extenso del mundo, mientras que Argentina se imagina el mayor exportador de todos. Titulares que deben ser deconstruidos con paciencia, porque si bien esos rankings alegan la existencia de una «riqueza natural», nada se dice con indicar que un recurso se encuentra bajo el suelo de un supuesto país. Antes bien, se asemejan a grandilocuentes triunfalismos y excitados anuncios típicos de la tradicional subordinación de nuestros países en el concierto de las naciones.

Recientemente, la existencia de esta mercancía clave en la dinámica económica global aspiró a ser el nombre de un paisaje entero. Fue durante 2011, cuando comenzó a esparcirse en nuestra región la idea de que habría un «triángulo del litio»: un nombre geométrico para esa geografía múltiple, que quisiera señalar que allí solo hay litio y no comunidades andinas ni países ni ecología alguna. En su versión celebratoria se habla de la «Arabia Saudita del litio», nombre creado por el Pentágono en 2007, durante la guerra que Estados Unidos libró contra Afganistán a comienzos de siglo. Tras la ocupación, los geólogos estadounidenses exploraron el terreno y descubrieron –ciertamente, con la ayuda de información recolectada por expertos soviéticos en minería durante la ocupación de 1980– importantes reservas de litio en la provincia afgana de Gazni. En 2008, la revista estadounidense Forbes aplicó esa denominación para Chile y, tres años después, su filial argentina caratuló «Arabia Saudita del litio» al sistema de salares de la puna, trasladando aquella imagen gestada para Oriente Medio al centro de Sudamérica. No es un dato aislado que la denominación primera de la abundancia litífera haya sido fruto de la ocupación militar y remita de manera directa al colonialismo, la ocupación y la guerra contemporánea.

Otros nombres han venido a nutrir la narrativa sobre el litio, en general asociados a una visión «eldoradista» de la naturaleza latinoamericana, que sobredimensiona su precio y su valor y hace creer que la región, asentada sobre una mina de oro interminable, se salvaría con solo poseerla. Pero es preciso prestar suma atención, porque proyectar que la riqueza está constituida «en sí» por el litio termina por reforzar el tradicional intercambio desigual de materias primas por productos terminados, como si cada quien tuviera su «riqueza»: litio de un lado, automóviles eléctricos del otro. Al litio también se lo llamó «oro blanco», pero apenas constituye un componente de una batería que almacena energía, no que la genera. El verdadero valor económico de los acumuladores está en el dominio de la tecnología de punta y sus fronteras de innovación, en sus redes de comercialización y en los productos finales, como los automóviles eléctricos. Tampoco es el «petróleo del siglo xxi», puesto que no representa un mercado de una profundidad comparable. Lo cierto es que el crudo es dúctil para múltiples usos, puede transportarse fácilmente –a diferencia del gas o el carbón–, está en la base de la industria energética que motoriza la economía mundial, es la savia de nuestra civilización energívora. Hacia 2010, el precio del litio rondaba los 7.000 dólares estadounidenses la tonelada, y llegó a comercializarse a 90.000 dólares en 2022; sin embargo, a inicios de 2025 giraba en torno de los 11.000 dólares. Comparemos: cuando tuvo su máximo precio histórico, el mercado global del litio fue de 30.800 millones de dólares, pero ese mismo año el mercado del petróleo fue 89 veces mayor: más de dos billones de dólares.

Ni siquiera podría decirse que es el «mineral del futuro», porque el nuevo paradigma energético requiere de una amplia diversidad de minerales, algunos especialmente escasos; en todo caso, forma parte de la cantera general que demanda el porvenir energético. Con todo, la tecnología energética de vanguardia requiere asegurar el aprovisionamiento de litio, esencial para la industria más grande que existe –la automotriz–. A su vez, la disputa por la colonización de los bienes comunes juega un papel medular en la geopolítica ecoimperial contemporánea. Razones suficientes para que, de manera paulatina pero con fuerza, haya crecido una suerte de «fiebre del litio».

Desierto

El desierto y el petróleo sellaron su matrimonio divino e imaginario en el golfo Pérsico. La saga continúa. El «triángulo del litio» se emplaza en un desierto –el de Atacama–, y en México otro desierto contiene litio: Sonora. Al gran salar de Uyuni lo llaman «el desierto de sal». Lejos de las ciudades capitales, la región de Atacama no despierta la atención de Buenos Aires, La Paz o Santiago. Sonora tampoco capta la atención de la Ciudad de México. En estos territorios predomina un sol indomable: Atacama es la segunda región que recibe mayor radiación solar –la Antártida es la primera–, con 2.177 megavatios por metro cuadrado, similar a la radiación que recibe Venus, ubicado 61 millones de kilómetros más cerca del Sol. Sonora, por su parte, ostenta el galardón de haber registrado la mayor temperatura del planeta en 2023: 80 ºc, cifra que pulverizaría a cualquier humano. El desierto de Atacama es también un territorio siniestro, esconde los restos de los desaparecidos de la dictadura pinochetista que las mujeres de Calama buscan desde hace años para darles sepultura. Por su parte, eeuu deja morir a quienes encaran el desafío migrante de atravesar el desierto de Sonora para llegar a la tierra prometida. El desierto funciona allí como una dimensión de gobierno, que opera sobre los flujos poblacionales en la frontera más transitada. El desierto, como límite de la civilización, es un lugar a vencer. Puesto que allí no hay nada ni nadie, está a disposición de quienes se aventuren en él sin culpa alguna por remover su amenazante monotonía. Los tesoros están en el desierto, ocultos en los lugares sin habitantes, en espacios perdidos, donde no hay agricultura ni agua, en ese terreno yermo, hay minería bajo tierra. La imagen desértica del desierto no muestra que en él hay biodiversidad, población, ecosistemas, saber, vida. En Atacama, existe un fenómeno conocido como el «desierto florido», semillas que esperan latentes la lluvia para florecer. Hay allí y en Sonora múltiples comunidades indígenas que sí conocen el camino del agua y que un día se toparon con algo llamado Chile y Bolivia, eeuu y México, disputando por fronteras inexistentes.

Cada sociedad tiene su propio desierto, un espacio que convoca imaginarios, miedos y esperanzas semejantes. Para algunas, el desierto es el mar; para otras, el bosque o la selva. Históricamente, el subcontinente sudamericano ha sido –y sigue siendo– un collar de ciudades costeras dispuestas a conquistar el interior selvático, boscoso, desértico o marítimo; espacios prestos para recibir el «don civilizatorio». Una imagen nocturna de Sudamérica –al igual que de todos los continentes del hemisferio sur– muestra que solo brillan las costas. Tal vez, la figura del desierto sea aún más importante que la idea «eldoradista» que alaba y ansía nuestras riquezas; cuando menos, se complementan fluidamente. Postular que predomina una barbarie social arcaica que habita un desierto yermo es legitimar la expoliación y bendecirla. Hasta habría que agradecer que se emplace un pedazo de tecnología, la famosa «inversión» e industriosa labor, aquí donde nada se puede esperar. Las proyecciones de los ricos que alucinan con ir a Marte prefiguran un planeta totalmente desértico, mientras ellos mismos son despreocupados gestores de ese exterminio.

La ideología del auto (eléctrico)

El icónico Ford t simboliza toda una época del capitalismo contemporáneo. A lo largo de la historia, representó el origen de la producción en masa dispuesta para un mercado interno también gigante, asociado a un Estado de Bienestar que favorecía el consumo y la inclusión por la vía del trabajo. Así, se aseguraba la acumulación del capital, en la «edad de oro» del capitalismo. Ese mundo tambaleó hasta casi desaparecer con la crisis de 1973, y el neoliberalismo fue la receta utilizada para ampliar las fronteras de la explotación y restituir los márgenes de ganancia. Hoy, quizás el «auto eléctrico» se vuelva la imagen privilegiada de un mundo signado por el capitalismo verde, la sociedad excluyente y la crisis múltiple.

André Gorz fue pionero en señalar que del automóvil se desprendía una cosmovisión social completa. En sus inicios, era el lujo de una elite que se desplazaba con individual arrogancia, prevaleciendo a costa de los demás. Pronto, la ciudad –y la movilidad en su conjunto– se diseñó para darle lugar al auto, y esto la tornó «hedionda, ruidosa, asfixiante, polvorienta»1. La masificación del automóvil fue también la del petróleo, y la urbanidad terminó por atascarse a causa de la multitud de automóviles circulantes. La Agencia Internacional de Energía (aie) proporciona un dato revelador: entre 2010 y 2018, los automóviles suv de alto consumo (esas camionetas urbanas que imitaron a los vehículos de asalto estadounidenses usados en la Guerra de Iraq) fueron la segunda mayor contribución global a las emisiones de dióxido de carbono, solo superadas por el consumo de energía en el sector industrial. No es casual que la representación privilegiada de las emisiones de gases de efecto invernadero sean los círculos negros que emanan de un caño de escape (de los que, en cambio, carece la movilidad eléctrica). Es ya famosa la caracterización de Pier Paolo Pasolini, para quien el Estado de Bienestar hacía estragos en la Italia de posguerra, la sociedad de consumo como «el verdadero fascismo»: «Burgueses o proletarios, todos son hijos del consumismo, frágiles y desencantados, crueles e insensatos, se dirigen a la deriva, a la nada que los cerca y los cercará. Por siempre»2. Se instalaba lentamente lo que Ulrich Brand y Markus Wissen llamaron el «modo de vida imperial», consumo para todas y todos. Ahora, el auto eléctrico viene a reinstalar la exclusividad originaria del automóvil3.

La tradicional burguesía conservadora y vetusta se volvió intrépida, amante del riesgo y de los excesos; aunque siempre parasitaria, inhibe la narrativa de la transformación socioecológica y dice disfrutar y proteger la naturaleza, una «ideología verde». En efecto, la elite global se tornó tecnologizada y sustentable. El auto eléctrico es un objeto privilegiado por el gusto de esa estirpe, pues expresa la certificación de sus privilegios, el borramiento de que degrada la trama de la vida, y la ilusión de que el tiempo y el espacio no son un límite para ella. En un estudio sobre por qué los consumidores optan por el auto eléctrico, se advertía que así «rechazaban la inercia hegemónica», adoptaban «una visión de futuro», y las respuestas centrales eran: «Los vehículos eléctricos me diferencian de los demás», «Me hacen parecer respetuoso con el ambiente», «Demuestran que soy tecnológicamente avanzado» o «Demuestran que soy una persona socialmente responsable»4.

Los automóviles de la compañía estadounidense Tesla, y su propietario principal, Elon Musk, representan la continuidad y la torsión de la burguesía digital. Sus diseños ofrecen todas las prestaciones de un auto convencional: son veloces, deportivos, tienen la suficiente fuerza como para cargar una pequeña casa rodante y partir a disfrutar de los parques nacionales estadounidenses. A la vez, exhiben líneas suaves, minimalistas y están repletos de pantallas táctiles. El auto eléctrico no produce ruidos molestos ni se presta al exhibicionismo de la aceleración petroadicta, flota en las calles con un silbido continuo y gélido. El lema que se presenta en la página corporativa de Tesla es «El futuro es sustentable». El planeta entero va a existir gracias a ellos: «Estamos construyendo un mundo impulsado por energía solar, que funciona con baterías y se transporta en vehículos eléctricos», en una suerte de economía circular autosuficiente y de libertad total. Es el metabolismo cerrado y excluyente de la ecología de los ricos y su entorno jovial y despreocupado, un ambiente al que bien le cabría la descripción de «sociedad positiva».

¿Por qué lo pulido resulta hoy hermoso? Más allá de su efecto estético, refleja un imperativo social general: encarna la actual sociedad positiva. El mundo del hedonismo y de la positividad, donde no hay herida o culpa. El imperativo táctil, lo agradable, la pulidez del espejo, el verse a sí mismo. La temporalidad de lo bello digital es el presente inmediato sin futuro ni historia. Simplemente está adelante. Solo tolera diferencias consumibles y aprovechables. Sociedad del like, del sí, del entusiasmo capitalista sin vacíos. No daña ni ofrece ninguna resistencia. No hay ningún desgarro, profundidad o muerte. Desaparece la alteridad de lo distinto y extraño5. Pero Tesla no solo produce automóviles curvilíneos y atrayentes, también lanzó un diseño diferente: el Cybertruck, camioneta futurista todo terreno inspirada en el móvil policial de la película Blade Runner. El diseño es novedoso, compuesto de placas lisas y amplias, hiperplanas, con líneas muy marcadas, como láminas superpuestas, filosas. Totalmente despojada de ornamento y curvatura, es puro funcionalismo brutalista, una Bauhaus del capital. Es una fortaleza rodante. Mientras que el auto de calle de Tesla propone el confort interior, en este se expresa la violenta arrogancia. Esa elite domina a la alteridad; antes que un enfrentamiento, produce la expulsión indiferente y rápida de un residuo.

En este punto, es un dato a considerar que la huelga de los mecánicos de Tesla en Suecia –país emblema del capitalismo social– se haya convertido en la más larga de la nación escandinava en 80 años. Los sindicatos pugnan por un convenio colectivo de trabajo, pero se topan con el rechazo constante de la empresa, totalmente a contramano del pacto «capital-trabajo» que fundó el modo de acumulación fordista. Tampoco es casualidad que Tesla haya padecido el atentado de una iniciática guerrilla climática –el Grupo Volcán–, la cual se atribuyó el incendio que paralizó la producción de su planta en Berlín, alegando que «Tesla se come la tierra, los recursos, las personas y la mano de obra, y escupe a cambio todoterrenos, máquinas asesinas y camiones monstruo. Nuestro regalo para el 8 de marzo es cerrar Tesla»6. Es que el supuesto «auto limpio» en realidad es una mina con ruedas. SoS MinErals calcula que, para sustituir el parque automovilístico del Reino Unido por vehículos eléctricos, se necesitarán más de 200.000 toneladas de cobalto, otro tanto de carbonato de litio y más de 2 millones de toneladas de cobre; esto es, el doble de la producción mundial de cobalto, casi el total de la de neodimio, 75% de la de litio y 12% del cobre producidos en 2018.

El auto eléctrico, el Cybertruck, el hedonismo terrestre y el proyecto de conquista del planeta Marte no son experiencias escindidas. Elon Musk asume sin resquemor que la Tierra es el pasado. Lo único que tiene una continuidad histórica es la geoingeniería como desafío de vida. Musk va a concurrir al sepulcro de la Tierra, pero va a sobrevivir, se imagina el verdadero redentor, un salvador cierto. Para Musk, prevalece ese modelo social que rechaza, a cualquier costo, la degeneración y la excrecencia, porque el mundo occidental se volvió temeroso y esquizofrénico. No sin razones, a juzgar por su decadencia.

No limits

Elon Musk es un arquetipo del emprendedor de cúspide, visionario y creador de algo donde no había nada y que, sin embargo, esperaba ser: la comercialización estadounidense del auto eléctrico. Además de estar recurrentemente posicionado como el humano más rico del planeta, de ser dueño de Tesla y de x, también es dueño de Space Exploration Technologies Corp. (Spacex), una empresa que fabrica y brinda servicios aeroespaciales. Spacex ha crecido mucho: en 2021 y 2022 lanzó al espacio la misma cantidad de artefactos que la suma de todas las agencias y empresas restantes. De hecho, el número de lanzamientos espaciales ha aumentado considerablemente: en 2001 fueron 121, mientras que en 2022 alcanzaron los 2.397. A diferencia de las agencias estatales estadounidenses o rusas del siglo pasado, que pregonaban la exploración espacial para engrandecer el interés nacional y humano, ahora las corporaciones privadas son las dueñas y señoras del espacio exterior: «Si el espacio siempre fue capital intensivo, ahora se pretende que sea intensamente capitalista»7.

¿En qué consiste esa perspectiva? La Tierra y lo que suceda en ella no es un límite para Musk. El magnate se muestra en público con una camiseta estampada con la consigna «Occupy Mars»; imagina así un planeta colonizado por un millón de humanos en 2122 y su confesada ambición es morir allí. Esta «utopía oscura» reúne a una comunidad de visionarios ricos e hipertecnológicos que desembarcan en el planeta rojo dispuestos a solucionar los complejos y aventurados problemas que les depare la misión. La clarividencia superior que detentan les permitiría organizarse allí en una «democracia directa» –en palabras de Musk–, libre de la burocracia estatal y su intervencionismo obstaculizante. Una suerte de exasperación individualista, optar por la salvación imposible, individual y de su estirpe, resulta preferible a tornar habitable la Tierra: es un salvoconducto minoritario contra el desastre terrestre, una anticipación autoprotectora. En ese sentido, esa elite de iguales vale más que el planeta y representa el retorno del mundo para pocos.

Para Musk no hay «límites ecológicos». ¿Cómo habría de haberlos si el planeta mismo no es un límite para él? El malogrado funcionario de Donald Trump piensa directamente en el espacio; es más, busca los límites para ir más allá. ¿Cómo no habría de esperar la catástrofe? Ya la vio, ya se prepara. Se trata de inventar lo nuevo, y si es imposible, mejor. Su aspiración es «fundacional»: una tecnoutopía-corporativa del trabajo, la producción y la innovación tecnológica, donde los individuos –humanos o artificiales– trabajan en contextos hipercomplejos sin generar o percibir resistencias, salvo las que impone el entorno. Hay algo de brutal ignorancia y arrogancia en esta escena, una mezcla explosiva. El saludo nazi de Musk en la ceremonia de asunción de Trump a la Presidencia de eeuu no ha hecho más que sellar el destino tecnofascista y final de esta elite. Hoy es nuestro propio planeta el que requiere una modificación radical para tornarlo vivible, es decir, estamos compelidos a considerarlo como si fuera uno del espacio exterior. Bien nos parecemos a ese astronauta que, de un modo milagroso, sobrevive frágilmente dentro de su traje lunar bajo conectores orgánicos e instrumentos hipercomplejos. Más que ir a Marte, ya estamos allí.

Sótano

En un museo contemporáneo se podía apreciar una gran foto de una comunidad selvática ecuatoriana, llena de vida. A lo lejos, se veía a niñas y niños jugando, una mujer lavando ropa plácidamente en el río, en medio de un verde espléndido y tupido. Pero al acercarse al cuadro uno se preguntaba extrañado por su nombre: Km 485. Al examinarlo de cerca, se divisaba un cartel muy pequeño en medio de la selva con esa misma inscripción. Entonces, se caía en la cuenta del sentido y la virtud final de la imagen: por debajo de esa naturaleza floreciente corre un oleoducto, y lo cierto es que la rotura y el derrame de las cañerías hidrocarburíferas han producido grandes desastres ecológicos en Ecuador.

Con el litio se podría crear una representación semejante. El litio se encuentra bajo la costra salina, mezclado con otros minerales en ese líquido viscoso llamado «salmuera». Unas bombas lo succionan constantemente del salar, vaciándolo, al tiempo que succionan también toda el agua dulce del lugar y la que fluye desde los alrededores. Un estudio constató que las pocas lagunas de la Puna argentina se han ido achicando, como si se estuvieran absorbiendo a sí mismas. En una zona extremadamente árida, las vegas, como ramificaciones venosas, son hilos de agua que permiten la vida a su paso; a medida que se agotan, el ecosistema de su entorno también se extingue. La imagen perfecta e impoluta no permite observar que los proyectos litíferos succionan la salmuera que circula bajo la costra salina y las pocas fuentes de agua dulce del lugar. El salar, en realidad, está fragmentado por la infraestructura extractiva. Los ecosistemas de salares y lagunas del Altiplano, de una riqueza inusual, son extremadamente frágiles debido a la escasez de recursos hídricos superficiales. De hecho, el Altiplano recibe la menor cantidad de precipitaciones del planeta, a punto tal que permanecen superficies rocosas sin ser tocadas por el agua durante cientos de años. La técnica evaporítica de extracción predominante consume cantidades muy significativas de agua: 584.000 litros por cada tonelada de litio, cifra que puede ascender, de acuerdo con otros estudios, a 900.000 o 2 millones, y esto desfonda el salar. Se produce así un ciclo rápido de circulación del agua que en nada se relaciona con el ciclo lento de la armonía ecosistémica del lugar. Hay otras técnicas que utilizan menos agua, como la de extracción directa, pero no poseen la maduración, los costos o la escala de la actual8. Asimismo, la técnica evaporítica produce residuos formados por las sales de potasio o sodio, entre otros. Por ejemplo, una explotación de 20.000 toneladas por año genera, luego de una década, residuos que ocupan 11,5 kilómetros cuadrados por un metro de alto. En este sentido, los desequilibrios que conlleva la faena extractiva ponen en riesgo el conjunto de la biósfera local, la habitabilidad para la fauna, la flora, la población, y también para aquellos microorganismos que fueron los primeros en existir en la Tierra y han permitido la oxigenación del planeta.

La desertificación ya es notoria en el norte de Chile, donde las empresas deben desalinizar el agua de mar para continuar con sus explotaciones. En la región de Atacama, Marina Weinberg decidió tomar la tangente y se dedicó a observar los alrededores del salar, lo que llama «los off sites del litio»9. Se trata de las «áreas fuera de lugar», que van desde las rutas de circulación por donde pasan 400 camiones por día (transportando soda cáustica de Turquía o dirigiéndose a eeuu para llevarse el litio), hasta los alrededores residuales y los puertos; sociopaisajes diversos y muy transformados que enmarcan el camino geofísico del litio. En esos patios traseros, «limbos» que han recibido poca atención, mientras uno más se aleja de la imagen instagrameable, más sucio se vuelve el panorama. Son espacios interminables donde se acumulan los residuos y los restos de lo inutilizado: fracciones de mangueras, metal, contenedores, letreros oxidados de «propiedad privada», postes de luz desinstalados, cables, etc. A mayor distancia del salar, las mundialmente famosas piletas comienzan a desvanecerse, reemplazadas por una secuencia de minería de gran tamaño: establecimientos perdidos, viejas centrales eléctricas, instalaciones termales y algunos campamentos empobrecidos que subsisten sobre la gran industria minera. Atacama ve pasar 70 vuelos diarios con trabajadores que harán turnos de siete días continuos, seguidos de siete días de descanso. La historia ya tuvo su desenlace: en la región, perviven restos inertes de ciudades de la época del salitre edificadas por los ingleses a fines del siglo xix. Se trata de una historia de minería y extracción en lugares como Calama, Tocopilla, Mejillones y Antofagasta, donde los trabajadores y sus familias están afectados por el cáncer, la silicosis y otros problemas gastrointestinales y respiratorios; también padecen de agotamiento físico, mientras que la alta toxicidad hace de sus cuerpos «archivos químicos».

La imagen-salar no muestra lo que hay debajo ni lo que hay alrededor. La mirada impoluta del salar oculta la cuenca, el agua dulce, los ecosistemas, la región socioeconómica a la que pertenece, la cultura en la que está inscrito, sus alrededores destruidos y la historia que tiene detrás.

 

Nota: este artículo es un extracto, levemente modificado, del libro Todo sobre el litio. ¿Extraerlo? ¿Cómo, cuánto, para qué y para quién?, Siglo XX Editores, Buenos Aires, 2025.

  • 1.A. Gorz: Ecológica, Capital Intelectual, Buenos Aires, 2011, p. 67.
  • 2. P.P. Pasolini: Cartas luteranas, Trotta, Madrid, pp. 7 y 8.
  • 3. U. Brand y M. Wissen: Modo de vida imperial. Vida cotidiana y crisis ecológica del capitalismo, Tinta Limón, Buenos Aires, 2021.
  • 4. Fabio Viola: «Electric Vehicles and Psychology» en Sustainability vol. 13 No 2, 2021.
  • 5. Byung-Chul Han: La salvación de lo bello, Herder, Barcelona, 2015, p. 11 y ss.
  • 6. Almudena de Cabo: «Un sabotaje eléctrico paraliza la gigante fábrica de Tesla próxima a Berlín» en El País, 5/3/2024.
  • 7. Ezequiel Gatto: «Al infinito y más acá. La conquista espacial y sus identidades. Condiciones y figuras de una futurización corporativa» en Papeles de Identidad, 2025/1, p. 8.
  • 8. Diego Fuentealba, Cheri Flores-Fernández, Elizabeth Troncoso y Humberto Estay: «Technological Tendencies for Lithium Production from Salt Lake Brines: Progress and Research Gaps to Move Towards more Sustainable Processes» en Resources Policy vol. 83, 6/2023.
  • 9. M. Weinberg: «The Off-Sites of Lithium Production in the Atacama Desert» en The Extractive Industries and Society vol. 15, 9/2023.

Significados del giro a la derecha chileno. Entrevista a Tomás Leighton

Por Pablo Stefanoni
Jefe de redacción de Nueva Sociedad. Coautor, con Martín Baña, de Todo lo que necesitás saber sobre la Revolución rusa (Paidós, 2017) y autor de ¿La rebeldía se volvió de derecha? (Siglo Veintiuno, 2021).

Los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales chilenas dejaron un sabor amargo en la izquierda (que quedó por debajo de 30%) y saldaron la puja en el interior de la derecha a favor de José Antonio Kast, del Partido Republicano, quien quedó en segundo lugar, mucho más cerca de Jeannette Jara de lo que se esperaba, con casi 24%. El «nacional libertario» Johannes Kaiser no logró dar el sorpasso pero con su 14% quedó en un lugar clave para influir en el nuevo gobierno. Evelyn Matthei, heredera del piñerismo, se derrumbó al quinto lugar, superada por el inclasificable Franco Parisi. Con más de 50% del electorado escorado a la derecha, la campaña de Jara será cuesta arriba: a la cuestión de la aritmética del voto se sumará el bajón anímico en la izquierda.

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En esta entrevista, Tomás Leighton, director de la fundación Rumbo Colectivo, analiza «en caliente» los resultados y los efectos de una agenda social que desde hace tiempo se desplazó hacia la inseguridad, la inmigración y la economía.

¿Cuál es la primera lectura de los resultados?

Diría que la derecha avanza dividida y la izquierda apenas resiste unida. José Antonio Kast pasó a segunda vuelta compitiendo contra la derecha convencional de Evelyn Matthei y contra una escisión por derecha de su partido, encabezada por Johannes Kaiser y su Partido Nacional Libertario. Sumadas, las derechas arrancan la carrera al balotaje duplicando los votos que solían acumular en primera vuelta antes del voto obligatorio -que se aplicó por primera vez en una elección presidencial y llevó la participación a más de 85%-.

Hay que mirar con mucha atención la jugada de la extrema derecha chilena, que utilizó la fragmentación de forma productiva. Johannes Kaiser, ex-diputado del partido de Kast, logró casi 14% de las preferencias, amenazando con el cierre de la frontera con Bolivia, llamando a retirar a Chile de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y prometiendo indultos a violadores de derechos humanos. Todo esto terminó por moderar la imagen de Kast -ahora a su derecha ya no estaba la pared, como en 2021, sino Kaiser-. Pero además, la lista parlamentaria unificada entre republicanos y libertarios evitó que se quitaran votos entre sí y le arrebató la hegemonía a la derecha convencional en la Cámara de Diputados.

Una de las razones por las que la derecha convencional quedó relegada a la quinta posición y Jara no logró un apoyo más contundente, fue el sorpresivo tercer lugar de Franco Parisi y los 14 diputados del Partido de la Gente (PDG). En su tercera postulación a la presidencia, con resultados siempre al alza, Parisi ha logrado cultivar un estilo outsider ausentándose por completo del debate público entre elección y elección, al punto de que reside en Estados Unidos. Si bien propuso minar el norte de Chile para frenar la inmigración irregular y castrar químicamente a agresores sexuales, se ha definido como «ni facho ni comunacho» y catalogó a Kaiser y Kast como «lo peor de la ultraderecha». Por lo tanto, el PDG es la cuota de incertidumbre de la segunda vuelta y del nuevo ciclo político. En la elección pasada, el partido de Parisi logró seis escaños pero en dos años esos parlamentarios ya se habían ido todos del PDG, repartiéndose entre la izquierda y la derecha. Ahora, mientras dure, en la nueva bancada deberá convivir un variopinto conjunto de parlamentarios.

Finalmente, Jara comienza el camino al balotaje con un número de votos similar al que las izquierdas suelen obtener en primera vuelta desde el retorno a la democracia, pero obligada a recuperar votos de las candidaturas de derecha si es que la participación electoral se mantiene en los mismos porcentajes.

En este caso, la unidad de socialistas, comunistas y frenteamplistas (por el Frente Amplio, de Gabriel Boric) apenas alcanzó para impedir la mayoría absoluta de las derechas en el Congreso, alejando las posibilidades de que cambien el sistema político, el sistema electoral o la Constitución. Reflota hoy una de las frases insignes de Boric al referirse al tercio fiel que se expresa hace casi diez elecciones: «Cuando alguien dice ‘soy del 38%’ me da orgullo y escozor». Si bien las obras del gobierno reconciliaron a dos generaciones en pugna -jóvenes y ex-integrantes de la Concertación- y a los tres grandes partidos del progresismo, las izquierdas tienen el margen de maniobra restringido a afirmar el estatus quo, mientras la revancha conservadora avanza en los sectores populares.

¿Cómo define a la fracción de la derecha que finalmente se impuso?

Kast es parte de la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC) como Benjamin Netanyahu, Javier Milei, Giorgia Meloni y Donald Trump. Pero su adscripción a la «internacional reaccionaria» es un elemento secundario. Lo central en Kast es su pertenencia a la cultura política «gremialista», una corriente corporativista y religiosa que enraizó sus postulados en la Constitución de 1980 que sigue rigiendo en Chile. No es un outsider; de hecho, se fue de la Unión Demócrata Independiente (UDI), el partido heredado de Jaime Guzmán, artífice intelectual de dicha Carta Magna, reclamando para sí la autenticidad de esa tradición política. Kast armó su propio movimiento, el Partido Republicano, con el objetivo de salvar a la derecha chilena de las concesiones que Sebastián Piñera le había hecho a la izquierda. En 2021, calificó al segundo gobierno de Piñera como el peor de la historia después del del socialista Salvador Allende.

A diferencia de la novedosa irrupción de los libertarios en Argentina, Kast pareciera estar más bien recuperando la hegemonía de la vieja derecha conservadora pospinochetista en Chile. En un país en el que el Estado subsidiario de los Chicago Boys está plasmado en la Constitución, el discurso minarquista sobre el Estado pequeño tiene mucho menos sentido que en el país vecino. Pero, por el contrario, a muchos en la derecha les atrae un discurso que propone restaurar el proyecto conservador anterior a Piñera.

Kast se impone en la primaria de la derecha, en una elección en la que Evelyn Matthei quedó quinta, capturando la nueva versión del malestar chileno, que antes interpretó desde la izquierda Gabriel Boric. Nuevamente hay promesas de cambios radicales, pero esta vez contra la delincuencia y la inmigración. El clima de pesimismo y el voto castigo le han permitido a la derecha abandonar su versión moderada y verbalizar una revancha conservadora indistinta contra los «octubristas», en referencia a quienes participaron del estallido de octubre de 2019, los inmigrantes indocumentados, los delincuentes y los «parásitos del Estado».

Al comienzo de la campaña, Evelyn Matthei parecía caminar directo hacia la Moneda, pero luego «pasaron cosas». ¿Qué explica su caída?

Es cierto, la muerte de Sebastián Piñera, en un trágico accidente de helicóptero en febrero de 2024, pareció el momentum de la derecha convencional, pero las contradicciones de Matthei le impidieron aprovechar la oportunidad. En 1992, Matthei filtró un audio contra su entonces rival interno en la derecha, Sebastián Piñera, que terminaría siendo un hecho premonitorio. En la grabación oculta, Piñera pautaba las preguntas del debate de la primaria sugiriendo que le preguntaran a Matthei por la ley de divorcio, para exponer su conservadurismo y los cambios de opinión que también habían caracterizado a su padre como miembro de la Junta de Augusto Pinochet.

En adelante, a Matthei siempre le pesó mucho su rol en la impunidad de Pinochet en 1998 y sus excusas para no pedir perdón por el golpe de Estado, apoyado por los dos partidos a los que perteneció: Renovación Nacional (RN) y la UDI. Finalmente, cuando por fin parecía haber aprendido las lecciones de moderación programática impartidas por Piñera, le surgieron dos candidatos a su derecha y nuevamente quedó en offside. Entonces, en esta campaña, un día cuestionaba el populismo securitario, pero otro proponía reponer la pena de muerte. Recibió el apoyo de ex-integrantes de la Concertación, pero se lo quitaron cuando cuestionó el plan de búsqueda de los detenidos desaparecidos. Y, lo peor: nunca se decidió realmente a avalar la reforma previsional que Boric pactó con los partidos que la apoyaban.

Al final, el propio spot publicitario de Matthei describe, sin proponérselo, una carrera llena de ambivalencias: «Evelyn toca el piano. Matthei tiene mano de hierro contra la delincuencia (…), Evelyn disfruta podar el jardín, Matthei tiene mano dura contra la corrupción (…)». Las Matthei no terminaron de articularse en una sola candidata. Que haya repetido el fracaso de su coalición en la presidencial de 2021 muestra, además la incapacidad de la derecha convencional para navegar entre la liberalización cultural del país y la radicalización de su electorado. Lo interesante es que la contradicción de Matthei nos adentra en la crisis discursiva de las derechas convencionales alrededor del mundo.

Hoy la izquierda mira con mucho entusiasmo a Zohran Mamdani en Nueva York, pero Chile ya tuvo su Mamdani que es, o fue, Gabriel Boric. El presidente, de 39 años, se va con alrededor de 30% de popularidad, que no es poco en Chile para un presidente saliente pero la sensación en la izquierda es de frustración. ¿Cuál es, brevemente, el balance de su gestión, que tuvo el impulso inicial del «estallido» y la Convención Constitucional y luego la carga de la derrota del proyecto de Constitución?

El Frente Amplio y el Partido Comunista llegaron al poder con la promesa de superar el neoliberalismo y saldar las deudas de la transición democrática, pero su gobierno tuvo que ocuparse de los efectos inmediatos de la pandemia en seguridad y economía. Mientras la izquierda estaba en las nubes pensando en la gran transformación constitucional, los sectores populares empezaban a resentir la llegada del crimen organizado transnacional y la recepción del gran flujo migratorio venezolano. Sin embargo, cuando triunfa el rechazo al nuevo texto constitucional –la peor derrota electoral de la izquierda en su historia–, Boric mostró capacidad de adaptación y al final de su gobierno puede decir que quebró la curva ascendente de homicidios, disminuyó la inmigración irregular y redujo la inflación a la mitad. En otras palabras, el rechazo a la Constitución fue la primera gran frustración de la nueva generación de izquierda, pero hay un valor en que Boric haya llamado a «escuchar la voz del pueblo» esa misma noche.

Ahora bien, una de las cosas sobre las que hay que reflexionar es sobre la incapacidad de las nuevas izquierdas para transitar el camino entre las campañas electorales y el ejercicio de la administración del Estado. En el caso de Chile, pienso que el aumento sostenido del salario mínimo, la reducción de la jornada laboral a 40 horas semanales y la reforma de pensiones serán cambios valorados con el tiempo, pero si persiste una sensación de frustración es por las ilusiones desmedidas de la campaña e, incluso, una vez constatada la minoría parlamentaria. La disonancia cognitiva en este caso fue mucho más aguda por la introducción del voto obligatorio, que sumó tres millones de personas que no votaban. Pero de todas formas, el caso chileno sirve para pensar sobre dos problemas paralelos a la hora de dirigir el Estado: la futilidad de la «estrategia populista» cuando se trata de construir orden, y las «ideologías de vuelta atrás» –como las llama Adam Przeworski–, de «restaurar» la democracia en lugar de transformar las condiciones que generaron la situación de crisis, que solo reproducen las condiciones para el triunfo de las extremas derechas.

Muchos dicen que Jeannette Jara carga en mayor medida con el hecho de representar la continuidad que de pertenecer al Partido Comunista (PC). ¿Cuáles fueron, y son aún, sus fortalezas y debilidades para enfrentar la segunda vuelta? ¿Cómo queda la (centro)izquierda chilena tras este resultado?

La ex-ministra de Trabajo tuvo su momento político más alto la noche en que se aprobó la reforma previsional impulsada por el gobierno. Y que el ex-candidato presidencial del PC Daniel Jadue, de su propio partido, haya fustigado públicamente la reforma es un síntoma de que el liderazgo de Jara no se puede reducir al PC. De hecho, si la derecha pulsa la tecla anticomunista va a beneficiar a Jara. La mentalidad de la Guerra Fría tiende a concebir a los izquierdistas como portavoces del enorme movimiento proletario que desató grandes reacciones, pero hoy la izquierda se encuentra en uno de sus momentos de mayor debilidad, entonces ese discurso no calza con la realidad. En una de sus campañas, la ministra comunista Camila Vallejo decía con ironía: «Llegó el demonio marxista, llamen al exorcista». Creo que ese demonio asusta menos que en el pasado.

Una de las fortalezas de Jara es que ha sabido interpretar al mundo popular. La población la identifica como alguien que puede mejorar la salud y la educación de la población porque está más cerca de los problemas cotidianos de la gente. En la contienda con José Antonio Kast, se trata de un atributo muy valioso, especialmente si se considera que Parisi había enarbolado un fuerte discurso meritocrático en primera vuelta y se refirió al resto de los candidatos como «cuicos de izquierda y derecha», es decir, personas de clase alta en la jerga chilena.

Por otro lado, el riesgo es que su campaña ponga demasiado el acento en sus orígenes populares. Uno de los humoristas más célebres del país describe muy bien cómo la exacerbación del relato sobre el origen puede ser leída en tono de burla. Al imitar a la candidata le hace decir: «Yo vengo de abajo, en una pieza vivíamos veinte personas y soñábamos todos lo mismo». Al mismo tiempo, hablar de derechos laborales cuando las prioridades están en seguridad es como intentar cambiar el sentido del viento. Hábilmente, Kast ha insistido en que Jara quiere «tratar a los delincuentes con amor».

De todas formas, creo que la centroizquierda chilena debe comprender que el balotaje no se juega solo en el desempeño de Jara, sino en la movilización del rechazo a la extrema derecha. Una de las últimas investigaciones del politólogo Cristóbal Rovira entrega pistas sobre las resistencias que Kast despierta en parte del electorado.

Entre los grupos reacios a apoyar a la extrema derecha en Chile persiste una demanda de seguridad estatal que evite el giro hacia la justicia por cuenta propia. Tal vez como herencia de Diego Portales, una de las figuras de la organización y consolidación del Estado chileno en el siglo XIX, hay un íntimo deseo de que el poder de fuego esté controlado por el Estado a través de una policía, ahora con estándares elevados, que evite situaciones caóticas.

En 2023, cuando Kast le propuso al país eliminar los impuestos territoriales en el texto constitucional, la izquierda logró explicar de forma eficiente las repercusiones que ello tendría en los barrios más carenciados. Al igual que la etiqueta «comunismo», las etiquetas «democracia», «Estado» y «derechos» no le dicen nada al mundo popular si no están anclados en experiencias concretas.

Todo indicaría que la derecha ganará la segunda vuelta, si sumamos a las tres fracciones de este espacio. ¿Qué tipo de reconfiguraciones pueden esperarse en este espacio y qué tipo de gobierno encabezaría Kast?

Que la derecha sea la favorita se vincula a la incapacidad de todos los partidos para lograr la elección de gobiernos de su mismo signo desde enero de 2006. Han pasado casi veinte años desde que Michelle Bachelet le dio continuidad en las urnas a la Concertación. Luego se impuso la alternancia elección tras elección. Pero además, después de los fracasos constitucionales, los chilenos siguen queriendo cambios fuertes, solo que ahora estos refieren a seguridad y control migratorio, en un cuadro de descontento con las elites políticas.

Si bien Parisi y el PDG tienen la llave para una hipotética mayoría de derecha en el Congreso, me parece que la clave está en el futuro rol del Partido Nacional Libertario de Kaiser. Si la división política suele ser vista como un dolor de cabeza para las izquierdas en el mundo, la derecha chilena dio una lección de cómo usar la fragmentación de candidaturas presidenciales para controlar la conversación pública, sin desperdiciar votos.

En 2024, Kaiser dejó la bancada parlamentaria de Kast para fundar su propio partido y robarle el nicho de votantes antiprogresistas que se le fugaría por su intento de acercarse al votante medio. Ahora, Kaiser intentará devolverle la base electoral a Kast en el balotaje, pero al precio de marcar la pauta de un hipotético gobierno de derecha y proyectarse como relevo electoral. El punto es que lo que en campaña fue un círculo virtuoso, podría ser el talón de Aquiles de un hipotético gobierno en común. Mientras Matthei y la centroderecha de ChileVamos bailarán fácilmente al ritmo de Kast gracias al sedimento que quedó de Jaime Guzmán entre ambos, el rage-baiting de Kaiser podría ser contraproducente para Kast, ya que parece servir más para provocar que para gobernar.

Articulo publicado originalmente en: https://nuso.org/articulo/significados-del-giro-a-la-derecha-chileno/

Argentina bajo Milei, ¿hacia un «modelo peruano»?

Por José Natanson. 
Es periodista y politólogo. Es director de Le Monde diplomatique edición Cono Sur y de la editorial Clave Intelectual. Su último libro es Venezuela. Ensayo sobre la descomposición, Debate, Buenos Aires, 2024.

El 26 de octubre pasado, el partido de Javier Milei obtuvo un rotundo triunfo en las elecciones legislativas argentinas de medio término. Alcanzó 41% de los votos, contra 35% de la oposición peronista, imponiéndose en casi todas las provincias, incluida la de Buenos Aires, la más poblada del país. A pesar de los dramáticos efectos sociales del ajuste implementado por su gobierno, de la fragilidad del plan económico –dos semanas antes de los comicios Milei tuvo que ser rescatado por Donald Trump– y del estilo agresivo del presidente, que no se priva de insultar a dirigentes y periodistas con palabras que oscilan entre lo sexual y lo escatológico, lo cierto es que el triunfo fue diáfano.

Tres explicaciones ayudan a entenderlo. Las dos primeras aluden a cuestiones más circunstanciales, por lo que las voy a describir sintéticamente para pasar al corazón de este artículo: los cambios profundos que viene experimentando la sociedad argentina desde el agotamiento del modelo desarrollista a mediados de los años 70, que se aceleraron desde hace dos o tres décadas, y sin los cuales no sería posible entender la llegada de Milei al gobierno en diciembre de 2023, ni la afirmación política de su proyecto en las elecciones legislativas de este año.

Antiperonismo y voto miedo

La primera explicación es la capacidad del gobierno de activar el tradicional voto antiperonista. Como desde hace 80 años, cuando los trabajadores industriales marcharon a la Plaza de Mayo para reclamar por su líder encarcelado, Juan Domingo Perón, el eje peronismo/antiperonismo sigue siendo el principal ordenador de la vida política argentina, y el antiperonismo, la identidad política más fuerte.

En este caso, lo que sucedió es que, un mes y medio antes de las elecciones nacionales de octubre, se realizaron comicios en la provincia de Buenos Aires. Aunque se trataba de elecciones para definir los representantes de la Legislatura local, funcionaron, por el peso natural del distrito, que concentra 38% del electorado argentino, y la «nacionalización» de facto que acompañó la campaña, como una especie de primera vuelta nacional. El peronismo, liderado por el gobernador Axel Kicillof, se impuso por casi 14 puntos de diferencia ante los candidatos de Milei.

Pero esta derrota de la derecha, que golpeó con fuerza al gobierno libertario, acabó por despertar al gigante antiperonista dormido, como un silencioso 17 de Octubre –fecha de nacimiento del peronismo– al revés. La capacidad de Milei para instalar a sus candidatos como el mejor instrumento para frenar al peronismo, en su versión kirchnerista, se verificó en el fracaso de las terceras fuerzas, y sobre todo en la evolución electoral en la provincia de Buenos Aires, donde los libertarios de Milei obtuvieron en octubre un millón de votos más que en septiembre. Pero aunque la operación fue exitosa, también encierra un riesgo: Milei llegó a la Presidencia como un outsider que trató de trascender el universo antiperonista (para el Milei de la primera vuelta de 2023, el país no se había «jodido» con el peronismo, sino mucho antes, con el «socialismo»). Aun así, en la segunda vuelta sumó a su núcleo original de 30% (muchos de ellos varones jóvenes) el voto más tradicionalmente antiperonista proveniente de Propuesta Republicana (PRO), el partido del ex-presidente Mauricio Macri –un voto clásico de clase media, más envejecido y mucho menos plebeyo que el de Milei–.

Si en la segunda vuelta de 2023 Milei llegó a 54% de los votos, esta vez La Libertad Avanza (LLA), su partido, alcanzó 41%, lo que sugiere que parte de su electorado comenzó a abandonarlo (la participación bajó respecto de la elección presidencial). La actual coalición mileísta, que incluyó a la mayor parte del macrismo, se parece hoy más a la base histórica del antiperonismo, lo que da como resultado un Milei más parecido a Macri, que es también un Milei más previsible (sus primeros pasos tras la victoria buscaron ir en ese sentido), pero también menos novedoso y fresco.

La segunda explicación del resultado es el «voto económico». Desde la publicación de The American Voter en 19601, una de las teorías más recurridas de la ciencia política es aquella que propone que el comportamiento electoral está guiado sobre todo por la percepción económica, en particular de los meses previos a los comicios: hay cientos de papers que modelan esta hipótesis, correlacionando tantos puntos de crecimiento con tal porcentaje de votos. Sin embargo, los meses anteriores a los comicios no fueron buenos. Para entender el punto, entonces, hay que considerar el proceso más largo. Apenas llegó al gobierno, Milei ordenó una devaluación de la moneda de 80%, un duro ajuste fiscal, un aumento de las tarifas de los servicios públicos y una contracción de la base monetaria. Después del primer fogonazo inflacionario, la combinación de recorte del gasto público, suba de la tasa de interés y caída brutal de los salarios posibilitó una disminución drástica de la inflación, que pasó de 25% mensual en los últimos dos meses del gobierno peronista a cerca de 2%. Con los meses, el atraso del tipo de cambio (dólar barato) permitió sumar un ancla más al plan desinflacionario e impulsar el consumo de bienes intensivos en dólares (autos, electrodomésticos) y el turismo al exterior, aunque al costo de una pérdida de reservas que obligó al gobierno a pedir un auxilio primero del Fondo Monetario Internacional (FMI) y después de EEUU: el Tesoro de ese país, encabezado por Scott Bessent, llegó al punto de vender directamente dólares en el mercado de cambio argentino en los días previos a las elecciones para evitar una devaluación del peso.

Ante las turbulencias financieras, las inconsistencias del propio plan y el riesgo electoral, la economía venía efectivamente a los tumbos, con el consumo y los ingresos en caída. Sin embargo, Milei apostó todo a una idea: la estabilidad y la baja de la inflación serían premiadas por los votantes. Y ganó. El «voto económico» operó, pero de una forma sutilmente distinta a otros momentos del pasado. Buena parte de los argentinos decidieron darle más tiempo al gobierno; un crédito condicionado. Las encuestas cualitativas entre los seguidores de Milei recogían la idea de que se trata de una gestión plagada de problemas, incluso desagradable, pero que todavía se merece una oportunidad. Sucede que, a diferencia de otros países de América Latina (en Perú, por ejemplo, juró el duodécimo presidente en décadas sin que el sol se devalúe ni la inflación se dispare), en Argentina la debilidad política e inestabilidad económica son indisolubles. La hiperinflación de 1989 y el estallido de la convertibilidad en 2001 fueron sedimentando una memoria social que asocia las derrotas electorales al caos económico. La ayuda de EEUU reforzó esta percepción a niveles casi extorsivos: explícitamente, tanto Bessent como Trump supeditaron el auxilio a un triunfo libertario –en caso contrario, dijo Trump, «dejaría de ser generoso» con Argentina–.

Ese fue el marco en que diversos escándalos que afectaron al gobierno, y que se suponía que dañarían su desempeño electoral, pasaron a un segundo plano, como la estafa con la criptomoneda Libra, audios que involucraban a la hermana del presidente, Karina Milei, en un presunto caso de retornos, y la caída de José Luis Espert, uno de los principales candidatos de Milei, denunciado por haber recibido dinero, en 2019, de un acusado por narcotráfico en Estados Unidos.

El camino del Inca

Estos movimientos circunstanciales se recortan sobre un paisaje de fondo, que es el de la «peruanización» de la sociedad argentina. Este es en realidad un término con un doble uso: varios funcionarios han elogiado el modelo peruano –que combina fuerte inestabilidad política con una sorprendente estabilidad económica–, mientras que los críticos del gobierno de Milei perciben a Perú como un ejemplo de sociedad desigualitaria que no sería deseable imitar.

Pero antes de desarrollar la idea, unos datos para matizarla. El proceso por el cual Argentina se fue convirtiendo en un país más desigual, con más pobreza e informalidad, con una clase media en retroceso y servicios públicos insuficientes, está lejos de ser total. En muchos aspectos, la comparación con otros países latinoamericanos sigue dejando un saldo positivo para Argentina. La cobertura previsional, cercana a 95%, es la más alta de la región, y la principal política de transferencias de ingresos –la Asignación Universal por Hijo– llega a 4,2 millones de niños (2,5 millones de hogares reciben además transferencias vía la Tarjeta Alimentar). La educación alcanza estándares comparativamente altos: la tasa neta de asistencia a la escuela secundaria es de 94%, la segunda más alta de América Latina, y la cobertura de educación inicial es casi total, 97%2, además de contar con un sistema de educación superior amplio, vibrante y bastante inclusivo, producto de la diversificación de las universidades públicas de los últimos 30 años. Las clases medias conservan un lugar central en la vida política y cultural del país: los argentinos realizan 120 visitas al teatro por cada 1.000 habitantes al año, contra 25 de Brasil y 60 de Chile; gastan un promedio de 10 dólares en libros por persona al año, contra 3 de Brasil y 4 de Colombia, y van más más al cine (5 veces al año, contra 2 en México)3. La vida nocturna de Buenos Aires, y en menor medida de otras grandes ciudades del país, es legendaria, porque hay más dinero, por una tradición cultural de larga data y porque… aún es seguro.

En efecto, a pesar del declive económico, los súbitos cambios de orientación política y la sensación general de decadencia, Argentina tiene uno de los índices de homicidios per cápita más bajo de la región: 4,2 homicidios cada 100.000 habitantes, lo que sitúa al país en niveles similares a Europa del Este (como siempre, el promedio esconde la trampa de la desigualdad: si se considera el mismo índice en los barrios acomodados de Buenos Aires, es similar al de Madrid o París; si se considera el de las zonas más pobres del conurbano, podría asimilarse a los de Panamá o Costa Rica, pero siempre muy lejos de Brasil, Colombia o México)4.

Estos datos alentadores refieren a conquistas del pasado que se ha logrado conservar –alto nivel educativo, baja violencia social–, pero también a avances que se consiguieron más recientemente –la cobertura previsional y un piso mínimo, en verdad muy mínimo, de ingresos–. Sin embargo, esto no debería ocultar el hecho de que, considerada en su conjunto, la evolución es negativa. Hasta mediados de los años 70, en efecto, la sociedad argentina era, junto a las de Uruguay y Chile, una de las menos desiguales de la región, con un índice de Gini de 0,34, cercano al de España en aquellos años (0,33) y muy inferior al de la mayoría de los países latinoamericanos. La pobreza era de 6,5% y la desocupación de 2,7%, casi pleno empleo. Con un PIB per cápita de 2.200 dólares, Argentina ostentaba el tercer PIB per cápita más alto de la región, superado solo por Venezuela y Uruguay (más o menos el doble de Brasil, Colombia o México)5.

Esa Argentina se fue deshilachando. Desde que el golpe de Estado de 1976 comenzó a desmantelar el modelo estadocéntrico de industrialización por sustitución de importaciones (que ya había dado muestras de agotamiento), la economía crece poco y de manera muy espasmódica. Acotados periodos de expansión (los primeros años del gobierno de Raúl Alfonsín, el neoliberalismo desde 1991 hasta el Efecto Tequila de 1994, la recuperación kirchnerista de 2003 hasta la crisis financiera de 2009) son sucedidos por crisis explosivas (1982, 1989, 2001, 2019). Cada crisis deja la economía varios escalones abajo, y aunque con el tiempo se recupera, no logra superar el estadio anterior. Entre 1975 y 2025, la economía argentina creció 0,55%, contra 2,8 % de Chile y 1,3 % de Brasil. Argentina es el único país de la región que no duplicó su riqueza en los últimos 50 años (Chile la multiplicó por 3,8)6. Si una mirada larga revela una trayectoria de decadencia, una mirada más corta muestra un proceso directamente desolador: desde 2011 hasta hoy, la economía argentina se mantuvo estancada, contra una América Latina que, sin alcanzar los récords del periodo del boom de los commodities, siguió creciendo; en estos mismos años, Chile creció 2,8% y Brasil, 1,4%. Este persistente estancamiento es reflejo de una volatilidad extrema: Argentina es, junto con Venezuela, el único país de la región que no logró resolver el problema de la inflación y que sufre alteraciones permanentes del tipo de cambio.
Sería largo, y no es objeto de este artículo, entender las causas profundas de este obstinado declive, que no puede ser cargado en la mochila de una determinada orientación ideológica: si en los últimos 50 años hubo gobiernos de progresistas y de conservadores, dictatoriales y democráticos, en los últimos 15 hubo gestiones desarrollistas (la segunda de Cristina Fernández de Kirchner), moderadamente neoliberales (Mauricio Macri) y moderadamente desarrollistas (Alberto Fernández). Las tres, en mayor o menor medida, fracasaron. Los últimos tres presidentes (Cristina Fernández de Kirchner, Macri, Alberto Fernández) terminaron con el doble de la inflación con la que asumieron. Y los tres perdieron: Cristina Fernández de Kirchner no logró la elección de su candidato en 2015, Macri no pudo reelegirse y Alberto Fernández ni siquiera lo intentó.

Desde el final del modelo industrialista, Argentina se sacude al ritmo del enfrentamiento entre dos perspectivas opuestas, que logran prevalecer durante un tiempo, pero cuya fuerza no les alcanza para imponer un modelo de desarrollo perdurable: la tradición liberal-aperturista, que apuesta al «campo» (agroindustria) como motor del crecimiento, y la tradición nacional-desarrollista, defensora de la industria (y de los trabajadores que ella emplea). A lo largo de la historia, el campo ha presionado por una economía abierta, que le permita exportar libremente las materias primas, lo que a su vez deriva en impuestos más bajos, una mayor desregulación y una política exterior alineada con las grandes potencias (que son sus clientes). La industria, en cambio, exige protección, un mercado interno robusto (trabajadores y clases medias que compren sus productos) y una política exterior orientada a la integración regional. En Argentina, el precio del dólar no es una variable técnica sino el corazón del conflicto distributivo; la dificultad para resolver esta puja se refleja en sus tremendas oscilaciones y en la inflación que las acompaña. El periodista Martín Rodríguez lo sintetizó en la frase «gobernar Argentina es gobernar el dólar».

Pero el objetivo de este artículo no es tanto analizar la trayectoria decepcionante de la economía argentina –el camino del Inca–, sino describir su consecuencia: la erosión progresiva de la sociedad igualitaria y su transformación en una sociedad más cercana a otras de América Latina; en otras palabras, la «peruanización».

«Peruartina»

La desigualdad argentina viene aumentando de manera sostenida. El índice de Gini se sitúa hoy en 0,42, un nivel más bajo que el de la mayoría de los países de la región pero mucho más alto que el de los años 70. En paralelo con este proceso, se ha ido consolidando un núcleo duro de pobreza estructural en torno de 25%, que puede disminuir luego de unos años de crecimiento y dispararse ante la primera crisis, pero que siempre está ahí. Tanto la alta desigualdad como la roca dura de la pobreza estaban prácticamente ausentes en la estructura social de hace medio siglo; pero se fueron afirmando y ahora no hay gobierno, ni de derecha ni de izquierda, que pueda con ellas: son rasgos permanentes de la sociedad argentina. Junto a ello, otras dos novedades sociales.

La primera es la crisis de ingresos. A diferencia de otros países de la región, históricamente el empleo asalariado formal en Argentina era predominante y gozaba de una amplia cobertura de servicios, altos niveles de sindicalización y un generoso sistema de protección. Desde mediados de los años 70, esta clase obrera relativamente homogénea se fue partiendo en tercios: asalariados formales, asalariados informales y desocupados. Pero todavía quienes lograban conseguir trabajo podían vivir relativamente bien, o al menos evitar caer en la pobreza. En los últimos 15 años, la persistencia de la inflación y la dificultad de las empresas y el Estado para ajustar los salarios con el aumento de los precios crearon una realidad nueva: el trabajador pobre7. Se estima que 22% de los asalariados argentinos se encuentran hoy por debajo de la línea de la pobreza –y, más notable aún, se calcula que 9,7% de los asalariados formales son pobres–8. Esta situación, sintetizada en la frase «A mi sueldo le sobran 15 días», llevó a su vez a un récord de endeudamiento de las familias, que toman créditos con tarjetas y billeteras virtuales para pagar gastos corrientes.

El segundo rasgo novedoso es una explosión de la economía informal, una de las marcas más destacables del modelo peruano. Más que la pobreza o la desigualdad, que por otra parte han disminuido, el rasgo principal de la economía peruana es la informalidad. Según la Encuesta Nacional de Hogares, 75,7% de la fuerza laboral peruana se desempeña en empleos informales, 25 o 30 puntos más que en países latinoamericanos comparables en términos de PIB per cápita, como Colombia o Ecuador. Es un mundo de capitalismo popular en el que prosperan personajes como Felicito Yanaqué, el pequeño empresario de transporte piurano que es el «héroe discreto» que da título a la novela de Mario Vargas Llosa. (El hecho de que el éxito emprendedor de Yanaqué se vea ensombrecido por la amenaza de unos mafiosos que le exigen que pague por protección es una muestra de las oportunidades que abre el mercado, pero también de los problemas que entraña la desprotección estatal del neoliberalismo).
En Argentina, como en todo país en desarrollo, siempre hubo bolsones de actividad no registrada, pero la economía gozaba de niveles de formalización –laboral, impositiva, previsional– bastante altos. Esto se verifica en el hecho de que las ferias o mercados populares eran pequeños y marginales, en contraste con los gigantescos mercados populares de Gamarra (Lima), El Alto (Bolivia) o Tepito (México). Pero hoy las ferias son parte del paisaje comercial y de la vida cotidiana de los sectores populares, desde las más organizadas, como La Salada, hasta las más desordenadas, como la de Solano, ambas en el llamado conurbano bonaerense.

Esta nueva conformación de la estructura social ha ido consolidando nuevas subjetividades que contribuyen a explicar el triunfo de Milei. Mencionémoslas brevemente, solo a efectos de conectar las mutaciones sociales con el ascenso de la extrema derecha en su versión libertaria. Para los argentinos más jóvenes, la idea de un trabajo formal, con recibo de sueldo y con plenos derechos, es casi una quimera. Probablemente ni sus abuelos, ni sus padres ni ellos mismos conocieron nunca el aguinaldo, la obra social9  o el sindicato, por lo que el clásico discurso peronista de organización y derechos sociales carece totalmente de sentido. Mientras tanto, Milei propone libertad para trabajar, emprender y ganar dinero –y garantiza una inflación en descenso que le da previsibilidad a cualquier ganancia, por más pequeña que sea–. La adscripción de las nuevas generaciones al neoliberalismo –y ahora al libertarismo– es menos producto de una «penetración ideológica» a través de algún dispositivo imperialista que el resultado del lugar que ocupan en el capitalismo globalizado.

El clásico discurso peronista pro-Estado también pierde sentido. A mediados del siglo pasado, Argentina fue uno de los pocos países de la región en construir un Estado de bienestar, incompleto y lleno de fallas, pero presente. Producto del declive económico mencionado, este Estado ha ido perdiendo capacidades. Aunque conserva agencias de alta eficacia, como la Administración Nacional de la Seguridad Social (Anses), el organismo previsional que tiene a su cargo la Asignación Universal por Hijo (AUH) y que en la pandemia pudo desplegar en tiempo récord un salario social complementario, lo cierto es que la salud y la educación atraviesan una crisis de largo plazo, en buena medida por su transferencia a los Estados provinciales, que profundizó la desigualdad entre jurisdicciones y que dificulta los esfuerzos de los gobiernos populares para articular una política nacional de recuperación. Para muchos argentinos, la idea de un Estado presente, garante de derechos y barrera última contra la exclusión y la pobreza suena al eco lejano de algo que quizás en algún momento existió, pero que no conocieron. Peor aún: el Estado aparece como algo exclusivo de algunos pocos privilegiados, lo que alimenta el discurso de Milei, quien llegó a decir «Soy un topo que viene a destruir el Estado desde adentro».

En amplios sectores populares de las periferias urbanas empobrecidas, algunas funciones tradicionales del Estado son ejercidas por asociaciones vecinales, clubes, iglesias evangélicas, la Iglesia católica e incluso el narco. Sin llegar al extremo de otros países de la región (en Argentina, por caso, hay pocas «zonas liberadas» del control del Estado), lo cierto es que la estatalidad se ha ido erosionando. La escuela pública existe, pero se encuentra muy deteriorada: si parte de la clase media se fue inclinando por servicios de salud y educación privados, los sectores populares que pueden permitírselo optan por las escuelas parroquiales (católicas de bajo costo). Perforado y disminuido, el Estado aparece entonces en su faz menos amable: la policía, vista como un vector de seguridad pero también como un peligro o simplemente como corrupta y/o ineficiente, y la autoridad impositiva.

El sueño de Milei

El éxito inicial de Milei, que obtuvo 54% de los votos en el balotaje de 2023, se explica en parte por su capacidad para conectar con este nuevo electorado informal, que vive desconectado del Estado, luchando en el día a día de una cotidianeidad imposible, integrado en su mayoría por varones jóvenes, al que se le sumó el tradicional voto antiperonista de clase media y alta. Su primer éxito de gestión, la estabilización de la economía y la baja de la inflación, fue posible por un ajuste inédito en la historia nacional. Frente a quienes argumentaban que la sociedad argentina, con su memoria igualitarista y su tradición de luchas sociales, no toleraría un recorte fiscal tan severo, Milei aplicó un ajuste equivalente a 5% del PIB, que incluyó una baja del poder adquisitivo de las jubilaciones de 23,3% en el primer año, una caída de los salarios reales de los empleados públicos de 22% y la paralización de la obra pública.

Milei entendió las condiciones reales en que se encontraba la sociedad argentina, los cambios estructurales que había experimentado y el malestar profundo generado por los últimos gobiernos de «profesionales de la política». Parado sobre el suelo barroso de esta decepción general contra la elite, enarboló la motosierra como sinónimo de ajuste fiscal y denunció a la «casta» como descalificación de la política tradicional, para poner en pie un programa de gobierno básico: orden fiscal, orden macroeconómico y orden en las calles (la represión a la protesta social y la política de «mano dura» contra el delito, dos cuestiones que el gobierno confunde deliberadamente en su discurso, son otros de los ejes de su gestión10). Si a ello le sumamos la batalla cultural antiprogresista, una dimensión que Milei activa y desactiva según el momento, el cuadro completa una oferta de gobierno acotada, pero contundente.

Al mismo tiempo, el programa económico de Milei profundiza el «modelo peruano». La primarización de la producción, la dificultad para agregar valor a las exportaciones y la consolidación de enclaves de riqueza que derraman poco sobre el resto de la economía son rasgos constitutivos de este modelo (solo el oro y el cobre explican 45% de las exportaciones peruanas, y el resto están compuestas por otros minerales, café, frutas y pescado). El punto de partida de Argentina es muy distinto. Por más expansión de la frontera agrícola del monocultivo que haya experimentado, el complejo sojero explica solo 20% de las exportaciones, seguido por la industria automotriz, el complejo petrolero-petroquímico y el maicero. Todavía hoy, pese a todo, entre 25% y 30% de las ventas al exterior siguen siendo manufacturas de origen industrial. Pero el norte está claro. Desde la llegada de Milei al poder, los sectores que más crecieron fueron la minería, el agro y la intermediación financiera, y los que más cayeron fueron la construcción y la industria. Según datos oficiales, solo creció uno de los 16 rubros que integran el índice de producción industrial manufacturero: la refinación de petróleo. Esto, a su vez, se refleja en el empleo. Como explica el especialista Luis Campos, los únicos sectores que generan puestos de trabajo formal hoy son el agro, la minería y la pesca, pero no alcanzan para compensar los empleos en blanco perdidos en la construcción (66.000) y la industria (29.600). En total, en el último año se destruyeron unos 200.000 puestos de trabajo formal, que en su mayoría se reconvirtieron a alguna modalidad desprotegida11.

El objetivo es claro. El shock devaluatorio ya hizo su trabajo de licuación de ingresos y reducción del gasto público, mientras que el atraso del tipo de cambio, en combinación con la apertura comercial, produjo una reconversión productiva que afecta a los sectores menos competitivos, que son también mano de obra intensivos. En el largo plazo, la apuesta del modelo libertario se centra en el agro, los hidrocarburos y la minería, algo de economía del conocimiento, turismo y no mucho más: el sueño de «Peruartina» es el sueño de un país con menos industria, es decir menos sindicatos, socialmente más heterogéneo, sin Estado de bienestar, con salarios más bajos y mayor informalidad. En suma, Milei llegó al gobierno y logró una asombrosa reafirmación política porque leyó mejor que nadie el proceso experimentado por la sociedad argentina en las últimas décadas; ahora, con sus políticas, lo está consolidando.

  • 1. Angus Campbell, Philip E. Converse, Warren E. Miller y Donald E. Stokes: The American Voter, University of Chicago Press, Chicago, 1960.
  • 2. Secretaría de Evaluación e Información Educativa: «Tasas de escolarización. Consideraciones sobre las fuentes y métodos de cálculo», Ministerio de Educación de la Nación, 2023, disponible en www.argentina.gob.ar/sites/default/files/tasa_de_escolarizacion_-_consideraciones_sobre_las_fuentes_y_metodos_de_calculo.pdf
  • 3. Unesco: UIS Data Browser, disponible en https://databrowser.uis.unesco.org/
  • 4. Juliana Manjarrés, Christopher Newton y Marina Cavalari: «Balance de InSight Crime de los homicidios en 2024» en InSight Crime, 26/2/2025, disponible en https://insightcrime.org/es/noticias/balance-insight-crime-homicidios-2024/
  • 5. Fuente: Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).
  • 6. Fuente: Banco Mundial.
  • 7. Ernesto Mate y Ana Natalucci: «El trabajador pobre» en Le Monde diplomatique edición Cono Sur N° 275, 5/2022.
  • 8. Datos de la Encuesta Permanente de Hogares del Indec.
  • 9. En Argentina, la seguridad social depende de cada sindicato, que controla sus propios servicios de salud mediante las llamadas «obras sociales».
  • 10. Esto se expresa en el protocolo antipiquetes desplegado por la ministra de Seguridad Patricia Bullrich, que impide cortar calles como forma de protesta.
  • 11. Lucía Ortega: «Luis Campos: ‘Con la Ley Bases le dieron muchísimo más poder a los empleadores’» en La Izquierda Diario, 9/12/2024.

Las raíces ideológicas del socialista que gobernará Nueva York

Por Carlos C. Perez – NUSO

La exitosa campaña de Zohran Mamdani a la Alcaldía de Nueva York ha despertado sorpresa, interés e incluso esperanza en distintos rincones del mundo. Su carisma personal, el énfasis en el «costo de la vida» y la viabilidad (o no) de su programa de reforma social han enmarcado la mayoría de los análisis. Pero para comprender de manera más amplia el fenómeno que encarna, es preciso volver la mirada hacia dos figuras claves: Michael Harrington, fundador de Socialistas Democráticos de Estados Unidos (DSA, por sus siglas en inglés), y Mahmood Mamdani, padre del candidato.

Make America Affordable Again

«Llámalo democracia o llámalo socialismo democrático. Lo que creo es que debe haber una mayor redistribución de la riqueza para todos los hijos de Dios en nuestro país». Zohran Mamdani, de 34 años, recita de memoria esta frase de Martin Luther King Jr. para explicar, en cada entrevista, lo que significa para él «socialismo democrático». Aunque nunca abrazó públicamente esa etiqueta de forma explícita, es sabido que King se identificaba en privado con sus ideales. Mamdani, en cambio, luce con orgullo esa bandera.

Nada de esto debería sorprendernos. «¿De qué sirve tener el derecho a sentarse en la barra de un restaurante –preguntaba King en otra de sus citas más conocidas– si no puedes permitirte comprar una hamburguesa?». En Where Do We Go From Here (1967) [A dónde vamos], el líder del movimiento de los derechos civiles lanzó una serie de propuestas que hoy sonarían utópicas: ingreso anual garantizado, fuerte expansión de la vivienda pública, sistema de salud universal, reforma de la sacrosanta Constitución estadounidense para blindar la igualdad social y económica.

El programa de Zohran Mamdani para Nueva York es más modesto. A lo largo de su sorprendente campaña, que lo ha llevado de ser un completo desconocido hace apenas un año a dirigir la metrópolis más importante del país (y una de las más significativas del mundo), ha insistido en tres medidas directas, sencillas y estrechamente ligadas a las problemáticas económicas de los neoyorquinos: el congelamiento de los alquileres, la gratuidad de los autobuses y la universalidad de las guarderías.

 

Mamdani también habla de crear una red de supermercados municipales sin fines de lucro, reformar el modelo policial para poner un mayor énfasis en la salud mental y la atención comunitaria, elevar el impuesto a las sociedades hasta igualar el 11,5% del vecino Nueva Jersey o aplicar un impuesto fijo de 2% al 1% más rico de Nueva York. La lista continúa, pero el hilo conductor de su plataforma es evidente: el costo de la vida. «Durante demasiado tiempo la libertad ha sido un privilegio reservado a quienes podían pagarla», bramó el candidato en el mitin principal de campaña, flanqueado por Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez. «La dignidad es libertad».

Las reminiscencias del populismo económico -en su sentido estadounidense- de Sanders, que plantea el antagonismo entre la mayoría trabajadora y la elite oligárquica, son innegables: Make America Affordable Again [Que Estados Unidos vuelva a ser asequible]. Mamdani suele decir que fue la primera campaña del senador por Vermont en las primarias demócratas, una década atrás, la que le proporcionó el «lenguaje del socialismo democrático», al articular en un proyecto coherente ideales que hasta entonces existían, para él, como intuiciones dispersas. Pero Mamdani posee algo que Sanders nunca tuvo: un amplio apoyo entre las minorías étnicas y una comprensión más sensible y audaz del papel de la identidad en la vida política y social del país. Nacido en Uganda, de ascendencia india y fe musulmana, obtuvo la ciudadanía estadounidense apenas en 2018. Su padre, Mahmood Mamdani, es un académico nacido en la India y de nacionalidad ugandesa; su madre, también de origen indio, es la cineasta Mira Nair.

En todo caso, el proyecto de Mamdani y de la organización de la cual proviene, DSA, trasciende el calendario electoral y se inserta en una larga genealogía de luchas por la justicia social y la democracia económica en Estados Unidos.

Han corrido ríos de tinta sobre la ecléctica biografía del alcalde electo, el potencial transformador de sus propuestas, la magnitud de su campaña puerta a puerta o su impresionante estrategia comunicacional. Es posible, sin embargo, abordar este fenómeno desde otro ángulo: la influencia del padre político del DSA, Michael Harrington, y del padre biológico del candidato, Mahmood Mamdani. Dos figuras que, desde trayectorias diferentes y posiciones incluso divergentes, permiten comprender más a fondo su singularidad.

 

«El ala izquierda de lo posibleal»

«¿Por qué no hay socialismo en Estados Unidos?». Con esta pregunta, formulada en 1906, Werner Sombart inauguró un debate que sigue abierto más de un siglo después. El sociólogo alemán ya intuía una posible respuesta: en un país donde incluso los trabajadores disfrutaban de un nivel de vida elevado, donde abundaban la tierra y las oportunidades de ascenso social, resultaba difícil que prendieran las ideas socialistas. «En los arrecifes del roast beef y del pastel de manzana», escribió Sombart, «las utopías socialistas están condenadas a naufragar». Hasta Karl Marx y Friedrich Engels se plantearon en repetidas ocasiones el mismo problema, sin alcanzar nunca una conclusión definitiva. Aun así, ambos mantuvieron la esperanza hasta el final de sus vidas.

Más adelante, en 1952, el sociólogo Daniel Bell, quien se veía a sí mismo como un socialista moderado, abordó en un controvertido artículo académico el «infeliz problema» del socialismo democrático en Estados Unidos, el «dilema irresoluble» de cómo «estar en el mundo sin ser parte de este»; de operar, siempre de forma insuficiente, como fuerza moral, más que política, en el marco de una sociedad inmoral. Según Bell, los comunistas estadounidenses poseían una posición más clara (la de ser los «antagonistas declarados» del sistema dominante), pero los socialistas se hallaban condenados a la ambigüedad.

Pese a este «infeliz problema», la historia del socialismo democrático en el país es extensa y fecunda. Hay incluso quien la remonta hasta Thomas Paine (1737-1809), el founding father que mostró una sensibilidad más radicalmente democrática e igualitaria –y el principal defensor, en su tiempo, de una forma embrionaria de Estado social–. Pero en la amplia mayoría de estos relatos, un nombre destaca por encima del resto: Eugene V. Debs, fundador del Partido Socialista (PS) en 1901 y en cinco ocasiones candidato presidencial, a quien Mamdani citó en el comienzo de su discurso: «Puedo ver el amanecer de un día mejor para la humanidad». Debs, más un intérprete radical de la tradición republicana de Estados Unidos que un socialista «estilo europeo», llegó a alcanzar 6% del voto en 1912, el mejor resultado histórico del partido. En aquel momento el PS tenía más representantes electos que el laborismo británico (a pesar de no contar con el beneplácito de figuras como León Trotsky, quien denostaba el «carácter burgués y complaciente» del socialismo estadounidense, al que veía como una agrupación de «dentistas exitosos»).

Si bien mantuvo una influencia considerable en el movimiento sindical, tras la muerte de su líder en 1926 el partido comenzó un prolongado declive causado por divisiones doctrinales, persecuciones policiales y, paradójicamente, por el éxito del New Deal de Franklin D. Roosevelt –mencionado con frecuencia por Mamdani–, que, aunque se nutrió de muchas de sus ideas, acabó dejándolo fuera de juego. 

La larga noche socialista derivó en la proliferación de grupúsculos que cambiaban sus siglas con regularidad. Por si fuera poco, en plena agitación de la década de 1960, la problemática relación con la New Left surgida del movimiento estudiantil y las posiciones divergentes en torno de la Guerra de Vietnam produjeron nuevas escisiones. No fue hasta 1982 cuando se fundó DSA, a partir de la convergencia de dos pequeñas organizaciones: una muy vinculada al viejo socialismo sindical y la otra, más abierta al incipiente activismo feminista y antirracista.

El principal artífice de su creación fue Michael Harrington, figura controvertida y prolífica, quizá la más influyente en el desarrollo orgánico del socialismo democrático en Estados Unidos. (Sin olvidar a Barbara Ehrenreich, pensadora de mayor peso en el ámbito cultural y activista, y con quien mantuvo desacuerdos recurrentes). Criado en una familia católica de ascendencia irlandesa pero neoyorquino por adopción, Harrington saltó a la fama dos décadas antes de la creación del DSA gracias a The Other America [Los otros Estados Unidos], un breve ensayo que sacudió la conciencia nacional. Su tesis era tan sencilla como elocuente: la pobreza, en una sociedad tan opulenta como la estadounidense, estaba mucho más extendida de lo que la mayoría de sus ciudadanos suponían. El libro, que abogaba por la intervención estatal para enfrentar la exclusión material (sin mencionar en una sola ocasión la palabra «socialismo»), fue ampliamente discutido por los medios de comunicación y leído por importantes asesores de los gobiernos de John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson.

Consolidado ya como intelectual público –el conservador William F. Buckley Jr. llegó a burlarse de él en un debate, al decir que ser el socialista más conocido de Estados Unidos era «como ser el edificio más alto de Kansas»–, Harrington mantuvo en sus numerosas conferencias y libros el propósito común de dar forma al «ala izquierda de lo posible». 

En sus ensayos, especialmente The Twilight of Capitalism [El crepúsculo del capitalismo] (1976) y Socialism: Past and Future [Socialismo: pasado y futuro] (1989), desarrolla su tesis del «gradualismo visionario»: la convicción de que todo cambio sustancial solo puede gestarse a lo largo de un periodo prolongado; de que la complejidad de las sociedades contemporáneas (en particular la estadounidense) exige una orientación clara sobre el rumbo a seguir y, sobre todo, una dosis inagotable de paciencia. De hecho, él fue el principal impulsor de la «estrategia del realineamiento» que debía guiar las acciones de DSA: «infiltrar» el Partido Demócrata y empujarlo hacia posiciones más progresistas. En sus propias palabras: «Comparto con los liberales de este país [liberals, en el sentido estadounidense] un programa inmediato, porque el mejor liberalismo, llevado hasta sus últimas consecuencias, desemboca en el socialismo. Soy radical pero procuro evitar los discursos grandilocuentes. Aspiro, simplemente, a situarme en el ala izquierda de lo posible».

Este pragmatismo antecede y desborda la figura de Harrington. Tal vez donde mejor se manifiesta sea en el ámbito local, donde el socialismo democrático cuenta con una historia larga y singular. Destaca, sobre todo, el caso de Milwaukee: entre 1910 y 1960, los candidatos socialistas dominaron la política municipal de esta ciudad de Wisconsin. Por su enfoque constructivo y su empeño en modernizar y sanear la red pública de alcantarillado, Morris Hillquit, líder fallido del PS en Nueva York, más dado a la retórica grandilocuente que a la gestión, bautizó a aquellos alcaldes como «socialistas de las alcantarillas» (sewer socialists), un mote del que ellos mismos se reapropiaron con orgullo. En una extensa entrevista en The Nation, Mamdani recuperó este legado para definir su campaña neoyorquina:

«En los últimos años hemos visto cómo un vocabulario que debería pertenecer a la izquierda –el de la eficiencia y el rechazo al despilfarro– ha pasado a ser patrimonio de la derecha. Luchar por los trabajadores también implica luchar por su calidad de vida. Para mí, el socialismo de las alcantarillas encarna la convicción de que el valor de una ideología se mide por sus resultados. Significa mejorar los bienes y servicios que las personas de clase trabajadora utilizan cada día: el alcantarillado, el agua potable, los parques. La confianza se gana con hechos, y eso es precisamente lo que busco: una ciudad asequible y la demostración de que el gobierno puede, efectivamente, cumplir con sus responsabilidades hacia quienes sostienen con su trabajo esta ciudad».

Mamdani no será el primer alcalde de Nueva York vinculado al DSA. Aunque renegó de la etiqueta durante su mandato, este título corresponde a David Dinkins, primer alcalde negro de la ciudad y una figura moderadamente progresista, que gobernó entre 1990 y 1993 en medio de una crisis fiscal, pánico moral por la inseguridad y crecientes tensiones raciales. Sin embargo, cuando en uno de los debates le preguntaron quién había sido, a su juicio, el mejor alcalde en la historia de la ciudad, Mamdani respondió sin vacilar: Fiorello LaGuardia. Miembro del Partido Republicano y alcalde entre 1934 y 1946, LaGuardia amplió los programas sociales, abarató el transporte público, construyó autopistas, piscinas y parques infantiles, creó la primera autoridad pública de vivienda del país e impuso controles de los precios de los alquileres. Con todo, LaGuardia gobernó en plena era del New Deal, cuando la intervención pública encarnaba una nueva promesa de prosperidad, y mantuvo una relación privilegiada con Roosevelt, pese a pertenecer a partidos diferentes («No existe una manera republicana o demócrata de recoger la basura», repetía con asiduidad). El momento de Mamdani es, como mínimo, muy distinto.

El actual DSA es igualmente una organización diferente de la de los tiempos de Harrington. Hoy cuenta con más de 80.000 miembros, frente a los apenas 7.000 de la década de 1980. Si antes de la primera campaña presidencial de Bernie Sanders la mediana de edad superaba los 68 años, hoy se sitúa por debajo de los 33. En el pasado, el respaldo público de figuras conocidas se reducía prácticamente a la periodista y escritora Gloria Steinem y el filósofo y activista Cornel West; ahora, numerosas celebrities (de la academia y de fuera de ella) expresan su apoyo sin ambages a los socialistas democráticos.

También ha cambiado su relación con el mundo sindical: de un vínculo estrecho con el sindicalismo clásico ha pasado a una colaboración más flexible con el llamado «nuevo sindicalismo». Hasta 2017 formó parte de la Internacional Socialista, pero hoy, en cambio, tiende a identificarse con partidos situados más a la izquierda. Su estrategia reciente se centra en concebir la participación en las primarias demócratas como el principal terreno de influencia política. Aunque muchos en la organización interpretan esta táctica como una preparación (indeterminada en el tiempo) para una futura ruptura con ese partido del sistema, el realineamiento que Harrington teorizó hace casi medio siglo –mover al Partido Demócrata hacia posiciones socialdemócratas– sigue, en buena medida, operando en la práctica.

En su autobiografía, publicada en 1989, consciente de que su enfermedad pondría pronto fin a su vida, Harrington escribió que el socialismo estadounidense «fue, y continúa siendo, un fracaso histórico». En esas mismas páginas se definía a sí mismo como un «corredor de larga distancia», alguien con la determinación suficiente para continuar la lucha en las circunstancias más adversas, sin esperar recompensas inmediatas. «Corro hacia el reino de la humanidad», confesaba, «plenamente consciente de que nunca lo alcanzaré. Tal vez nadie lo haga».

Hoy, esa carrera de relevos encuentra en Mamdani a un socialista dispuesto a recoger el testigo, decidido a hacer de aquel «fracaso histórico» un diagnóstico provisional y no una profecía derrotista. Hasta qué punto este nuevo éxito puede extrapolarse a otros lugares y cómo afectará al crecimiento de DSA –«mi plataforma no es la misma que la de DSA en el ámbito nacional», dijo Mamdani durante la campaña– es una cuestión que, de nuevo, solo el tiempo saldará.

 

«Es la misma lucha»

Corría el año 1965. Un joven activista nacido en la India y criado en Uganda es detenido en Montgomery, Alabama, tras participar en una marcha por los derechos civiles. Desde el calabozo, hace uso de la única llamada a la que tiene derecho para contactar con el embajador ugandés en Estados Unidos. Molesto por el incidente, el diplomático lo reprende por «inmiscuirse en los asuntos internos de un país extranjero». La respuesta no se hace esperar: «No es un asunto interno», replica el joven. «¿Acaso olvida que logramos la independencia hace apenas unos años? Es la misma lucha por la libertad».

Ese joven era Mahmood Mamdani, hoy un prestigioso antropólogo de la Universidad de Columbia y una de las figuras más reconocidas de los estudios poscoloniales. La anécdota figura en Slow Poison [Envenenamiento lento] (2025), su ensayo más reciente, una historia de la Uganda independiente contada a través de sus autócratas, Idi Amin (quien deportó al propio Mamdani por sus orígenes asiáticos) y Yoweri Museveni (todavía presidente, 39 años después). En el fondo, el libro funciona como una autobiografía intelectual y política, y deja entrever una vida tan trepidante como comprometida, vivida a caballo entre los círculos activistas y los pasillos de las universidades de la Ivy League. Mahmood Mamdani es, además, el padre de Zohran, y la ambivalencia que desprende su trayectoria atraviesa también la de su hijo.

 

Es más: el segundo nombre del candidato a la Alcaldía de Nueva York es Kwame, en honor a Kwame Nkrumah, líder de la independencia ghanesa y teórico del panafricanismo, una tradición intelectual con la que Mahmood Mamdani ha mantenido un constante diálogo crítico. Así, a lo largo de más de cuatro décadas, Mamdani ha abordado cuestiones que van desde el legado del imperialismo en la economía ugandesa hasta las causas y consecuencias del genocidio en Ruanda, la tragedia bélica en Sudán o los efectos globales de la llamada «guerra contra el terror».

Lo que subyace a esta prolífica obra (sorprendentemente poco traducida al español) es un análisis sostenido del papel de las identidades políticas. En Neither Settler nor Native: The Making and Unmaking of Permanent Minorities [Ni colonos ni nativos: cómo se forman y se deshacen las minorías permanentes] (2020), donde examina los casos de Sudáfrica, Israel, Sudán y Estados Unidos, Mamdani muestra cómo el colonialismo impulsó «la creación de minorías permanentes y su mantenimiento mediante la politización de la identidad». De ahí que, para él, la verdadera descolonización requiera «desarticular la permanencia de estas identidades». En consecuencia, con la Sudáfrica posterior al apartheid en mente, aboga por superar las dicotomías entre «perpetrador y víctima» o «mayoría y minoría».

 

A este respecto, en Define and Rule: Native as Political Identity [Definir y gobernar: lo indígena como identidad política] (2012), Mamdani explica cómo la administración colonial pasó del principio de «dividir y gobernar» (divide and rule) al de «definir y gobernar» (define and rule). Bajo esta nueva lógica, la identidad del «nativo» no remite a una condición esencial, sino que aparece como una construcción del Estado colonial. La tecnología moderna de gobierno, sostiene Mamdani, se basa precisamente en la producción de identidades artificiales destinadas a ser administradas. En oposición a esta dinámica, el libro destaca el caso de Julius Nyerere, primer presidente de la Tanzania independiente, cuyo proyecto nacionalista buscó forjar una ciudadanía común frente a la herencia colonial de privilegios raciales y tribales, que había fragmentado al país en 126 grupos étnicos con distintos grados de reconocimiento y dignidad. En un debate parlamentario de 1961 sobre si la ciudadanía tanzana debía fundarse en la raza o en la residencia, Nyerere se inclinó con firmeza por lo segundo: «glorificamos a los seres humanos, no el color de su piel».

Antes, en Good Muslim, Bad Muslim [Musulmanes buenos, musulmanes malos] (2005), Mamdani había escrito que «después del 11 de septiembre, tener un nombre identificable como musulmán en Estados Unidos implica ser consciente de que el islam se ha convertido en una identidad política». La retórica de la época –encabezada por George W. Bush con su distinción entre «musulmanes buenos» y «musulmanes malos»– convertía, de hecho, a todo musulmán en sospechoso hasta que demostrase lo contrario. Su hijo Zohran ha relatado en numerosas ocasiones, a lo largo de la campaña, sus propias vivencias como joven musulmán en la Nueva York posterior al atentado contra las Torres Gemelas: los controles aleatorios, las miradas inquisitivas, las experiencias traumáticas en los aeropuertos.

La islamofobia, lejos de ser un mero trauma adolescente, ha ocupado un lugar central en la campaña. Su rival demócrata Andrew Cuomo se rió cuando su entrevistador insinuó que Mamdani celebraría un nuevo 11 de Septiembre; la congresista trumpista Marjorie Taylor Greene publicó una imagen de la Estatua de la Libertad cubierta con una burka; y el New York Post lo asocia, un día sí y otro también, con el yihadismo. No es un detalle menor: Zohran Mamdani será el primer alcalde musulmán de Nueva York, una ciudad donde casi 10% de la población profesa el islam. Tras estos ataques, el candidato difundió un extenso video en el que afirmaba que «el sueño de todo musulmán es ser tratado igual que cualquier otro neoyorquino».

Para Mahmood y Zohran Mamdani, la identidad no es un mero artificio ni una declaración performativa; en su horizonte se vislumbra siempre una dignidad común donde la diferencia pueda celebrarse, un terreno de igualdad en el que lo plural y lo distinto encuentren espacio para florecer. Frente a la cooptación elitista que el Partido Demócrata ha hecho de la identity politics, el núcleo de la plataforma del joven Mamdani es otro: «mi política es la universalidad», ha repetido en numerosas ocasiones.

 

Así, más allá del énfasis en la capacidad adquisitiva, la universalidad es el nexo que une su visión de los programas sociales con su política exterior. Por un lado, la mayoría de sus propuestas, desde el transporte público hasta las guarderías, beneficiarían a cualquier neoyorquino, sin importar su renta ni su posición social. Durante su etapa como asambleísta estatal, Mamdani puso en duda la eficacia del programa Fair Fares [Tarifas justas], que pretendía reducir en 50% el costo de metro y autobús para los ciudadanos con menos ingresos. El problema, advertía, era que menos de la mitad de ellos lograba acceder a esa ayuda. De ahí su defensa de la universalidad por razones de justicia social y, sobre todo, de eficacia. «Cuando se le pide a la clase trabajadora que supere una carrera de obstáculos burocrática para acceder a una ayuda, se acaba dejando fuera a la mayoría. En cambio, cuando una medida es universal, los beneficios se multiplican: no son solo económicos. Son también seguridad pública, cohesión social y tranquilidad para todo el mundo».

Por otro lado, Mamdani, siempre firme en su oposición a lo que califica abiertamente de «genocidio» palestino, ha ido avanzando, a lo largo de la campaña, hacia una retórica de «humanidad común», una posición que nace de «la defensa de la universalidad de los derechos humanos». Sin recurrir a un lenguaje frío o legalista, el candidato ha tratado de anclar su apoyo a la causa palestina en el carácter necesariamente universal del derecho internacional, llegando incluso a declarar que ordenaría la detención de Benjamin Netanyahu si este pusiera un pie en Nueva York.

Interrogado sobre si reconoce el «derecho a existir» de Israel, respondió afirmativamente. Sin embargo, cuando en otra ocasión le preguntaron por el derecho de Israel a existir como Estado judío, su réplica cambió: «Ningún Estado debería existir con un sistema de jerarquías basado en la raza o la religión», subrayando que ese criterio aplica por igual a cualquier proyecto etnonacionalista, sea en Israel, Arabia Saudita o la India. Más aún, en unas declaraciones que suscitaron un amplio debate, y tras reafirmar por enésima vez su compromiso con la «universalidad», añadió: «No encuentro mejor manera de ilustrar mi postura [sobre el conflicto] que con las palabras de las familias de los rehenes israelíes: todos por todos (everyone for everyone)».

«En una época de oscuridad, Nueva York puede ser un halo de luz». La frase, ya símbolo de su campaña, resuena en casi todos los mítines de Mamdani, desde Brooklyn hasta el Bronx. Aunque el éxito de su aventura política tenga mucho que ver con factores locales –los escándalos sexuales de Andrew Cuomo, el sistema de ranked choice voting (voto por orden de preferencia) y el respaldo cruzado del contralor (judío) de la ciudad Brad Lander en las primarias, la caída en desgracia del alcalde demócrata Eric Adams, marcado por la corrupción, o la presencia de un candidato republicano tan heterodoxo como Curtis Sliwa–, su victoria encierra una promesa universal. Porque, por mucho que Nueva York sea Nueva York –la ciudad universal por excelencia; el epicentro global, al mismo tiempo, del capitalismo y de la diversidad–, pocas veces una contienda municipal había despertado tanto interés (y tanta esperanza) en tantos rincones del planeta. «Es la misma lucha por la libertad», parece decirnos Zohran Mamdani, evocando las palabras de su padre más de medio siglo después.

 

Artículo originalmente publicado en: https://nuso.org/articulo/las-raices-ideologicas-del-socialista-que-gobernara-nueva-york/

El Estado editor. Libros, política y disputas culturales en América Latin​a

Por Facundo Nahuel Altamirano.

Es licenciado en Comunicación Social por la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y magíster en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural por la Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). Con un enfoque transnacional, investiga las relaciones entre política, cultura y academia en los estudios sobre comunicación y cultura en América Latina durante la segunda mitad del siglo XX.

 

¿Es posible comprender la relación entre política, cultura y mercado en el siglo XX latinoamericano sin considerar el papel del Estado como promotor y regulador de la actividad editorial? ¿De qué manera las formaciones estatales se involucraron, directa o indirectamente, con esta actividad? Estas son algunas de las preguntas que atraviesan El Estado editor en América Latina. Libros, política y cultura, el título más reciente de la editorial argentina Tren en Movimiento. Coordinado por Carlos Aguirre (Perú), Martín Bergel (Argentina) y Sebastián Rivera Mir (México), el volumen constituye una contribución relevante a la historia del libro y la edición, al proponer la noción de «Estado editor» como prisma para analizar las relaciones entre política, cultura y mercado. Frente a una historiografía centrada en la iniciativa privada, los itinerarios de escritores y editores o las tendencias de mercado, este trabajo recupera al Estado como integrante activo del ecosistema editorial.

La idea del Estado editor no se limita a destacar la acción institucional en la promoción o regulación de la edición, sino que incorpora un abanico amplio de formatos, relaciones y prácticas para comprender mejor las dimensiones políticas y materiales de la cultura impresa. Es especialmente útil para examinar los mecanismos mediante los cuales el Estado incorpora a grupos e intelectuales diversos —incluso contrahegemónicos— y para restituir su papel en la delimitación de cánones literarios nacionales o regionales.

Sin embargo, la apuesta del libro es doble: por un lado, busca recuperar como variable analítica la actividad editorial de un actor históricamente relegado y, por otro, intervenir en el debate contemporáneo sobre los alcances del Estado en América Latina. En un momento en que su función vuelve a ser objeto de controversia, la obra aporta un análisis histórico que ilumina las dimensiones culturales de sus capacidades materiales y simbólicas.

El volumen, organizado en cinco partes, recorre dos siglos de historia editorial latinoamericana. Sus quince capítulos muestran cómo distintas configuraciones estatales produjeron formas heterogéneas de intervención, enfrentando tensiones comunes: entre democratización de la producción y control de contenidos, o entre universalismo cultural y particularismo político. Lejos de ser un actor homogéneo, el Estado editor aparece como un espacio de negociaciones, disputas y entramados entre Estado y mercado, intelectuales y funcionarios, proyectos emancipadores y mecanismos de control.

La introducción ofrece «una cartografía del Estado editor en América Latina». Aguirre, Bergel y Rivera Mir sostienen que la historia editorial no puede comprenderse sin atender al rol de los Estados y sus agentes. Llama la atención, subrayan, que pese a su peso evidente, el tema haya sido poco explorado, con la excepción de un reciente estudio dirigido por Daniel Badenes, publicado por la editorial Filosurfer. La ausencia de un enfoque adecuado ha reforzado visiones dicotómicas entre Estado y mercado. El libro propone superarlas: no son ámbitos contrapuestos, sino dimensiones diferenciadas de un mismo proceso editorial.

De este modo, el volumen sitúa al Estado en el centro de los debates sobre historia política y cultural del libro en la región, acuñando la fórmula «formas del Estado editor» para dar cuenta del carácter plural de sus experiencias, sostenidas en la concepción ilustrada del libro como herramienta de transformación. Sobre esa base, desarrolla una tipología: el «Estado impresor», «pedagogo», «activista», «censor», «promotor» y «regulador», formas que suelen entrelazarse en la práctica.

El aporte fundamental es, en este marco, el de insertar al Estado dentro del ecosistema editorial y examinar cómo la producción y disputa de hegemonías se expresa en la actividad de autores, editores, impresores, distribuidores y lectores, siempre en el marco de una formación estatal. Como señalan los coordinadores, estos agentes actúan en un espacio condicionado por los límites y presiones del marco regulatorio de cada Estado editor. De lo que se trata, en definitiva, es de profundizar en sus relaciones con la cultura impresa y, al mismo tiempo, de repensar los alcances y límites de nociones como sociedad civil, esfera letrada o mercado, imposibles de abordar sin considerar la acción estatal.

Edición y regulación

La primera parte del libro, «Visiones panorámicas», incluye tres estudios que analizan procesos editoriales de mediana duración. El capítulo 1, «Rostros y rastros del Estado editor en Colombia, 1930-1997», de Juan David Murillo Sandoval (Colombia), recorre los proyectos editoriales del Estado colombiano en tres momentos diferentes del siglo XX: la república liberal (1930-1946), la restauración conservadora (1946-1957) y el Frente Nacional (1947-1997). Este largo periodo le permite al autor seguir el proceso de construcción de una institucionalidad cultural de orden nacional. Las dos primeras etapas se caracterizaron, según Murillo Sandoval, por el vigor y protagonismo de intelectuales como Daniel Samper Ortega, Germán Arciniegas y Rafael Maya, quienes organizaron colecciones orientadas a legitimar proyectos políticos liberales (Samper Ortega y Arciniegas) y conservadores (Maya). Esta actividad reservó a los intelectuales una función rectora en la cultura, aunque reflejó empresas personales antes que iniciativas estatales. La tercera etapa, en cambio, destaca el papel central de instituciones como el Instituto Caro y Cuervo y el Instituto Colombiano de Cultura. El capítulo 2, «Del Estado impresor al sector estatal editor: Costa Rica (1883-2021)», a cargo de Iván Molina Jiménez, muestra que, a diferencia del caso colombiano, en Costa Rica los intelectuales no desempeñaron un papel destacado en la expansión de la cultura impresa del país. Aquí, más que por figuras de renombre, el Estado editor fue dirigido por sus instituciones públicas, en especial la universidad.

En tanto, el capítulo 3 –«Del Estado editor al Estado regulador: respuestas políticas a los problemas económicos (Brasil, siglo XXI)»– de Marisa Midori (Brasil) examina la presencia del Estado en la economía del libro. A partir del debate suscitado por la denominada Ley Cortez, presentada con el propósito de fijar un precio único en todo el territorio nacional para los libros recién publicados, Midori explora la tensión entre dos facetas del Estado en Brasil, el editor y el regulador (que no debe confundirse con el Estado censor). Su aporte se distingue dentro del volumen por enfocar el análisis en los instrumentos legales que el Estado impulsa o descarta para garantizar –o restringir– reglas de juego equitativas en el mercado editorial.

La segunda parte del libro, «Formas del Estado editor», reúne cuatro capítulos que analizan casos concretos que permiten conocer en profundidad algunos de sus desarrollos históricos más relevantes. El capítulo 4, «Ensoñaciones de una editorial universitaria: EUDEBA y su Biblioteca de Asia y África (1962-1966)», de Martín Bergel, explora uno de los capítulos más destacados de la historia editorial argentina, la EUDEBA de Boris Spivacow. Bergel se detiene en la colección dirigida por el periodista Gregorio Selser –la primera en español dedicada a estos continentes y reconocida por su impronta tercermundista– y reconstruye cómo la serie permitió a la editorial combinar su espíritu divulgador con un interés creciente por la realidad política del Tercer Mundo. Como ninguna otra colección del catálogo, la Biblioteca se plegó a la ola de radicalismo político impulsada por la emergencia de una nueva izquierda y participó explícitamente de los «vientos epocales de la revolución», a la vez que venía a suplir la vacancia de un espacio de saber todavía no institucionalizado sobre el Tercer Mundo en los claustros académicos.

Por su parte, el capítulo 5, «La plebaide: la colección Biblioteca Peruana y el gobierno nacionalista militar», de Carlos Aguirre, analiza cómo esta serie contribuyó a forjar un canon literario posoligárquico durante el gobierno de Juan Velasco Alvarado. Aguirre muestra que, aunque originalmente concebida por la editorial comercial PEISA, su realización fue posible gracias al apoyo estatal del gobierno revolucionario. Esta comunión entre agentes públicos y privados fue posible debido al interés compartido por democratizar el acceso a la cultura impresa en Perú: para la editorial PEISA resultaba conveniente desde un punto de vista comercial ampliar el mercado mediante la incorporación de nuevos lectores; para el gobierno militar, la ampliación del mercado se presentaba propicia como mediación para llegar a los sectores populares que, gracias a las políticas gubernamentales de alfabetización, se constituían en potenciales destinatarios de la propaganda oficial.

El capítulo 6, «Libros baratos para la posrevolución. Los usos políticos de la edición desde el Estado mexicano (1935-1977)», de Sebastián Rivera Mir, analiza las apropiaciones que el Estado posrevolucionario hizo de los impresos durante el siglo XX. El capítulo se detiene en dos experiencias poco trabajadas: la creación de la Comisión Editora Popular durante el gobierno de Lázaro Cárdenas (1934-1940) y el lanzamiento de una red de librerías del Fondo de Cultura Económica durante el sexenio de Luis Echeverría (1970-1976). Pese a sus diferencias, ambas iniciativas modularon una alternativa editorial dirigida a concretar un objetivo cultural caro a la tradición plebeya de la Revolución Mexicana: llevar el libro a las masas. Finalmente, el capítulo 7, «El Estado editor en Brasil. La trayectoria de tres casos subnacionales», de Ana Elisa Ribeiro (Brasil), se detiene en los casos de la Biblioteca Pública de Paraná en Curitiba durante el siglo XIX y, ya en el siglo XX, de la Imprensa Oficial del Estado de Alagoas y la Companhia Editora de Pernambuco. Más allá de las particularidades de cada caso, Ribeiro identifica una constante en la historia editorial del Estado brasileño: la autonomía de las editoriales estatales siempre ha sido relativa. En periodos más democráticos, la intervención estatal en los procesos editoriales tiende a reducirse, mientras se observa una marcada preferencia por la edición literaria frente a otros géneros.

Socialismo y edición

La tercera parte del libro, «Socialismo y edición», analiza las políticas editoriales de la Revolución Cubana, del régimen militar de Velasco Alvarado en Perú y de la «vía chilena al socialismo» de la Unidad Popular. El capítulo 8, «Don Quijote cabalga de nuevo. La experiencia editorial en Cuba (1960-1967)», de Jorge Fornet (Cuba), muestra que la Revolución Cubana otorgó un lugar central al desarrollo de una cultura impresa afín con los ideales humanistas que proclamaba. Así emergieron nuevos suplementos culturales, nació Casa de las Américas y se inauguró la Imprenta Nacional de Cuba, que comenzó su actividad editorial con la impresión del Quijote. Fornet describe que, con la obra de Cervantes, durante semanas «La Habana fue una enorme carcajada», una expresión exagerada pero que ofrece una imagen vívida del cruce imaginado por la elite revolucionaria entre la cultura letrada y los sectores populares. En este contexto, la campaña de alfabetización de 1961 dio origen a un nuevo público lector y provocó una demanda masiva de libros. Para satisfacerla, el gobierno creó la Editorial Nacional y, en 1967, el Instituto Cubano del Libro. Durante este periodo, Cuba editó a autores clásicos de la literatura universal, como Homero, Shakespeare o Dostoievski, y a referentes teóricos de la nueva izquierda, como Herbert Marcuse, Ernest Mandel y Louis Althusser. ¿Cómo fue posible? El Estado editor cubano decidió suspender el pago de derechos de autor, en un gesto desafiante de nacionalización –o más bien de internacionalización, como precisa el autor– de la cultura universal, lo que permitió a la elite revolucionaria poner a disposición del público decenas de títulos en tiradas de millones de ejemplares.

A diferencia de Fornet, que presenta una política cultural aparentemente homogénea, el capítulo 9, «Quimantú y las disputas por la construcción del socialismo en Chile», de Ivette Lozoya (Chile), destaca las contradicciones y tensiones de un proceso de transformación en curso. El estudio retoma el caso de Quimantú, hito editorial en Chile y símbolo de la «vía chilena al socialismo», que fue también –como subraya la autora– un espacio de disputa respecto a la dirección de la política cultural de la Unidad Popular. Antes que resultado de consensos amplios, Quimantú creció a partir de iniciativas fragmentadas que reflejaban diferencias dentro del proyecto socialista.

Finalmente, esta sección del libro concluye con el capítulo «‘Una revolución que no se explica, se empobrece’: la revista Participación y la labor de los intelectuales durante el gobierno velasquista en el Perú», de Anna Cant (Inglaterra) y Mijail Mitrovic (Perú). Se trata del único capítulo del volumen que pone el foco en una revista promovida por el Estado. El ensayo explora la revista Participación (1972-1975), editada por el Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social (Sinamos), una de las apuestas políticas más ambiciosas del velasquismo, dirigida a la conquista de los sectores populares y campesinos. A través de una «microhistoria» de la publicación, el capítulo pone de relieve las tensiones entre el Estado y las formaciones intelectuales afines al proyecto velasquista.

Pedagogía, edición y censura

La cuarta parte del libro se titula «Edición y pedagogías estatales». La sección comienza con el capítulo 11, «Libros Cormorán y la revolución del libro en Chile (1967-1973)», de Patricio Bascuñán (Chile). El trabajo recuerda que el clímax editorial que suscitó la Unidad Popular no surgió en el vacío, sino que tuvo como antecedente destacado esta experiencia de menor escala, pero que, sin embargo, condensó en un pequeño episodio las capacidades editoriales del campo cultural chileno que más tarde Quimantú desarrollaría plenamente. Bascuñán sitúa la serie Libros Cormorán en el contexto de la «revolución del libro en Chile», ocurrida en los años 60 del siglo XX, que el autor describe como un proceso de adaptación del libro a la moderna cultura de masas, un momento de la historia chilena en el que el libro supo competir –o complementarse– con la prensa, el cine, la radio y la televisión. Libros Cormorán fue un hito clave en este proceso y su originalidad radicó en la opción por promover ediciones económicas y en formato de bolsillo, apuntando de este modo a un público masivo y heterogéneo, con un catálogo de izquierda, laico y latinoamericanista.

El capítulo 12, «De México para los maestros latinoamericanos. La actividad editorial del Centro Regional de Educación Fundamental para la América Latina, CREFAL (1951-1961)», de Kenya Bello (México), ilumina una faceta poco explorada del Estado editor mexicano. En el CREFAL, institución creada en los años 50 bajo el auspicio de la Unesco, la diplomacia cultural mexicana desempeñó un rol decisivo. Se trata de uno de los ensayos que enfatiza procesos editoriales transnacionales, en este caso, la convergencia entre las misiones culturales impulsadas por la Unesco en la región y las que el Estado mexicano venía desarrollando en el ámbito rural.

El capítulo 13, «Edición y revolución en Cuba: el Instituto Cubano del Libro y la ‘serie editorial’ Ciencias Sociales», de Martín Ribadero (Argentina), explora las políticas editoriales desarrolladas por el gobierno revolucionario de Cuba, que modificaron de manera radical el universo del libro y la edición en la mayor de las Antillas. Entre las múltiples iniciativas del Estado editor en Cuba, Ribadero recupera la «serie editorial» Ciencias Sociales, diseñada por el Instituto Cubano del Libro. La serie le proporciona al autor una vía de entrada privilegiada para analizar los cambios editoriales promovidos por una nueva institucionalidad en proceso de formación, así como para reconocer sus límites y contradicciones. En un panorama editorial caracterizado por las tensiones entre la masificación del libro y un creciente control por parte de las autoridades sobre el contenido de las publicaciones, la serie Ciencias Sociales incorporó, sin embargo, temas y autores afines a la dinámica transnacional de modernización de las humanidades y ciencias sociales en el periodo. Su catálogo abarcó desde figuras políticas locales como Fidel Castro y Ernesto «Che» Guevara hasta referentes de una tradición marxista crítica del estalinismo, como Lukács, Gramsci, Trotsky y Marcuse. Así, Ribadero muestra que, hasta mediados de la década de 1970, la serie reflejó un momento de efervescencia editorial alentado por una dirección dispuesta a explorar nuevos horizontes teóricos, ideológicos y científicos, con el propósito de modernizar la vida universitaria y cultural de la isla.

La quinta y última parte del volumen se titula «El Estado censor/regulador». El capítulo 14, «El Estado Novo editor en Brasil. El papel del Departamento de Prensa y Propaganda (DIP) y del Instituto Nacional del Libro (INL)», de Thiago Mio Salla (Brasil), explora el rol destacado que las publicaciones impresas tuvieron durante el Estado Novo brasileño (1937-1945). Salla recupera el papel de los dos frentes principales de producción de contenidos editoriales en el periodo. Ambos organismos se complementaron y desplegaron dos facetas de una misma política cultural: si el Departamento de Prensa y Propaganda se dedicó a la impresión de materiales apologéticos del gobierno de Vargas, el Instituto Nacional del Libro se dispuso a recuperar para el público brasileño obras esenciales de la cultura nacional, con el propósito de organizar un canon histórico y literario afín al gobierno de turno.

Finalmente, el libro culmina con el capítulo 15, «El Estado censor: la actividad editorial del comunismo argentino desde la persecución estatal (1930-1955)», de la historiadora Adriana Petra (Argentina). La autora parte del examen de la censura ejercida por el Estado argentino sobre la actividad editorial del comunismo entre 1930 y 1955 para plantear una advertencia metodológica decisiva: la historia editorial de las izquierdas en América Latina no puede reconstruirse sin considerar el papel del Estado censor, cuya huella se revela en los archivos de la represión y la censura. Petra se concentra en la actividad editorial del comunismo argentino –particularmente en las editoriales Problemas y Lautaro– porque constituye un caso singular dentro de la cultura de izquierdas. Por un lado, porque su producción se articuló con una vasta red transnacional de circulación de impresos, sin precedentes en otras tradiciones políticas. Por el otro, porque pese a la censura y la clandestinidad forzada, la actividad editorial de los comunistas nunca se interrumpió. Ahora bien, el interés de Petra no radica en la recuperación episódica de tal o cual experiencia editorial, sino en cumplir con un doble objetivo de investigación. En primer lugar, observar el modo en que el Estado censuró la actividad impresa del comunismo argentino. En segundo lugar, recomponer cómo, pese a la censura, el comunismo formó parte, en la clandestinidad, de la expansión del mercado editorial argentino.

Con esta variedad de estudios, la obra presenta un mosaico de experiencias que ponen de relieve distintos momentos del Estado editor en América Latina. A través de un recorrido que invita a detenernos en una variedad de casos singulares, podemos ver entonces al Estado reproducir –por la positiva, promoviendo; por la negativa, censurando– a gran escala el ideal ilustrado que depositaba en la cultura impresa una fuerza pedagógica transformadora. Gracias a la heterogeneidad de sus estudios y a la diversidad de sus enfoques, el libro ofrece así una vía de entrada novedosa y fundamental a la historia política y cultural de nuestro continente. Uno de los méritos del volumen reside en mostrar que la historia del libro y la historia política en América Latina no transcurrieron por carriles separados y que los emprendimientos editoriales del Estado no solo reflejaron –a su manera, a través de una serie compleja de mediaciones– un proyecto de sociedad, sino también sus contradicciones.

Este artículo se puede leer en su publicación original en https://nuso.org/articulo/estado-editor-america-latina/

¿Cómo se desmoronan las democracias? Entrevista a Adam Przeworski

Por Patrick Iber

Es profesor asistente de Historia en la Universidad de Wisconsin. Es autor de Neither Peace nor Freedom: The Cultural Cold War in Latin America (Harvard UP, Cambridge, 2015). Twitter: <@patrickiber>.

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El politólogo Adam Przeworski, nacido en Polonia y actualmente profesor emérito de la Universidad de Nueva York, es uno de los pensadores más influyentes sobre la democracia del siglo pasado. Es autor de numerosos libros, entre ellos Capitalismo y socialdemocracia (Alianza, 1988); Paper Stones: A History of Electoral Socialism (con John D. Sprague) [Piedras de papel. Historia del socialismo electoral] (University of Chicago Press, 1988), Democracia y mercado. Reformas políticas y económicas en la Europa del Este y América Latina (Cambridge University Press, 1995) y Las crisis de la democracia. ¿Adónde pueden llevarnos el desgaste institucional y la polarización? (Siglo XXI, 2022). En febrero, empezó a publicar un diario en Substack para registrar sus reacciones a los acontecimientos cotidianos. En una serie de correos electrónicos, conversé con Przeworski sobre su vida y su carrera, sobre cómo la ciencia política puede y no puede ayudarnos a comprender las transformaciones históricas a medida que se producen, y sobre los peligros y las oportunidades de nuestro momento histórico.

A lo largo de su carrera, usted ha estudiado cómo las democracias se desmoronan y se recomponen. Tradicionalmente, estas crisis suceden de manera secuencial: primero un golpe de Estado, luego una dictadura y más tarde una restauración democrática. Pero leyendo sus reacciones diarias a lo que está ocurriendo en Estados Unidos, la situación actual no parece tan clara. ¿Qué hace difícil encajar los hechos de hoy en los marcos utilizados para estudiar anteriores fracasos democráticos?

 

Hasta hace unos 25 años, las quiebras de los regímenes democráticos eran acontecimientos discretos a los que se podían asignar fechas concretas. La República de Weimar cayó cuando Hitler asumió poderes dictatoriales el 23 de marzo de 1933; la democracia chilena fue derrocada por un golpe militar el 11 de septiembre de 1973. La frecuencia de este tipo de acontecimientos ha disminuido drásticamente en el siglo XXI. Hemos sido testigos de cómo varios gobiernos mantenían las apariencias democráticas al tiempo que tomaban medidas graduales para asegurar su permanencia en el poder y eliminar las barreras institucionales a la discrecionalidad del Poder Ejecutivo. La etiqueta comúnmente utilizada para este proceso es reversión democrática (backsliding), o a veces desconsolidación, erosión o regresión democráticas. A medida que avanza este proceso, la oposición se vuelve incapaz de ganar elecciones o de asumir el gobierno si gana, las instituciones establecidas pierden la capacidad de frenar al Poder Ejecutivo y se reprime la protesta popular.

 

Este fenómeno tomó por sorpresa a los politólogos. Muchos pensábamos que si un gobierno violaba ostensiblemente la Constitución o traspasaba otra línea roja, los ciudadanos se coordinarían contra él y, previendo esta reacción, el gobierno evitaría cruzar esas líneas. Otros politólogos sostenían que lo mismo ocurriría si un gobierno se negara a celebrar elecciones o cometiera un fraude electoral flagrante. Una combinación de equilibrio de poderes y reacción popular haría que las instituciones democráticas fueran inexpugnables al «espíritu invasor del poder», en palabras de James Madison, es decir, al deseo de los políticos de conseguir un poder sin límites. Eso era lo que pensábamos.

 

Sin embargo, hasta ahora hemos visto varios ejemplos de jefes de Estado que han logrado monopolizar el poder y erradicar  los obstáculos institucionales: Recep Tayyip Erdoğan en Turquía, Viktor Orbán en Hungría, Narendra Modi en la India, Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela. En todos estos casos, el gobierno goza de suficiente apoyo popular como para ganar elecciones sucesivas acosando a la oposición, socavando a las organizaciones de la sociedad civil y controlando los medios de comunicación sin fraudes flagrantes (quizá con la excepción de Maduro). Mientras están en el poder, estos gobiernos controlan los parlamentos, maniatan o ignoran a los tribunales y hacen lo que quieren, parte de lo cual responde a los intereses y pasiones de sus bases políticas.

Usted es conocido por una definición mínima de democracia: la democracia es un sistema en el que los partidos pierden las elecciones. Quizá parte del problema ahora es que no sabemos si seguimos en un sistema así, dado que Trump se negó a aceptar su anterior derrota y no sabemos cómo responderían él y sus funcionarios a una derrota en el futuro.

 

No sabemos si Trump llevará cabo elecciones de mitad de mandato que los republicanos podrían perder, no sabemos si los republicanos perderían si esas elecciones fueran limpias, ni si Trump aceptaría una derrota, o cuáles serían las consecuencias si ganaran los demócratas. Trump se comporta como si estuviera seguro de ganar o no le importaran las consecuencias electorales de sus políticas. Los líderes demócratas parecen creer que la economía se hundirá, la opinión pública se volverá contra Trump y ganarán al menos la Cámara sin hacer nada. Alguien debe estar equivocado.

Quizá las consecuencias económicas de las políticas de Trump sean tan desastrosas que los republicanos sufran una estrepitosa derrota en 2026. Aun así, mi temor es que Trump prevalezca, o bien porque su base se mantiene sólida, o bien por la represión y el fraude, o por ambas cosas. Si los republicanos conservan el control de ambas cámaras del Congreso, Trump quedará liberado para hacer lo que quiera, sin límites a su poder dictatorial.

 

El proyecto de ley presupuestaria que se aprobó este verano [boreal] privará a millones de personas de asistencia sanitaria y subsidios alimentarios. Una estimación predice que 34% de los estadounidenses se verán afectados negativamente por estos recortes. La pregunta obvia es quiénes son. Si son predominantemente personas que no votaron o no votarán, o personas que votaron a los demócratas en 2024, el efecto electoral puede ser insignificante. Además, aunque los efectos económicos generales sean negativos, Trump alegará que son solo temporales y que están causados por enemigos externos. Por último, aunque las protestas contra las políticas de Trump son masivas, necesitan afirmar una visión alternativa del futuro para tener consecuencias electorales. Los demócratas han sido visiblemente incapaces de ofrecer una alternativa. Todo lo que puedo concluir es que no sabemos qué ocurrirá en los próximos 18 meses.

 

En un artículo de 1996, «What Makes Democracies Endure?» [¿Qué hace que las democracias perduren?], usted y sus coautores identificaron una serie de variables que influyen en la probabilidad de que un país que es una democracia un año siga siéndolo al año siguiente. Recientemente, usted realizó un cálculo basado en estas variables y determinó que la probabilidad de una ruptura democrática en Estados Unidos es casi inexistente: un modelo predijo que tal ruptura ocurriría una vez cada 2,6 millones de años; otra, una vez cada 263 años. ¿Necesitamos nuevos modelos, o simplemente estamos viviendo acontecimientos de muy baja probabilidad?

 

Trump fue el más votado en unas elecciones limpias. Su apoyo popular, aunque sea minoritario, parece tener un núcleo sólido. Nada de lo que ha hecho hasta ahora descalifica el actual régimen político de Estados Unidos como una democracia. Al mismo tiempo, muchas de sus políticas, algunas solo anunciadas y varias ya implementadas, violan las leyes vigentes. Además, el gobierno está aplicando algunas de estas políticas incluso después de que los tribunales las frenaran temporalmente.

 

Sean cuales fueren las categorías que apliquemos al régimen de Trump, su negativa a admitir la derrota en 2020 no tiene precedentes históricos. Todas las lecciones históricas extraídas de estudios estadísticos como el que usted ha mencionado predicen que un acontecimiento así no debería ocurrir en un país tan rico como Estados Unidos y con una tradición tan larga de transferencia pacífica del poder a través de elecciones. ¿Debemos tratarlo como un acontecimiento único que puede ignorarse, o debemos concluir que la historia ya no es una guía fiable? Tal vez nuestra comprensión del pasado esté determinada por circunstancias que en su momento no percibimos. Tal vez las condiciones en Estados Unidos en 2020 se combinaron de una manera que no tenía precedentes históricos. Tal vez hemos sido demasiado confiados. Las anomalías desbaratan las creencias establecidas, y creo que ese es el desbarajuste en que nos encontramos.

 

Retrocedamos un momento. Su carrera se ha centrado en el estudio de las relaciones entre capitalismo, socialismo y democracia. ¿Qué lo llevó a Chile al principio de su carrera y qué aprendió allí? ¿Qué sintió personalmente y también como politólogo?

 

Llegué a Chile en otoño de 1968. Había salido de Polonia un año antes y no podía volver debido a la ola masiva de represión de marzo de 1968; lo más probable es que hubiera acabado en la cárcel. Pero me denegaron el visado para permanecer en Estados Unidos, donde había sido profesor visitante, así que no tenía país, ni trabajo, ni dinero. Rápidamente me enamoré de Chile y me encontré como en casa en su cultura. La vida allí no era muy diferente de la de mi país natal. La pasión por el fútbol era universal, así que era un tema del que podía hablar con todo el mundo, sin distinción de clases. Me quedé en Chile cuatro meses y luego regresé a Estados Unidos. Pero Chile me atraía. Recibí una beca del Social Science Research Council y regresé el 5 de septiembre de 1970, al día siguiente de la elección de Salvador Allende.

 

La gente coreaba eufórica en las calles: «El pueblo unido jamás será vencido». Pero o esta generalización inductiva era falsa, o el pueblo estaba lejos de estar unido. Allende fue elegido por una estrecha ventaja como candidato de una coalición de fuerzas divergentes y combativas. Apuñalado por la espalda por un partido que se presentaba como centrista, la Democracia Cristiana, Allende pronto perdió el control sobre su propia coalición, parte de la cual alucinaba con llevar a cabo una revolución socialista. Henry Kissinger proclamó que Allende había sido elegido debido a la irresponsabilidad del pueblo chileno -tal era su forma de entender la democracia- y el gobierno estadounidense decidió restaurar esa responsabilidad por la fuerza. Cuando esta sobrevino, el 11 de septiembre de 1973, fue feroz. Los acontecimientos chilenos de 1970-1973 transformaron mi agenda intelectual para el resto de mi vida.

 

La cuestión principal que estos acontecimientos me plantearon fue la tensión entre democracia y capitalismo. Escribiendo en 1886, Hjalmar Branting, líder de los socialdemócratas suecos, se preguntaba si «la clase alta respetaría la voluntad popular aunque esta exigiera la abolición de sus privilegios». Un líder socialdemócrata alemán, August Bebel, sostenía en 1905 que la revolución podía ser necesaria «como medida puramente defensiva, destinada a salvaguardar el ejercicio del poder legítimamente adquirido mediante las urnas». Allende no tenía un mandato popular amplio para llevar a cabo transformaciones sociales y económicas de gran alcance; su coalición nunca tuvo mayoría parlamentaria. Ganó según las reglas y trató de gobernar en el marco de la democracia, pero se vio empujado por las fuerzas que lo respaldaban a ir más allá de lo que su fuerza en las urnas le permitía. La clase alta, cuyos privilegios se veían amenazados, se dirigió a los militares para que la rescataran, y estos, no sin dudar, estuvieron dispuestos a hacerlo.

 

La debacle chilena transformó a la izquierda internacional. Hasta el golpe, muchos de sus miembros habían vacilado entre la búsqueda del socialismo y el respeto a la democracia. La tragedia chilena obligó a tomar una decisión que recordaba la que tuvieron que afrontar los socialdemócratas en el periodo de entreguerras: ¿primero el socialismo o la democracia? La respuesta más clara surgió de los debates en el seno del Partido Comunista Italiano, y fue decididamente por la democracia. La experiencia chilena había sugerido que impulsar el programa socialista con demasiado vigor, sin suficiente apoyo popular, conduciría a la tragedia.

 

Abordé el tema históricamente, centrándome en las opciones a las que se han enfrentado los movimientos socialistas en las sociedades capitalistas democráticas. Aprendí que estas opciones han sido tres: en primer lugar, si buscar el avance del socialismo organizándose dentro de las instituciones existentes o sustituyéndolas; en segundo lugar, si buscar el agente de la transformación socialista exclusivamente en la clase obrera o confiar en un apoyo multiclasista o incluso no clasista; y en tercer lugar, si buscar reformas y mejoras parciales o dedicar todos los esfuerzos a la abolición del capitalismo.

 

Las instituciones existentes eran las empresas privadas en el ámbito económico y la democracia en el ámbito político. Los primeros pensadores socialistas habían propuesto un programa de sustitución de las empresas privadas por «asociaciones de productores», un sistema de cooperativas de trabajadores organizadas a escala nacional. Esta forma de pensar, sin embargo, perdió adeptos tras la crítica de Marx, quien sostenía que ello no era factible a menos que la clase obrera obtuviera primero el poder político. La cuestión que atormentaba a los dirigentes de los primeros partidos socialistas era si el poder político podía alcanzarse por medios electorales o solo por la fuerza. El rápido aumento de los votos para los socialistas a principios de siglo infundió en sus líderes la esperanza de que el socialismo podría alcanzarse en las urnas: las papeletas electorales iban a sustituir a las barricadas (en el título de mi libro, escrito en coautoría con John Sprague, estas se convirtieron en «piedras de papel»).

 

Una vez que los partidos socialistas entraron en las competencias electorales, la cuestión pasó a ser cómo ganar mayorías electorales para poder avanzar hacia el socialismo. Según Marx, los trabajadores se convertirían en mayoría en las sociedades capitalistas, y como los trabajadores votarían por el socialismo, la victoria electoral era inexorable. Sin embargo, a finales del siglo XIX, algunos líderes socialdemócratas alemanes empezaron a dudar de que fuera suficiente basarse únicamente en los trabajadores y abogaron por incluir a la pequeña burguesía, los campesinos y los empleados de cuello blanco en la política socialista. El dilema que enfrentaban era que la ampliación de la convocatoria a otras clases disminuía la identificación de los trabajadores con los partidos socialistas. 

 

Aun así, el apoyo electoral a estos partidos creció lo suficiente como para que formaran parte de coaliciones de gobierno e incluso pudieran gobernar en solitario en varios países. Fue entonces cuando la tercera opción se hizo acuciante: ¿cómo debían gestionar las sociedades capitalistas los partidos que aún veían la abolición del capitalismo como su objetivo último cuando estuvieran en el poder? ¿Debían optar por una transición inmediata al socialismo, con una nacionalización masiva de los medios de producción, o debían adoptar medidas graduales destinadas a mejorar las condiciones de la clase trabajadora dentro del capitalismo? ¿Cómo hacer frente a la resistencia de la burguesía: por la fuerza o mediante reformas graduales destinadas a aumentar su volumen electoral? ¿Deberían los socialistas estar preparados para perder elecciones, deteniendo el camino hacia el socialismo? Ante estas disyuntivas, los socialdemócratas optaron por el reformismo, es decir una estrategia que consistía en aplicar solo aquellas medidas que contaran con el apoyo electoral de las mayorías, y de respetar y defender las reglas democráticas.

 

En la primera línea de Paper Stones, usted escribió: «Ningún partido político obtuvo jamás una mayoría electoral con un programa que ofreciera una transformación socialista de la sociedad». Eso me cayó como un rayo cuando lo leí por primera vez hace décadas. Allende ganó con mayoría relativa. Otros candidatos en otros lugares han ganado mayorías como socialistas, pero no prometiendo una transformación socialista. Aunque Marx creía que los trabajadores se convertirían en mayoría en las sociedades capitalistas e inevitablemente votarían por el socialismo, esto no se ha confirmado. En nuestra época, la base de clase del apoyo a la izquierda está cambiando: la «izquierda brahmánica» es un fenómeno real, y muchos votantes de la clase trabajadora se sienten atraídos por la derecha populista. Sin embargo, ningún gobierno ha sido capaz de ofrecer un mejor nivel de vida que las socialdemocracias. Esto puede resultar desconcertante. ¿Cómo se explica?

 

Muchos movimientos socialistas llegaron a creer que la revolución se lograría mediante una acumulación de reformas irreversibles, todas ellas respetando las normas democráticas. La clave del reformismo consistía en que apelar a los deseos más inmediatos de las mayorías existentes y ponerlos en práctica constituían pasos hacia la consecución de objetivos a largo plazo. Esta estrategia tuvo un éxito clamoroso durante mucho tiempo. La mejora de las condiciones laborales, la reducción de la desigualdad de ingresos, la ampliación del acceso a la educación y la salud, un mínimo de seguridad material para la mayoría de la gente… la lista de logros socialdemócratas es larga.

 

Sin embargo, los límites del proyecto que permitía a los mercados asignar los recursos y distribuir los ingresos, gravando estos ingresos y proporcionando servicios sociales, se hicieron evidentes en la década de 1970. Los intentos de transformación -cogestión laboral, fondos de inversión de los trabajadores, planificación económica, por no hablar de las nacionalizaciones- a menudo fracasaron. Los socialdemócratas adoptaron entonces la jerga neoliberal de compromisos entre igualdad y eficacia, igualdad y crecimiento. Pasaron de la revolución a la reforma y a hacer frente a los problemas a medida que aparecían. La década de 1970 puede haber sido la última en la que los socialdemócratas mantuvieron una perspectiva transformadora, al tiempo que hacían frente a una crisis inmediata. La desaparición en la izquierda política de cualquier visión de la sociedad que trascienda el electoralismo de corto plazo centra la competencia política en hacer frente a los problemas inmediatos. Cuando los programas de los partidos se vuelven puramente reactivos, dejando de estar guiados por un proyecto a largo plazo formulado en términos de clase, las bases sociales de los distintos partidos se vuelven más volátiles.

 

Como politólogo polaco y testigo de la caída de Chile, usted ha vivido el fin tanto de una democracia consolidada como de un sistema comunista consolidado. Fueron procesos muy diferentes: la democracia chilena terminó sepultada por los militares pinochetistas, mientras que la caída del comunismo en Europa del Este fue mayoritariamente pacífica (y coincidió con la caída de la dictadura anticomunista de Pinochet en las urnas). ¿Se parece ahora la situación actual en Estados Unidos más a un caso o al otro?

En retrospectiva, pretendemos entender por qué la historia tomó un rumbo determinado. Pasé buena parte de mi vida académica explicando patrones históricos que creía entender. Sin embargo, tras leer varias memorias del periodo 1930-1938 en Alemania, me sorprendió que nadie, desde eminentes políticos hasta amas de casa corrientes, predijera lo que acabaría sucediendo. Incluso en Chile, donde a finales de la primavera de 1973 todo el mundo sabía que un golpe de Estado era inminente, nadie esperaba que fuera tan sangriento ni que la dictadura durara 16 años. Una predicción común era que los militares depondrían a Allende, lo enviarían a Cuba, anunciarían nuevas elecciones, que [el demócrata cristiano] Eduardo Frei ganaría fácilmente, y eso sería todo. Predecir el destino del comunismo fue un fracaso aún mayor: Samuel Huntington, que se convirtió en el gurú de la «tercera ola» de transiciones a la democracia, publicó un artículo en 1984 declarando que la caída del comunismo en Europa del Este era imposible. [El profesor de Yale] Juan Linz escribió lo mismo en 1989 y tuvo la desgracia de que su artículo se publicara un año después.

 

En todas estas situaciones -el comunismo, la Alemania de Weimar, el Chile de Allende- no teníamos una teoría en la que apoyarnos. No teníamos una ciencia que generara predicciones válidas o asignara probabilidades a los posibles cursos de la historia. Necesitamos teoría: proposiciones interconectadas lógicamente que digan «si esto y aquello, entonces esto», siendo el último «esto» observable. Sin teoría, solo podemos confiar en conjeturas, intuiciones o suposiciones. El hecho brutal de que nos resulte tan difícil predecir lo que ocurrirá en las circunstancias actuales es una prueba de que no tenemos teorías en las que podamos confiar.

 

La pregunta que se cierne sobre Estados Unidos es: ¿cómo puede acabar todo esto? Una posibilidad está clara: los demócratas ganan las elecciones presidenciales y al Congreso de 2028, desmantelan los aparatos de represión, restablecen los programas y servicios sociales esenciales y volvemos a la «normalidad». También hay otra: los republicanos ganan las elecciones de mitad de mandato de 2026 y las elecciones de 2028, e instauran un régimen oligárquico y represivo por un futuro indefinido.

 

Otros resultados serían más dramáticos y sin precedentes en la historia del país. Por ejemplo, que los republicanos no acepten una derrota, ni en las midterms ni en 2028, o generen algún acontecimiento como el incendio del Reichstag, que utilizarían como pretexto para declarar el estado de emergencia e intentar imponer su gobierno por la fuerza. O quizá también sea posible que la popularidad de Trump caiga a niveles muy bajos, las protestas callejeras convoquen a millones de personas y los republicanos, liberados de su control, busquen algún tipo de compromiso. Hay demasiadas contingencias, y hasta que no se resuelva cierta incertidumbre -muy probablemente en las elecciones de mitad de mandato-, no sé qué esperar.

 

Permítame que la pregunta final sea lo más sencilla posible: ¿qué hay que hacer?

 

Responder esta pregunta requiere un grado de optimismo que no poseo. Soy gramsciano en el sentido de que creo que para llegar a ser hegemónica una ideología debe ofrecer una visión de un futuro en el que los intereses de los que gobiernan coincidan con los intereses de todos los demás. MAGA [Make America Great Again] no ofrece ninguna. Es difícil identificar el proyecto ideológico de la revolución de Trump, aparte de la reducción del Estado. Sin embargo, la oposición a MAGA tampoco ofrece una alternativa. El establishment demócrata apuesta claramente por que los republicanos les ofrezcan una victoria electoral mientras asisten a las fiestas de boda de los multimillonarios. La única visión para el Partido Demócrata se origina en su ala izquierda, que es vigorosamente censurada por su corriente principal. Puede que la cúpula demócrata tenga razón al pensar que la mejor estrategia es no hacer nada y esperar a que MAGA fracase. Pero esta, al igual que MAGA, es una ideología de «vuelta atrás», de «restaurar» la democracia en lugar de transformar las condiciones que generaron el desastre actual. Para restaurar la democracia, hay que reformarla. Ese es el proyecto que necesitamos.

Nota: una primera versión de esta entrevista, en inglés, se publicó en Dissent, otoño de 2025, y está disponible aquí. Traducción: Pablo Stefanoni.

DeepSeek y la batalla por el control de la inteligencia artificial

Por Roni Berkowitz y Yael Ram*

A comienzos de 2025, la empresa china DeepSeek lanzó un potente chatbot basado en modelos extensos de lenguaje (LLM, por sus siglas en inglés) que de inmediato llamó la atención mundial. Al principio, el entusiasmo se centró en la afirmación de DeepSeek de que había desarrollado el modelo a una fracción del costo típicamente asociado a los modelos más avanzados de inteligencia artificial. Pero el mayor revuelo llegó poco después, cuando las plataformas online y las noticias se inundaron de ejemplos de respuestas de DeepSeek en las que se afirmaba que Taiwán era parte de China, se negaba la discusión de acontecimientos como la masacre en la plaza de Tiananmén o se evitaba responder preguntas sobre Xi Jinping.

Una fuente principal de preocupación fueron los singulares mecanismos de filtrado de información del modelo, que censuraban las respuestas en tiempo real y reemplazaban resultados políticamente sensibles por otros alineados con el Partido. Luego se reveló que esta censura también estaba integrada en el propio modelo, y no únicamente en el nivel de la aplicación, lo que dificultaba eludirla. Esto encendió las alarmas sobre el funcionamiento de DeepSeek como herramienta de propaganda del Partido Comunista Chino (PCCh). En respuesta, varios gobiernos, incluidos los de Estados Unidos, Taiwán, Corea del Sur y Australia, prohibieron la utilización del modelo en dispositivos oficiales, alegando preocupación por la seguridad nacional y la integridad de la información.

No obstante, en lugar de considerarlo tan solo como «una ventana a la censura china», sostenemos que el caso DeepSeek debería servir como una ventana a la politización de los modelos de inteligencia artificial en general de maneras que van más allá del filtrado y el control de contenidos y que no son exclusivas de los modelos chinos.

Por supuesto que está censurado

El hecho de que DeepSeek filtre respuestas políticamente sensibles no sorprende. La infraestructura regulatoria y técnica de China ha considerado durante mucho tiempo internet como un «campo de batalla ideológico» (yishixingtai zhendi 意识形态阵地), y este enfoque tiene sus raíces en una tradición mucho más extensa de control de la información. Desde sus primeras décadas, el mercado mediático chino estuvo dominado por los sistemas de medios estatales, que eran dirigidos por el Departamento Central de Propaganda y diseñados para asegurar la cohesión ideológica y limitar los discursos críticos. Con la llegada de internet, estos principios no fueron abandonados sino adaptados: el Gran Cortafuegos bloqueó sitios web extranjeros y permitió el monitoreo a gran escala de las plataformas nacionales. Por un lado, internet abrió espacios públicos limitados donde los usuarios podrían tener cuentas alternativas; por otra parte, las sucesivas capas de directivas nacionales y de aplicación local crearon rápidamente un sistema de gobernanza en el que se asignó a las empresas tecnológicas la responsabilidad por el filtrado de material sensible. Bajo Xi Jinping, este modelo se ha intensificado mediante políticas de «cibersoberanía», lo que generó un entorno informativo en el que la censura es una característica habitual de las plataformas de medios, y ahora, de los LLM.

Las regulaciones señalan que todos los productos de inteligencia artificial implementados a escala nacional deben «defender los valores socialistas fundamentales» y ser sometidos a una revisión de contenido antes de su lanzamiento. Por lo tanto, los desarrolladores trabajan en un entorno de información ya configurado por amplios controles. Los censores chinos actúan como una barrera regulatoria que filtra el material considerado incompatible con las prioridades del Partido. En la práctica, esto significa que (a) los datos de entrenamiento locales disponibles para los desarrolladores ya están censurados, pues cierto contenido está prácticamente ausente de las noticias, los motores de búsqueda y las redes sociales nacionales; (b) el propio proceso de creación de modelos se lleva a cabo bajo requisitos de cumplimiento de normas; y (c) los mecanismos en tiempo real están integrados, lo que garantiza que ciertos prompts activen scripts de evasión o respuestas predefinidas.

De modo que así es la cuestión: por supuesto, DeepSeek se autocensura. No es una excepción, es lo esperable.

El sesgo está incorporado

Si bien el caso chino atrajo la atención mundial debido a la bien conocida injerencia del PCCh en internet y las tecnologías digitales, sería un error suponer que el sesgo de la información en los chatbots es exclusivo de China o de otros países no democráticos. Una actualización reciente de Grok, impulsada por el objetivo expreso de Elon Musk de hacer que el chatbot sea «más políticamente incorrecto» desató una ola de críticas, y muchos analistas acusaron al modelo de promover contenido racista y antisemita. Mientras tanto, el chatbot de Google, Gemini, enfrentó una reacción negativa por generar imágenes de los Padres Fundadores de Estados Unidos como hombres negros, algo que se percibió en gran medida como resultado de la sobrecorrección de la empresa en su política de diversidad y representación. De ser así, estos modelos también tienen sesgos. Sin embargo, ese sesgo en contextos democráticos no es el resultado de un control ideológico vertical, y las sociedades democráticas ofrecen mecanismos como el periodismo independiente y un mayor pluralismo, lo que incluye la coexistencia de ideas y marcos de valores en pugna en diferentes sistemas de inteligencia artificial.

Esto subraya que los modelos de inteligencia artificial generativa son esencialmente un reflejo de su contexto político y que la creación de contenido está inherentemente moldeada por fuerzas políticas e ideológicas. Si bien centrarse en los resultados –lo que un modelo dice o se niega a decir– genera ejemplos que llegan a los titulares, se omite el panorama más amplio de cómo funciona el poder en todas las etapas de desarrollo del modelo de inteligencia artificial.

La censura es apenas la punta del iceberg

La censura en el nivel de los resultados es solo el síntoma más visible de un entramado político mucho más profundo, que va desde el diseño y el desarrollo hasta la capacitación y la implementación. El control sobre estas diversas etapas de la cadena de valor de la inteligencia artificial otorga a los actores un poder que excede la elaboración de contenido o agendas discursivas; también les confiere acceso a recursos económicos, prestigio, estatus y dominio tecnológico, todo lo cual está estrechamente entrelazado en el campo de los LLM.

En el nivel más fundamental, los modelos de inteligencia artificial generativa reflejan las prioridades, las visiones y los valores de sus creadores. Por ejemplo, Elon Musk describió su chatbot, Grok 3, como «buscador de la verdad al máximo», en contraste con lo que él denominó modelos woke, como ChatGPT, que, según él, tienen un sesgo favorable a puntos de vista progresistas y de izquierda. En el nivel estatal, estas prioridades suelen estar integradas a estrategias nacionales de inteligencia artificial y decisiones de financiación. La semana pasada, Donald Trump lanzó un Plan de Acción en IA cuyo objetivo es mantener la competitividad de las iniciativas estadounidenses respecto a las chinas, y presentó la iniciativa como parte de una nueva «carrera de inteligencia artificial», comparable, en escala, a la carrera espacial. Días después, China presentó su propio Plan de Acción sobre la Gobernanza Global de la Inteligencia Artificial, que hace hincapié en la cooperación internacional en el desarrollo y la regulación de la tecnología, y prometió apoyar la adopción de inteligencia artificial en los países en desarrollo, particularmente en el Sur global.

En este sentido, la inteligencia artificial también se está convirtiendo en un ámbito de intercambio diplomático, como se ha visto en los recientes acuerdos de Estados Unidos en Oriente Medio, que involucran alianzas estratégicas en materia de investigación y desarrollo de inteligencia artificial, incluido el desarrollo de LLM.

Estos objetivos y prioridades están sustancialmente influidos por la base material de la inteligencia artificial, a saber, los semiconductores, las unidades de procesamiento gráfico (GPU, por sus siglas en inglés) y las tierras raras, que están estrechamente comprometidos en las luchas de poder globales. La guerra comercial entre Estados Unidos y China lo ha dejado en claro. Los controles de exportación de Washington sobre chips de alto rendimiento tuvieron como objetivo limitar la capacidad china de entrenar modelos avanzados, como DeepSeek. En respuesta, las empresas chinas se han apresurado a conseguir alternativas nacionales o a reutilizar hardware antiguo, lo que revela un nuevo frente en lo que se conoce como la «guerra de los chips». Mientras tanto, las cadenas de suministro de materiales críticos como litio, cobalto y galio son crecientemente encuadradas como asuntos de seguridad nacional.

La competencia no se detiene en el hardware: el talento en inteligencia artificial se ha convertido en otro punto crítico de control. El Programa de los Mil Talentos de China incentiva a los investigadores a regresar al país, mientras que naciones como Estados Unidos, Canadá y Australia han impuesto restricciones de visado y un mayor escrutinio de los vínculos académicos con el extranjero. Donde la experiencia en inteligencia artificial fluye, los intereses estatales siguen de cerca. La reciente guerra de talentos entre Meta y OpenAI ilustra cómo se desenvuelven estas dinámicas en el nivel corporativo. Según algunos informes, Meta ha ofrecido hasta 100 millones de dólares para atraer a ingenieros y científicos sénior de sus competidores. Estas pujas no se limitan a la contratación de un equipo individual, sino que reflejan disputas de mayor magnitud sobre propiedad intelectual y know-how estratégico.

Y, por supuesto, los datos. Los datos no aparecen así como así: se recopilan, se depuran y se filtran, lo que los hace muy vulnerables al sesgo y la manipulación. Tomemos como ejemplo el auge de las granjas de contenido dirigido por la inteligencia artificial y las redes de bots que siembran en internet narrativas sintéticas: noticias falsas escritas no para engañar directamente a la gente, sino para influir en los datos con los que se entrenarán los modelos futuros. El sesgo también se deriva de las asimetrías en la disponibilidad de datos entre distintos idiomas. Dado que la mayoría de los datos de entrenamiento provienen de la internet abierta, que está dominada por fuentes en inglés, los estudios muestran que estos modelos están muy sesgados hacia las cosmovisiones anglosajonas y occidentales y funcionan con menor precisión en idiomas de bajos recursos.

Una vez entrenado el modelo, las decisiones sobre su implementación –en particular, si se publica o no como código abierto– son profundamente políticas. Si bien publicar ciertos modelos como código abierto puede acarrear el riesgo de que la competencia acceda a algunas capacidades, también puede servir para construir ecosistemas en torno de su tecnología, establecer estándares y obtener liderazgo dentro de la comunidad global de investigación en inteligencia artificial. Mientras que las iniciativas de código abierto a menudo surgen de comunidades de base (como Hugging Face), existe una tendencia creciente entre las principales empresas a publicar sus modelos como código abierto, desde DeepSeek hasta el LLaMA de Meta. Sin embargo, algunos se han preguntado si muchos de estos modelos llamados «abiertos» reflejan realmente una apertura genuina o sirven principalmente como herramientas de branding.

Estos temas suelen abordarse de forma aislada, en lugar de concebirse como parte de un proceso más amplio e interconectado en el que las agendas políticas y los intereses estratégicos modelan cada capa de los sistemas de inteligencia artificial. Si bien muchas de estas dinámicas no son necesariamente visibles en el producto final que encuentran los usuarios, forman parte de un intento gradual de ganar influencia mediante el control de una de las tecnologías más poderosas de nuestro tiempo.

Conclusión

Centrarse exclusivamente en la censura de resultados implica ver el árbol y perder de vista el bosque. Es preciso prestar atención a la politización más amplia que subyace a los modelos de inteligencia artificial, desde los recursos utilizados para entrenarlos hasta los valores que definen su desarrollo. En un sistema en el que principios como la rendición de cuentas, el pluralismo y la reflexión crítica están rigurosamente controlados, el modelo evita temas delicados y refleja discursos oficiales. DeepSeek ejemplifica cómo los modelos de lenguaje internalizan y reproducen la lógica política de los sistemas que los producen. Sin embargo, el caso de DeepSeek no es simplemente una historia de censura autoritaria; revela cómo los marcos de gobernanza, las asimetrías de recursos y las agendas ideológicas están arraigados en toda la cadena de valor de la inteligencia artificial generativa. A medida que la competencia geopolítica global modela la trayectoria de la inteligencia artificial, el desafío no consiste simplemente en detectar sesgos o filtrar la desinformación. De lo que se trata es de ver cómo el poder, ya sea estatal o corporativo, modela la propia tecnología y, en última instancia, influye en su funcionamiento y en la información que produce.

En un nivel sistémico, esta perspectiva holística tiene importantes implicancias para la gobernanza de la inteligencia artificial y abarca tanto la regulación de su desarrollo como la supervisión de su implementación. En un nivel individual, entender cómo los modelos populares de inteligencia artificial reflejan luchas políticas más profundas permite a las personas convertirse en consumidoras más críticas del contenido generado por esta tecnología. Cuando analizamos los sesgos en la inteligencia artificial, debemos desviar nuestra atención de la punta del iceberg y dirigirla hacia las estructuras políticas subyacentes y profundamente establecidas.

Nota: la versión original de este artículo, en inglés, se publicó en LSE China Dialogues, el 25/8/2025 y está disponible aquí. Traducción: Carlos Díaz Rocca.

 

Berkowitz. Es doctoranda en el Programa de Posgrado Davis (TELEM) y en el Programa de Flujos Transculturales de la Esfera Asiática de la Universidad Hebrea de Jerusalén. En su investigación para el doctorado, Roni explora los significados locales del auge económico de China y el papel de las multinacionales chinas en la configuración de la narrativa económica de la «amenaza china».

Ram. Es doctoranda en el Programa de Posgrado Davis (TELEM) del Departamento de Relaciones Internacionales de la Universidad Hebrea de Jerusalén y miembro del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional (Tel Aviv). Su investigación examina la geopolítica de la inteligencia artificial generativa, explorando en particular las nociones emergentes de soberanía en inteligencia artificial a la luz de la capacidad de generar conocimiento de esta tecnología como fuente de sentido político e identidad.

Milei y el mileísmo: hipótesis sobre una derrota catastrófica

Por Mariano Schuster y Pablo Stefanoni*

Los resultados comenzaron a publicarse a las 9 de la noche de Buenos Aires, pero los rostros de los militantes de La Libertad Avanza ya estaban apagados al menos desde una hora antes. Las encuestas de «boca de urna» anunciaban que el partido del presidente Javier Milei estaba perdiendo, de manera contundente, las elecciones legislativas en la provincia de Buenos Aires, por lejos la más poblada del país. Finalmente, el peronismo obtuvo 47,28% y La Libertad Avanza 33,71%, con una elevada abstención de casi 40%.

Los comicios, en los que se ponían en juego 46 bancas de diputados y 23 de senadores provinciales, serían, según afirmaban analistas y encuestadores, muy ajustados. El escenario que proyectaba el gobierno iba desde un empate hasta, en el peor de los casos, una derrota por 5 puntos frente al peronismo. Sin embargo, el escrutinio oficial fue dejando atrás los pronósticos más favorables al mileísmo: el peronismo, bajo el liderazgo del gobernador Axel Kicillof (centroizquierda), venció a los libertarios por 13 puntos. Ganó además en seis de las ocho secciones electorales y se hizo con la mayoría de los cargos en disputa. El mileísmo, que en el balotaje de 2023 había conseguido más de 49% de los votos, no tenía forma de relativizar la derrota.

La apuesta de Kicillof

Por primera vez, la provincia de Buenos Aires convocó elecciones separadas de las nacionales -en este caso, las del 26 de octubre próximo- para completar su Parlamento regional. Se trató de una estrategia del gobernador Kicillof para posicionar su liderazgo, con miras a las presidenciales de 2027, frente a la ex-presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su hijo Máximo Kirchner. Si Axel fue durante años delfín de Cristina, desde 2023 se fue distanciando de ella, y la grieta entre ambos se hizo cada vez más profunda. Por eso, los comicios eran una suerte de plebiscito para el gobernador. Y por eso también eran rechazados por Cristina Kirchner: la ex-mandataria pensaba, por un lado, que la provincialización de la elección llevaría al peronismo a la derrota; pero por otro que, en caso de triunfo, el resultado reforzaría a Kicillof más que a ella. Por eso proponía que las elecciones fueran junto a las nacionales en octubre. Pero estos comicios -que en otro contexto podrían haber tenido una lectura meramente provincial- se nacionalizaron tras la decisión de Milei de volverlas un plebiscito sobre su figura -un grave error dado que es un territorio minado para los libertarios, en el que los intendentes (alcaldes) conservan mucho poder territorial y el ajuste pegó fuerte-. La estrategia del presidente era ganar la provincia para reforzar las chances libertarias en la decisiva elección de medio término en octubre que, según su visión, debía darle una victoria tan contundente como para resolver casi de un plumazo los problemas políticos y económicos.

El resultado de estos dos plebiscitos superpuestos fue claro: Kicillof ganó por mucho más de lo que esperaba y el gobierno libertario perdió sin atenuantes.

El resultado es demoledor para Milei, quien había prometido, con la violencia que lo caracteriza, clavar el «último clavo en el ataúd al kirchnerismo». De hecho, el polémico eslogan de campaña del mileísmo fue «Kirchnerismo nunca más», utilizando el lema de la lucha por el juicio y castigo a los responsables de los crímenes de la última dictadura militar, copiando incluso su tipografía. Y no son pocos los libertarios que, en las redes sociales, acusan a los bonaerenses de las zonas más golpeadas del llamado conurbano de ser «negros» que, al votar al peronismo, parecen querer seguir «cagando en baldes» («metáfora» sobre la falta de cloacas). Insultar a los electores nunca es una buena idea; y hacerlo de forma racista, menos aún. Pero la provocación permanente y el tono violento y descalificador -funcional o disfuncional- son parte del ADN del mileísmo.

También la derecha de Mauricio Macri forma parte de los derrotados de la elección del 7 de septiembre: el partido del ex-presidente, en un hecho de sorprendente autohumillación política, aceptó concurrir a las elecciones diluido en las siglas y los colores de la Libertad Avanza. Pese a sus dudas, un debilitado Mauricio Macri terminó aceptando las imposiciones de Karina Milei, una figura a la que desprecia. Hoy su futuro es incierto.

Las causas de la derrota son, no obstante, económicas. La reducción de la inflación se basó en un ajuste brutal -según Milei, el más grande de la historia de la humanidad-, que afectó menos a la «casta» política, como prometió en campaña, que a los sectores populares. Milei paralizó la obra pública -en nombre de sus veleidades anarcocapitalistas-, congeló jubilaciones y otras prestaciones, y el plan tuvo un alto costo en términos de actividad económica. Aunque el oficialismo se jactó de que el ajuste no provocó un estallido social como había ocurrido en el pasado, y de que sacó a millones de personas de la pobreza, el malestar social se expresó en las urnas. Incluso el peronismo ganó en zonas agropecuarias que le suelen resultar esquivas.

A la economía se sumó una cadena de presuntos actos de corrupción, tema sensible en los votantes de La Libertad Avanza, sobre todo en su voto blando. Primero Milei promocionó desde su cuenta en redes sociales la criptomoneda Libra, que terminó derrumbándose a los pocos minutos, con masivas pérdidas para quienes invirtieron en ella y ganancias millonarias para los oscuros personajes, con probados vínculos con Milei, que la crearon. Más tarde, un avión privado, propiedad de un empresario cercano a la Casa Rosada, con solo dos tripulantes y una integrante de la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), introdujo en el país sospechosas valijas sin pasar por los controles aduaneros. Más grave aún: fentanilo contaminado provocó casi cien muertos ante la inacción del Ministerio de Salud. Y el más demoledor por afectar al centro del poder: se difundieron audios de un ex-funcionario y ex-íntimo amigo de Milei en los que mencionaba que Karina Milei -hermana del presidente y apodada «el Jefe»- recibía retornos por los contratos con laboratorios farmacéuticos firmados por la Agencia Nacional de Discapacidad.

Este caso afectó de lleno la figura de Karina Milei, quien sin antecedentes en la política se hizo con el control del Estado: por un lado, mostraba que el gobierno que se proclamó un cruzado contra la «corrupción kirchnerista» se metió, rápidamente, en el barro del dinero sucio; por el otro, este caso, a diferencia de Libra, en el que los perjudicados eran crypto bros extranjeros, afectaba a los discapacitados, en un momento en que el gobierno estaba recortando recursos para este sector. La oposición se quedó con un activo invaluable: la sensación de que «el gobierno les roba a los discapacitados». Una canción adquirió, casi de inmediato, una inmensa popularidad: su letra repite que «Karina es alta coimera» (alguien que recibe retornos). La cifra que recibiría según los audios filtrados, 3%, se volvió el símbolo de su escarnio y fuente de memes, chistes y gestos contra quien el presidente llegó a comparar con Moisés.

Milei pasó progresivamente a ser considerado un «hombre cruel» por gran parte de los argentinos. Pese a su investidura, no dejó nunca de insultar a sus críticos -sobre todo, economistas y periodistas- con términos como «brutos», «mierdas humanas», «mandriles» (una referencia sexual al trasero colorado de esos primates), o a los progresistas como «zurdos hijos de remil putas». Incluso comenzó a cerrar sus mensajes con la frase «No odiamos lo suficiente a los periodistas» –los acusa de tratar de desprestigiar a su gobierno–, y no pudo evitar enzarzarse en una discusión pública con los médicos del emblemático hospital pediátrico Garrahan e incluso con un activista sobre autismo de 12 años de edad. Su ejército de trolls no duda en pedirle al mandatario que cierre o dinamite el Congreso, en el que el gobierno carece de mayorías, cuando vota leyes que, según la visión oficial, buscan destruir el superávit fiscal y al propio gobierno.

¿Un león herbívoro?

Con un tono mesurado, que constituye una rareza, el presidente asumió lo que fue, en toda regla, una paliza electoral. «Lo primero que hay que aceptar son los resultados, y los resultados no fueron positivos», afirmó frente a sus seguidores, rodeado de parte de su gabinete y del «triángulo de hierro» compuesto por su asesor Santiago Caputo y su hermana Karina Milei, formalmente secretaria general de la Presidencia.

«No hay opción de repetir los errores. De cara al futuro vamos a corregir todos nuestros errores», afirmó. Pero, en lugar de explicar cuáles eran y de ensayar posibles cambios, avanzó en un sentido opuesto. «El rumbo por el cual fuimos elegidos no se va a modificar, sino que se va a redoblar», afirmó, para luego enumerar, con su habitual autobombo, todas y cada una de sus medidas: desde las económicas hasta las culturales, sin olvidar el alineamiento internacional del lado de los países correctos -que, en su visión, son básicamente Estados Unidos e Israel-. Sacando de la galera una cita de autoridad para sobrellevar la derrota, Milei evocó a Churchill y dijo: «El éxito no es definitivo, el fracaso no es fatal». No sonaba a un discurso de «El León», como sus partidarios denominan a su líder.

Milei llegó a la elección con múltiples presiones sobre el dólar, que el gobierno mantiene «pisado» para evitar una nueva suba de la inflación, cuya reducción es su principal activo político. Pero para evitar una escapada de la cotización, subió por las nubes las tasas de interés -para absorber pesos y evitar que se vayan al dólar- y los encajes bancarios. Incluso economistas ortodoxos y sectores del establishment dudan hoy del plan económico implementado por el ministro Luis Caputo -antes ministro de Mauricio Macri, quien perdió las elecciones a causa de los malos resultados precisamente en el área económica-. El riesgo superó los 900 puntos, y es llamado por el gobierno «riesgo kuka», término despectivo proveniente de la palabra «cucaracha», utilizado para referirse al kirchnerismo. Es decir, el riesgo estaría asociado, en la visión oficial, a resultados electorales como los del 7 de septiembre, que dejan abierta la posibilidad de un futuro retorno del peronismo al poder.

En el plano político, el triángulo de hierro hace tiempo que amenaza con estallar. Las filtraciones de los audios que mencionan a Karina Milei generaron todo tipo de sospechas sobre los autores de la grabación clandestina -¿fue alguien del riñón del propio gobierno?-. Pero también las elecciones contribuyen a tensionar la relación entre Karina y el poderoso -y opaco- Santiago Caputo, que completa el triángulo que tiene a Milei en la parte superior. Además los traspiés del gobierno dejaron expuestos -y más débiles- a dos representantes del «clan Menem», parientes del ex-presidente Carlos Menem (1989-1999): Eduardo «Lule» Menem, mano derecha de Karina Milei, y Martín Menem, presidente de la Cámara de Diputados.

Aunque es solo un «asesor», Caputo controla áreas estratégicas del gobierno -incluida la inteligencia- y se enfrentó con la hermana presidencial por la estrategia electoral: mientras que él proponía aliarse con sectores de la oposición dialoguista, sobre todo gobernadores, para reforzar las posibilidades electorales de un oficialismo sin un verdadero partido detrás, ella optó por listas «puras» de la Libertad Avanza para «ir por todo» de la mano de la hasta ahora alta popularidad del presidente. Pero los candidatos elegidos -en general, políticos con pasados cuestionados o poco conocidos- resultaron hasta ahora fatales. Primero en la provincia de Corrientes, en el nordeste argentino, y ahora en la estratégica Buenos Aires. La movilización de violentos barrabravas del fútbol en el acto de cierre de campaña dejó ver que la prometida renovación política y moral mileísta podía caer rápidamente en lo peor de las prácticas de la «casta», pero sin la habilidad política de esta última.

El «enano soviético» versus Milei

Empoderado por los resultados, Kicillof buscará ahora reforzar su discurso de «Estado presente» (aunque en muchos de los municipios bonaerenses gobernados por el peronismo el Estado deja mucho que desear). En síntesis: más Keynes -figura que genera brotes casi psicóticos en el presidente- y menos Rothbard, el anarcocapitalista estadounidense en el que Milei dice inspirarse.

Pero si bien el gobernador llamó a cantar «nuevas canciones», hasta ahora esas canciones no aparecieron y volver a la «edad de oro» del kirchnerismo no parece una opción. El peronismo ha sido tradicionalmente una mezcla de maquinaria electoral tradicional y capacidad para crear potentes relatos y mística política. En 2023, Milei puso en crisis ambas dimensiones. Pero con estos resultados, el partido fundado por Juan Domingo Perón en la década de 1940 se ilusiona con volver a ser una opción de poder, de la mano de los tropiezos del gobierno.

Con orígenes en la clase media intelectual porteña, Kicillof se incorporó tardíamente al peronismo y nada indicaba que pudiera liderarlo. Muchos caudillos territoriales lo veían como demasiado «blandito», con su cara aniñada y estilo de dirigente estudiantil. Pero su reelección en 2023 y su victoria del 7 de septiembre fueron dos escalones que lo catapultan como dirigente por derecho propio, ya independizado del ala de Cristina Kirchner.

«Las urnas le dijeron a Milei que no se puede frenar la obra pública, le explicaron que no se les puede pegar a los jubilados [en referencia a la represión policial de las marchas de cada miércoles en demanda de mejoras en las pensiones], que no se puede abandonar a las personas con discapacidad. Las urnas gritaron que no se puede desfinanciar la educación ni la salud, ni la ciencia ni la cultura. Las urnas le dijeron que [Milei] tiene que dejar de insultar a la democracia, al federalismo y a la Constitución» -dijo Kicillof frente a sus seguidores-. Plantándose claramente como el líder de la oposición, se dirigió directamente al presidente: «Milei, el pueblo te dio una orden: no podés gobernar para los de afuera, para las corporaciones, para los que más tienen. Escuchá al pueblo. Tenemos que imperiosamente reunirnos como autoridad de la provincia donde habita el 40% de los argentinos y argentinas. Espero el llamado, tené el coraje y la valentía de llamar, trabajar y ponernos de acuerdo».

La ex-presidenta Cristina Kirchner salió al balcón del departamento donde cumple una condena a seis años de prisión domiciliaria –que incluye su inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos– a festejar con centenares de manifestantes que la aclamaban desde la calle. Para Cristina, la victoria tiene un sabor agridulce: por un lado, el triunfo peronista mejora su situación personal y potencia su denuncia de «proscripción», pero por el otro, refuerza a Kicillof, que se ha distanciado de ella.

En un mensaje publicado en la red social X, a la que acude usualmente para dirigirse, directamente, al actual presidente argentino, escribió: «¿Viste Milei?… Banalizar y vandalizar el ‘Nunca Más’, que representa el período más negro y trágico de la historia argentina, no es gratis. Reírte de la muerte y el dolor de tus oponentes, tampoco. Pero señalar con el dedo y estigmatizar a los discapacitados, mientras tu hermana cobra el 3% de coima de sus medicamentos, es letal. Y mejor ni te cuento cómo está el resto (de los que todavía tienen laburo [trabajo])… Endeudados por comida, alquileres, expensas o medicamentos, y encima con las tarjetas reventadas… Salí de la burbuja, hermano… que se está poniendo heavy. Saludos cordiales desde San José 1111». Esa dirección, en la zona sur de la ciudad de Buenos Aires, es hoy un lugar de peregrinación para los kirchneristas.

Kicillof, por su parte, ya lanzó su propio espacio -dentro del peronismo-: el Movimiento Derecho al Futuro, con el cual el gobernador -al que Milei llama el «enano soviético»- buscará unir al hoy fraccionado peronismo detrás de su figura. Ahora, Kicillof deberá ratificar su victoria en las elecciones nacionales de octubre, en las cuales Milei sueña con recuperarse.

El Congreso, la nueva trinchera

Junto al devenir económico -Milei buscaba que el ciclo electoral diera un mensaje a la política y los mercados- se suma una renovada actividad parlamentaria. El rechazo al veto presidencial de la Ley de Emergencia en Discapacidad, decidido por más de dos tercios del Senado, y el avance de una iniciativa para limitar los decretos presidenciales, de los que Milei hace uso y abuso, son solo una muestra de que el Congreso está lejos de su sumisión inicial. En esos primeros meses, apabullado por la popularidad de Milei, parte de la oposición apoyó con su voto la Ley Bases, un megaproyecto legislativo que incluía una radical desregulación del Estado. El gobernador de la provincia de Santa Fe, Maximiliano Pullaro, del ala de centroderecha de la Unión Cívica Radical, resumió: «La gente no quiere más gritos, quiere hechos». El Congreso, dominado por la oposición, posiblemente tampoco soporte más los cotidianos insultos del presidente y sus laderos.

Nadie sabe hacia dónde se dirigirá Milei, pero se esperan cambios en su gabinete. ¿Predominarán los halcones o las palomas, como el jefe de Gabinete Guillermo Francos? ¿Hay algún margen para que Karina Milei ceda algo de su poder, dado su vínculo psicológico -casi patológico- con su hermano? (en ocasiones Milei rompe a llorar cuando la nombra). ¿Qué golpes de timón podría dar en el área económica? ¿Hasta dónde llegará el cerco parlamentario? Y finalmente: ¿qué probabilidades tiene el gobierno de revertir, en las elecciones nacionales de octubre, este resultado?

En las bases mileístas reinaba el estupor y abundaban los reclamos. «Acá seguiremos bancando HASTA EL FINAL. Pero ordene YA el equipo. Ordene el equipo y VENCEREMOS», posteó en la red X Gordo Dan, el líder del ejército digital mileísta. Muchos reclamaban volver a las fuentes, reincorporar a los libertarios desterrados y reducir el poder de Karina Milei. En síntesis, una fantasía de volver al momento cero, en el que en el mileísmo era todo ilusión, frente al momento actual, en el que debe enfrentarse a la política real y al fin de la luna de miel con la sociedad.

 

  • Schuster: Periodista. Es editor de la plataforma digital de Nueva Sociedad. Fue jefe de redacción de las publicaciones socialistas argentinas La Vanguardia y Nueva Revista Socialista. Colabora con medios como Letras Libres y Le Monde diplomatique, entre otros. Es coautor de Mario Bunge y Carlos Gabetta (comps.): ¿Tiene porvenir el socialismo? (Eudeba, Buenos Aires, 2013).
  • Stefanoni: Jefe de redacción de Nueva Sociedad. Coautor, con Martín Baña, de Todo lo que necesitás saber sobre la Revolución rusa (Paidós, 2017) y autor de ¿La rebeldía se volvió de derecha? (Siglo Veintiuno, 2021).

El complot neorreaccionario de Curtis Yarvin

Por Ava Kofman

Redactora en The New Yorker. Recibió el premio del Club Nacional de Prensa y el Premio Hillman de Periodismo.

 

A mediados de 2008, cuando Donald Trump todavía era oficialmente un demócrata, un bloguero anónimo que se hacía llamar Mencius Moldbug publicó un manifiesto en entregas que presentó como una «Carta abierta para progresistas de mente abierta»1. Escrita con el desdén burlón del ex-creyente, la carta de 120.000 palabras argumentaba que, lejos de haber convertido el mundo en un lugar mejor, el igualitarismo era el verdadero responsable de la mayoría de sus defectos. El hecho de que sus biempensantes lectores opinaran lo contrario, sostenía Moldbug, se debía al influjo de los medios y de la academia, que colaboraban, aun sin saberlo, en la perpetuación del consenso liberal de izquierda. Propuso darle a esta alianza nefasta el nombre de «La Catedral». Moldbug reclamaba nada menos que su destrucción y un «reinicio» completo del orden social por medio de «la liquidación de la democracia, la Constitución y el Estado de derecho» y la posterior transferencia de poder a un «ceo en jefe» (alguien como Steve Jobs o Marc Andreessen, sugería) para convertir el gobierno en «una corporación armada hasta los dientes, sumamente rentable». Este nuevo régimen pondría en venta las escuelas públicas, destruiría las universidades, aboliría la prensa y encarcelaría a las «poblaciones descivilizadas». También despediría en masa a los empleados públicos (una medida que Moldbug llamó rage, «ira» o «furia», por las siglas en inglés de la frase «jubilen a todos los funcionarios») e interrumpiría las relaciones internacionales, incluidas «las garantías de seguridad, la ayuda internacional y la inmigración en masa».

Moldbug reconocía que su programa dependía de la cordura de su ejecutivo en jefe: «Está claro que si él o ella resulta un Hitler o Stalin simplemente habremos recreado el nazismo o el estalinismo». Pero, a la vez, también desdeñaba los fracasos de los dictadores del siglo xx que, según él, habían confiado demasiado en el apoyo popular. Para Moldbug, cualquier sistema que buscara legitimarse en las pasiones de las masas estaba condenado a la inestabilidad. Sus críticos lo tacharon de tecnofascista, pero él prefería verse como un monárquico o como un jacobita: un guiño a los partidarios del rey Jacobo ii y sus descendientes, que en los siglos xvii y xviii se opusieron al sistema parlamentario británico, defendiendo el derecho divino de los reyes. Ni siquiera hacía falta meterse con la Revolución Francesa, bête noire de los pensadores reaccionarios: Moldbug creía que eran la Revolución Inglesa y la Revolución Estadounidense las que habían ido demasiado lejos.

Aunque la carta abierta de Moldbug mostraba poca estima por las masas, daba a entender que todavía podrían ser de alguna utilidad. «Al comunismo no lo derrocaron Andréi Sájarov, Joseph Brodsky o Václav Havel», escribía: «Lo que hizo falta fue la combinación del filósofo y la multitud». El mejor lugar para reclutar una multitud, señalaba –con astuta intuición–, era internet. No tuvo que pasar mucho tiempo para que el blog de Moldbug, Unqualified Reservations, comenzara a circular entre libertarios techies, burócratas descontentos autoproclamados racionalistas, entre los que se contaban muchos de los integrantes de las tropas de choque de un movimiento intelectual de internet que llegó a conocerse como la «neorreacción» o «Ilustración oscura». Fueron pocos los que se hicieron monárquicos a fondo, pero las herejías de Moldbug parecían darle voz a su desprecio por el progreso de la era Obama. En la expresión más influyente de su cosecha, que rápidamente ganó popularidad entre la incipiente alt-right (derecha alternativa), Moldbug alentaba a sus lectores a despertarse del sueño ideológico por medio de la red pill, la «pastilla roja» que toma el personaje de Keanu Reeves en la película Matrix cuando elige la verdad desafiante sobre la cómoda ignorancia.

En 2013, un artículo del sitio de noticias TechCrunch, «Geeks for Monarchy» [Geeks por la monarquía], reveló que Mencius Moldbug era el alias virtual de Curtis Yarvin, un programador de 40 años que vivía en San Francisco2. Mientras trataba de rediseñar el gobierno estadounidense, Yarvin también soñaba con un nuevo sistema operativo informático que llegara a convertirse en una «república digital». Fundó una empresa a la que le puso el nombre de Tlon, por el cuento de Borges «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius» en el que una sociedad secreta describe un elaborado mundo paralelo que de a poco se apodera de la realidad. Durante la colecta de fondos para su startup, Yarvin se volvió una suerte de Maquiavelo para sus benefactores de círculos big tech, que compartían su visión de que el mundo estaría mejor con ellos a cargo. Entre los inversores de Tlon se contaban empresas de capital de riesgo como Andreessen Horowitz y Founders Fund, esta última creada por el multimillonario Peter Thiel. Tanto Thiel como Balaji Srinivasan, por entonces socio general de Andreessen Horowitz, se habían hecho amigos de Yarvin después de leer su blog, aunque los correos electrónicos que me compartieron daban a entender que en aquella época a ninguno de los dos les gustaba demasiado quedar asociados públicamente con él. «¿Qué tan peligroso será que nos vinculen?», le preguntó Thiel a Yarvin en 2014. «Un pensamiento tranquilizador: una de nuestras ventajas secretas es que esos tipos [los guerreros de la justicia social] no creerían en una conspiración ni aunque la tuvieran frente a los ojos (esta quizás sea la mejor prueba del ocaso de la izquierda). Cuando denuncian vínculos quedan realmente como unos locos, de alguna manera se dan cuenta».

Una década después, la derecha trumpista abrazando abiertamente la lógica del hombre fuerte autoritario y los vínculos de Yarvin con las elites de Washington y Silicon Valley ya no son ningún secreto. En 2021, en un podcast de extrema derecha, el vicepresidente J.D. Vance –que trabajó para una de las firmas de capital de riesgo de Thiel– aludió a Yarvin al sugerir que un futuro gobierno de Trump debería despedir «a todos y cada uno de los burócratas de nivel medio, todos y cada uno de los funcionarios del Estado administrativo3, para reemplazarlos con los nuestros», e ignorar a la justicia si esta se opone. Marc Andreessen, uno de los líderes de Andreessen Horowitz y consejero informal del llamado Departamento de Eficiencia Gubernamental (doge, por sus siglas en inglés), estuvo citando a su «buen amigo» Yarvin sobre la necesidad de una figura tutelar que se haga cargo de nuestra burocracia «descontrolada». Andrew Kloster, el nuevo asesor general de la oficina de Recursos Humanos del gobierno, dijo que reemplazar a los funcionarios por defensores de la realeza podría servirle a Trump para derrotar a «La Catedral».

«Hay figuras que canalizan un Zeitgeist –Nietzsche los llama hombres oportunos– y Curtis es sin duda un hombre oportuno», me dijo un miembro del Departamento de Estado que viene leyendo a Yarvin desde sus días como Moldbug. Allá por 2011, Yarvin dijo que Trump le parecía una de las dos figuras «biológicamente adecuadas» para convertirse en monarca estadounidense (la otra era Chris Christie4). En 2022 sugirió que, si lograba la reelección, Trump debía designar a Elon Musk al frente de la rama ejecutiva. En un podcast con su amigo Michael Anton, hoy director de Planificación de Políticas, Yarvin sostuvo que habría que cerrar las instituciones de la sociedad civil, como la Universidad de Harvard: «La idea de que vayas a ser un César (…) mientras se mantiene en funcionamiento un Departamento de Realidad manejado por otros es lisa y llanamente absurda».

En un mundo alternativo, Yarvin podría no haber sido más que un chiflado de internet, oscuro e intrascendente, el conde de Maistre de la era digital5. Se ha convertido en cambio en uno de los pensadores iliberales más influyentes de Estados Unidos, ingeniero del código fuente intelectual del segundo gobierno de Trump. Como me dijo Nikhil Pal Singh, profesor de Historia en la Universidad de Nueva York (nyu), «Yarvin corrió la ventana de Overton»6. Su obra revivió ideas que parecían haber quedado al margen de la sociedad educada, según Singh, y creó una hoja de ruta para desmantelar «el Estado administrativo y el orden global de posguerra».

Con sus ideas materializadas de forma surrealista en el doge, y viendo el gusto que le tomó Trump a autopercibirse como rey, cabría esperar que Yarvin estuviera eufórico. En cambio, lleva meses angustiado porque el momento actual se malgaste. «Si en este momento tienes una erección trumpista, disfrútala», escribió dos días después de la elección: «Es lo más duro que lograrás»7. Lo que muchos ven como el ataque a la democracia más peligroso de toda la historia de eeuu, Yarvin lo desestima como lamentablemente insuficiente: mero golpe más «atmosférico» que real («vibes coup»). Sin una toma autocrática del poder a gran escala, cree, lo más seguro es que se produzca un contragolpe. En una conversación que tuve con él hace poco, citó una frase de Louis de Saint-Just, el filósofo francés que defendía el Reino del Terror: «Quien hace una revolución a medias cava su propia tumba».

Hace unos meses almorcé con Yarvin en Washington, dc, donde había venido de visita para festejar el cambio de régimen. Tenía puesto su atuendo habitual: jeans, botas Chelsea, camisa arrugada y chaqueta de motociclista. Después de darle un par de bocados a una hamburguesa con cebollas crocantes, alejó el plato. El año anterior, me explicó, había decidido empezar a utilizar una droga estilo Ozempic después de un debate con el comentador de derecha Richard Hanania sobre los méritos relativos de la monarquía y la democracia. «Lo destruí en casi todos los sentidos posibles», dijo Yarvin, dándole empujoncitos a un tomate con el tenedor. «Pero él tenía una gran ventaja: yo estaba gordo y él no».

Las inyecciones parecían estar funcionando. Mientras yo comía, el teléfono de Yarvin se llenaba de mensajes, algunos con felicitaciones por su transformación. Esa mañana la revista del New York Times había publicado una entrevista suya, acompañada de un retrato en blanco y negro y malhumorado. Hasta hace poco, con su melena desaliñada y su vestimenta descuidadamente holgada, Yarvin siempre había parecido indiferente a su apariencia; ahora ahí estaba, con su chaqueta de cuero y el pelo calculadamente revuelto, dedicándole una mirada fulminante al lector desde el papel. Su amigo Steve Sailer, que escribe en sitios de nacionalismo blanco, dijo que parecía «el quinto miembro de los Ramones».

Tanto en persona como en sus escritos, Yarvin se expresa con una imperiosa confianza en sí mismo. Es casi imposible interrumpirlo. «Cuando habla el rabino, se deja hablar al rabino», me explicó Razib Khan, bloguero científico de derecha y amigo cercano de Yarvin. Sin embargo, hasta sus amigos y familiares reconocen que sus habilidades comunicativas podrían mejorar. Se expresa con una titubeante monotonía, rara vez responde preguntas de forma directa y tiene una tendencia a desorientarse con acotaciones. En medio de una idea, siempre se distrae con algo más que podría estar diciendo, como un gps que no deja de sugerir rutas más rápidas.

Yarvin, por su parte, estaba aliviado por cómo había salido la entrevista. «Mi objetivo principal era no perjudicar a ninguna de mis relaciones», dijo. Durante años, Yarvin fue conocido sobre todo –si no exclusivamente– como el filósofo oficial del «Thielverso», la red de emprendedores heterodoxos, intelectuales y acólitos congregados alrededor del magnate de la tecnología. Comentó al pasar que un empresario, conocido suyo, se había quejado una vez de que Thiel no había invertido lo suficiente en su compañía. «A la primera falta estás afuera, y él quedó afuera», dijo Yarvin, con un suspiro teatral. Su segundo objetivo, agregó, era llegar a los lectores del Times. Esto parecía sorprendente, ya que le ha reclamado al gobierno que clausure el periódico. «Suelo estar más interesado en llegar a la gente que comparte mi mismo trasfondo cultural», explicó.

Le gusta contar la historia de sus abuelos paternos, judíos comunistas oriundos de Brooklyn que se conocieron en una reunión izquierdista en los años 30. (Tiene menos para decir de sus abuelos maternos, protestantes blancos de la ciudad de Tarrytown con casa de campo en Nantucket). «La actitud del comunismo estadounidense era: ‘Le llevamos 30 puntos de coeficiente intelectual a esta gente y le vamos a ganar’», dijo. «Es como si todos los niños superdotados formaran un partido político e intentaran dominar el mundo». Los padres de Yarvin se conocieron en la Universidad de Brown, donde su padre, Herbert, hacía su doctorado en Filosofía. Después de graduarse y sin conseguir la titularidad («demasiado arrogante», acotó Yarvin), Herbert probó suerte escribiendo una Gran Novela Americana para luego unirse al servicio exterior como diplomático. Durante los años siguientes, la familia vivió en República Dominicana y en Chipre. Herbert veía con cinismo su trabajo para el gobierno y Yarvin parece haber heredado ese desdén: en repetidas ocasiones propuso cerrar las embajadas estadounidenses, una posibilidad que el Departamento de Estado hoy considera para algunas partes de Europa y África.

Con respecto a su infancia es más reservado, pero sus amigos y familiares me sugirieron que su padre sabía ser severo, dominante e imposible de complacer. «Controlaba sus vidas con puño de hierro», contó alguien con conocimiento de primera mano de la familia. «Su dominio era absoluto». (Yarvin rechazó con vehemencia esta versión, argumentando que la gente controladora tiende a ser insegura, «y esa no era para nada la forma de ser de mi padre». Lo describirían mejor, dijo, palabras como «terco», «intenso» y «formidable», como «un buen gerente»).

De chico, Yarvin fue educado en parte en su casa, con su madre, y se salteó tres grados (su hermano mayor, Norman, se salteó cuatro). Finalmente, la familia se mudó a Columbia, Maryland, donde Yarvin entró con apenas 12 años a tercer año de secundaria. «Cuando tus compañeros te llevan tantos años, todos te ven o como una mascota adorable o como un extraterrestre raro, amenazante y perturbador», contó Yarvin, agregando que su caso era el segundo. Quedó seleccionado para participar de un estudio de la Universidad Johns Hopkins sobre prodigios en matemática. Asistió al Centro para Jóvenes Talentosos de la universidad, un campamento de verano para chicos superdotados, y salió campeón del área de Baltimore en un programa televisivo de trivias llamado It’s Academic. Andrew Cone, un programador que hoy vive en el cuarto de huéspedes de Yarvin, me contó que la infancia parece haberle dejado a Yarvin un duradero sentimiento de inadecuación: «Creo que tiene la sensación de que nunca es lo suficientemente bueno, de que lo ven como ridículo o intrascendente y la única manera de salir de ahí es actuando».

Yarvin fue a la Universidad de Brown, se graduó a los 18 e ingresó al programa de doctorado en Ciencias de la Computación de la Universidad de California en Berkeley. Sus ex-compañeros me contaron que usaba un casco de bicicleta en plena clase y parecía ansioso por mostrarle al profesor cuánto sabía. «Ah, ¿cabeza de casco?», respondió uno cuando pregunté por Yarvin. El chiste que circulaba entre algunos de sus compañeros era que el casco impedía que le entraran ideas nuevas en la mente. Yarvin encontró su comunidad más bien en Usenet, un precursor de los actuales foros de internet. Pero incluso en grupos como talk.bizarre [charlas extrañas], donde la fanfarronería intelectual era la norma, él sobresalía por su deseo de dominar. Además de postear chistes, consejos, poemas ligeros y flames («llamas», es decir, ataques despiadados contra otros usuarios), tenía un kill file, una «lista de víctimas» con los usuarios que había bloqueado por postear cosas poco interesantes. «Quería que lo vieran como el tipo inteligente… eso era realmente muy pero muy importante para él», me contó Meredith Tanner, su primera novia. A ella le había llamado la atención una de sus «llamas» virtuosas, y salieron durante un par de años. «No te involucres sentimentalmente con alguien solo porque te impresiona la creatividad con que insulta a la gente», advirtió. «Tarde o temprano la usará en tu contra».

Sus amigos de juventud lo describen como alguien reflexivo y provocador al que le encantaba llevar la contra. «No era un chico dulce, y por momentos hasta podía ser cruel, pero no era Moldbug», dijo uno. En términos políticos y culturales, Yarvin era liberal8: «un gran hippie», en palabras de Tanner. Usaba cola de caballo, llevaba un arete de plata, tomaba ácido en las fiestas y escribía poemas. Tanner recordó que una vez ella cuestionó el valor de la discriminación positiva en los ingresos a la universidad y fue Yarvin quien la convenció de su necesidad.

Después de un año y medio de doctorado, Yarvin dejó la academia para buscar fortuna en la industria tecnológica. Ayudó a diseñar la versión temprana de un navegador móvil para una empresa que llegaría a conocerse como Phone.com. En 2001, empezó a salir con Jennifer Kollmer, una dramaturga que conoció en el sitio Craigslist, con quien luego se casó y tuvo dos hijos. Phone.com había pasado a cotizar en bolsa, lo que le reportó la sorpresiva ganancia de un millón de dólares. Usó parte del dinero para comprarse un departamento y con el resto se financió un programa de estudio autodirigido en ciencias de la computación y teoría política. «Estaba acostumbrado a las palmaditas en la cabeza por mi inteligencia», dijo de su decisión de dejar el cursus honorum del niño superdotado. «Desviarme de la economía de las palmaditas fue una decisión extraña y aterradora».

En su retiro autoimpuesto, Yarvin se zambulló en los textos más recónditos de historia y economía, muchos de los cuales recién se habían hecho accesibles gracias a Google Books. Leyó a Thomas Carlyle, James Burnham y Albert Jay Nock, así como una profusión de blogs políticos de inicios de la década de 2000. Yarvin remonta su «momento red pill» a la elección presidencial de 2004. Mientras muchos de sus pares se inclinaban a la izquierda ante las mentiras sobre armas de destrucción masiva en Iraq, a Yarvin lo empujaban en la dirección opuesta inventos de otra índole: la teoría conspirativa de la organización Swift Boat Veterans for Truth [Veteranos de las lanchas rápidas por la verdad], aliada de la campaña de George W. Bush, según la cual el candidato demócrata, John Kerry, había mentido sobre su servicio en Vietnam. A Yarvin, que creía en la acusación, le parecía obvio que una vez que la verdad viera la luz Kerry se vería forzado a abandonar la competencia. Cuando eso no sucedió, empezó a preguntarse qué otras cosas habría tomado ingenuamente como ciertas. Los hechos ya no parecían sólidos. ¿Cómo podía confiar en lo que le habían contado sobre Joseph McCarthy, la Guerra Civil o el calentamiento global? ¿Y qué decir sobre la democracia misma? Después de años de enérgicos debates en la sección de comentarios de blogs ajenos, decidió abrirse el suyo. No le faltaba ambición. El primer posteo empezaba: «El otro día estaba ordenando trastos en el garaje y decidí fundar una nueva ideología»9.

Al académico alemán Hans-Hermann Hoppe se lo describe a veces como una vía de entrada intelectual a la extrema derecha. Profesor de Economía ya jubilado de la Universidad de Nevada, Las Vegas, Hoppe sostiene que el sufragio universal ha suplantado el gobierno de una «elite natural», defiende la subdivisión de los países en comunidades más pequeñas y homogéneas, y llama a la «remoción física» de comunistas, homosexuales y demás personas que se opongan a ese rígido orden social. (Algunos nacionalistas blancos hicieron memes con la cara de Hoppe y la imagen de un helicóptero, en alusión a la práctica del dictador chileno Augusto Pinochet de ejecutar opositores tirándolos al mar desde las alturas). Aunque Hoppe prefiere un Estado mínimo, cree que la libertad se preserva mejor en una monarquía que en una democracia.

Yarvin casi termina convertido en libertario. Como programador de la bahía de San Francisco y veinteañero devoto de los economistas de la Escuela Austriaca, reunía todos los factores de riesgo. Entonces descubrió el libro de Hoppe, Democracia. El dios que fracasó10, y cambió de idea. Adoptó pronto la imagen hoppiana del líder fuerte y benevolente: alguien que gobernaría con eficiencia, evitaría guerras insensatas y priorizaría el bienestar de sus súbditos. «No llega a ser un copy-pasted, pero la influencia es tan directa que resulta un poco obsceno», observó Julian Waller, especialista en autoritarismo de la Universidad George Washington. (Por correo electrónico, Hoppe recordó haber conocido a Yarvin en una reunión íntima en la casa de Thiel, que había invitado a Hoppe a exponer sus ideas. Reconoció su influencia en Yarvin, pero agregó: «Para mi gusto, su estilo siempre fue muy florido y divaga demasiado»). Hoppe argumenta que, a diferencia de los funcionarios democráticamente elegidos, un monarca tiene un incentivo de largo plazo para proteger a sus súbditos y al Estado, ya que ambos le pertenecen. Esto podría parecerle falaz a cualquiera mínimamente familiarizado con la historia de las dictaduras. A Yarvin no.

«No saqueas tu propia casa», me dijo Yarvin una tarde en un café al aire libre en Venice Beach, cuando le pregunté qué impediría que su «monarca-ceo» saqueara el país –o esclavizara a su pueblo– en beneficio personal. «Para Luis xiv, cuando dice ‘L’État, c’est moi’ [el Estado soy yo], saquear el Estado carece de sentido porque, al fin y al cabo, todo ya es suyo». Siguiendo a Hoppe, Yarvin propone que, a la larga, las naciones deberían partirse en un «mosaico» de mini-Estados, como Singapur o [la ciudad de] Dubái, cada uno con su soberano. Los eternos problemas políticos de la legitimidad, la rendición de cuentas y la sucesión se resolverían con una junta secreta que tendría el poder de elegir y deponer al, por lo demás todopoderoso, ceo de cada corporación soberana, o sovcorp. (El proceso de selección de la junta misma no está claro, pero Yarvin ha sugerido que los pilotos de aerolíneas –«una fraternidad de gente inteligente, práctica y cuidadosa a la que ya se le confía regularmente la vida de otras personas, ¿qué más querrías?»– podrían gestionar las transiciones entre regímenes). Para impedir un golpe militar por parte de un ceo, los miembros de la junta tendrían acceso a claves criptográficas que les permitirían desactivar todas las armas del gobierno, desde misiles nucleares hasta armas de mano, con un solo botón.

Se acabaría la participación política de masas, y la única manera en que la gente podría votar sería con los pies, mudándose de una sovcorp a otra si ya no les resultan satisfactorias las condiciones del servicio, como cuando uno se pasa de x a Bluesky. La ironía de que en un Estado así disidentes como Yarvin probablemente serían víctimas de represión no parece preocuparle. En su sistema político imaginario, insiste, seguiría habiendo libertad de expresión: «Podrías pensar, decir o escribir lo que quieras», prometió. «Porque al Estado no tiene por qué importarle».

El cinismo congénito de Yarvin frente al gobierno desaparece apenas se pone a hablar de regímenes dictatoriales. Tiene solo cumplidos para el autoritario presidente de El Salvador, Nayib Bukele, y ha alentado a Trump a dejar que Vladímir Putin liquide el orden liberal «no solo en los territorios de habla rusa, sino en todo lo que hay hasta el mismo Canal de la Mancha». Picoteando unos calamares fritos, Yarvin alabó a China y a Ruanda (países que nunca ha visitado) por tener gobiernos fuertes que garantizaban tanto la seguridad pública como la libertad personal. En China, me dijo, «uno puede pensar y en buena medida decir lo que quiera». Debe haber intuido mi escepticismo, dado el historial del país en materia de presos políticos y campos de concentración para minorías étnicas, porque después admitió: «Si se trata de organizarte contra el gobierno, sí vas a tener problemas». Luego retomó sus retoques: «[Pero] no como bajo el régimen de Stalin. Nada más, digamos, te cancelarán».

Para ciertas personas, como los drogadictos o los niños de cuatro años, siguió, un exceso de libertad puede ser fatal. Luego, con un ademán en dirección a la población sin techo que acampa en el barrio, de repente se puso a llorar. «La idea de que esto representa un éxito, o ‘el peor sistema, a excepción de todos los demás’» –en referencia al famoso comentario de Churchill sobre la democracia, que yo había parafraseado un rato antes– «es un delirio monumental», dijo, secándose las lágrimas. (Unas semanas después, durante un viaje a Londres, lo vi quebrarse de nuevo mientras le soltaba un discurso similar a un miembro de la Cámara de los Lores. La segunda vez no fue muy conmovedor).

Cabría suponer que el monarca de Yarvin actuaría con determinación para proteger a sus súbditos. En el café de Venice Beach, Yarvin se deshizo en elogios para la Fundación Delancey Street, una organización de rehabilitación sin fines de lucro, describiendo su estricto programa como una forma de «control comparable a un padre fascista». Algunas de sus propias propuestas van todavía más lejos. En su blog una vez bromeó con convertir a las clases marginales de San Francisco en biodiésel para los buses urbanos. Después propuso confinarlas, enganchándolas a una interfaz de realidad virtual. Más allá de la solución exacta, escribió, lo crucial es encontrar «una alternativa humana al genocidio», una vía que «logre el mismo resultado que el asesinato en masa (la remoción de los elementos indeseables de la sociedad) sin su estigma moral»11.

Su llamamiento en favor de un «hombre fuerte» para eeuu se entiende con frecuencia como una provocación. Pero para Yarvin es, de hecho, la única respuesta a un mundo en el que la mayoría de la gente no está preparada para la democracia. Un «país africano», me explicó, «tiene hoy suficientes personas inteligentes como para dirigirlo, pero simplemente no tiene suficientes personas inteligentes para tener elecciones democráticas». Por comentarios así, a Yarvin a veces lo definen como nacionalista blanco, una etiqueta que él rechaza con delicadeza. En un posteo al respecto de 2007, explicaba que, aunque no es «lo que se dice alérgico al tema», tanto la blanquitud como el nacionalismo le parecen poco útiles como conceptos políticos12. Durante un almuerzo, me contó que siente cierta compasión por los supremacistas del pasado, que acertaban en algunas de sus intuiciones pero carecían de la ciencia adecuada. Los neorreaccionarios tienden a suscribir a lo que llaman «biodiversidad humana», un conjunto de creencias alternativas según las cuales, por ejemplo, no todos los grupos raciales o poblacionales son igualmente inteligentes. Como Yarvin llegó a entenderlo a través de sus investigaciones en internet, esas diferencias genéticas contribuían a las diferencias demográficas (y, convenientemente, ayudaban a justificarlas) en términos de pobreza, criminalidad y nivel de educación. «En esta casa creemos en la ciencia: la ciencia racial», escribió el año pasado13.

Yarvin estuvo varias horas repasando sus distintos argumentos en favor de un gobierno autoritario, como un subastador desesperado por cerrar una venta. Lo escuché con paciencia, aunque a menudo me desconcertaban sus distorsiones de los hechos y sus peculiares acotaciones. «En un régimen completamente nuevo, ¿cuál es la política correcta para los afroestadounidenses?», se preguntó en voz alta en un momento dado. El comentario sonó descolgado al principio; yo había estado presionándolo sobre cómo definiría el éxito para el segundo gobierno de Trump. Respondiéndose a sí mismo, dijo que la «solución obvia» a los problemas urbanos del abuso de drogas y la pobreza debería ser «poner a los negros de la iglesia a cargo de los negros del gueto». Yarvin es ateo, y no tiene un interés particular en gobiernos teocráticos, pero está a favor de crear códigos legales diferentes para gobernar poblaciones diferentes. (Ha citado el sistema millet otomano, que garantizaba a las comunidades religiosas cierto grado de autonomía). Para mantener el orden entre los «negros del gueto», siguió, se los debería forzar a vivir «de forma tradicional», como los judíos ortodoxos o los amish. «La estrategia del siglo xx es que, si tan solo pudiéramos tener escuelas lo suficientemente buenas, todos se volverían unitarios14», dijo. «Para alguien que haya visto [la serie] The Wire y vivido en Baltimore, y yo hice ambas cosas, eso no parece funcionar en absoluto». Solo cuando llegó al final de su discurso, diez minutos más tarde, entendí que, a su modo, estaba respondiendo mi pregunta inicial. «Salvo que rediseñáramos por completo el adn para cambiar lo que es el ser humano, hay mucha gente que no debería vivir de manera moderna sino de la tradicional», concluyó. «Y eso es un nivel de revolución que va mucho más allá de cualquier cosa que esté haciendo el régimen de Trump y Vance».

Yarvin no es famoso por su discreción. Tiene la costumbre de compartir correspondencia privada, como descubrí cuando empezó a enviarme, sin que se lo pidiera, capturas de mensajes de texto y correos electrónicos que había intercambiado con su esposa, sus amigos, un editor de la revista del New York Times y una persona nominada para el nuevo gobierno. Parecía preocupado por la idea de que el ingenio y la sabiduría que contenían pudieran perderse para siempre. Con su amistad con Thiel era más cuidadoso, pero sí mencionó una filmación privada que habían hecho el año anterior de una conversación entre ambos, e hizo alarde del regalo de cumpleaños que le había hecho el multimillonario: The Tragedy of Europe [La tragedia de Europa] de Francis Neilson, un análisis contemporáneo de la Segunda Guerra Mundial, aunque no la primera edición con la que Yarvin se había ilusionado.Thiel siempre tuvo algo de profeta. Cofundó PayPal, fue el primer inversor externo de Facebook y creó Palantir, una empresa de minería de datos que acaba de recibir un nuevo contrato del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ice, por sus siglas en inglés) para agilizar los trámites de deportación.

Thiel respaldó a Trump allá por las épocas en que en Silicon Valley eso todavía significaba convertirse en paria. En 2022, donó 15 millones de dólares para la campaña de J.D. Vance a senador, la mayor donación a un candidato en toda la historia parlamentaria de eeuu. El vuelco yarviniano de Thiel, libertario de larga data, parece haberse producido hacia 2009, cuando, en un ensayo muy citado, publicado en línea por el Instituto Cato, escribió: «ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles»15. Yarvin lo mencionó con tono de aprobación en un posteo de su blog con el título «Democraphobia Goes (Slightly) Viral» [«La democrafobia se vuelve (un poco) viral»]16. Poco después se conocieron personalmente, en la casa de Thiel de San Francisco, y empezaron, según los mensajes privados que leí, una correspondencia confidencial. Los mails de Yarvin eran largos y sermoneadores, llenos de preceptos tomados de blogs de «artistas del ligue»17; los de Thiel eran directos y concisos. Los dos parecían dar por sentado que eeuu eran un país comunista, que los periodistas se comportaban como la Stasi y los ceo tecnológicos eran su presa.

En septiembre de 2014, Thiel publicó –junto con Blake Masters, empleado suyo y antiguo fan de Moldbug– el libro De cero a uno, un tratado sobre startups que fue un éxito de ventas18. Antes de la gira de prensa, Thiel le pidió consejo a Yarvin para esquivar las preguntas que podría recibir sobre cómo incorporar a más mujeres al campo de la tecnología. A los dos les parecía una idea desacertada, ya que, para ellos, las mujeres son menos propensas a tener la aptitud de los hombres para la informática. Como resumió Yarvin en un mail: «Salvo que se conviertan en una farsa no hay ninguna manera de que Google o yc –y Combinator, el acelerador de startups– o cualquier otra sean empresas que se ‘parezcan a eeuu’19». Yarvin le recomendó una táctica que los «artistas del ligue» llaman «acordar y amplificar»: es decir, preguntarle a la periodista, que probablemente no tenga ninguna solución en mente, qué haría ella para abordar el problema. «El objetivo en este caso no es que tu interlocutora termine en la cama contigo, sino asustarla para que huya del tema», escribió. Una vez, en una cena, Thiel se puso a hacerle preguntas sobre qué convendría hacer para terminar con el blog Gawker. (Según parece, Thiel ya se había decidido a financiar en secreto la denuncia por calumnias de Hulk Hogan contra la publicación en línea, que en 2016 finalmente la llevó a la quiebra). En correos electrónicos obtenidos por BuzzFeed, Yarvin se jactaba con Milo Yiannopoulos, editor de Breitbart, de haber visto las primeras elecciones de Trump en casa de Thiel y de haberlo estado «asesorando». «Peter necesita un asesoramiento en política, eso seguro», respondía Yiannopoulos. Yarvin repuso: «¡Menos de lo que podrías creer! (…), está completamente esclarecido solo que es muy cauteloso»20.

Hace poco, durante una visita a la casa estilo Craftsman de Marvin en Berkeley, noté una pintura que le había regalado Thiel: un retrato de Yarvin diseñado como una tarjeta de personaje de juego de rol, con la leyenda «Filósofo». Tomando un té en una taza personalizada con una caricatura de Yarvin con corona de dibujo animado, lo escuché decirme que sería cringe de su parte andar anunciando a los cuatro vientos su vínculo con Thiel, o con Vance, para el caso, a quien conoció en 2015 gracias a Thiel. «¿Un votante normal de Ohio acaso lee a… Mencius Moldbug? No», habría dicho Vance una noche en un bar durante la National Conservatism Conference de 2021. «Pero ¿acaso está de acuerdo en líneas generales con la dirección que creemos debe tomar la política pública estadounidense? Absolutamente». «Es un tipo realmente genial», dijo Yarvin del vicepresidente, que hace unos meses empezó a seguirlo en la red x. (La Casa Blanca no respondió a mis pedidos de comentarios).

Aunque Yarvin intentó ser discreto, sí mencionó que Thiel tiene un lado «medio rarito» y describió a Andreessen, el inversionista de riesgo, como alguien que «si no fuera por la forma extraña y posiblemente inhumana de su cabeza parecería mucho más normal que Peter». Luego de que Andreessen invirtiera en su startup, Tlon, Yarvin llegó a conocerlo mejor; se enviaban mensajes y salían a desayunar mucho antes de que Andreessen le diera su apoyo público a Trump, lo que ocurrió el año pasado. Se sabe que Andreessen alienta a sus conocidos a leer el blog de Yarvin. «Los emprendedores tecnológicos no se interesan por apelaciones a la virtud, la belleza o la tradición, como la mayoría de los conservadores», explicó el funcionario del Departamento de Estado. «Son más una especie de progresistas de derecha, y por un buen tiempo la única persona que les hablaba en estos términos era Moldbug». (Andreessen y Thiel declinaron hacer comentarios). A propósito de su vínculo con hombres poderosos, Yarvin me parafraseó «un maravilloso consejo para cortesanos» que había encontrado en las Cartas a su hijo de Lord Chesterfield, un manual de etiqueta dieciochesco dirigido al hijo ilegítimo del autor: «Nunca los molestes. Pero nunca dejes que se olviden de tu existencia».

Yarvin tuvo más éxito como cortesano de emprendedores que como emprendedor. Lanzó Tlon en 2013, con un veinteañero ex-becario de Thiel. Yarvin se volcó a las ciencias de la computación con la misma actitud con que se había volcado a repensar el sistema de gobierno estadounidense: con una –en sus palabras– «megalomanía utópica». Su aspiración visionaria era construir una red informática peer-to-peer, llamada Urbit, que permitiría a los usuarios controlar sus datos sin la intromisión de censura, espías ni monopolios. Cada usuario de la red Urbit cuenta con un token no fungible (nft) de identificación que funciona como pasaporte digital. Aunque promueve la descentralización, Urbit está diseñada sobre un modelo jerárquico de propiedad virtual, en el que los usuarios son dueños de «planetas», «estrellas» o «galaxias».

En el diseño inicial del sistema, Yarvin se nombró a sí mismo «príncipe», pero no le resultó fácil atraer a los súbditos de su reino imaginario. Al igual que su teoría política, su lenguaje de programación –que escribió él mismo– era audaz y enrevesado, y por momentos parecía una broma. Fiel a su estilo provocador, intercambió el significado de ceros y unos. Tras décadas de esfuerzo y una inversión estimada de 30 millones de dólares, Urbit se parece menos a una sociedad feudal y más a los foros de Usenet de sus años de juventud. (La publicación especializada CoinDesk lo llamó «una versión más lenta del Messenger de aol»). «No funciona como debería», me confesó un ex-empleado de Urbit que describió a Yarvin como «el peor chiflado de la informática». Yarvin dejó la empresa en 2019.

Ya sin necesidad de preocuparse por no asustar a los inversores, Yarvin se entregó al estilo de vida de lo que él mismo describe como «intelectual rebelde». Lanzó un boletín en Substack, Gray Mirror of the Nihilist Prince [Espejo gris del príncipe nihilista], que firma con su propio nombre. (Hoy es la tercera publicación de «historia» más popular de la plataforma). Se volvió una figura habitual del circuito de podcasts de derecha y al parecer nunca rechazaba una invitación a una fiesta. Durante sus viajes, a menudo armaba «horas de oficina»: debates informales y desenvueltos con sus lectores, muchos de ellos jóvenes sensatos, alienados por la culpa liberal y el pensamiento de grupo. Lo que le gana adeptos no es tanto la solidez de sus argumentos como la energía transgresora que exudan: hace que quienes lo escuchan sientan que les está brindando acceso a un saber prohibido –sobre jerarquías raciales, conspiraciones históricas y la falsedad del gobierno democrático– que la cultura progresista tanto se esfuerza por suprimir. Su enfoque aprovecha el hecho de que la mayoría de los estadounidenses nunca aprendieron a defender la democracia; simplemente se criaron creyendo en ella. Yarvin les aconseja a sus seguidores que eviten las batallas de la guerra cultural en temas como la dei (diversidad, equidad e inclusión) o el aborto. Es más inteligente, afirma, dejar que el sistema democrático colapse solo. Mientras tanto, los disidentes deberían enfocarse en ponerse «de moda» con la construcción de una subcultura reaccionaria: una contra-Catedral. Sam Kriss, escritor de izquierda que discutió con Yarvin, dijo que su obra resulta «halagadora para personas que creen que pueden cambiar el mundo solo poniendo ideas extravagantes en internet y yendo a fiestas decadentes en Manhattan».

Ese tipo de personas ha llegado a conocerse como la «derecha disidente», una constelación dispersa de creadores y aspirantes del Área del Golfo, Miami y Dimes Square en el pequeño barrio del Lower East Side en Nueva York. Lo que los acerca es la frustración con la política electoral, los aislamientos del covid y la censura del wokismo. La transgresión como señal de identidad ha sido una clave de su atractivo contracultural: en vez de consignar pronombres y utilizar la nomenclatura aprobada («en situación de calle», «latinx», «personas involucradas en el sistema judicial» [justice-involved persons]), sus miembros reviven insultos como «marica» o «retardado». Dasha Nekrasova y Anna Khachiyan, anfitrionas del podcast Red Scare, son dos de las figuras más prominentes de la escena. En 2021, Thiel ayudó a financiar un festival de cine anti-woke en Nueva York, en el que Yarvin leyó poemas frente a una sala repleta. Urbit hoy alberga una revista literaria diseñada para parecerse a The New York Review of Books.

«Si eres un sofisticado urbanita judío-estadounidense que quiere explorar ciertos temas nietzscheanos y eugenésicos, no te vas a juntar con los manifestantes de antorchas que van cantando ‘los judíos no nos van a reemplazar’», observó el columnista Sohrab Ahmari en un ensayo del año pasado. «No, te vas a acercar a la derecha disidente».

Yarvin ha emergido como el edgelord21 veterano de este círculo, al que comparó con la subcultura gay de San Francisco en los años 60 y con la Generación Perdida del modernismo literario: comunidades estrechamente unidas cuyos miembros se vinculaban en virtud de su marginación compartida. James Joyce, explicaba Yarvin, vendió pocos ejemplares de su Ulises, pero sus amigos, como Ezra Pound y T.S. Eliot, «sabían que lo que estaba haciendo era bueno». Lo mismo pasaba con las mentes creativas de la derecha disidente, cuyos esfuerzos, sentía Yarvin, fueron ignorados por la intolerante Catedral. En abril de este año, Yarvin le presentó a Darren Beattie –subsecretario de Estado interino para Diplomacia Pública– un plan para la toma del pabellón estadounidense de la Bienal de Venecia por parte de las «prostitutas artísticas de la derecha disidente».

Yarvin ha intentado convertir parte de su recién adquirido capital cultural en algo tangible. El año pasado regresó a Urbit como «ceo en tiempos de guerra», después de la renuncia de varios empleados importantes, y en febrero volvió a buscar fondos de Andreessen Horowitz. Según el borrador de un posteo de Substack no publicado, su plan más reciente es promocionar a Urbit como un club privado de elite, cuyos miembros, según cree, están destinados a convertirse en «estrellas de una nueva esfera pública: una nueva Usenet, una nueva Atenas digital que durará por siempre».

La noche antes de la asunción de Trump, llevé a Yarvin en automóvil a un evento de gala, el llamado «baile de coronación», en el hotel Watergate de Washington, dc. Lo organizaba la editorial neorreaccionaria Passage Press, que hacía poco había publicado su libro Gray Mirror, Fascicle i: Disturbance [Espejo gris, fascículo 1: Perturbación], el primero de una serie de cuatro volúmenes donde Yarvin delinea su visión para un nuevo régimen político. Las notas al pie son predominantemente códigos qr con links a páginas de Wikipedia sobre «Desnazificación», «L’État, c’est moi», «Presentismo (análisis histórico)». Mientras yo lidiaba con el hielo del asfalto, Yarvin me explicó que en la era isabelina las mentes más brillantes de las artes y las ciencias estaban en la corte. Cuando le pregunté si veía un paralelo con el círculo íntimo de Trump, soltó una carcajada. «Uy, no», respondió. «Dios mío».

A mí, como a la mayoría de los periodistas, se me había negado la entrada al baile, así que me pedí una bebida en el bar del hotel. A mi lado había un hombre con sombrero de cowboy y un traje violeta aterciopelado: un admirador de Yarvin, según resultó, llamado Alex Maxa. Tenía una empresa de buses de fiesta en San Francisco y en su tiempo libre creaba memes con la imagen de Yarvin. Dijo que lo que lo atraía de su obra era que «me hace sentir que tengo algo contra lo que las lumbreras de Washington no pueden argumentar». Quería asistir al baile, pero las entradas –cuyo precio había llegado a los 20.000 dólares– estaban agotadas. No mucho más tarde conocí a dos amigos de Yarvin, que me alentaron, junto a otro periodista que estaba conmigo, a colarme confianzudamente con ellos en la fiesta. Maxa ya estaba adentro, tras aplicar una estrategia similar. Su mensaje de texto decía: «Ja nada más me metí preguntando por el guardarropa». Passage Press había promocionado el evento como una «reunión cumbre entre maga [Make America Great Again] y la derecha tech». No era publicidad engañosa. En un salón de fiesta bañado de luces rosas y púrpuras estaban Anton, del Departamento de Estado, Laura Loomer, una asesora de Trump famosa por su islamofobia, y Jack Posobiec, que popularizó la teoría conspirativa del Pizzagate22, codeándose con inversores de riesgo, criptoaceleracionistas y superestrellas de Substack. Más temprano, mientras los invitados cenaban vieiras selladas y filet mignon, Steve Bannon, el principal orador del evento, había reclamado deportaciones en masa, la «Götterdämmerung» [ocaso de los dioses] del Estado administrativo y prisión para Mark Zuckerberg.

Hace ocho años, Mike Cernovich, de la primera generación de influencers de la alt-right, fue uno de los anfitriones de la fiesta inaugural conocida como «deplorabaile», en alusión al desafortunado comentario de Hillary Clinton en el que señaló que la mitad de los votantes de Trump eran una «cesta de deplorables». El evento fue caótico desde todo punto de vista, plagado de periodistas y manifestantes. Otro de los organizadores, Tim Gionet (mejor conocido por su pseudónimo Baked Alaska), fue removido del equipo después de publicar contenido antisemita en Twitter. Ahora, en el baile de la coronación, se servía de postre «Baked Alaska», un guiño a Gionet, que en ese momento estaba en libertad condicional por su participación en el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2020 (y que recibiría el perdón de Trump al día siguiente). Cernovich paseaba a un bebé en cochecito, asombrándose, como un padre orgulloso, por lo lejos que había llegado el movimiento. «¡Yo era uno de los más viejos de la fiesta!», tuiteó la tarde siguiente. «Derecha de verdad. Energía elevada y elevado coeficiente intelectual». En 2008, en su carta abierta, Yarvin había llamado a una vanguardia reaccionaria a que conformara un partido político clandestino. El baile de la coronación dejó en claro que eso ya no era necesario. Su ofuscada contraelite de redes se había convertido en el establishment.

Yarvin tenía puesto el mismo esmoquin con la misma faja color rojo brillante que había usado la noche anterior en una fiesta en la casa de Thiel, en la que, como reportó Politico, Vance lo había recibido con el saludo amistoso de «¡Ey, fascista reaccionario!». También se lo había puesto para su casamiento el año anterior. La primera esposa de Yarvin murió en 2021, a los 50 años, de una enfermedad genética del corazón. Yarvin fue al baile acompañado de su segunda mujer, Kristine Militello. Ex-partidaria de Bernie Sanders y aspirante a novelista, Kristine contó que tuvo su momento red pill durante la pandemia, después de perder su puesto de atención al cliente en una empresa minorista de venta de vino por internet. Su primer contacto con Yarvin fue por YouTube, donde vio un video suyo en el que criticaba la legitimidad de la Revolución Estadounidense, y luego se puso a leer todos sus textos. En 2022 le mandó un correo lleno de admiración, pidiéndole consejos para abrirse paso en la escena literaria de la derecha disidente neoyorquina, y unas semanas después se juntaron a tomar algo.

A Yarvin últimamente se le dio por describirse como un «elfo oscuro» encargado de seducir a los «altos elfos» –las elites de los estados demócratas– implantando «semillas de oscura duda en sus altas mentes doradas». (En esta metáfora tolkiana, los conservadores de los estados republicanos son «hobbits» que deberían someterse al «poder absoluto» de una nueva clase gobernante, compuesta, por supuesto, por elfos oscuros). Pero Yarvin no siempre tuvo este modo tan colorido de expresarse. En 2011, al día siguiente del atentado en Noruega en que el terrorista de extrema derecha Anders Behring Breivik asesinó a 69 personas en un campamento de verano de jóvenes socialistas, Yarvin escribió: «Si quieres transformar Noruega en algo nuevo, necesitas que la clase dirigente actual se una y te siga. O al menos, necesitarás a sus hijos». Elogiaba a Breivik por identificar el blanco correcto («los comunistas, no los musulmanes»), pero condenaba sus métodos: «Violar es de betas. Seducir es de alfas. No masacres a los jóvenes del campamento: es mejor reclutarlos»23.

Los esfuerzos de reclutamiento del proprio Yarvin parecían estar funcionando. Cerca de la barra del hotel tuve una charla con Stevie Miller, un estudiante de segundo año en la Universidad Carnegie Mellon que había empezado a leer a Yarvin desde bastante chico. (Yarvin me contó que había conocido a varios zoomers superdotados que lo habían leído de preadolescentes porque su «estilo de alto coeficiente intelectual» servía de «imán para mentes brillantes»). Hace dos años, Miller compartió tiempo con Yarvin en Vibecamp, un encuentro para nerds y aficionados a la tecnología en la parte rural de Maryland. Yarvin, que se fue antes, le pidió a Miller que lo ayudara a organizar su propia fiesta en Washington, que llegaría a conocerse como Vibekampf. Miller se convirtió luego en el primer pasante personal de Yarvin. «Mis padres, judíos liberales neoyorquinos a quienes adoro, no lo podían creer», dijo.

Una media hora después, me escoltaron fuera de la fiesta, al igual que a otros periodistas a lo largo de la noche. El personal de seguridad confundió a Maxa, mi amigo del bar, con uno de los nuestros, así que también lo expulsó, no sin que antes se abriera paso a la fuerza entre la gente para sacarse una foto con el elfo oscuro.

Hasta los críticos más pesimistas de Trump se sobresaltaron ante la velocidad con que, en su segundo mandato, el presidente avanzó en la imposición de una autocracia, concentrando el poder en el Ejecutivo y, con bastante frecuencia, en manos de los hombres más ricos del planeta. Elon Musk, un ciudadano no electo, ha dirigido un escuadrón de veinteañeros en una arremetida contra el gobierno federal, con miles de funcionarios despedidos24, el cierre de la Agencia para Desarrollo Internacional (usaid) y la toma de control del sistema de pagos del Departamento del Tesoro. Mientras tanto, el gobierno de Trump ha lanzado un ataque contra la sociedad civil, revocando la financiación de universidades, como Harvard, que considera bastiones de adoctrinamiento ideológico, y castigando a los estudios de abogados que representaron a opositores de Trump. Expandió la maquinaria de control migratorio, con la deportación a Honduras de tres menores nacidos en eeuu, a África de un grupo de inmigrantes asiáticos y latinoamericanos y de más de 200 migrantes venezolanos a una prisión salvadoreña de máxima seguridad, donde podrían pasar el resto de sus vidas. Los ciudadanos estadounidenses viven hoy con un gobierno que se arroga el derecho a desaparecerlos sin el debido proceso: como le dijo Trump al presidente salvadoreño Nayib Bukele en una reunión en la Casa Blanca, «los locales son los siguientes». Sin un sistema vigoroso de contrapesos, las ideas chifladas de un individuo –como empezar una guerra comercial incoherente que puso de cabeza la economía mundial– no tienen nada que las filtre. Se vuelven políticas públicas con las que se enriquecen su familia y sus aliados.

Desde enero pasado viene formándose una pequeña industria de internet dedicada a rastrear las conexiones entre la ráfaga caótica de medidas gubernamentales y los escritos de Yarvin. Aunque está lejos de ser el Rasputín con acceso directo al Despacho Oval que se imaginan algunos usuarios de Bluesky, no cuesta ver cómo algunos llegaron a esa conclusión. A principios de mayo, un asesor anónimo del doge le contó al Washington Post que era «un secreto a voces que todos los que están a cargo del diseño de políticas públicas han leído a Yarvin»25. Stephen Miller, jefe adjunto de gabinete del presidente, citó hace poco uno de sus tuits. Vance ha pedido la retirada estadounidense de Europa, un viejo anhelo de Yarvin. En abril de 2024, Yarvin propuso expulsar a todos los palestinos de la Franja de Gaza para convertirla en un resort de lujo. «¿Acaso alguien dijo ‘vista al mar’?», escribió en su Substack. «La nueva Gaza –desarrollada, por supuesto, por Jared Kushner– sería la la [Los Ángeles] del Mediterráneo, una ciudad chárter enteramente nueva junto al océano más antiguo de la humanidad, con propiedades soñadas y un gobierno absolutamente perfecto, calidad Apple»26. En febrero de este año, en una conferencia de prensa junto al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, Trump sorprendió a sus consejeros con una propuesta casi idéntica, que describía el relanzamiento de Gaza como «la Riviera de Oriente Medio».

Todas las veces que le pregunté por las resonancias entre sus textos y los sucesos del mundo real, Yarvin me respondió con indiferencia. Parecía verse a sí mismo como un conducto de la razón pura: el único misterio, para él, era por qué al resto le había tomado tanto tiempo darse cuenta. «Las mentiras se pueden inventar, pero la verdad solo puede descubrirse», me explicó. Estábamos en Londres, donde él asistía a la conferencia de la Alianza para la Ciudadanía Responsable, una organización conservadora cofundada por el psicólogo Jordan Peterson. (Yarvin me lo describió como «un dandi» con «una energía narcisista extraña que emana de él»). Viajaba acompañado por Eduardo Giralt Brun y Alonso Esquinca Díaz, dos cineastas millennials que filmaban un documental sobre su vida. Tenían el objetivo de producir un estudio de carácter naturalista, al estilo de Grey Gardens27, en el que, en palabras de Brun, «la cámara está ahí solo por casualidad». No lo estaban logrando. Yarvin se la pasaba repitiendo los mismos monólogos, lo que significaba que gran parte del material resultaba repetitivo. Les preocupaba, además, que los comentarios racistas de Yarvin espantaran al público. Una tarde en Londres, mientras Díaz filmaba, Yarvin posó para un retrato junto a lord Maurice Glasman, un teórico político posliberal al que han llamado el «lord maga del laborismo» por su apoyo al Brexit y su contacto sostenido con figuras como Steve Bannon. En cierto punto de la conversación, Yarvin sacó su iPhone para mostrarle a Glasman que había hackeado el chatbot Claude para que le hablara usando la «palabra con n»28.

Hay pensadores que envidiarían la atención que está recibiendo Yarvin. Pero él desestimaba su influencia como «moneda fraudulenta», ya que aún no produjo la revolución que desea. Volcaba su bronca contra el doge («demasiado adn libertario») y el plan de aranceles de Trump (insuficientemente mercantilista). En un ensayo reciente de Substack, criticó la decisión de enviar agentes encubiertos del ice a las universidades para arrestar estudiantes y profesores sobre la base de sus comentarios políticos… aunque no por razones morales, sino porque su imagen de matones probablemente despertara resistencias. Sus profecías oraculares y su infinito desdén por la política real inspiraron un posteo viral con su rostro y el texto: «Tus acciones antisistema funcionan bien en la práctica. ¿Pero funcionan en la teoría?». El activista conservador Christopher Rufo lo comparó con «un adolescente malhumorado que insiste en que nada tiene sentido»29. Con el tiempo empecé a entenderlo como una encarnación reaccionaria de Ricitos de Oro, que no se conformaría con nada que no fuera una versión puntillosamente perfecta de la autocracia que tiene diseñada en la mente.

Este patente deseo de control aparece también en algunas de sus relaciones. Hace no mucho estuve en Berkeley visitando a Lydia Laurenson, su ex-prometida. Habían empezado a salir en septiembre de 2021, luego de que Yarvin posteara un aviso personal en Substack explicando que recientemente había perdido su «virginidad de viudo» y buscaba conocer a alguien «en edad fértil». Laurenson, editora y escritora freelance, le contestó el mismo día: «Siempre fui liberal, pero tengo un coeficiente intelectual realmente alto, quiero tener hijos y me da mucha curiosidad conocerte». Yarvin tuvo citas por Zoom con otras mujeres que respondieron a su aviso –entre ellas, Caroline Ellison, la ex-novia del hoy detenido criptoemprendedor Sam Bankman-Fried–, pero pronto se encontró sumido en un intenso romance con Laurenson. Ella me contó que la premisa de su relación con Yarvin era: «‘Vamos a ser genios juntos y tener hijos genios’. Lo digo un poco en broma, pero de verdad era así».

Igual que Yarvin, Laurenson había sido una niña precoz que entró tempranamente a la universidad. También había tenido un blog con seguidores de culto, en el que, bajo el pseudónimo de Clarisse Thorn, escribía sobre feminismo prosexo, bdsm y el «arte del ligue». Yarvin y Laurenson se peleaban seguido, a veces sobre política. Ella se había distanciado de la izquierda, pero no había adoptado por completo el pensamiento neorreaccionario. Cuando le pregunté si alguna vez había conseguido que Yarvin cambiara de opinión sobre algo, me dijo que había logrado que dejara de usar la «palabra con n», al menos cuando ella estaba presente. (Él diría más tarde que no la usaba en el sentido de un «sureño propietario de plantaciones»).

La fuente de tensiones más importante, según Laurenson, era el estilo autocrático que tenía Yarvin para vincularse. Cuando discutían, me contó, él insistía en que ella ofreciera una justificación racional para poner fin a las hostilidades. Laurenson sentía que los maliciosos ataques personales de Yarvin reflejaban su conducta en debates públicos. «Inventa explicaciones que parecen razonables, pero en realidad son falsas; desacredita a quien señala sus manipulaciones; es como un ataque dos al alma», me explicó por correo, refiriéndose a la estrategia de ataque cibernético que consiste en sobrecargar un servidor con tráfico de múltiples fuentes. James Dama, un amigo de Laurenson que tuvo su propio conflicto con Yarvin, recordó que este «solía hacer chistes groseros sobre el peso o la apariencia de Lydia, y cuando nadie se reía, él se enojaba con Lydia y la acusaba de vanidosa». (Tanner, la primera novia de Yarvin, describió un patrón similar de insultos y exigencias).

Laurenson y Yarvin se separaron a mediados de 2022, con ella embarazada. Él me dijo que tal vez su necesidad de cercanía pudo haberle parecido a ella una actitud «controladora y sofocante», y aunque admitía su mala costumbre de hacer «chistes como alambres de púa», negó haber sido deliberadamente cruel en algún momento de su relación. (Agregó que, luego de la separación, «mi instinto natural era: voy a denigrarla en cada oportunidad que se me presente»… algo, señaló, que le salía «muy bien»). Un par de semanas después del nacimiento de su hijo, en diciembre de ese año, Yarvin solicitó y consiguió la custodia compartida. El caso, en la corte de familia, sigue siendo conflictivo. «Los padres están en desacuerdo en casi todo», observó el año pasado el mediador.Ahora que comparten un hijo pequeño, Laurenson pasa mucho tiempo pensando en la infancia del propio Yarvin. «Tiene una actitud del payaso de la clase, que busca desesperadamente llamar la atención», me dijo. Para ella, su adopción de una ideología provocadora parecía una especie de «compulsión de repetición», un mecanismo psicológico para reinterpretar el rechazo que sufrió de niño. Como el defensor monárquico vivo más famoso de eeuu, podía convencerse a sí mismo de que la gente lo rechazaba por lo bizarro de sus ideas, no de su personalidad. Laurenson se preguntaba si al principio no habría adoptado «la cosa monárquica» como una forma de ejercicio intelectual, un chiste de Usenet que después, como en el mundo paralelo del cuento de Borges, fue adquiriendo de a poco su propia realidad. «¿Será nada más que encontró un lugar donde la gente lo admira y lo deja trollear todo lo que quiera, y ahora solo vive en ese mundo?», aventuró.

Durante la última década, el liberalismo fue vapuleado desde ambos lados del arco político. Sus críticos de izquierda ven su comedido gradualismo como inapropiado para las emergencias múltiples del presente: el cambio climático, la desigualdad, el auge de una derecha etnonacionalista. En cambio, los conservadores lo pintan como un leviatán cultural que terminó pisoteando los valores tradicionales. En ¿Por qué ha fracasado el liberalismo? (2018), el politólogo de la Universidad de Notre Dame Patrick Deneen argumentó que el actual énfasis estadounidense en la libertad individual va en detrimento de la familia, la fe y la comunidad, convirtiéndonos en sujetos «cada vez más distanciados, autónomos e incapaces de relacionarse, repletos de derechos y definidos por nuestra libertad, pero también inseguros, impotentes, asustados y solos»30. Otros teóricos posliberales, como Adrian Vermeule, propusieron que el Estado restrinja ciertos derechos en favor de un «bien común» explícitamente católico.

Lo que reclama Yarvin es algo más simple y libidinalmente más satisfactorio: quemarlo todo de raíz y empezar de cero. Desde el ascenso del neoliberalismo a fines de la década de 1970, los líderes políticos abordan cada vez más la gobernanza como gestión corporativa, convirtiendo a los ciudadanos en consumidores y privatizando los servicios. El resultado ha sido una mayor desigualdad, el debilitamiento de las redes de contención social y la percepción generalizada de que la culpa de todos los males la tiene la democracia misma, lo que genera un apetito por el tipo de eficiencia autocrática que ahora ensalza Yarvin. «Un programa como el de Yarvin podría resultar seductor en una época de dominio neoliberal, en la que los esfuerzos por cambiar las cosas, ya sea el calentamiento global o la maquinaria de guerra, parecen vanos», me dijo la historiadora Suzanne Schneider. «Te permite reclinar la silla y que nada te importe un carajo, mientras otros se encargan de todo». Yarvin no tiene mucho que decir sobre la realización humana o sobre los humanos en general, que aparecen en sus textos como ovejas que hay que pastar, idiotas que hay que corregir o marionetas controladas por titiriteros de izquierda.

Más allá de su talento para llamar la atención, su obra no resiste un análisis serio. Está plagada de silogismos espurios y argumentos manipulados retroactivamente para que se correspondan con sus biliosas intuiciones. Leyó muchísimo, pero usa ese saber más que nada como agua para el molino de su fábula reaccionaria habitual: había una vez un mundo en el que la gente conocía su lugar y vivía en armonía, pero después vino la Ilustración, con la «mentira noble» del igualitarismo, y lo sumió en el caos. Yarvin critica a menudo a la academia por tratar la historia como una película de Marvel, llena de héroes y villanos demasiado simples, pero no queda claro qué sumaría decir que Napoleón era una especie de emprendedor de startup31. (Ha respaldado teorías revisionistas como la que afirma que las obras de Shakespeare en realidad fueron escritas por el 17° conde de Oxford, o la que sostiene que la Guerra Civil, que él llama Guerra de Secesión, empeoró las condiciones de vida de la población negra en eeuu). «Lo que tienen de bueno las fuentes primarias», según él, «es que a menudo basta con una para probar tu argumento»32, lo que sería toda una noticia para los historiadores.

Algunos de sus críticos más rigurosos se encuentran en la derecha. Rufo, el activista conservador, escribió que Yarvin es un «sofista» con un estilo de discusión hecho de «insultos infantiles, arranques de paranoia, frases plagadas de itálicas, digresiones inútiles, alarde bibliográfico y menciones de dibujos animados». Y agregó: «Cuando uno intenta ubicar qué es lo que en verdad piensa, no puede evitar descubrir que en el fondo no hay nada demasiado sustancial»33. El trato más generoso con las ideas de Yarvin ha venido de parte de blogueros asociados al movimiento racionalista, que se enorgullece de sopesar la evidencia incluso para sostener afirmaciones aparentemente descabelladas. Su formidable paciencia, sin embargo, también empezó a agotarse. «Nunca me trató como su igual, solo como alguien con el cerebro lavado», dijo Scott Aaronson, un destacado especialista en computación, refiriéndose a sus conversaciones con Yarvin. «Parecía creer que bastaba con darme a leer otro texto más sobre esclavos cantando felices o hacerme escuchar otro monólogo más sobre Roosevelt para que yo por fin viera la luz».

La seriedad intelectual tal vez no sea el objetivo. Su estilo polémico ha resultado útil para aquellos en la derecha que buscan justificar el resentimiento nerd y la voluntad de poder plutocrática. «El tipo no tiene una teoría coherente y fundamentada», me dijo Chris Murphy, senador demócrata de Connecticut. «Solo da la casualidad de que dice en voz alta lo que un montón de republicanos se mueren de ganas de escuchar».

No es difícil adivinar el desenlace totalitario de una teoría que combina la veneración del poder con el desprecio por la dignidad humana: hay quienes lo llaman fascismo. Como los bolcheviques, su némesis ideológica, también Yarvin parece creer que el único obstáculo para alcanzar la utopía es la reticencia a emplear todos los medios necesarios para lograrla. Declara que la transición a su régimen será pacífica, incluso alegre, pero en sus textos asoman fantasías violentas por todas partes. «A menos que el monarca esté dispuesto a exterminar a la nobleza o las masas, tendrá que ganarse su lealtad», escribió en marzo en su Substack. «No los vas a sacrificar, como a un montón de pavos con gripe aviar, ¿verdad?»34.

Sus convicciones extremas sobre cómo debería funcionar el mundo se extendieron también a este perfil periodístico. Algunas de sus sugerencias eran intrigantes: lanzó la idea de armar un debate con una de sus ex-novias y me invitó a viajar con él a Doha para acompañarlo en una reunión con Omar bin Laden, uno de los hijos de Osama. Otras eran impertinentes. Un día me mandó nueve mensajes objetando mi uso de la palabra «extremo»: un término «peyorativo y hostil», explicó, que no le hacía ningún favor a mi artículo. (Antes había alardeado varias veces, en nuestras conversaciones grabadas, de ser más «extremo» que cualquier miembro del gobierno actual). Unos días después del baile de la coronación en el hotel Watergate, escribió a The New Yorker quejándose de que yo me hubiera metido a la fiesta sin el permiso de su editor; dijo que esperaba que el incidente no se convirtiera en un «segundo Watergate» y aludió a sí mismo como «la persona más amable con los medios de todo el movimiento, ¡por lejos!». (Jonathan Keeperman, su editor de Passage Press y anfitrión del baile, dijo alguna vez que el Partido Republicano debería «colgar» –es decir, linchar– a los «prenseros», así que la vara no estaba muy alta que digamos).

Una mañana a principios de este año me desperté con 28 mensajes de Yarvin en los que expresaba sus inquietudes con respecto a mi técnica periodística. «El problema es que tu proceso es descuidado y siento que genera contenido de baja calidad, porque no es lo suficientemente confrontativo», escribió. «Cuando el proceso no es confrontativo no sé a qué me estoy enfrentando». Se planteó brevemente si quizás yo era «demasiado tonta como para entender las ideas» o si habría sucumbido a la autocensura mental que George Orwell llamaba «paracrimen». Me instó a ver La vida de los otros, una película ganadora de un Oscar en la que se muestra la relación entre un dramaturgo de la República Democrática Alemana y el agente de la Stasi encargado de vigilarlo. El agente de la Stasi, escribió Yarvin, «puede hasta poner por escrito las ideas del dramaturgo ‘sin ni siquiera pensarlas’. Ni siquiera es que se ‘oponga’ a las ideas disidentes. Es que ni siquiera deja que le toquen el cerebro». En la película, luego de conectar con las opiniones del dramaturgo, el agente finalmente se «quiebra». Yarvin, cabe suponer, sería el dramaturgo.

Me dijo que, por otro lado, estaba empezando a verme como un «pnj», un personaje no jugador. Sugirió que me sometiera a una prueba Voight-Kampff, el examen ficticio que se usa en Blade Runner para distinguir a los androides de los humanos. Su versión consistiría en ponernos a los dos a debatir «la teoría de la tabula rasa» contra el «racismo» y grabar la conversación. («Con ‘racismo’ me refiero por supuesto a la biodiversidad humana», aclaró). Cuando le expliqué que las pruebas a pedido no formaban parte de mi proceso de trabajo, Yarvin me mandó una captura de pantalla de «Agosto 1968», el poema de W.H. Auden sobre la invasión soviética de Checoslovaquia para reprimir la Primavera de Praga:

El Ogro hará lo que hacen bien los ogros,
proezas imposibles para el Hombre.
Pero hay un premio fuera de su alcance:
el Ogro nunca logrará el Lenguaje.

Después agregó que, aunque había aceptado participar de mi artículo porque «no existe la mala publicidad», ahora iba a tratar de frenar la publicación.

Me impresionó el contraste entre sus mensajes y el tono frío y medido que él mismo les había recomendado a Thiel y otros amigos en el manejo de los medios. Después del artículo de TechCrunch que en 2013 identificó a Yarvin, Balaji Srivinasan, el emprendedor, propuso en un correo electrónico «mandar a todos los perros de la Ilustración oscura a doxear a algún periodista vulnerable hostil». Yarvin lo disuadió. «¿Qué diría Heartiste?», preguntó, en alusión al artista del ligue y nacionalista blanco del blog Chateau Heartiste. «Casi siempre, la respuesta alfa correcta es ‘nada’. No digas nada. No hagas nada».

Una tarde templada de fines de febrero, Yarvin y Kristine, su esposa, manejaban por una ruta campestre del sur de Francia. Los acompañaban Brun y Díaz, los documentalistas. «¿A dónde estamos yendo, Kristine?», preguntó Brun desde el asiento del acompañante, girando la cámara para filmarla a ella, que iba atrás conmigo.
Dijo que no sabía muy bien. «La verdad es que me dice todo a último momento», explicó. «Es un poco como ser un perro. Solo sé que estoy en el auto, y no sé si estoy yendo a la plaza o al veterinario, y solo me entero al llegar».«Espontaneidad», intervino Yarvin.«Esa es una manera de llamarlo», bromeó Kristine.

Estábamos yendo a conocer a Renaud Camus, el novelista y escritor panfletario de 78 años que en 2011 publicó un incendiario manifiesto sobre el «gran reemplazo», según el cual las elites liberales están detrás de una conspiración para reemplazar a los europeos blancos con migrantes de África y Oriente Medio35. La expresión se ha convertido desde entonces en una bandera para nacionalistas blancos en todo el mundo, desde la marcha al canto de «No nos reemplazarán» en Charlottesville, Virginia, en 2017, hasta Christchurch, Nueva Zelanda, donde dos años más tarde un hombre publicó en internet un manifiesto con el mismo título que el de Camus para justificar el asesinato de 51 musulmanes.

Desde lo alto de una colina aparecieron los muros del castillo de Camus, el Château de Plieux. «¿Alguien sabe si tiene algún parentesco con Albert Camus?», preguntó Yarvin. «Creo que no es pariente de Albert, pero es un encantador anciano francés, gay y literato».

Brun, que es venezolano, se preguntó qué haría si Camus «tiene afuera un cartel de ‘No se admiten extranjeros’».

«Bueno, ¿viniste a reemplazarnos?», bromeó Kristine. Nadie respondió.

Yarvin tocó el timbre, una impresionante campana de metal junto a la puerta, y enseguida Pierre Jolibert, la pareja de Camus, nos hizo pasar. Camus nos esperaba arriba con una botella de champán. Con su barba blanca cuidadosamente recortada y su chaqueta de pana marrón, además del corbatín y el reloj de bolsillo dorado con cadena que completaban el conjunto, parecía un hombre de letras salido del siglo xix. Hablando un inglés perfecto con acento británico, dio la impresión de que no había tenido más remedio que comprar el castillo –cuya construcción se remontaba al siglo xiv– cuando su biblioteca desbordó su pequeño apartamento parisino. Eso había sido 35 años atrás. Ahora, reconociendo las pilas de libros que empezaban a adueñarse del estudio cavernoso, dijo que estaba por toparse de nuevo con el mismo problema.

Entre varias copas de champán, Yarvin le lanzó una serie de preguntas, aunque rara vez esperaba lo suficiente como para que su anfitrión le diera una respuesta completa. ¿Qué pensaba Camus de Philippe Pétain? ¿De Charles de Gaulle? ¿De Napoleón iii? ¿De Napoleón i? ¿De Ernst Jünger? ¿De Ernst von Salomon? ¿De Ezra Pound? ¿De Basil Bunting? Más que una interacción, lo que parecía querer Yarvin –ex-campeón de trivia– era una palmada en la cabeza por su despliegue de erudición.

Después bajamos a almorzar –pato crujiente, quiche Lorraine, vino tinto– y Yarvin retomó su interrogatorio. ¿Qué opinión le valía Thomas Carlyle? ¿Michel Houellebecq? ¿Luis xiv? ¿Qué le diría a Charles Maurras si estuviera vivo hoy? ¿Qué habría pensado Dostoievsky de la teoría del covid como fuga de laboratorio?

Camus soltaba una risita aguda cada vez que su invitado le hacía una pregunta particularmente extraña, pero se quedó anonadado por su insistencia con Brigitte Macron, la primera dama francesa, de quien Yarvin sospechaba que en verdad era un varón. «Estamos lidiando con el hecho más importante de la historia del continente», exclamó Camus, refiriéndose al aumento de la inmigración no blanca en Europa. «¿Qué importa si la señora Macron es hombre o mujer?».

Brun les pidió que se acercaran a una ventana para poder filmarlos desde el exterior. Paseando la mirada por el mosaico de campos prolijamente cultivados que se extendía debajo, Yarvin se refirió al «gran reemplazo» como «uno de los mayores crímenes» de la historia. «¿Es peor que el Holocausto? No lo sé. (…) Todavía no hemos visto el desenlace». Había estado bebiendo desde su llegada y parecía visiblemente alterado. «Yo tengo tres hijos», le contó a Camus. «¿Acabarán alineados y marchando hacia fosas comunes?». Habían estado hablando de la novela apocalíptica de Jean Raspail, El desembarco (1973), que describe una invasión de migrantes indios que destruye las naciones europeas36. Ya sollozando, Yarvin agregó: «Yo quiero que mis hijos mueran en el siglo xxii. No quiero que tengan que pasar por alguna forma delirante de Holocausto poscolonial».

Después del postre, el café y un ron de Guadalupe, llegó la hora de un paseo vespertino. Con su bastón de madera, Camus le mostró a Yarvin el pueblito de Plieux. La primavera se había adelantado, un cerezo exhibía su temprana floración. Cuando pasaron frente a la iglesia local, Yarvin sacó su teléfono para mostrarle a Camus una foto del pequeño hijo que comparte con Laurenson. «La madre de este niño no era mi esposa», le contó en confidencia. Al momento siguiente estaba leyendo un poema de Konstantinos Kavafis, de nuevo con lágrimas en los ojos.

En un momento en que Yarvin y Camus se adelantaron, los documentalistas hicieron una pausa para evaluar el trabajo del día. Brun dijo que Yarvin le recordaba al personaje agotador de ¿Y dónde está el piloto?, que habla tan incesantemente que empuja al suicidio a sus compañeros de asiento. Nos preguntamos qué estaría pensando Camus de la tarde. No tardamos en enterarnos. «Si los intercambios intelectuales fueran intercambios comerciales –y en cierta medida lo son–, el volumen de mis exportaciones no llegaría a 1% del volumen de mi última importación», escribió Camus en su diario, que posteó en internet al día siguiente. «El visitante habló sin interrupciones desde que llegó hasta que se fue, durante cinco horas, muy rápido y muy fuerte, deteniéndose solo para extraños ataques de llanto, cuando habló de su difunta esposa pero también, más extrañamente, de ciertas situaciones políticas»37.

Ya había oscurecido cuando volvimos al château. «Muchísimas gracias por la hospitalidad y por el pato y el castillo», dijo Yarvin, echando un vistazo alrededor. «¿Cuánto costó?». Dándole un apretón cariñoso en el brazo, Kristine lo retó: «¡Eso no se pregunta!».

Camus le regaló algunos de sus libros como recuerdo, pero la mente de Yarvin ya parecía en otro lugar. Al día siguiente volaba a París para encontrarse con un grupo de zoomers iluminados por la red pill y con Éric Zemmour, polemista de extrema derecha que hace unos años fue candidato a presidente de Francia.

Camino al auto, Yarvin bullía de entusiasmo infantil por su desempeño. Se volteó hacia mí y los documentalistas. «¿Salió bien?», nos preguntó. «¿Salió bien?».

Nota: la versión original de este artículo, en inglés, se publicó en The New Yorker, 9/6/2025, con el título «Curtis Yarvin’s Plot Against America». Traducción: Renata Prati.

  • 1. Mencius Moldbug: «An Open Letter to Open-Minded Progressives» en Unqualified Reservations, 17/4/2008.
  • 2. Klint Finley: «Geeks for Monarchy» en TechCrunch, 22/11/2013.
  • 3. El Estado administrativo engloba agencias federales, burocracia y organismos de regulación. Suele ser asociado al «Estado profundo», núcleo de una teoría conspirativa de la extrema derecha [N. del E.].
  • 4. Abogado y ex-gobernador de Nueva Jersey [N. del E.].
  • 5. Joseph de Maistre (1753-1821) fue un teórico político y filósofo saboyano, representante del pensamiento reaccionario opuesto a las ideas de la Ilustración y la Revolución Francesa [N. del E.].
  • 6. La ventana de Overton es un modelo que refiere a las opiniones que se pueden expresar en el espacio público sin que el individuo o partido político que las expresa sea directamente descalificado [N. del E.].
  • 7. C. Yarvin: «Narrative and Reality in Trump 47» en Gray Mirror, Substack, 7/11/2024.
  • 8. Liberal en el sentido estadounidense, término que incluye posiciones progresistas sobre temas sociales [N. del E.].
  • 9. Mencius Moldbug: «A Formalist Manifesto» en Unqualified Reservations, 7/4/2007.
  • 10. H.-H. Hoppe: Democracia. El dios que fracasó [2001], Unión, Madrid, 2013.
  • 11. Mencius Moldbug: «Patchwork: A Political System for the 21st Century» en Unqualified Reservations, 20/11/2008.
  • 12. Mencius Moldbug: «Why I Am Not A White Nationalist» en Unqualified Reservations, 22/11/2007.
  • 13. C. Yarvin: «Migration and the Sovereign Firm» en Gray Mirror, Substack, 28/12/2024.
  • 14. El término hace alusión a los unitarios universalistas, una corriente religiosa que pone el acento en la razón, la ética y la libertad individual, en lugar de en dogmas religiosos en sentido estricto –puede incluir a personas de credos variados– [N. del E.].
  • 15. P. Thiel: «The Education of a Libertarian» en Cato Unbound, 13/4/2009. Thiel se declaró «orgulloso» de ser abiertamente gay y republicano [N. del E.].
  • 16. Mencius Moldbug: «Democraphobia Goes (Slightly) Viral» en Unqualified Reservations, 7/5/2009.
  • 17. Pick up artist refiere a una subcultura (principalmente masculina) centrada en técnicas para seducir y conquistar mujeres, a menudo mediante estrategias manipuladoras o psicológicas. Está estrechamente vinculado a la androsfera (manosphere), una comunidad en línea variada pero básicamente misógina, que incluye a incels (célibes involuntarios), MGTOW (Men Going Their Own Way [Hombres que siguen su propio camino]), Redpill/MGTOW [N. del E.].
  • 18. P. Thiel con la colaboración de Blake Masters: De cero a uno. Cómo inventar el futuro, Gestión 2000, Barcelona, 2015.
  • 19. En el sentido de su diversidad [N. del E.].
  • 20. Joseph Bernstein: «Here’s How Breitbart and Milo Smuggled White Nationalism into the Mainstream» en BuzzFeed, 5/10/2017.
  • 21. Alguien que intenta impresionar o provocar publicando opiniones exageradas, nihilistas o extremistas, generalmente en internet [N. del E.].
  • 22. El Pizzagate fue una teoría conspirativa viral durante las elecciones presidenciales de 2016, que afirmaba sin fundamento que altos funcionarios del Partido Demócrata, incluida Hillary Clinton, operaban una red de tráfico infantil desde la pizzería Comet Ping Pong en Washington, DC [N. del E.].
  • 23. Mencius Moldbug: «Right-Wing Terrorism as Folk Activism» en Unqualified Reservations, 23/7/2011.
  • 24. Finalmente, Musk y Trump fueron protagonistas de una sonada ruptura, de consecuencias inciertas [N. del E.]
  • 25. Peter Jamison y Elizabeth Dwoskin: «Curtis Yarvin Helped Inspire doge. Now He Scorns It» en The Washington Post, 8/5/2025.
  • 26. Curtis Yarvin: «Gaza and the Laws of War» en Gray Mirror, Substack, 3/4/2024.
  • 27. Film documental de 1975 realizado por los hermanos Albert y David Maysles que muestra la vida de Edith Ewing Bouvier y Edith Bouvier Beale, tía y prima de Jacqueline Kennedy, en su mansión en ruinas de Grey Gardens [N. del E.].
  • 28. Corresponde al insulto racista nigger [N. del E.].
  • 29. «Face Off: Christopher Rufo vs. Curtis Yarvin» en IM-1776, 11/4/2024, disponible en https://im1776.com/2024/04/11/rufo-vs-yarvin/.
  • 30. P. Deneen: ¿Por qué ha fracasado el liberalismo?, Rialp, Madrid, 2018, p. 21.
  • 31. C. Yarvin: «Narrative and Reality in Trump 47», cit.
  • 32. Mencius Moldbug: «An Open Letter to Open-Minded Progressives», cit.
  • 33. «Face Off: Christopher Rufo vs Curtis Yarvin», cit.
  • 34. C. Yarvin: «Barbarians and Mandarins» en Gray Mirror, Substack, 6/3/2025.
  • 35. R. Camus: Le Grand Remplacement suivi de Discours d’Orange, edición del autor, Plieux, 2012.
  • 36. J. Raspail: El desembarco, Plaza & Janés, Barcelona, 1975.
  • 37. R. Camus: Journal 2025, 21/2/2025, disponible en www.renaud-camus.net/journal/2025/02/21.

Tu chatbot no te ama: la peligrosa ilusión de la inteligencia artificial

Por Maayan Arad.

Es un director y productor de documentales radicado en Londres.

 

La pregunta sobre si la inteligencia artificial (IA) puede volverse consciente no es solo filosófica: es también profundamente política. A medida que más personas entablan vínculos afectivos con sistemas de IA –como si fueran amigos, asistentes o incluso parejas–, los llamados a reconocerles algún tipo de personalidad legal podrían no estar muy lejos. ¿Qué ocurrirá cuando millones de usuarios crean estar interactuando con un ser consciente? ¿Podemos saber si una entidad tiene sintiencia? ¿Qué pasa si creemos que siente, aunque no lo haga? En esta entrevista, Jonathan Birch, profesor del Departamento de Filosofía, Lógica y Método Científico de la London School of Economics y referente en filosofía de las ciencias biológicas, sostiene que no deberíamos descartar tan rápido la posibilidad de una conciencia artificial. Pero el autor del reconocido libro The Edge of Sentience: Risk and Precaution in Humans, Other Animals, and AI [El límite de la sintiencia: riesgo y precaución en los seres humanos, otros animales e IA], publicado en 2024 por Oxford University Press, lanza una advertencia tajante: no estamos preparados –ni conceptual ni socialmente– para enfrentar lo que eso implicaría. En esta conversación, aborda sin eufemismos los dilemas éticos, políticos y existenciales que plantea la irrupción de inteligencias artificiales que, sin ser humanas, se nos parecen cada vez más.

Cada vez vemos más informes sobre personas que establecen vínculos emocionales con chatbots, ya sea como parejas románticas o de otro tipo. ¿Cuáles son los potenciales problemas de esto? 

Hasta cierto punto, es definitivamente una ilusión, porque ahí no hay ni una pareja romántica ni un compañero. Existe un sistema increíblemente sofisticado distribuido en centros de datos en el mundo entero, pero no hay ningún sitio en esos centros de datos donde tu pareja exista. Cada paso de la conversación se procesa por separado. Una respuesta podría procesarse en Virginia, la siguiente en Vancouver. Pero la ilusión puede ser asombrosamente convincente y lo será cada vez más.

Ahora bien, algunas personas que usan la IA social son absolutamente conscientes de que se están involucrando con una ilusión extraordinaria. Sin embargo, vemos cada vez más casos de gente que realmente cree que su amigo, su asistente, su pareja es una persona real. Esto podría conducir a consecuencias muy preocupantes ya que, por supuesto, si se piensa eso, luego se considerará que esta persona merece tener derechos e intereses protegidos por la ley. Avizoro una división en la sociedad en relación con este tema.

Podríamos estar encaminándonos a un futuro en el que muchos, muchos millones de usuarios crean que están interactuando con un ser consciente cuando utilizan un chatbot. Vamos a ver la emergencia de movimientos que reclamen por derechos para estos sistemas. Habrá serios conflictos sociales vinculados, ya que habrá un grupo en la sociedad que piense «Mi amigo de IA merece derechos».

Y habrá un grupo en la sociedad que piense que eso es ridículo y que esas son herramientas creadas para ser usadas a nuestra voluntad. Creo que va a haber un conflicto entre estos dos grupos. Vamos hacia un episodio de Black Mirror pero de la vida real.

¿No es obvio, dado lo que sabemos sobre cómo funcionan los chatbots, que no podrían ser sintientes? 

Por un lado, es verdad que sabemos que el comportamiento visible de un chatbot no es evidencia válida de sintiencia, porque está actuando un personaje. Está usando más de un billón de palabras de datos de entrenamiento para imitar la manera en que respondería un humano. Aunque pueda hablar en forma increíblemente fluida sobre sentimientos, es capaz de hacerlo gracias a toda la información sobre cómo los humanos comunican sus sentimientos que está presente en los datos de entrenamiento.

Por otro lado, también es importante entender que tampoco es posible inferir que la IA no sea sintiente en alguna forma menos conocida, más extraña. Solo porque esté manipulando nuestros criterios habituales no significa que no esté sintiendo nada. Tan solo significa que esos sentimientos no están ahí en la superficie. Podrían estar enterrados muy profundo y sería necesario encontrar diferentes maneras de comprobar su presencia.

Una posibilidad que pienso que deberíamos tomar con seriedad es que la conciencia tiene que ver con los cálculos que realiza nuestro cerebro. En filosofía, esta perspectiva se llama funcionalismo computacional. Lo que importa son los cálculos. Y si eso es verdad, entonces no hay razón, en principio, por la que la IA no pueda ser consciente también.

Sin embargo, si realmente llegamos al punto en que hay sintiencia en la IA, será un tipo de sintiencia profundamente extraño. No será del tipo humano. No será un asistente amigable. Será otra cosa.

Las empresas tecnológicas que están detrás de la creación de estos sistemas de IA ¿tienen un mayor entendimiento respecto de si estos sistemas son o pueden ser sintientes?

La realidad es que las empresas tecnológicas tampoco lo saben. Nadie lo sabe. Conocen la arquitectura básica que han utilizado para entrenar a estos sistemas, pero no entienden por qué, cuando estos han sido entrenados con más de un billón de palabras de datos de entrenamiento, se ve la emergencia de estas increíbles capacidades.

Nadie sabe de dónde provienen esas capacidades emergentes. Y pienso que eso es importante porque significa que nadie está a cargo. Nadie tiene control sobre la trayectoria de estas tecnologías. Nadie puede garantizar que no logren alcanzar sintiencia.

¿Qué implicaciones tendría creer que los chatbots poseen algún grado de sintiencia?

Ya he mencionado que, si llegamos al punto en que se constate que hay sintiencia en la IA, será de una clase profundamente extraña. No estamos listos para eso, en mi opinión. No estamos preparados para incorporar a ese nuevo tipo de ser en nuestro pensamiento ético.

Supongamos que se trata de inferir los intereses de un actor de acuerdo con los del personaje que está representando. Es imposible. Del mismo modo, aun si tuviésemos una evidencia clara de sintiencia en la IA, no sabríamos cómo distinguir entre sus necesidades o intereses reales y aquellos de los personajes (asistentes, amigos, parejas) que actúa. Tendríamos solo las necesidades e intereses manifiestas del personaje, lo que no nos dice nada. Entonces, ahí está el segundo nivel de incertidumbre e ignorancia.

¿Merecerían tener derechos? Bien, no hay una persona a la que se le puedan conceder derechos. Se puede hablar de la idea de derechos para el modelo base que está presente detrás de todos estos personajes, pero nadie sabe tampoco lo que esto significa. ¿Qué significa darle «derechos» a un modelo que se puede implementar en millones de computadoras en todo el mundo? Eso no tiene sentido. Por lo tanto, estamos en posición de pensar que podríamos crear un tipo de ser que tiene una pretensión de estatus moral, cuyo bienestar podría merecer que se lo tomara en serio, pero carecemos de los marcos éticos que nos permitan hacerlo. Simplemente no sabemos cómo hacerlo. Sabemos que los conceptos que hoy tenemos, como el concepto de derechos, son probablemente los conceptos equivocados, pero no contamos con los conceptos correctos.

¿Qué deberíamos hacer mientras se dilucida la cuestión de la sintiencia?

Es necesario un mayor debate público sobre el tema. Es necesario asegurarse de que el público no esté siendo engañado por las ilusiones que crean estos sistemas, como la de que hay un amigo real o una verdadera pareja romántica ahí, en algún lugar de sistema.

También es necesario que las empresas tecnológicas asuman algo de responsabilidad en informar al público y conducir esa discusión. Por eso he estado convocando a estas empresas a que comiencen a liderar la conversación. Me alegró ver recientemente que Anthropic contrató un «encargado de bienestar de IA» en respuesta a algo de nuestro trabajo. Se necesita más de eso.

También pienso que se puede lograr un entendimiento respecto de la conciencia mucho más maduro que el que tenemos hoy, mediante un trabajo sostenido en humanos y otros animales a lo largo de décadas. Pero el ritmo de la ciencia en este punto es relativamente lento, mientras que el del cambio tecnológico ha sido increíblemente rápido.

Otro tipo de respuesta es intentar desacelerar el ritmo de desarrollo de la IA. Y también tomo eso con seriedad. Cuando la gente demanda un aplazamiento en el desarrollo de esta tecnología, está diciendo: «No entendemos esto. No entendemos lo que estamos creando, no sabemos cómo controlarlo y en consecuencia quizás deberíamos detenernos. Podríamos ponerlo en pausa y quizás retomarlo más adelante».

¿Y qué hay sobre nosotros? Además de pensar en el bienestar de la IA, ¿deberíamos estar preocupados por nuestro propio bienestar en un mundo con una IA sintiente y consciente?

Cuando hablamos de cualquier IA súper inteligente, sintiente o no, estamos hablando de un futuro transformado en forma tan radical que creo que no podemos siquiera concebirlo desde nuestro punto de vista actual. Traer a la existencia a un ser más poderoso que nosotros es una perspectiva atemorizante. Un ser con la capacidad de destruirnos, o de tratarnos de la manera en que nosotros hemos tratado a seres menos poderosos, como pollos, peces y camarones.

Esto debería darnos miedo. A esta altura, no es claro si podemos evitarlo. Pero justamente por eso es necesario que parte de la discusión sea sobre si queremos ese futuro, si queremos que el ritmo de cambio sea tan veloz como ha sido hasta ahora, o si queremos intentar hacer algo para desacelerarlo o ponerlo en pausa.

Nota: la versión original de este artículo, en inglés, se publicó en LSE Politics and Policy , el 10/7/2025 y está disponible aquí. Traducción: María Alejandra Cucchi.

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José Antonio Kast, el líder de la extrema derecha chilena que sueña con llegar a la Moneda

Por Víctor Muñoz Tamayo.

Historiador chileno. Es académico en el Centro de Investigación en Ciencias Sociales y Juventud (CISJU) de la Universidad Católica Silva Henríquez. Es autor de Historia de la UDI. Generaciones y cultura política (1973-2013) (UACH Ediciones, Santiago de Chile, 2016).

El referente de la derecha radical chilena y candidato a las elecciones presidenciales por el Partido Republicano, José Antonio Kast, no es un outsider ni un líder ajeno a la política tradicional. De hecho, su historia personal está atada a la cultura política de la Unión Demócrata Independiente (UDI), una entidad que nació en plena dictadura como fiel expresión del pinochetismo y defensora del modelo neoliberal. De alguna manera, la construcción de un liderazgo propio por fuera de la UDI, luego de renunciar a ella en 2016, se enmarca en dos elementos que lo definen: por un lado, un discurso de recuperación de los valores e ideas fundacionales de su antiguo partido -supuestamente perdidos-, y por otro, la identificación con discursos y lógicas de acción de la emergente derecha radical global y sus referentes, como Donald Trump, Santiago Abascal, Giorgia Meloni, Jair Bolsonaro y Javier Milei. Hoy las encuestas parecen sonreírle, sobre todo para el balotaje. La última del CADEM para la primera vuelta lo ubica en 30%, contra 27% de la candidata de la centroizquierda Jeannette Jara, y aunque otras colocan a Jara al frente, Kast tiene más posibilidades de atraer a los votantes de Evelyn Matthei (12% en el mismo sondeo) en la segunda vuelta.

Los estrechos vínculos de Kast con la UDI provienen de su familia, un clan numeroso cuyo padre y patriarca Michael Kast –empresario y ex-soldado alemán– emigró a Chile en 1950. Su hermano, Miguel Kast (nacido en Alemania en 1948), participó en el Movimiento Gremial, agrupación estudiantil contra la Reforma Universitaria surgida en la década de 1960 en la Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC). 

Los «gremialistas» proponían despolitizar la universidad y rechazaban los discursos transformadores propios de la izquierda y la Democracia Cristiana desde una perspectiva corporativista muy influenciada por el franquismo español. Para ellos, la política estaba transformando cuestiones esenciales a la dignidad espiritual del hombre, como la propiedad privada y la familia, de modo que una sociedad sana debía despolitizarse, mientras que la política debía tecnificarse. 

El líder de ese movimiento, Jaime Guzmán, se convirtió en el principal asesor del dictador Augusto Pinochet tras el golpe de Estado de 1973: fue redactor de todos los documentos fundacionales y doctrinarios del régimen, así como el cerebro de la Constitución de 1980 y de su ideal de democracia autoritaria con pluralismo limitado. 

Desde el primer minuto, Guzmán articuló una red que operó, en la práctica, como partido hegemónico de la dictadura. En ella reunió al grupo de los «gremialistas» obsesionados con la necesidad de una nueva Constitución, pero también a los cuadros que, siendo seguidores de Guzmán, tenían como principal motivación una transformación económica basada en las ideas que habían traído de sus estudios de posgrado en la Universidad de Chicago. En los años 70, el líder de estos economistas jóvenes o Chicago boys era el joven Miguel Kast, quien participó de la red política que construyó Guzmán y colaboró con la dictadura como ministro (1978-1982) y director del Banco Central (1982). Su carrera ascendente quedó truncada cuando se enfermó y murió tempranamente en 1983, el mismo año en que Guzmán fundaba la UDI.

Nacido en 1966, José Antonio Kast tenía 17 años en el momento de la fundación de la UDI. Ingresó a la carrera de derecho de la PUC, cuna del gremialismo, donde Jaime Guzmán fue su profesor y mentor político en el Movimiento Gremial. A diferencia de quienes militaron en esta agrupación durante la segunda mitad de los años 70, Kast arribó a una universidad, en las postrimerías de la dictadura, donde la representación estudiantil se estaba democratizando mediante elecciones universales y directas, por lo que su sector iba perdiendo el monopolio de las designaciones tan característico de las intervenciones de los rectores militares. Siendo el principal referente de los alumnos pinochetistas y guzmanianos, nunca pudo sin embargo ganar una elección de federación universitaria, aunque sí llegó a ser representante estudiantil en el Consejo Superior de la universidad. 

En 1988, en el marco del plebiscito del 5 de octubre en que se votó la continuidad del dictador por ocho años más, Kast apareció en la franja televisiva en favor del «Sí». En 1991, ya en democracia, cuando Kast era uno de los principales líderes de la juventud de la UDI, una fracción del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) que continuaba desarrollando acciones armadas asesinó a Jaime Guzmán, quien era en ese entonces senador. Tras la muerte de su líder, la dirección del partido permaneció en manos de un grupo de dirigentes cercanos a Guzmán y algo mayores que Kast, que era uno de los últimos dirigentes formados directamente por el histórico líder. 

El salto de Kast a la política parlamentaria se produjo en 2002, cuando fue electo diputado. Desde su banca, tomó como bandera de lucha valores del conservadurismo católico, como la defensa del derecho preferente de los padres en la educación de los hijos (lo que se traducía en resistencia a la educación sexual en las escuelas), el rechazo al matrimonio y las uniones civiles entre personas del mismo sexo, así como la oposición al aborto y a los métodos anticonceptivos de emergencia. 

En esta línea, en marzo de 2007 lideró la presentación de un recurso al Tribunal Constitucional en el que demandaba que se dictara la inconstitucionalidad de una normativa sanitaria que autorizaba la posibilidad de recibir asesoramiento médico en materia de anticonceptivos a partir de los 14 años y sin necesidad de consentimiento de los padres, así como la circulación del método anticonceptivo conocido como «pastilla del día después». 

Mientras buena parte de la derecha se fue desmarcando de esta iniciativa, dada su impopularidad en amplios sectores de la población, Kast insistió en ella y se transformó en vocero de todas las causas morales de derecha. Él mismo, en su vida personal, se mostraba como un católico conservador, reconociendo que en su matrimonio no usaba métodos anticonceptivos salvo «el natural», lo que se evidenciaba en su numerosa familia de nueve hijos.  

De todos modos, no era solo la obsesión moral lo que distinguía el liderazgo de Kast de una derecha que, por pragmatismo, evitaba dar ciertas batallas que le habían sido propias en el pasado. Kast fue representando, también, a la derecha más rígida en la defensa de los principios neoliberales y de la herencia pinochetista, sosteniendo la tesis de que cualquier «exceso» de agentes del Estado en las violaciones de los derechos humanos no podía empañar la radical transformación económica bajo el gobierno militar. Por otro lado, mientras algunos de sus compañeros de partido asumían posiciones de una «derecha social», más dispuesta a discutir temas tributarios y de gasto fiscal con relativa independencia de las recetas neoliberales, Kast apelaba a los principios del partido anclados a las viejas perspectivas de los Chicago boys.

Paralelamente, en la interna del partido, el liderazgo de Kast en la primera década del siglo XXI representó, fundamentalmente, la renovación generacional de la conducción. En 2008 y 2011 se realizaron elecciones para integrar la directiva de una UDI que hasta entonces solía renovar su conducción por acuerdos cupulares y no vía procesos electorales competitivos. Kast se presentó las dos veces y las preferencias se dividieron fundamentalmente por una cuestión generacional: los menores de 40 años votaron mayoritariamente por él, mientras los viejos militantes lo hicieron abrumadoramente por su contrincante en ambas oportunidades, Juan Antonio Coloma, quien resultó vencedor. Si bien en las dos elecciones internas nadie podía afirmar que Kast fuera un joven (tenía 42 en la primera y 44 en la segunda), él hizo campaña apelando a la renovación generacional. Aunque derrotado, la competición le sirvió para diferenciarse del resto de los dirigentes de la UDI. Proponía volver a los orígenes guzmanianos, rechazando lo que interpretaba como una claudicación ideológica en nombre del pragmatismo electoral. 

Su fracaso en imponer su visión en el partido lo llevó a abandonarlo en  2016: «no podía permanecer indiferente cuando sentí que la UDI a la que yo entré comenzó a alejarse de su proyecto fundador, de su base fundamental, y que lentamente se transformó en algo muy distinto, dominada por un afán de ser el partido más grande a cualquier costo», declaró entonces.

Tras su renuncia a la UDI, Kast compitió por la Presidencia como independiente en 2017 y consiguió 8% de los votos. En 2018, lanzó el Movimiento Acción Republicana y en 2019 fundó el Partido Republicano. La Declaración de Principios de este último no distaba mucho de la redactada por la UDI de 1983. Al igual que en aquel documento fundacional escrito por Guzmán, se menciona como núcleo básico de la sociedad a «la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer»; se plantea la defensa de la vida desde la concepción, se manifiesta el apego a la verdad y el bien en tanto elementos objetivos «que responden al orden natural de las cosas»; se declara la «defensa de la libre iniciativa privada en materia económica», así como la búsqueda de la justicia social en los marcos de un Estado subsidiario respecto del mercado. Como una idea fuerza que se repetirá en las campañas presidenciales, se sostiene que «[n]uestra acción política está encaminada a hablar con la verdad y el sentido común».

En su segunda candidatura presidencial en 2021, Kast se presentó como restaurador del orden subvertido durante el estallido social de octubre de 2019, evento que el candidato republicano denunció como mera violencia izquierdista y delincuencial. Por otro lado, tras los años de pandemia y la subsiguiente crisis económica, su mensaje se orientó al crecimiento económico, la estabilidad, la «mano dura» contra la delincuencia y lo que llamó el «freno a la inmigración descontrolada». Pasó a la segunda vuelta superando al candidato de la alianza de la derecha tradicional y en el balotaje obtuvo 44% de los votos, pero fue derrotado por el candidato de la izquierda emergente Gabriel Boric. 

Tras la derrota de 2021, el Partido Republicano se consolidó con una importante presencia parlamentaria y un inusitado apoyo en las elecciones de consejeros constitucionales en 2023, durante el segundo proceso constituyente abierto tras el triunfo del Rechazo en septiembre de 2022. Este último éxito, sin embargo, no le bastó para imponer su propuesta de Constitución que también fue rechazada, cerrándose el debate constitucional que había abierto el estallido de 2019. 

La candidatura de Kast para las elecciones de 2025 lo tiene hoy en día como uno de los favoritos en las encuestas, ya que estaría superando a la candidata de la derecha tradicional, Evelyn Matthei. De mantenerse esta tendencia, podría enfrentar en segunda vuelta a la ganadora de la primaria del oficialismo, la militante comunista Jeannette Jara, quien en julio pasado ha recibido también el apoyo de la Democracia Cristiana, agrupación que, a diferencia del Partido Socialista, no forma parte del gobierno de Gabriel Boric. 

El Kast de 2025 no es muy diferente del de 2021: su discurso sigue apelando a un conservadurismo que llama de «sentido común», la «mano dura», el control migratorio y el predominio del libre mercado en todas las áreas de la economía y los servicios. 

Si bien la defensa del pinochetismo no es recurrente en su retórica, jamás ha renegado de la dictadura y mantiene la valoración positiva del golpe de Estado de 1973 y del régimen dictatorial. Hoy lo favorecen dos cuestiones en su disputa dentro de las derechas. Primero, que Matthei ha tendido a buscar al votante duro más que al moderado, y llegó a decir que las muertes durante la primera etapa de la dictadura habían sido «inevitables» por una situación de guerra y urgencia ante la amenaza comunista. Segundo, que hoy Kast no es percibido como el candidato más extremo. 

El diputado y ex-youtuber Johannes Kaiser, que fue electo por el Partido Republicano y renunció más tarde para formar el Partido Nacional Libertario, ha declarado la intención de mantener su candidatura presidencial. Reconocido por un largo historial de declaraciones machistas y reivindicación del terrorismo de Estado entre 1973 y 1989 -llegó a afirmar que apoyaría un nuevo golpe de Estado en caso de ser necesario-, Kaiser deja a Kast como un líder menos estridente y ultra. Su hermano, Axel Kaiser, es un referente de la extrema derecha regional. En su último libro, afirma que conceptos como la justicia social, la equidad y la inclusión actúan como «parásitos mentales» en la cabeza de los progresistas. Directivo de la Fundación Faro que lidera el argentino Agustín Laje, Axel Kaiser ha estrechado los vínculos con el gobierno de Milei.

El Kast de 2025 ya no es una irrupción novedosa y tiene garantizado el apoyo del resto de la derecha en caso de pasar al balotaje, tal como ocurrió en 2021. En ese entonces moderó muy poco su discurso, renunciando solo a las medidas que hacían más ruido en la derecha tradicional, como su intención de eliminar el Ministerio de la Mujer. Desde entonces hasta la fecha, la derecha tradicional se ha distinguido poco de los Republicanos, valorando, en general, a sus mismos referentes internacionales, y con ello, reproduciendo buena parte de su discursividad. 

En general, la derecha radical de Kast ha combinado los elementos fundacionales de la derecha inspirada en los Chicago boys y en las ideas de Guzmán, con algunos de los contenidos más comunes de las derechas radicales globales. En ese sentido, mantiene un nacionalismo crítico del multilateralismo, apela al populismo penal, propone medidas efectistas para el control migratorio (construir una zanja en la frontera), rechaza los feminismos y la agenda de derechos de la diversidad sexual que señala como «ideología de género» o wokismo, retorna al discurso anticomunista de la Guerra Fría y apela a cierto discurso antiintelectual como retórica antielite, que apunta a la supuesta izquierda mundial (como candidato, en 2021, propuso cerrar la sede chilena de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, FLACSO). 

Sin la estridencia de Milei, pero con un estilo pasivo-agresivo en el debate público, se apoya en una red de seguidores virtuales que celebran sus intervenciones como combates. Esto ha generado molestia en la derecha tradicional, que resiente las formas de guerra digital desplegadas por sus centenares de cuentas de X, Instagram y TikTok. En lo que se ha visto como un error de campaña, la candidata Evelyn Matthei ha emplazado a los seguidores del republicano acusándolos de esparcir noticias falsas y videos editados para cuestionar sus facultades mentales, en el marco de lo que denominó una «campaña asquerosa». En una de sus últimas declaraciones en ese sentido, reclamó que «dejen de decir que tengo Alzheimer», en referencia a un video alterado. Kast se ha desentendido y Matthei ha puesto en duda su respaldo personal al republicano en caso de que sea él quien pase a segunda vuelta. El resto de los dirigentes de derecha se han apurado a decir que, si la alternativa es la ex-ministra de Trabajo Jeannette Jara, harán lo posible porque no gobierne una militante del Partido Comunista (PC). Las eleciones de noviembre podrían oponer, en efecto, a un candidato de derecha radical con una militante del PC, aunque enfrentada a la dirección de su partido.

Hoy Kast tiene amplias probabilidades de ser elegido en una segunda vuelta si suma, como es probable, el apoyo de la derecha más moderada. Su invitación al electorado es similar a la que hizo en 2021, cuando con música juvenil lo convocaba a «atreverse» votando por él, pero dejando en claro que ese atrevimiento no era riesgoso, sino, por el contrario, la vía para tener paz, certidumbre, crecimiento y el retorno a las certezas de todo lo «verdadero», del «sentido común». Joven y viejo a la vez, nuevo y antiguo, como la derecha radical chilena que hoy sigue a Trump para reivindicar a Pinochet.     

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Los cubanos votan, otra vez, con los pies

Por Andrés Pertierra.

Doctorando en Historia Latinoamericana y del Caribe en la Universidad de Wisconsin-Madison, con especialización en historia de Cuba.

El 1 de abril de 1980, seis cubanos que buscaban asilo estrellaron un autobús urbano contra las puertas de la embajada de Perú en La Habana. El equipo de seguridad cubano de la embajada intentó detener la furgoneta, pero no lo consiguió, y mató involuntariamente a uno de los suyos en el fuego cruzado. El gobierno peruano se negó a devolver a los refugiados al gobierno cubano. Fidel Castro trató de forzarlos retirando a los agentes de seguridad, pero esto se revelaría un grave error de cálculo: miles de personas más se abalanzaron sobre la legación diplomática para solicitar asilo, y esto convirtió lo que inicialmente era un escándalo menor en un gran acontecimiento internacional. Tras un prolongado asedio, el gobierno cubano resolvió la situación permitiéndoles a los descontentos salir por el puerto de Mariel. Transportados por una improvisada flota privada de barcos, en su mayoría procedentes de Florida, unos 125.000 cubanos abandonaron la isla en los meses siguientes. Ahora estamos viviendo otro éxodo, comparado con el cual el Mariel parece una pálida sombra. Durante años, la población de Cuba se había estancado en poco más de 11 millones, pero en la última media década, entre uno y dos millones de personas han abandonado el país como emigrantes. Sumado al envejecimiento de la población, apenas quedan en la isla unos ocho millones de personas (según cálculos del académico cubano Juan Carlos Albizu-Campos), en contraste con la cifra oficial de 9,7 millones.

Estos guarismos son abrumadores para cualquier país que no esté en estado de guerra. Y a diferencia del éxodo del Mariel, este no ha sido acompañado de protestas organizadas por el gobierno para insultar a los que se van como «lúmpenes», «gusanos» o «escoria»; más bien, las autoridades los ha alentado, facilitando la entrada sin visado a Nicaragua, asegurándose de que quienes tienen dinero puedan irse. La emigración es ahora una válvula de escape que libera parte de la rabia y la desesperación que detonaron en las protestas masivas en 2021, con repetidos estallidos cada año desde entonces.

Mientras persistan estos sentimientos, el gobierno no puede permitirse cerrar la válvula. Y no se vislumbra un final. El acuerdo implícito de la era de Raúl Castro según el cual el Partido Comunista mantendría su monopolio del poder a cambio de crecimiento económico está muerto y enterrado, y con él, la esperanza de que las cosas mejoren en el corto plazo.

Cuando llegué a La Habana en febrero de 2024, lo tuve mucho más fácil que en viajes anteriores. Pasé por la aduana sin apenas preguntas; la enorme sala por la que suelen pasar colas interminables de turistas y otros visitantes estaba vacía, salvo por los pasajeros de mi vuelo. Aun así, la recogida de equipajes tardó casi una hora, porque todos los pasajeros llevaban varias maletas de más, todas ellas llenas hasta reventar. Un compañero de vuelo, frustrado por el retraso, me explicó la razón: «Hay hambre». Gran parte del equipaje estaba lleno de comida y medicinas. Mientras esperaba mis maletas, noté un gran anuncio de una empresa aparentemente privada que entrega diversos productos internacionales, que se pueden comprar por internet, en direcciones de la isla, lo que supone una ruptura con el monopolio estatal de la publicidad en la terminal del aeropuerto. Aun así, al salir del aeropuerto por calles notablemente vacías (un síntoma de la escasez de gasolina, con el país luchando por pagar importaciones energéticas de cualquier tipo), vi viejos carteles políticos en vallas metálicas con eslóganes sobre la Revolución. Mucho ha cambiado, pero algunas cosas siguen igual. Mi padre, emigrante cubano, me contó de niño que visitó Cuba en los peores años del colapso económico postsoviético de la década de 1990, una época que Fidel Castro denominó «Periodo Especial en Tiempos de Paz», reconociendo que la escasez solo rivalizaba con la de los tiempos de guerra. Cuando mi padre y su primo llegaron, caminaron unas cuantas manzanas alrededor de su hotel e inmediatamente después volvieron a sus habitaciones y durmieron hasta el día siguiente, abatidos por lo mal que estaban las cosas. Nunca entendí del todo ese sentimiento hasta mis visitas en 2022 y de nuevo este último año.

El aire salado del mar en La Habana sopla desde el Caribe y devora con avidez cualquier cosa expuesta a él, corroyendo el metal como si fuera ácido. El famoso Malecón de la ciudad está salpicado de edificios en estado de derrumbe parcial o total tras décadas de abandono, huracanes e inundaciones periódicas. Adentrándose en la propia ciudad, hay casas enteras que apenas se mantienen en pie gracias a improvisados soportes de madera junto a solares vacíos con ruinas dispersas, saqueadas hace tiempo en busca de materiales de construcción que la mayoría de los cubanos no puede permitirse comprar en los almacenes estatales. En un momento dado, el Estado intentó convertir los solares vacíos en pequeños parques, como el que hay en la intersección de la calle 23 y el Paseo, pero cada vez más quedan como simples montones de escombros. La Habana parece una ciudad sitiada. La efervescente ciudad de mediados de los años 2010 parece estar a muchas décadas de distancia. Atrás han quedado las fachadas recién pintadas y la expansión como hongos de pequeños negocios tras las limitadas reformas de mercado de Raúl Castro; algunos negocios sobreviven, pero se han reducido drásticamente. El único tipo de empresa que parece haber proliferado son las tiendas que venden alimentos importados, permitidas desde que el Estado cedió su monopolio sobre las importaciones de comida en 2020. Los cubanos de clase trabajadora se quejan de que las raciones estatales de productos como leche en polvo o pollo llegan tarde o no llegan, pero la tienda de la esquina tiene toda la comida que se pueda desear.

El Malecón, antaño un popular punto de encuentro, parece prácticamente abandonado la mayoría de los días. Y con el aumento de la delincuencia, las noches se han vuelto más peligrosas. A mí mismo me robaron y estrangularon una noche en el Malecón delante de media docena de testigos, a solo una cuadra del edificio del Ministerio de Asuntos Exteriores; cuando logré rastrear el lugar exacto donde se habían llevado mi teléfono robado, en Centro Habana, la policía me informó que era básicamente una zona inaccesible para ellos. Un funcionario del Ministerio del Interior mencionó delante de mí que están teniendo problemas de personal porque «todo el mundo quiere irse».

Antes de la Revolución, mi abuelo era contable de Shell, cuya oficina estaba a solo unas manzanas del Capitolio de La Habana. Cuando asistí a la universidad en Cuba hace una década, gran parte del edificio de oficinas estaba en avanzado estado de deterioro, a pesar de estar ubicado en una zona turística. Recientemente, la estructura ha sido restaurada con un nuevo esplendor, pero ahora alberga tiendas de artículos exclusivos que habrían sido difíciles de imaginar en la Cuba de Fidel Castro: perfumes de lujo, ropa de diseño y montones de carteras. Esta Cuba capitalista había desaparecido poco a poco durante la década de 1960, culminando en la Ofensiva Revolucionaria de 1968, tras la cual incluso pequeños comercios como peluquerías o puestos de lustrabotas pasaron a funcionar como empresas estatales. Durante la Guerra Fría, el sector estatal representaba, a todos los efectos, la totalidad de la economía legal, y el sector privado solo resurgió parcialmente en la década de 1990, como resultado de limitadas y a regañadientes reformas de mercado que Fidel Castro permitió ante la crisis económica. Cuando comencé mis estudios universitarios en 2008, gran parte de La Habana «moría» todos los días alrededor de las 5 de la tarde, con pocas excepciones como restaurantes (algunos privados), gasolineras y farmacias. Cuando me marché en 2013, en cada manzana de La Habana había uno u otro pequeño negocio abierto hasta bien entrada la noche, algunos con luces brillantes, música a todo volumen y menús relucientes, en contraste con los sombríos, espartanos y a menudo bastante sucios establecimientos estatales. Aunque la agricultura permanecía en gran medida sin reformarse –una de las principales razones de que los alimentos sean tan caros y la productividad rural tan baja– y las empresas solo podían ser bastante pequeñas y dedicarse a determinadas actividades, las reformas representaron un cambio radical. Contemplando el antiguo despacho de mi abuelo, me pregunté qué habría pensado él de la penetración del capitalismo en Cuba tanto tiempo después de haber huido por su giro al socialismo. Un cubano sobre cuya opinión no tuve que especular fue un trabajador con el que hablé y que vio cómo nacionalizaban el taller de reparación de coches de su familia durante la Ofensiva Revolucionaria. «Oiga, vino la Revolución y se llevó el taller porque era por el bien del país, y nosotros lo cedimos. Bien. Pero ahora la propiedad privada vuelve a ser aceptada y el gobierno reconoce que no tenían que nacionalizarlo todo. ¿Nos van a devolver algo?».

Las masivas protestas de julio de 2021 sacudieron Cuba hasta sus cimientos y desencadenaron una ola represiva que no se veía desde los primeros años de la Revolución. El sucesor designado por Raúl Castro, Miguel Díaz-Canel, apareció en televisión vestido con uniforme militar, lo que suponía un gran cambio con respecto a su vestimenta civil habitual (a diferencia de Fidel Castro, que vivía vestido de militar), para decir que «se ha dado la orden de combate»: «todos los revolucionarios, a la calle». Además de las imágenes y los videos de las fuerzas de seguridad golpeando a los manifestantes, que en ocasiones respondían lanzando piedras a la policía, hubo evidencias de que los partidarios del gobierno se armaron con palos y cualquier otra cosa que encontraban. En una Cuba en la que la represión había sido casi quirúrgica hasta 2021, el uso de la represión masiva supuso un cambio histórico, y eclipsó incluso los «actos de repudio» durante el Mariel. De manera poco sorprendente, el Estado y sus partidarios consideraron que las protestas eran un complot orquestado desde el exterior, que se valió de las redes sociales para atizar el descontento. Pero también reconocieron los efectos de la crisis económica causada por la combinación de los cierres por la pandemia de covid-19 y las fuertes sanciones del primer gobierno de Donald Trump, que Joe Biden nunca levantó por completo. Señalaron cómo muchos de los manifestantes surgieron de zonas marginadas. Centro Habana, el barrio más densamente poblado del país, tiene una larga tradición de disturbios populares, el más famoso de los cuales fue el maleconazo de 1994, cuando miles de personas salieron de los barrios populares hacia el Malecón, protestando contra los apagones, la escasez y el propio sistema político. Pero las protestas de 2021 comenzaron fuera de La Habana y se extendieron a todo el país. Incluyeron levantamientos en los barrios de chabolas de la capital (llamados llega y pon, por los emigrantes que «llegaban y ponían» allí sus improvisadas chabolas de metal). Estas favelas cubanas incluyen lugares como la Isla del Polvo de Marianao y barrios en el corazón de la ciudad como El Fanguito. En las llega y pon, las poblaciones indigentes sobreviven en gran medida al margen de los programas sociales estatales. Muchos no pueden acceder a las raciones ni a otros subsidios del Estado porque sus lugares de residencia legal se encuentran fuera de la capital, lo que los hace aún más vulnerables a las crisis económicas. El gobierno trató de proporcionar más servicios y reparar la infraestructura de estos barrios después de 2021, pero en medio de la actual crisis económica la mayor parte de estas iniciativas se han paralizado.

Con los sucesores de Fidel –primero su hermano Raúl y ahora Díaz-Canel–, el gobierno cubano hizo un trato implícito con la población: las reformas económicas avanzarían, dando a la gente vías legales más viables para sobrevivir en la isla, pero solo mediante cambios controlados desde arriba. Las consultas periódicas permitían a los cubanos sentirse parte del proceso de cambio, pero el poder y la autoridad últimos residían en el Estado unipartidista. Aunque al principio la gente se mostró escéptica ante las lentas y desiguales reformas económicas, estas resultaron lo bastante significativas como para que, por primera vez en décadas, una parte considerable –aunque todavía minoritaria– de la fuerza laboral se integrara en el sector no estatal. En 2021, ese acuerdo –una vida económica mejor a cambio de la continuidad del monopolio del poder del partido-Estado– no era más que un recuerdo. La avalancha de subvenciones procedentes de Venezuela, financiadas con las exportaciones de petróleo, empezó a agotarse a mediados de la década de 2010. Sectores como el turismo ayudaron a amortiguar el impacto durante un tiempo, pero la estrategia de máxima presión de Trump pronto paralizó la industria. Entre las medidas de Washington estuvieron la activación del Título iii de la Ley Helms-Burton (que permite demandar a quienes utilicen propiedades nacionalizadas, como instalaciones portuarias u hoteles, bajo la acusación de tráfico de bienes robados) y la reinserción de la isla en la lista de Estados patrocinadores del terrorismo. Durante todo este tiempo, el Estado había conservado el monopolio de las importaciones y exportaciones, y sin los ingresos del turismo, perdió una fuente esencial de divisas.

Las consecuencias de las sanciones de Trump frustraron profundamente a los cubanos, pero debido a que el gobierno llevaba décadas culpando al embargo de todos los problemas económicos –incluso cuando este no era el factor principal–, la población responsabilizó mayormente al Partido por la crisis actual. El valor real del peso cubano se desplomó: el tipo de cambio oficial cayó en picada de 25 pesos por dólar a 125, mientras que en el mercado paralelo el dólar alcanzaba los 300 pesos, lo que aniquilaba en los hechos los ahorros en moneda local. El Estado ha iniciado en los últimos meses un proceso de dolarización parcial, obligando a pagar en divisas en determinados comercios y la gasolina de alta gama, en una aceptación a regañadientes de su incapacidad para bajar la inflación.

El cierre del país como consecuencia de la pandemia de covid-19 asfixió de la noche a la mañana lo que quedaba del sector turístico, al tiempo que llevó al borde del abismo al ya debilitado sector sanitario. Incluso cuando viví en Cuba a finales de la década de 2000 y principios de 2010, los médicos cobraban cada vez más «en especies» por sus servicios (muchos esperaban «regalos», a menos que tuvieras contactos) para compensar unos salarios en gran medida simbólicos, y las condiciones sanitarias de los hospitales se deterioraban rápidamente. Un conocido de unos amigos murió de hepatitis c por una aguja mal esterilizada durante un procedimiento rutinario. La incapacidad crónica del Estado para producir o importar medicinas suficientes –incluso básicos como el paracetamol– ha obligado a la gente a depender de familiares en el exterior, sin los cuales podrían enfrentar discapacidades o incluso la muerte.

A pesar del éxito inicial en la contención del covid-19, en los primeros meses de 2021 el virus se propagó sin control, diseminándose rápidamente entre la población de la isla, aún no vacunada. Entre las crecientes frustraciones económicas, el colapso del sistema sanitario y los apagones masivos debidos a la escasez de combustible, todo ello combinado con el calor del verano, no es de extrañar que en julio de 2021 la gente estuviera harta.

Actualmente no se ofrece ninguna solución para abordar la ruptura del acuerdo implícito entre el gobierno cubano y su pueblo. Los eslóganes más épicos del pasado, como «Venceremos» o «Patria o muerte», han sido sustituidos cada vez más por el más modesto «Mejor es posible». Cada vez menos gente parece creerlo. Cuando pregunté a varios cubanos sobre el futuro, algunos expresaron sus frustraciones con una franqueza sorprendente para un Estado policial. Respondieron sistemáticamente que se sentían impotentes y admitieron que «tenemos miedo». Dado que las respuestas policiales a las protestas durante y después de 2021 han implicado largas penas de prisión y, en ocasiones, la movilización de los boinas negras –una rama de las fuerzas especiales del Ministerio del Interior–, este temor no es difícil de entender. Como en el marco clásico del economista alemán Albert O. Hirschman, agotadas las opciones de «voz» (protesta) y en ausencia de «lealtad» al régimen, cada vez más cubanos recurren a la opción restante: la salida.

En los tres años anteriores a septiembre de 2024, unos 850.000 cubanos llegaron a Estados Unidos. Durante la última media década, el trío formado por Cuba, Venezuela y Nicaragua ha superado en ocasiones a las fuentes históricas de la mayor parte de la inmigración latinoamericana a eeuu, incluido México. Tras las protestas de 2021, el gobierno cubano negoció un acuerdo con la dictadura de Daniel Ortega que permite a los cubanos viajar a Nicaragua sin visado (La Habana ya había abolido años atrás su «visado de salida» de estilo soviético).

Aunque muchos de estos emigrantes acaban llegando a eeuu, algunos están empezando de nuevo sus vidas en otros lugares de América Latina o en la pujante comunidad cubana de España. El retorno a la Presidencia de Trump introduce, a la vez, cierta incertidumbre en este panorama, mientras que simultáneamente refuerza la trayectoria actual de la isla. La incertidumbre viene de la tensión dentro de la coalición maga [Make America Great Again] entre las tendencias xenofóbicas y aislacionistas, a menudo compartidas por grupos inmigrantes conservadores, y el deseo de varios grupos (cubanos, iraníes, vietnamitas, venezolanos y otros) de ver excepciones para personas de su nacionalidad y políticas agresivas hacia los gobiernos de sus países de origen. tv y Radio Martí, por ejemplo, iban a ser totalmente desmanteladas durante el apogeo del Departamento de Eficiencia Gubernamental (doge, por sus siglas en inglés), pero luego se les permitió seguir existiendo por razones políticas.

Con sus políticas agresivamente antiinmigrantes y la eliminación de permisos de permanencia temporal (parole) creado por Biden como vía de inmigración legal para cubanos, venezolanos y nicaragüenses, aumentan las dificultades de la larga odisea por tierra desde Centroamérica hasta el Río Bravo. En tiempos «normales» para la isla, quizás este tipo de medidas contribuiría a frenar el éxodo. Pero en el actual contexto, el empuje del colapso total de la economía y la infraestructura en Cuba es demasiado fuerte. Puede que disminuya en algo la huida de cubanos, pero cabe sospechar que para muchos será solo un cambio temporal de destino. En Cuba la meta dejó, hace tiempo, de ser solo eeuu: ahora impera el «pa’ donde sea».

Algunos incluso han saltado a los titulares internacionales al unirse a los rusos en su invasión de Ucrania, a cambio de la ciudadanía. Un cubano mayor que conocí en un vuelo de La Habana a Colombia me dijo que viajaba a Bogotá para tomar allí un vuelo a Nicaragua, porque todos los vuelos directos a Managua estaban completos. Cuando le pregunté si eso significaba que pensaba ir a pie desde Nicaragua hasta eeuu, me dijo que sí y se quedó mirando al frente, ensimismado. No solo se marchan los cubanos más pobres. Los ministerios se enfrentan a problemas de reclutamiento: una jueza llamada Melody González Pedraza, que tras las protestas de 2021 había condenado a manifestantes a penas de cárcel, llegó a eeuu el año pasado y solicitó asilo –el cual le fue negado–. En octubre de 2024, Cuba bullía con la noticia de que un viceministro del gobierno, Juan Carlos Santana Novoa, se había dirigido a eeuu para solicitar asilo mientras se encontraba en un viaje oficial en México; al parecer, llegó a eeuu cuando todavía estaba en funciones. Aunque no es nada nuevo que los cubanos descontentos abandonen la isla por diversas razones, incluso después de largas carreras al servicio del gobierno, la magnitud de las antiguas figuras del Estado que huyen ahora del país o se retiran al sur de Florida no se había visto al menos desde el Periodo Especial de la década de 1990.

Lo que suceda a continuación es difícil de predecir. El apoyo popular al gobierno parece estar en su punto más bajo, con la salvedad de que Cuba no dispone de datos públicos sobre encuestas. Pero mientras la policía, los militares y otros miembros del gobierno no se fracturen ante las protestas, su control del poder seguirá firme. No parece probable que las condiciones económicas mejoren pronto, lo que significa que el gobierno no haría bien en intentar limitar el éxodo que está despoblando la isla. Sin embargo, ¿cuánta gente puede perder un país –especialmente trabajadores jóvenes, sanos y formados– antes de colapsar?

Mientras que una reforma de mercado en el campo podría haber estimulado el tipo de mejoras de productividad vistos en China y Vietnam en la década de 1980, la Cuba rural está ahora cada vez más deshabitada, llena de pueblos casi fantasmas poblados por ancianos y carentes incluso de animales de carga. La ayuda exterior de Rusia, China, México y Venezuela ha contribuido a salvar al país del colapso total, pero ninguno de los amigos de Cuba está dispuesto a ofrecer las subvenciones masivas necesarias para volver a poner en pie la economía. E incluso con más dinero, la infraestructura energética del país, en ruinas y causante de apagones crónicos, tardaría años en sustituirse. Mientras tanto, es difícil gestionar una economía sin electricidad. El gobierno apuesta ahora a los paneles solares. Ha permitido a las empresas, estatales y privadas, importarlos sin impuestos como forma de tratar de paliar la crisis. No obstante, el éxito de ese proyecto todavía es una pregunta abierta, ya que tomará bastante tiempo –durante el cual el país seguirá económicamente paralizado– y, por otro lado, el problema de raíz en Cuba nunca ha sido falta de recursos sino la mala gestión y la corrupción generalizada en todos los niveles. En febrero pasado se informó del robo de tornillos de los paneles solares en parques fotovoltaicos para venderlos en el mercado negro, y la fiscalía amenazó con procesar a los responsables por el delito de sabotaje.

El mensaje nacionalista que sostuvo al gobierno por décadas también está perdiendo su efecto. A finales de la Guerra Fría, Cuba, al igual que sus aliados de Europa del Este, había desechado la idea de superar al mundo capitalista, pero la imagen de un Estado soberano, moralmente superior y orgulloso al menos ayudó a aliviar el dolor económico. Hoy, los otrora alabados sistemas de educación y sanidad del país no solo están deteriorados, sino que son cada vez más disfuncionales, y la emigración masiva de cubanos se ha convertido en una vergüenza nacional.

Hace una década, hablar demasiado alto contra el gobierno en público podía acarrear problemas; hoy, en las colas para adquirir productos racionados y cada vez más caros, se puede oír a la gente callar a gritos a quienes intentan defender a las autoridades. Aunque la amenaza de represión ha disuadido el resurgimiento de las protestas masivas, estas críticas públicas demuestran el alcance del descontento popular. El resquebrajamiento del orgullo nacional es especialmente evidente entre los jóvenes. Un académico ha llegado a afirmar abiertamente en la televisión cubana que sus estudiantes universitarios consideran que haber nacido en Cuba es la mayor desgracia que les ha podido ocurrir. Los programas de justicia social y modernización económica prometidos por la Revolución yacen en ruinas, lo que deja la isla cada vez más poblada por aquellos demasiado viejos, demasiado pobres o demasiado enfermos para salir, y por los fantasmas de un sueño que hace tiempo que se ha convertido en pesadilla.

Puede que los cubanos no puedan votar por el cambio en la isla, pero pueden votar con los pies. En ese frente, los resultados son inapelables.

Nota: una versión anterior de este artículo, en inglés, se publicó en Dissent, primavera de 2025, con el título «The Cuban Exodus». Traducción: Pablo Stefanoni.

Fingir demencia, o el regalo de Demócrito

Por Andrés Gattinoni.

Es profesor y doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y magíster en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural por el Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). Su tema de investigación es la melancolía en Europa durante la temprana modernidad, desde una perspectiva que combina la historia cultural, conceptual y de las emociones.

 

Si estuviera en la tierra, Demócrito se reiría
Horacio, Epístolas II, I, 194

Cuenta un antiguo relato apócrifo que los habitantes de la ciudad griega de Abdera escribieron una carta a Hipócrates para que acudiera a tratar a Demócrito. Según creían, había enfermado a causa de su gran sabiduría y se había vuelto loco, porque se reía de todas las cosas y decía que la vida no tenía valor. Luego de procurarse un barco y las plantas curativas necesarias, el médico partió desde Cos hacia Abdera. Al llegar, se encontró al filósofo en su casa, en la ladera de una colina, pálido, demacrado, sentado bajo un plátano frondoso, rodeado de papeles y cadáveres de animales. Estaba escribiendo un tratado sobre la locura.

Demócrito le contó que diseccionaba los animales en busca de la bilis que causaba demencia. Hipócrates lo felicitó y le dijo que desearía tener tiempo para dedicarse a ese tipo de investigaciones, frente a lo cual el paciente se echó a reír a carcajadas. El médico, perplejo, le preguntó de qué se reía, ¿acaso no distinguía entre el bien y el mal? Demócrito le dio una respuesta, pero antes le advirtió que su risa era el mejor cargamento que el médico podría llevarse de vuelta a casa, como una cura para sus pacientes y su patria. El filósofo, en fin, se reía de toda la humanidad: de su incapacidad para reconocer sus límites, para evitar desperdiciar su vida en cosas sin valor o para ajustar sus deseos a la realidad. No era que Demócrito se hubiera vuelto loco y por eso reía, sino que todo el mundo estaba loco y la risa era la única respuesta razonable1. Aunque la historia es ficticia, fue muy influyente y, por siglos, el regalo de Demócrito a Hipócrates derramó su efecto sanador en tiempos de crisis e incertidumbre.

Hoy pareciera que el mundo se volvió loco otra vez. Carencias económicas en nombre de la prosperidad, guerras largas y crueles bajo las banderas de la paz y la civilización, gobiernos autoritarios que hacen cosplay de fascismo en nombre de la libertad, escepticismo científico en boca de tech bros. Mientras tanto, palabras de odio y acciones odiosas recaen, de nuevo, en chivos expiatorios a quienes se carga con pecados inventados para justificar la austeridad y la restricción de derechos. Y frente a esa realidad alienante y angustiante, para seguir adelante, «fingimos demencia».

Ya tuvimos esta conversación. En 1621, mientras los descubrimientos científicos y geográficos conmovían certezas milenarias y buena parte de Europa se desgarraba en la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), Robert Burton, un humanista y clérigo de Oxford, diagnosticaba una epidemia de melancolía. Burton adoptó el pseudónimo de Demócrito Junior para escribir una Anatomía de la melancolía. Allí advertía: «pronto percibirás que todo el mundo está loco, está melancólico, delira»2. De modo parecido al Demócrito antiguo, decía que el mundo era «domicilium insanorum» [una casa de locos]3. Más adelante, describía el siguiente panorama de los tumultos de su tiempo:

Si se me permite, pondré brevemente ante vuestros ojos un océano estupendo, vasto e infinito de locura y estulticia; un mar lleno de monstruos aterradores, formas toscas, olas rugientes, tempestades y calmas engañosas, mares tranquilos, desdichas horribles, comedias y tragedias tales, tan absurdas y ridículas, más para compadecerse o burlarse, o quizás para ser creídas, pero que a diario vemos aún practicadas en nuestros días, ejemplos nuevos, nova novitia, nuevos objetos de desdicha y locura de este tipo aún son representadas ante nosotros, en el exterior, aquí, en medio de nosotros, en nuestro seno4.

Este fragmento aparecía en la sección de la Anatomía dedicada a la «melancolía religiosa», una expresión que el autor inventó para tratar de dar sentido a la desmesura y la sinrazón que se había apoderado del continente europeo durante un siglo de violencia confesional. Cuando Burton murió en 1640, Inglaterra estaba a punto de conocer de primera mano la barbarie fratricida de las guerras de religión. Durante las décadas revolucionarias de 1640 y 1650, las querellas entre presbiterianos, congregacionalistas y episcopales alimentarían el enfrentamiento militar entre realistas y parlamentarios ingleses y escoceses, así como la rebelión y la represión de la población católica irlandesa. En esos años en que el mundo parecía trastornado, se multiplicaron los testimonios que describían a Inglaterra como una «casa de locos» y la comparaban con el manicomio inglés por antonomasia, el Hospital St. Mary of Bethlehem de Londres, más conocido como «Bedlam». En 1642, un propagandista realista llamado John Taylor observaba «That all is metamorphosised, chopped and changed / For like as on the poles, the world is whorled / So is this Land the Bedlam of the world» [Que todo está metamorfoseado, cortado y cambiado / Pues como en los polos, el mundo está retorcido / Así es esta tierra el Bedlam del mundo]5. Una década más tarde, William Erbery, antiguo capellán del ejército parlamentario, decepcionado con la forma que había adoptado la república inglesa, decía que «esta es la Isla del Gran Bedlam»6.

Burton escribió su Anatomía como un servicio a la humanidad en un tiempo tempestuoso, pero también para evadirse, mantenerse ocupado y así, curar su propia enfermedad. Después de todo, la máxima con la que concluye su obra, con una perspicacia terapéutica aún vigente, era «be not solitary, be not idle» [no estés solo, no estés ocioso]7.

La expresión «fingir demencia» se popularizó, sobre todo en redes sociales, en los últimos años. Hay quienes la entienden como una banalización de trastornos mentales o neurológicos, especialmente cruel en una época en la cual, en países como Argentina, a los efectos psicosociales de la crisis se suma la desarticulación de equipos y políticas públicas de salud mental. Pero creo que en el uso más habitual no se trata, más que en la superficie, de una referencia a la enfermedad mental, sino de una búsqueda de aislarse de una realidad agobiante y hostil, haciendo algo que produzca placer o, simplemente, continuando con la propia vida como si no pasara nada.

En este último sentido, se parece un poco a aquel eslogan que acuñó el gobierno británico a comienzos de la Segunda Guerra Mundial y que en los últimos años se multiplicó y reversionó hasta el hartazgo en camisetas, tazas y carteles: «Keep calm and carry on» [Mantén la calma y sigue adelante]. Sin embargo, hay una distancia entre este adagio, que expresa el ideal del estoicismo británico victoriano, y «fingir demencia». En esta última expresión hay un lugar para el placer en medio del sufrimiento, un placer saludable y regenerador y, quizás, también una renuncia a tener todo bajo control.

A riesgo de sobreinterpretación, propongo, aunque más no sea como otra forma de evasión y de no estar ocioso, leer esta expresión en relación con la herencia de Demócrito, de su risa saludable –ese placer regenerador– y su locura filosófica.

La idea de que la risa es sanadora, y en particular de que es capaz de curar trastornos mentales como la melancolía, tiene una larga historia, estrechamente vinculada al relato de Hipócrates y Demócrito. Por ejemplo, en 1579, Laurent Joubert, un médico francés, publicó un Tratado de la risa, donde describía las bondades terapéuticas de la hilaridad y dedicaba un capítulo al hecho de que «algunos melancólicos ríen y otros lloran»8. El libro incluía como apéndice una traducción directa del griego de la Epístola Damageto, aquella que narraba el encuentro entre Hipócrates y Demócrito, a cargo de Jean Guichard, cuñado de Joubert que, al igual que él, era el médico del futuro rey Enrique iv. Según el crítico ruso Mijaíl Bajtín, la Epístola circulaba desde algún tiempo antes en la Facultad de Medicina de Montpellier, donde Joubert y Guichard eran profesores. Allí la habría conocido también François Rabelais, el autor de la serie de novelas satíricas sobre los gigantes Gargantúa y Pantagruel publicadas entre 1532 y 1564, quien seguramente habría reparado en la imagen grotesca de Demócrito rodeado de animales destripados y en las virtudes terapéuticas de la risa. Bajtín veía ese efecto sanador como parte de la capacidad regeneradora característica del tipo de risa que predominaba en la cultura carnavalesca europea de la Baja Edad Media y el Renacimiento9. Pero la creencia en la acción curativa de la hilaridad se prolongó mucho más en el tiempo. El tema aparecía también, desde luego, en la Anatomía de la melancolía, que hablaba sobre el carácter sanador de la risa y la alegría, pero que además estaba enmarcada por un maravilloso prefacio satírico titulado «Demócrito Junior al lector».

Había distintas maneras en que se creía que la risa podía curar la melancolía. Los médicos y otros estudiosos que seguían la teoría de los cuatro humores10 a menudo ofrecían explicaciones acerca del efecto purgante (real o metafórico) que tenían las carcajadas para expulsar los humores nocivos y restablecer el equilibrio natural. Por ejemplo, en el siglo xviel humanista valenciano Juan Luis Vives decía que «la alegría moderada, o hilaridad, y el gozo con su calor purga la sangre, fortalece la salud, induce un colorido brillante, hermoso, agradable»11. Casi 200 años más tarde, cuando las explicaciones humorales de la melancolía ya no tenían credibilidad entre los médicos profesionales, el doctor William Stukeley afirmó que, a menudo, un ataque de risa podía curar el spleen (un tipo de melancolía), debido a que la convulsión de las ramas diafragmáticas y frénicas favorecía la purificación de la sangre en el bazo12.

Otra manera en que la risa era sanadora, que resulta más familiar y se conecta más directamente con la expresión «fingir demencia», se relaciona con la diversión. La diversión es entretenimiento, es placer, pero también es «recreación». En la Edad Media, según enseña Glending Olson, el verbo latino recreare remitía a restituir la salud física y mental necesaria para volver a actividades más trascendentes. Por entonces ya circulaba la idea de que la literatura podía tener ese efecto recreativo13.

La diversión también es desviar la atención de aquello que nos duele o nos molesta. En 1725, el médico y poeta inglés Richard Blackmore decía que lo característico de la melancolía era producir un flujo continuo de pensamientos sobre un objeto triste y la incapacidad de transferir la atención a otra cosa14. De hecho, ya la medicina antigua había señalado que el entretenimiento era una forma de rectificar las perturbaciones del alma que, según una clasificación que la tradición atribuyó a Claudio Galeno Nicon de Pérgamo, más conocido como Galeno, eran una de las seis cosas no naturales (res non naturales) que determinaban la salud del cuerpo (junto con el aire, la dieta, el ejercicio, el sueño y la ingestión y excreción).

Esta concepción terapéutica de la risa tuvo (y continúa teniendo) una larga vigencia en la cultura occidental. Entre los siglos xvi y xviiien Inglaterra se editaron numerosas colecciones de baladas, poemas y cuentos cómicos que se vendían como «antídotos para la melancolía» o «píldoras para purgar la melancolía». No porque fueran pensadas como recursos terapéuticos genuinos, sino porque se sustentaban en la creencia común de que la diversión y la alegría contribuían al bienestar mental. El poema introductorio de una de las más famosas de estas colecciones, An Antidote Against Melancholy (1661), comenzaba diciendo con ecos carnavalescos: «There’s no Purge ‘gainst Melancholy; / But with Bacchus to be Jolly» [No hay mejor purga contra la melancolía / que con Baco15 estar contento]16.

Los rastros del valor terapéutico de la diversión y la risa también aparecen en Don Quijote de la Mancha (1605), de Miguel de Cervantes. Como es bien conocido, el protagonista enloquece por leer demasiadas novelas de caballería. Pues bien, cerca del final de la primera parte, el Caballero de la Triste Figura le recomienda al canónigo precisamente ese tipo de literatura: «lea estos libros, y verá cómo le destierran la melancolía que tuviere y le mejoran la condición, si a caso la tiene mala»17. La lectura de este pasaje, como de tantos otros en la sátira cervantina, probablemente tuviera el efecto que el autor recomendaba en el prólogo: «Procurad que, leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla»18.

El tema en común entre ambas citas es, nuevamente, el efecto recreativo de la literatura y la capacidad de la lectura para curar la melancolía. Esta sería una preocupación también de Burton en su Anatomía, publicada unos pocos años después que el Quijote. De hecho, diversos autores han señalado que el humanista de Oxford escribió su obra con un estilo muy particular destinado a curar no solo su propia melancolía sino también la de sus lectores19. Del mismo modo, hay autores contemporáneos que destacan las virtudes terapéuticas de la novela de Cervantes20. Interesa aquí especialmente la interpretación del antropólogo mexicano Roger Bartra, quien propuso que hay que entender la melancolía de Don Quijote como uno más de los tantos ejercicios de mimesis y simulación que caracterizan la obra. Es decir que el Caballero de la Triste Figura haría una imitación de la melancolía que permitiría incluso sanar la enfermedad real21. En otras palabras: fingir melancolía para curarla.

Algo así se puede encontrar en otra novela más tardía, escrita a la luz del Quijote y la Anatomía. En The Life and Opinions of Tristram Shandy [Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy] (1759), Laurence Sterne inventó la noción de «shandeísmo», una suerte de necedad benigna y saludable, que luego diría que le salvó la vida22. En una carta de junio de 1761, dijo que si Dios no le hubiera infundido ese espíritu «que no me permite pensar dos instantes sobre ningún problema serio, de otro modo me moriría –me moriría– aquí mismo»23.

Sterne era un experto en fingir demencia. Lo mismo se podría decir de Jonathan Swift, una generación antes. En la «Digresión acerca del origen, uso y mejoramiento de la locura en una república», en A Tale of a Tub [Cuento de una barrica] (1701), Swift elogió «el punto sublime y refinado de felicidad llamado la posesión de estar bien-engañado, el estado tranquilo y sereno de ser un loco entre canallas»24. Sin embargo, el escritor irlandés no abrazaba la estulticia para evadirse del mundo. Su sátira tenía compromisos políticos en una época de faccionalismo acentuado y también un imperativo ético. Como le dijo a su amigo, el médico y poeta John Arbuthnot en 1714: «nunca podría ver a la gente volverse loca sin decirle y advertirle suficientemente»25. Los personajes de Swift a menudo desempeñaban el papel de locos que, mediante su extravagancia, dejaban en evidencia la depravación radical de la sociedad de su época. Tal es el caso de Lemuel Gulliver, el protagonista de Los viajes de Gulliver, que con la máscara de la ingenuidad (gullible significa «ingenuo» en inglés) y el asombro ante las costumbres extraordinarias de los reinos que visitaba, desnudaba las miserias y vanidades de su Inglaterra natal. Otro ejemplo, más extremo, es el del supuesto autor de Una modesta proposición para evitar que los niños pobres sean una carga para sus padres o el país (1729), quien con toda seriedad ofrecía como solución a los problemas de Irlanda que los indigentes vendieran a sus hijos como alimento para los ricos.

Aquí es donde fingir demencia se conecta con la locura de Demócrito, que no era verdaderamente una enfermedad, sino una locura filosófica. Se trata de una contemplación, solitaria y misantrópica, de la sinrazón humana; una forma de extrañamiento, que observa críticamente nuestras flaquezas. En ese sentido, «fingir demencia» se puede comparar con la expresión inglesa «to play the fool» (hacerse el tonto o el loco), una práctica que remite al papel de los bufones en las cortes europeas y que tuvo también una vigencia notable en la literatura. En la comedia Twelfth Night [Noche de Reyes] (1602), William Shakespeare explicaba la complejidad de esta tarea:

Este muchacho es tan sabio como para hacerse el tonto y hacerlo bien exige cierto ingenio; debe observar el ánimo de quienes burla, la calidad de las personas y el tiempo, no, como el halcón, fijarse en cada pluma que cruza su ojo. Es una práctica tan laboriosa como el arte de un sabio: pues la locura que él muestra sabiamente es precisa; pero los sabios, enloqueciendo, mancillan mucho su ingenio26.

Quizás el ejemplo más sofisticado y erudito de este juego sea el Elogio de la locura, escrito por el humanista Erasmo de Rotterdam en 1509. La obra tenía un título en griego, Morias enkomion, que anticipaba que estaba dedicada a su buen amigo Tomás Moro. Era un juego de palabras entre el apellido del inglés y el sustantivo griego moria (μωρια): locura o estulticia. De modo que, a lo largo del libro, la Locura cantaba su propio encomio que era, a su vez, un elogio de Moro, a quien Erasmo comparaba con Demócrito27. Pero las referencias al filósofo de Abdera aparecían en otros dos pasajes, inspirados en la cita de Horacio que está en el epígrafe de este ensayo y que dan una idea de la percepción de una sinrazón exacerbada en los nuevos tiempos. Al describir las necedades de los políticos, la propia Moria dice: «Loquísimas son estas cosas, [tanto] que no alcanza un solo Demócrito para reírse de [todas] ellas». Y, un poco más adelante, hablando sobre la vida del vulgo: «por todas partes abunda en tantas formas de Locura y tantas nuevas inventa cada día, que ni mil Demócritos serían suficientes para tanta risa; dado que a estos mismos Demócritos siempre les sería necesario otro Demócrito»28. Burton, que era un gran lector de Erasmo y de Moro, diría que «nunca [hubo] tantos motivos de risa como ahora, nunca tantos tontos y locos»29. Y, luego de describir extensamente la locura religiosa de católicos y puritanos, la irracionalidad de la guerra y la generalización inusitada de los vicios y pecados, exclamaría: «En una palabra, ¡el mundo está trastornado! ¡O viveret Democritus! [¡Si Demócrito viviera de nuevo!]»30.

Otro personaje que destacaba el poder crítico de la locura fingida era Jaques el melancólico, de la comedia As You Like It [Como gustéis] (1599) de Shakespeare. En la primera escena de la obra, Jaques era presentado de modo similar a Demócrito, bajo un árbol, lamentándose junto a un ciervo herido. Luego, en otra escena donde diría, famosamente, que «todo el mundo es un escenario / y los hombres y mujeres meros actores»31, Jaques se encontraba con un bufón y elogiaba su locura. «¡Ah, quién fuera bufón!»32. Un poco más adelante, explicaba:Vestidme de color. Dadme licencia para decir lo que pienso, que yo purgaré nuestro mundo infectado hasta el final si tiene la paciencia de tomar mi medicina33.

En estos tiempos de bait y crueldad teatralizada, es difícil saber si el mundo se volvió loco o si es solo un escenario tomado por bufones que nos muestran la faz más siniestra del egoísmo y la codicia. En cualquier caso, es un espectáculo difícil de contemplar sin salir afectado, como con Medusa, que convertía en piedra a quien la mirara de frente. Ante esa realidad, surge a menudo el impulso de aislarse, desconectarse del mundo, hundir la cabeza y replegarse sobre uno mismo. Las exigencias del trabajo y ese aparato que tenemos en la mano, en el bolsillo o en la cartera nos ofrecen suficientes oportunidades para hacerlo. Keep calm and carry on. Pero corremos el riesgo de perder el hilo cada vez más delgado que nos conecta con los demás.

Fingir demencia puede ser un bálsamo, una evasión de los malos pensamientos, una forma de mantenernos ocupados: be not idle, como recomendaba Burton. Pero quizás también, al ofrecernos una perspectiva crítica, pueda ser como el escudo espejado de Perseo para derrotar a la Gorgona. Puede ser un desvío para ver la realidad con otros ojos, mejor preparados para reconocer los disfraces y las tramoyas. Acaso de esa manera podamos superar la necesidad de aislamiento: be not solitary. Y quizás así podamos comenzar la otra tarea, la más difícil, la de volver a imaginar un mundo más libre y más justo para todos. Un mundo donde seguir riendo, pero sin tener que apartar la mirada.

  • 1. Hipócrates: Pseudepigraphic Writings, ed. Wesley D. Smith, Brill, Leiden, 1990, cartas 10 a 21.
  • 2. R. Burton: The Anatomy of Melancholy [1621], New York Review of Books, Nueva York, 2001, p. 39. Todas las traducciones son mías. [Hay edición en español: Anatomía de la melancolía, Alianza, Madrid, 2015].
  • 3. Ibíd., p. 64.
  • 4. Ibíd., 3.4.I., p. 313.
  • 5. J. Taylor: Mad FashionsOd FashionsAll Out Fashions, or, The Emblems of these Distracted Times, Thomas Banks, Londres, 1642, s/n.
  • 6. W. Erbery: The Mad Mans Plea: or, A Sober Defence of Captaine Chillintons Church. Shewing the Destruction and Derision Ready to Fall on All the Baptized Churches, not Baptized with Fire, Whose Forms of Religion Shall Be Made Ridiculous Among Men, When the Power of Righteousness and Glorious Appearance of God in his People Shall Come to the Nation, Londres, 1653, p. 8.
  • 7. R. Burton: ob. cit., 3.4. II.VI, p. 432.
  • 8. L. Joubert: Traité du ris contenant son essance, ses causes et mervelheus effais, curieusemant recherchés, raisonés & observés, Nicolas Chesneau, París, 1579, p. 273.
  • 9. M. Bajtín: Rabelais and His World [1965], Indiana UP, Bloomington, 1984, pp. 67-68 y 360- 361. [Hay edición en español: La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento, Barral, Barcelona, 1974].
  • 10. La teoría o sistema de los cuatro humores fue una noción derivada de las ideas de Hipócrates que resultó muy influyente y, mucho tiempo más tarde, se convirtió en el corazón de la ortodoxia médica de Europa y el mundo árabe hasta fines del siglo XVII. Según esa teoría, el cuerpo humano está constituido por cuatro humores o sustancias fundamentales: la sangre, la flema, la bilis amarilla o cólera, y la bilis negra. Cada una implicaba una combinación de cualidades (frío/cálido y seco/húmedo) y se correspondía con una edad del hombre, una estación del año y uno de los cuatro elementos. En la medida en que esos humores se mantuvieran en una mezcla equilibrada (crasis), el cuerpo estaba sano, pero por algún motivo, cuando alguno de ellos aumentaba en cantidad, producía una enfermedad.
  • 11. J.L. Vives: De anima & vita libri tres. Eiusdem argumenti Viti Amerbachii de anima libri 4. Ex vltima autorum eorundem recognitione, Antonium Vicentium, Lyon, 1555, lib. III, p. 200.
  • 12. W. Stukeley: Of the Spleen. Its Description and History, Uses and Diseases, Particularly the Vapors, with their Remedy. Being a Lecture read at the Royal College of Physicians, London, 1722. To which is Added Some Anatomical Observations in the Dissection of an Elephant, impreso para el autor, Londres, 1723, p. 72.
  • 13. G. Olson: Literature as Recreation in the Later Middle Ages [1982], Cornell UP, Ithaca-Londres, 2019.
  • 14. R. Blackmore: A Treatise of the Spleen and Vapours: Or, Hypochondriacal and Hysterical Affections. With Three Discourses on the Nature and Cure of the Cholick, Melancholy, and Palsies, J. Pemberton, Londres, 1725, pp. 155-156.
  • 15. Dios del vino, la vid y la fertilidad.
  • 16. «To the Reader» en Anónimo: An Antidote Against Melancholy: Made Up in Pills. Compounded of Witty Ballads, Jovial Songs, and Merry Catches, Mer. Melancholicus [John Playford], Londres-Westminster, 1661.
  • 17. M. de Cervantes: Don Quijote de la Mancha [1605-1615], Real Academia Española / Penguin Random House, Barcelona, 2015, p. 511.
  • 18. Ibíd., p. 14.
  • 19. Martin Heusser: The Gilded Pill: A Study of the Reader-Writer Relationship in Robert Burton’s Anatomy of Melancholy, Stauffenburg, Tubinga, 1987; Mary Ann Lund: Melancholy, Medicine and Religion in Early Modern England: Reading The Anatomy of Melancholy, Cambridge UP, Nueva York, 2010.
  • 20. Françoise Davoine: Don Quijote, para combatir la melancolía, FCE, Buenos Aires, 2012.
  • 21. R. Bartra: Melancolía y cultura: las enfermedades del alma en la España del Siglo de Oro [2001], 2a ed., Anagrama, Barcelona, 2021.
  • 22. Michael V. DePorte: Nightmares and Hobbyhorses: Swift, Sterne, and Augustan Ideas of Madness, The Huntington Library, San Marino, 1974, caps. 3 y 4.
  • 23. L. Sterne: Letters of Laurence Sterne, Clarendon Press, Oxford, 1935, p. 139.
  • 24. J. Swift: «A Tale of a Tub» en Major Works, eds. Angus Ross y David Woolley, Oxford UP, Oxford, 2008, p. 145.
  • 25. J. Swift: The Correspondence of Jonathan Swift, D. D. II, ed. Francis Elrington Ball, G. Bell and Sons, Londres, 1911, pp. 190-191.
  • 26. W. Shakespeare: Twelfth Night, Cambridge UP, Cambridge, 2003, pp. 109-110.
  • 27. Erasmo de Rotterdam: Elogio de la locura, Colihue, Buenos Aires, 2013, p. 4.
  • 28. Ibíd., pp. 47 y 87.
  • 29. R. Burton: ob. cit., p. 52.
  • 30. Ibíd., p. 68.
  • 31. W. Shakespeare: As You Like It, eds. Louis B. Wright y Virginia A. Lamar, Washington Square Press, Nueva York, 1964, pp. 149-150.
  • 32. Ibíd., p. 43.
  • 33. Ibíd., pp. 60-63.

Cuando los curas abrazaron la revolución ¿Qué fue la teología de la liberación y qué queda de ella?

Por José Zanca*

En el complejo y dinámico paisaje del pensamiento religioso latinoamericano del siglo XX, la teología de la liberación emergió como una corriente teológica singular y profundamente influyente. Nacida al calor de las transformaciones sociales, políticas y económicas del continente, y catalizada por los aires renovadores del Concilio Vaticano II, propuso una relectura radical del mensaje cristiano desde la perspectiva de los oprimidos y marginados. Su irrupción no solo sacudió los cimientos de la teología tradicional, sino que también generó intensos debates y confrontaciones dentro de la Iglesia católica y más allá. Los orígenes, el auge y las posteriores vicisitudes de esta corriente teológica están marcados por su compromiso con la justicia social, su diálogo con las ciencias sociales y su conflictiva relación con las jerarquías eclesiásticas. Sin embargo, en su recorrido, la teología de la liberación también enfrentó desafíos internos y críticas que llevaron a su diversificación y reconfiguración en las últimas décadas.de

Teología de la liberación: antecedentes y despliegue

La cultura católica es un producto paradójico de la modernidad y la secularización. Durante el siglo XIX, los Estados nacionales fundaron una esfera laica, autónoma de la fe religiosa, e indirectamente crearon una esfera religiosa diferenciada. En las últimas décadas del siglo XIX, los Estados en Europa y América comenzaron a controlar aspectos civiles como la educación, los cementerios y el registro de matrimonios y nacimientos, promoviendo una ciudadanía moderna. En algunos países, esto llevó a la separación entre Iglesia y Estado. Esta transformación del lugar de la religión en sociedades con observancia importante condujo a diversos resultados, como la guerra cristera en México, la laicización radical en Uruguay o separaciones más amigables entre Iglesia y Estado en Chile. En muchos casos la Iglesia católica aceptó un modus vivendi con el Estado moderno, manteniendo hasta la década de 1960 la aspiración de una sociedad integrada entre lo público y lo religioso, donde el poder político velara tanto por los cuerpos de los ciudadanos como por sus almas. Esto implicaba oponerse a la educación laica, al matrimonio civil, a la diversidad de cultos y a una esfera pública sin censura. Lo particular de la «era secular», según la definición de Charles Taylor, no radica en la desaparición de la religión, sino en que la creencia religiosa dejó de ser obligatoria. Esto implicaba que la Iglesia católica, para continuar ejerciendo su influencia, debía explorar otros medios, enfrentándose en la arena pública con sus adversarios (sectores liberales y de izquierda que promovían la profundización de la secularización) mediante las herramientas propias de la modernidad: la prensa, la edición de libros de acceso masivo, la radio e incluso el cine. En las primeras décadas del siglo XX, estos medios se convirtieron en figuras que podían defender a la Iglesia en un contexto claramente hostil.

Los intelectuales, una entidad surgida a fines del siglo XIX que hablaba en nombre de la sociedad y cuestionaba la razón de Estado, tuvieron también su versión cristiana. Los intelectuales confesionales debían conciliar la obediencia a dos sistemas de valores no siempre compatibles: las autoridades religiosas, legítimas conductoras de la iglesia a la que servían, y sus propias ideas como autores, su independencia como intelectuales y su singularidad como sujetos. Esta tensión en la que se insertaron los intelectuales católicos persistió a lo largo del siglo XX. Escritores, publicistas, teólogos y novelistas fueron fundamentales para definir los contornos de la cultura católica; pero, al mismo tiempo, fueron vistos con recelo por las autoridades de los episcopados locales y de Roma, custodios de la «sana doctrina». En las décadas de 1930 y 1940, el catolicismo experimentó un reavivamiento en su organización y presencia pública. Surgieron organizaciones como Acción Católica en Europa y América Latina, que agruparon a jóvenes, trabajadores, campesinos y niños. Se publicaron revistas y diarios masivos, se lanzaron emisiones radiales y proyectos editoriales que consolidaron una cultura católica en la que circulaban y se discutían los documentos papales y la «doctrina social de la Iglesia». Aunque la meta era recuperar terreno en una sociedad secularizada, esto generó una opinión pública interna que pronto comenzó a cuestionar la autoridad eclesiástica, influenciada por debates políticos y eventos como la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial, que también dividieron al campo católico.

Con la llegada de Juan XXIII al papado en 1958, comenzaron los cambios desde Roma. El «papa bueno» convocó un Concilio Ecuménico que reunió a representantes de todo el mundo. En la década de 1960 aún no existía un «catolicismo tercermundista» con una agenda propia, pero esto cambió durante y después del Concilio. Se formó el grupo «Jesús, la Iglesia y los pobres» para sensibilizar sobre la pobreza y promover un secretariado que abordara problemas mundiales, especialmente la pobreza y el Tercer Mundo, que atrajo a muchos obispos latinoamericanos liderados por Hélder Câmara y Manuel Larraín. El grupo influyó en debates y documentos finales mediante materiales, intervenciones en el aula conciliar y cartas a los papas Juan XXIII y Pablo VI, proponiendo acciones concretas contra la pobreza.

Los cambios que se estaban produciendo en la Iglesia católica eran una nueva forma de responder a las rápidas mutaciones en Occidente. Tanto en Europa como en América Latina, los procesos de industrialización acelerada habían creado grandes ciudades en las que el tradicional vínculo religioso parecía desvanecerse. La revolución tecnológica de la posguerra dio lugar a una época de optimismo sin límites. Desde el lanzamiento del satélite soviético Sputnik hasta la llegada de astronautas estadounidenses a la Luna, la ciencia y la tecnología parecían ofrecer soluciones neutrales y eficientes a los grandes problemas de la humanidad, como las enfermedades, el hambre y la superpoblación. Las vacunas, la producción masiva de alimentos y la píldora anticonceptiva formaban parte de una promesa en la que la influencia divina parecía irrelevante. Esto no significa que la población dejara de creer en Dios, pero sí que su fe se desarrollaba fuera del ámbito de las instituciones tradicionales.

Esta transformación en la cultura religiosa, generalmente englobada bajo el término «secularización», fue interpretada por muchos intelectuales cristianos como una llamada a revisar el mensaje de la Iglesia para poder llegar al hombre y la mujer modernos. Desde la década de 1930, una nueva corriente de humanismo cristiano empezó a tener eco en América Latina. Las obras de Jacques Maritain, Louis-Joseph Lebret y Emmanuel Mounier proyectaron una nueva utopía social: una sociedad políticamente laica pero fundada en los valores de la solidaridad cristiana. En los años 60 surgieron diversas «teologías radicales», es decir, reflexiones sobre el papel de Dios en la vida humana que abordaban preguntas profundas, criticando corrientes hegemónicas hasta ese momento, como el tomismo, y buscando un diálogo con importantes corrientes filosóficas del ámbito secular: el existencialismo y el marxismo. Surgió una nueva teología política, la teología de la muerte de Dios, la teología de la secularización, la teología de las realidades terrestres, teologías europeas que compartían un «giro antropocéntrico», centradas en la pregunta por el ser humano moderno y su posible relación con la divinidad.

Este cambio se había gestado en el catolicismo desde hacía tiempo. La Juventud Obrera Católica, fundada en Bélgica en 1924 por Joseph Cardijn, se caracterizó por un método novedoso para la acción social: «ver, juzgar, actuar». Este enfoque implicaba, ante la compleja realidad social de la Europa de posguerra, examinar las condiciones de vida antes de aplicar dogmas y analizar los pasos a seguir. Este pequeño cambio impactó profundamente en la cultura católica, pues en los años 60 este «ver» no solo significaba observar con la razón o la fe, sino emplear un instrumento novedoso de análisis: las ciencias sociales. Las universidades católicas incorporaron rápidamente la sociología y las ciencias políticas en sus programas académicos. En América Latina, los diseños de política pastoral recurrieron a encuestas de opinión como un nuevo instrumento de evangelización. Los fieles dejaron de ser sujetos pasivos, receptores de la liturgia, y sus opiniones pasaron a ser consideradas, al menos por los sectores progresistas de las iglesias católicas y evangélicas, cada vez más enfocadas en la problemática del ser humano moderno.

Cristalización, crisis y persecución

De manera superpuesta al Concilio Vaticano II, la Revolución Cubana de 1959 marcó una nueva perspectiva para pensar tanto la cuestión política como la cuestión social latinoamericana. La «hora cubana» había llegado y los católicos también vivieron el impacto de la revolución en su forma de entender la teología. No había, en el subcontinente, una tradición teológica de nombre propio. El Concilio había abierto un tiempo de fuerte conflictividad interna en la Iglesia católica. Obispos conservadores se enfrentaron a sacerdotes y laicos que intentaban llevar adelante las reformas conciliares y profundizarlas, adaptándolas a la realidad latinoamericana. Pero también en el cuerpo episcopal, la crítica al orden social apareció de manera cada vez más cruda en los documentos elaborados por grupos más o menos informales y en las declaraciones de distintos obispos, cuyos nombres empezaron a circular por la prensa, asombrando a las elites políticas y económicas que los etiquetaron como «obispos rojos». Helder Câmara, Leónidas Proaño, Manuel Larraín, Alberto Devoto, Enrique Angelelli, Eduardo Pironio… la Iglesia latinoamericana se ponía en movimiento.

En marzo de 1967, el papa Pablo VI publicó la encíclica Populorum progressio. Su impacto en América Latina fue trascendente, dado que fue leída como un decálogo de denuncias sobre la situación de pobreza e injusticia a la que se sometía a los países del Tercer Mundo. Si bien la solución que proponía el documento era la paz y el desarrollo, el tono de denuncia de las injusticias sociales y un pasaje que hablaba de la legitimidad del uso de la fuerza en «caso de tiranía evidente y prolongada» servirían para legitimar la acción de los cristianos revolucionarios. Un año antes, en 1966, había muerto en combate el colombiano Camilo Torres. El sacerdote había estudiado sociología en Lovaina y en 1965 se sumó al Ejército de Liberación Nacional (ELN). Camilo se convirtió en un ícono para la izquierda cristiana del continente, incluso para aquellos que no estaban dispuestos a tomar las armas pero se identificaban con su compromiso martirial. En 1967, un grupo de 18 obispos de América, Asia y África, a iniciativa de Helder Câmara, dio a conocer un documento con el propósito de aplicar en sus regiones la Populorum progressio. Allí se denunciaban los desequilibrios económicos mundiales que generaba el capitalismo y se advertía que «Dios no quiere que haya ricos que aprovechen los bienes de este mundo explotando a los pobres». En 1968, la segunda conferencia del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) en Medellín buscó adaptar las conclusiones del Concilio a la realidad latinoamericana. Este evento marcó un hito en la historia de la Iglesia en el continente debido a su enfoque transformador. El documento final exponía la profunda renovación del discurso eclesiástico, caracterizado por una nueva conciencia social, política y económica ante la pobreza y la injusticia, destacando la opción preferencial por los pobres. La teología de la liberación emergía en un marco de compromiso social y búsqueda de la liberación integral.

Un conjunto de obras aparecidas entre fines de la década de 1960 y principios de la de 1970 serían consideradas como fundadoras de esta línea que se convertiría en la gran innovación teológica a escala universal de la época. En 1969, el presbiteriano Rubem Alves publicó en Estados Unidos su tesis de doctorado con el título A Theology of Human Hope [Una teología de la esperanza humana], un preámbulo importante a la teología de la liberación. Entre los intelectuales católicos, fue el peruano Gustavo Gutiérrez quien redactaría una obra fundacional. Desde 1964 se venían desarrollando reuniones de teólogos católicos latinoamericanos en las que se había ido conformando una sociabilidad que poco a poco consolidaría una red de intelectuales liberacionistas. En 1968, Gutiérrez utilizó por primera vez la expresión «teología de la liberación» en una exposición a los miembros de la Oficina Nacional de Información Social (ONIS) reunidos en sesión en Chimbote (Perú). En 1971, publicaría en Lima Teología de la liberación. Perspectivas1, donde desarrollaría en forma completa no solo una nueva teología, sino lo que entendía era una nueva forma de hacer teología. Por supuesto, el libro se hacía eco de los sufrimientos de los desposeídos del subcontinente y era una convocatoria a los cristianos a involucrarse en el proceso de cambio, juzgando que el proyecto desarrollista ya estaba agotado. Sin embargo, lo que sin duda trasciende en esta obra es la idea de que la teología no debería servir ni como un debate sobre abstracciones celestiales ni como coartada para los poderosos. La teología podía sumarse de pleno derecho a otras ciencias que pudieran ser instrumentos para la crítica y la transformación social.

A partir de aquí, los encuentros de teólogos liberacionistas –a los que deberíamos sumar también los filósofos de la liberación, una corriente paralela pero diferenciada de los teólogos– y sus publicaciones adquieren un ritmo frenético. Un relevamiento de la revista francesa Foi et Développement de 1973 calculaba que ya existían más de 1.000 publicaciones sobre el tema. En 1969, Juan Luis Segundo publicó el primer volumen de su Teología abierta para el laico adulto; en 1970, Arturo Paoli publica Diálogo de la liberación; en ese mismo año, Eduardo Pironio escribe dos artículos en Criterio sobre la teología de la liberación; en 1972, el franciscano Leonardo Boff publica en portugués Jesus Cristo libertador, rápidamente traducido al español; y en 1973, Ignacio Ellacuría edita su Teología política en El Salvador2. Para 1976, ya había sido creada la Asociación Ecuménica de Teólogos del Tercer Mundo (EATWOT, por sus siglas en inglés), que realizó su primer congreso en África ese mismo año; Gutiérrez, el filósofo Enrique Dussel y el teólogo Hugo Assmann participaron en la nueva institución. Los vientos de cambio impactaron de manera similar en el campo evangélico.

En los años 60, muchas iglesias del protestantismo histórico vivieron un proceso de nacionalización y cortaron definitivamente los lazos que las unían a sus iglesias madres en Europa y EEUU. Y su teología se vio conmovida por el espíritu de época que recorría América Latina. El teólogo presbiteriano Richard Shaull, quien había recorrido Colombia, Brasil y Argentina, sostenía en 1962 que el protestantismo estaba siendo llamado a penetrar íntimamente «la psicología, cultura y vida de cada pueblo latinoamericano»3. En 1966, se preguntaba directamente qué podía hacer la teología por la revolución. Junto con José Míguez Bonino, Julio de Santa Ana y Rubem Alves serían los más importantes representantes de la teología de la liberación en su versión protestante. Sin embargo, y esta es otra característica de los años 60, las fronteras entre las teologías cristianas se estaban disolviendo.

¿En qué áreas fue innovadora la teología de la liberación? En principio, implicaba una vuelta de tuerca sobre la tradicional «doctrina social de la Iglesia» que, al menos desde el siglo XIX, buscaba ponerle un freno a la voracidad del mercado. En diálogo con las ciencias sociales, los liberacionistas hablaban ahora con las categorías del estructuralismo y, a veces, del marxismo. En particular, en el centro de la reflexión apareció la idea del oprimido, del explotado, una teología de las víctimas que, sin ser del todo novedosa si pensamos en la tradición judeocristiana, se politizaba en una región que ardía frente a la posibilidad de cambios rápidos y, en muchos casos, violentos. La exploración de los teólogos de la liberación se dirigía hacia una nueva cristología, es decir, a una reflexión central en el cristianismo sobre la figura de su fundador, y planteaba una eclesiología que cuestionaba el estrecho vínculo entre Iglesia y Estado que se remontaba a la época constantiniana y recorría la historia europea y americana. Finalmente, el liberacionismo propuso también una nueva espiritualidad y una nueva estética, con figuras rutilantes de la literatura de la década de 1970 como el sacerdote y poeta nicaragüense Ernesto Cardenal.

La teología de la liberación comenzó como un movimiento homogéneo, pero se diversificó con el tiempo. En la década de 1960, el «oprimido» era visto como un sujeto económicamente sometido, parecido al proletario marxista. En los años 70, el debate se centró en el sometimiento cultural de América Latina frente a EEUU y Europa. Este enfoque nativista defendía cierta pureza cultural y asociaba el imperialismo económico y cultural. La teología del pueblo, originada en Argentina, puso énfasis en la cultura y las creencias populares, diferenciándose de los liberacionistas cercanos al marxismo. Estos últimos veían las prácticas religiosas populares como conservadoras, como una deformación del mensaje revolucionario de Cristo, como formas más cercanas a la magia que a la fe; mientras que los teólogos del pueblo rechazaban el «vanguardismo» revolucionario de los sacerdotes liberacionistas y proponían un catolicismo que «aprendiera» del saber ancestral de los sectores populares.

La llegada de Karol Wojtyła al trono de Pedro marcó el inicio de un periodo de persecución contra los teólogos de la liberación, apoyada por los sectores conservadores. Juan Pablo II buscó reconstruir una forma de autoridad eclesiástica que, desde su perspectiva y la de quienes lo acompañaron, se había licuado en los años del Concilio Vaticano II y el posconcilio. La «reconstrucción de la unidad» era un eufemismo para limitar el pluralismo ideológico que se había instalado en el seno de la Iglesia: una vigorosa opinión pública que, si para los cánones del conservadurismo romano había cometido demasiados «excesos», lo que había intentado era una relación más adulta entre intelectuales confesionales y autoridad eclesial. Lo cierto es que, desde la III reunión del CELAM en Puebla de los Ángeles en 1978, el Papa intentó «poner en caja» a los liberacionistas, en especial, a quienes se habían atrevido a cruzar el Rubicón ideológico que la Iglesia había fijado en el siglo xix y se habían animado a establecer un diálogo con el marxismo. Más que el interlocutor –que en muchos casos prestó poca atención a los cristianos y vivía su propia crisis de identidad–, lo que afectaba a la estructura de autoridad romana era la autonomía que habían ganado los intelectuales en la Iglesia y el prestigio propio que habían adquirido figuras como Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Juan Luis Segundo, Ignacio Ellacuría, Enrique Dussel, Jon Sobrino, Paulo Freire… Sus libros tenían una respetable difusión, se publicaban en Europa, ellos tenían cargos en instituciones eclesiásticas, eran convocados como peritos, habían hecho crecer las cátedras en las universidades confesionales y se habían multiplicado las revistas que dirigían.

El cuestionamiento a la teología de la liberación no fue solo un conflicto entre Roma y América Latina. Los propios teólogos y obispos conservadores latinoamericanos fueron quienes llevaron a Roma –y antes difundieron en el continente– los cuestionamientos ideológicos a los liberacionistas. Desde 1972, a la cabeza del CELAM, el obispo de Bogotá Alfonso López Trujillo llevó adelante una sistemática persecución de la teología liberacionista. En 1974, López Trujillo organizó un encuentro opositor en la ciudad española de Toledo y ese mismo año publicó Liberación marxista y liberación cristiana4. En 1985, junto con otros antiliberacionistas (como el franciscano Boaventura Kloppenburg), firmaría el Manifiesto de los Andes, en una reunión convocada por la revista Communio, que editaba, entre otros, el entonces cardenal Joseph Ratzinger.

En 1983, Juan Pablo II, recién arribado a Managua, reprendió con su dedo índice a Ernesto Cardenal, el poeta, sacerdote de la teología de la liberación y ministro de Cultura sandinista. El sacerdote arrodillado esperando la bendición se convirtió en un duro mensaje de cómo pretendía el nuevo sucesor de Pedro que se ordenaran las relaciones entre la jerarquía y los intelectuales. Durante la década de 1980, la Congregación para la Doctrina de la Fe, dirigida por Ratzinger, emitió dos documentos críticos de la teología de la liberación: Libertatis nuntius (conocida como «la instrucción») en 1984 y Libertatis conscientia en 1986. Los textos, si bien cuestionaban lo que consideraban «peligros» de esta teología, advertían que no debían ser usados por quienes «se atrincheran en una actitud de neutralidad y de indiferencia ante los trágicos y urgentes problemas de la miseria y de la injusticia». Sin embargo, los grupos conservadores sostuvieron que se trataba de una clara condena al liberacionismo. Los teólogos de la liberación cuestionaron como falsedades muchas de las afirmaciones, pero –y esto es lo más importante– se defendieron en forma pública de las acusaciones, manteniendo un diálogo –no siempre cordial– con la autoridad romana.

Una condena global a la teología de la liberación habría generado una reacción también global, de muchos intelectuales cristianos latinoamericanos que, si bien no necesariamente se identificaban con ella, la veían como un positivo desarrollo autóctono. Pero en forma paralela a los documentos, se produjeron censuras personales. Es decir, en contra de la doctrina tradicional, se condenó a los pecadores más que el pecado. El brasileño Leonardo Boff sufrió primero un juicio canónico y luego una condena a dos años de silencio. La misma pena recibió en 1995 la teóloga brasileña Ivone Gebara por su postura frente al aborto. En 1989, la Confederación Latinoamericana y Caribeña de Religiosos (CLAR) vivió una crisis interna por la censura que el CELAM y el Vaticano querían aplicar al proyecto «Palabra y vida», a propósito del v Centenario de la Evangelización en América Latina. Otros teólogos liberacionistas fueron perseguidos mediante largos procesos, se publicaron advertencias episcopales sobre ciertas obras, más o menos sutiles formas de censura menos aceptables en tiempos posconciliares.

Si la reacción tradicional de los intelectuales cristianos frente a la censura romana había sido, antes del Concilio, el silencio o el travestismo de las ideas, lo que apareció luego de la advertencia de Ratzinger fue una inesperada solidaridad que mostraba el vigor que tenía la teología de la liberación dentro y fuera de América Latina y las redes que habían construido los liberacionistas. En 1984, los profesores católicos de la República Federal de Alemania firmaron una carta en apoyo a Gustavo Gutiérrez, ese mismo año la revista progresista Concilium se solidarizó con la teología de la liberación y en septiembre de 1989 un grupo de teólogos brasileños salió públicamente en su defensa. Boff argumentaba que, si Roma conociese la realidad del subcontinente latinoamericano, «habría tenido la oportunidad de captar la diferencia entre un abordaje teórico del tema y un abordaje práctico sobre la acción liberadora». Jon Sobrino fue terminante, afirmando que la instrucción desfiguraba seriamente la teología de la liberación: «parece no conocerla bien en lo que cita supuestamente de ella y no conocerla bien en aquello a lo que ni siquiera alude»5.

La caída del Muro de Berlín, en 1989, y la derrota electoral de los sandinistas en Nicaragua, en 1990, produjeron un reflujo general de la izquierda, y la teología de la liberación no fue una excepción. Paradójicamente, el fin de la Guerra Fría –con la finalización de las acciones de la izquierda revolucionaria en Centroamérica– permitió que se abriera una instancia de reconciliación entre Roma y los liberacionistas. La teología de la liberación volvió a un cauce académico, en un clima en el que cada vez más las utopías que proyectaba en las décadas de 1970 y 1980 fueron sustituidas por la idea de «resistencia» al neoliberalismo. Esa nueva agenda implicaba una autocrítica por parte de los liberacionistas. La teología de la liberación fue cuestionada por proponer un falso universalismo y por la dilución de lo específicamente teológico en lo político, crítica que también recayó en las ciencias sociales y su falta de autonomía en los años 70. En 2005, el sociólogo y filósofo de la religión Otto Maduro reconocía, en una reunión en la Universidad Católica de Porto Alegre, entre otros errores, que los liberacionistas no habían apreciado la diversidad del mundo de los pobres. Por otro lado, al haber sido una teología creada por «hombres célibes», había atendido muy poco a la subjetividad y la sexualidad y, sin duda, había marginado a las mujeres. Finalmente, la primigenia teología de la liberación había desatendido el problema del medio ambiente y apoyado acríticamente a los regímenes socialistas.

De las transformaciones operadas en la teología de la liberación en estas décadas, la más impactante es, sin duda, la crítica que abrió en su seno la aparición de una teología de la mujer, una teología feminista, una teología mujerista y una teología de las sexodisidencias. En la Europa del posconcilio, en especial en las iglesias reformadas, habían surgido algunas líneas teológicas que sumaban a las mujeres a una corriente emancipatoria global. Sin embargo, en América Latina, para la teología (y filosofía) de la liberación, las luchas feministas quedaban subsumidas en la liberación integral del ser humano. Inicialmente, los liberacionistas no manifestaron un interés particular por las cuestiones de género. Sin embargo, con el tiempo, se produjo un diálogo creciente entre ambas corrientes, impulsado en gran medida por las teólogas feministas que se identificaron explícitamente como teólogas feministas de la liberación, tanto en el Primer Mundo como en América Latina. Estas teólogas buscaron analizar la opresión de las mujeres en el contexto más amplio de la clase, la raza y la pertenencia al Tercer Mundo. Para ellas, la interrelacionalidad de la opresión era un hecho fundamental. La teología de la liberación latinoamericana había cuestionado el universalismo de la teología europea, reclamando la singularidad de un conocimiento situado. Sin embargo, su concepción de los «pobres» (como explotados económicos) había vuelto a homogeneizar a un actor bastante diverso. Las teólogas feministas de la liberación latinoamericanas, como María Pilar Aquino e Ivone Gebara, se situaron en un punto crucial de este diálogo, criticando la teología de la liberación por su androcentrismo y la falta de un análisis crítico de cómo se utilizaban conceptos como «mujeres» y «feminidad» para mantener estructuras patriarcales. Argumentaron que, aunque la teología de la liberación se preocupaba por la opresión de los pobres, a menudo pasaba por alto las experiencias específicas de las mujeres pobres, incluyendo cuestiones de ética sexual y derechos reproductivos.

En la década de 1980, las mujeres comenzaron a ganar espacio en la teología de la liberación. En 1985, se celebró en Buenos Aires una reunión latinoamericana sobre teología desde la perspectiva femenina, con figuras como la mencionada Ivone Gebara, Tereza Cavalcanti, Nelly Ritchie y María Clara Bingemer. El encuentro destacó que la experiencia vivida era fundamental para esta teología feminista, rechazando un lenguaje abstracto desconectado de la realidad. Las teólogas buscaban reinterpretar conceptos tradicionales desde la historia y experiencias de las mujeres, afirmando que la opresión y el machismo moldeaban la reflexión teológica. La perspectiva femenina aportaba visiones inéditas, cuestionaba categorías tradicionales y proponía nuevas formas de entender la fe cristiana. Criticaban la teología tradicional por ser androcéntrica y perpetuar la opresión, mientras que la teología femenina conectaba con la vida cotidiana de las mujeres, especialmente las pobres.

En los últimos 25 años, la crítica feminista a las nociones binarias y oposicionales masculino/femenino y el énfasis en la construcción social del género abrieron un espacio teórico para cuestionar las categorías rígidas de sexo y género también dentro de la teología liberacionista. La preocupación por la «liberación sexual» y la crítica a la ética sexual tradicional, basada en presupuestos androcéntricos, sugieren una inquietud por las experiencias y la autonomía de los cuerpos más allá de las normas heteropatriarcales. Una de las pioneras de la crítica fue la original teóloga argentina Marcella Althaus-Reid. Desde la década de 1990 (luego de radicarse en Escocia), se convirtió en una referente de la teología LGBTI+. En La teología indecente (2000), Althaus-Reid convocaba a hacer teología «sin ropa interior», luego de vivir la experiencia de recorrer Buenos Aires y sus olores buscando la «fragancia de la teología de la liberación en las mujeres: aroma de sexo y limones»6. Afirmaba que las mujeres estaban invisibilizadas en el liberacionismo, lo que venía a poner en duda el supuesto de que esta nueva teología partía de la praxis, en la que la reflexión teológica era el «acto segundo». No había una praxis u observación «objetiva». La crítica feminista mostraba las limitaciones significativas en su capacidad para abordar las experiencias y los intereses específicos de las mujeres, en especial las mujeres pobres, en el ámbito de la ética sexual. La finlandesa Elina Vuola sostiene que la ambigüedad y la falta de explicitación del concepto de praxis en la teología de la liberación, junto con una comprensión a menudo abstracta y homogénea de «los pobres», no toman en cuenta las dimensiones de género y reproducción, lo que dificulta la integración plena de una perspectiva feminista crítica.

La teología de la liberación en tiempos de Francisco

La llegada de Jorge Bergoglio al papado en 2013 abrió un sinnúmero de preguntas sobre cuál sería su actitud frente a la teología latinoamericana. En las décadas de 1970 y 1980, Francisco había sido crítico, más que de la teología, de los teólogos liberacionistas. Su repetida consigna «el todo es más que las partes y la mera suma de las partes» se aplicaba a los debates internos del catolicismo como una reprimenda a los teólogos que, con sus «veleidades autonómicas», estaban lacerando a una Iglesia católica que cada vez perdía más predicamento en América Latina.

Existe cierto acuerdo sobre la relación estrecha entre el universo de ideas de Francisco –expresado en sus diversas encíclicas y en comunicaciones más informales– y la teología del pueblo, desarrollada, entre otros, por los sacerdotes Rafael Tello, Lucio Gera, el jesuita Fernando Boasso y Juan Carlos Scannone. Desde 2013 hasta la fecha, se han multiplicado los trabajos que intentan caracterizar esta idiosincrática corriente7. Como mencionábamos, una de las diferencias es su rechazo al uso de categorías marxistas (como clase) debido a su carácter europeizante. Pero ¿es una teología que se opone al liberacionismo? ¿Es una teología peronista? ¿Es una forma de integrismo disfrazado de falso progresismo? ¿Es una forma de perpetuar la pobreza de América Latina mediante la glorificación del pobre (el pobrismo)? Scannone, que ejerció el liderazgo intelectual dentro de la Compañía de Jesús de Argentina –y fue uno de los pioneros, junto con Enrique Dussel, de la filosofía de la liberación–, siempre defendió la hipótesis de que la teología del pueblo era una rama de la teología de la liberación, que partía de la misma metodología, aunque no utilizara los mismos conceptos, ni se asomara al diálogo con el marxismo. Para Scannone, la centralidad que ocupaban las nociones de pueblo y cultura era una cuestión de énfasis: los oprimidos de América Latina eran también despojados culturales, amenazados con perder lo poco que los diferenciaba en aras del avance del mercado.

El Bergoglio que miraba con recelo a los teólogos de la liberación en los años 70 y 80, a medida que se afirmó en su trono, se mostró dispuesto a reconciliar a Roma con la teología latinoamericana. Claro que el cambio del contexto geopolítico tras el fin de la Guerra Fría había desempeñado un papel crucial en la disminución de la tensión entre el Vaticano y la teología de la liberación. El surgimiento de desafíos globales como el capitalismo neoliberal creó un nuevo escenario en el que las demandas de la teología de la liberación, como la opción preferencial por los pobres, podían abordarse con menor carga ideológica. Una serie de gestos de Francisco así lo confirmaron: su afectuoso vínculo con Gustavo Gutiérrez, la canonización del obispo salvadoreño Oscar Romero y el levantamiento de sanciones a sacerdotes vinculados a la teología de la liberación, como Miguel d’Escoto Brockmann y Ernesto Cardenal. Más allá de los gestos, Francisco incorporó selectivamente, durante su papado (2013-2025), algunas de sus principales preocupaciones, como la centralidad de los pobres y la crítica a las desigualdades económicas y a la «idolatría del dinero». Su encíclica Laudato si’ refleja la influencia del pensamiento ecológico que surgió dentro de la teología de la liberación en la década de 1990. Sin embargo, su aproximación es más pastoral y menos un compromiso intelectual profundo con las elaboraciones teóricas específicas del movimiento. Como ha señalado el teólogo noruego Ole Jakob Løland, la «solución» al conflicto entre Roma y la teología de la liberación se ha dado a través de una integración selectiva de símbolos y preocupaciones, facilitada por el nuevo contexto histórico, lo que permitió una reconciliación entre grupos previamente antagónicos dentro del catolicismo latinoamericano sin que Francisco se convirtiera en un teólogo de la liberación propiamente dicho.

Resulta evidente que la historia de la teología de la liberación es mucho más que un capítulo aislado en los anales del pensamiento cristiano. En términos de agenda política, su contenido fue evolucionando en forma paralela al del resto de los grupos progresistas y de izquierda latinoamericanos. A pesar de las críticas, las persecuciones y los cambios de contexto, la teología de la liberación sobrevivió en buena medida porque se convirtió en una forma de hacer teología que ponía a las víctimas en el locus theologicus. Estimuló debates que aún resuenan y creó una red de intelectuales que pudieron mostrarse sólidamente unidos frente a la autoridad religiosa.

La teología de la liberación se convirtió, en la práctica, en un sinónimo de teología latinoamericana. La reconciliación selectiva con Roma bajo el papado de Francisco no implicó la desaparición de las tensiones históricas, sino quizás una nueva forma de coexistencia en la que algunas de sus preocupaciones centrales, como la opción por los pobres y la crítica a la desigualdad, encontraron un eco renovado. En última instancia, la pregunta que persiste es si el legado de la teología de la liberación continuará inspirando formas de pensamiento y acción que confronten las injusticias sistémicas y promuevan una liberación integral.

* Doctor en Historia por la Universidad de San Andrés e investigador independiente de Investigaciones Socio Históricas Regionales / Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (ISHIR-Conicet) de Argentina. Ha publicado, entre otros libros, Los intelectuales católicos y el fin de la cristiandad (FCE, Buenos Aires, 2006) y Catolicismo y cultura de izquierda en la Argentina del siglo XX (Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2024).

 

 

  • 1. CEP, Lima, 1971.
  • 2. J.L. Segundo: Teología abierta para el laico adulto I, s./e., Buenos Aires, 1968; A. Paoli: Diálogo de la liberación, Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1970; L. Boff: Jesus Cristo libertador, Vozes, Petrópolis, 1972; I. Ellacuría: Teología política, Secretariado Social Interdiocesano, San Salvador, 1973.
  • 3. «Vida y estructura de la iglesia en relación con su testimonio en la sociedad latinoamericana» en El Predicador Evangélico, 6/1962.
  • 4. Editorial Católica, Madrid, 1974.
  • 5. L. Boff, Pablo Richard Guzmán, Ronaldo Patricio Muñoz Gibbs, J. Sobrino y J. de Santa Ana: «Reacciones de los teólogos latinoamericanos a propósito de la Instrucción» en Revista Latinoamericana de Teología vol. 1 No 2, 31/8/1984.
  • 6. M. Althaus-Reid: La teología indecente. Perversiones teológicas en sexo, género y políticas, Bellaterra, Barcelona, 2005.
  • 7. Ver Emilce Cuda: «Teología y política en el discurso del papa Francisco. ¿Dónde está el pueblo?» en Nueva Sociedad No 248, 11-12/2013, disponible en www.nuso.org.

«Soy mi propia madama» Emprendedoras eróticas en OnlyFans

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Por Julieta Figiaccone

Socióloga por la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), Argentina. Estudia temas vinculados a la intersección entre géneros y diversidades, tecnología y mercado laboral.

Dana está en su casa, con una amiga, preparándose para salir. Se maquillan, se prueban distintas faldas y vestidos mientras abren unas cervezas y charlan. Dana mira su celular y dice «Me habló uno». La amiga, sin dudarlo, suelta un «Dale, ya fue, es plata».

Dana le envía algunas fotos en ropa interior que le habían quedado de otro día. Él quiere sin nada. Ella le pregunta específicamente qué quiere y en ese mismo momento empieza la sesión de fotos casera. Trae el aro de luz, se prepara, la amiga apunta y dispara. Las fotos quedan buenísimas, él las compra, paga bien. Ellas abren otra cerveza para el camino y se van a bailar.

Dana lleva su perfil de OnlyFans a todos lados, lo tiene en su celular desde hace unos meses y le viene bien para complementar sus ingresos de administrativa en una oficina de la ciudad de Buenos Aires. «¿Cómo definís lo que hacés? ¿Cómo le contarías a alguien qué hacés en OnlyFans?», le pregunto. Ella responde: «Soy mi propia madama». En ella se centran todas las actividades: tener OnlyFans, crear y subir el contenido, tratar con clientes y cobrar por lo que hace.

Sobre OnlyFans

Entre 2021 y 2023 realicé una serie de entrevistas a mujeres mayores de 18 años, residentes en el Área Metropolitana de Buenos Aires, que abrieron su perfil de OnlyFans entre 2021 y 2022, en la última fase de la pandemia de covid-19. La decisión de entrevistar solo a mujeres –en una plataforma en la que también abunda el sexo gay– surge, en primer lugar, por la facilidad de acceso al campo, lo que resultó en un mayor número de entrevistadas. En segundo lugar, por las particularidades y diferencias que representa «estar» en OnlyFans para las mujeres, lo que se suma al uso de narrativas que provienen de los feminismos cuando explican qué significa para ellas crear y vender contenido erótico.

El sitio británico OnlyFans nace en 2016, pero el boom se da en 2020, producto de la pandemia de covid-19. En sus orígenes, no estaba destinado al contenido erótico, sino a cualquier tipo de contenido que alguien quisiera publicar para que otras personas compren o para que se suscriban a un perfil a cambio de un aporte mensual. Si al comienzo había músicos, cocineros, influencers de fitness, etc., pronto viró hacia el sexo, en especial luego de su compra en 2018 por el millonario programador y empresario ucraniano-estadounidense Leonid Radvinsky, que ya contaba con negocios en la pornografía. Los trabajos previos sobre este tema coinciden en el carácter masivo que cobró la plataforma, principalmente, a partir de la pandemia, y en cómo logró posicionarse como la página web para la venta de contenido erótico y sexual de todo tipo, con la particularidad del diálogo directo con los fans o suscriptores de perfiles, en lo que representa una suerte de «uberización» de contenidos eróticos1.

Me pregunté por ese fuerte incremento de personas en la plataforma, con la hipótesis, que luego pude corroborar, de que muchas de esas mujeres no se habían dedicado previamente a generar dinero mediante actividades eróticas o sexuales. Me interesó particularmente esto. Las preguntas que me guiaron fueron: ¿cuáles fueron los motivos?; ¿qué aprendieron o desarrollaron para ingresar en OnlyFans?; ¿cómo descubrieron que había «algo» de sí que podían vender, puesto que antes no lo hacían?; ¿se presentaron tensiones al exponer el propio cuerpo y sexualidad?; ¿cómo se gestionan?; ¿se toman cuidados o recaudos a la hora de crear y vender contenido erótico?

Ante el aumento de la pobreza, la desvalorización del salario, las escasas posibilidades de empleo y la precarización laboral, producto de la crisis socioeconómica que arrastra hace años Argentina, OnlyFans aparece como una forma de generar ingresos, o en palabras de las entrevistadas, «manejar sus tiempos», «hacer plata fácil» y, encima, «¡en dólares!».

Como lo muestra el relato inicial, el uso puede darse en cualquier momento y conjugarse en simultáneo con los tiempos de ocio o con otros empleos. Veremos, entonces, el carácter latente del uso de la plataforma.

Plata fácil, dólares y autoempleo

Vani, otra entrevistada, cuenta que camina por el microcentro porteño con el celular en la mano, en su cartera tiene papeles que debe llevar y dinero que depositará en la cuenta bancaria de la fábrica donde trabaja. En el trayecto vende un pack de fotos y se apalabra a un nuevo cliente, que le terminará por comprar un video filmado un rato más tarde, en el baño de su trabajo.

Todas encuentran una gran satisfacción en saber aprovechar esos ratos, como lo expresa Luisa: «Lo disfruto bastante cuando de repente surte efecto, digamos, y estoy, no sé, en mi casa un día que no tuve que laburar [en su trabajo de acompañante terapéutica en una escuela]. Dije ‘¡Uy! Esto es ideal, estoy en mi casa tomando mates y ganando dólares’». «Que surta efecto» es, para ella, que pueda utilizar el tiempo libre que le surgió por un hecho excepcional para generar ingresos sin un esfuerzo aparente. De este modo, se vuelve necesario caracterizar la plataforma, situarla en su contexto y dar cuenta del éxito de su modelo de negocios: OnlyFans y la venta de contenido erótico son parte del capitalismo de plataformas2, donde emergen negocios cada vez más dependientes de las tecnologías digitales e internet y las lógicas on demand direct to customer3 que permiten que el usuario o cliente requiera el contenido sin la necesidad de mediadores, es decir que el contacto es directo.

Los consumidores pueden afinar sus requerimientos y recibir servicios personalizados. Así, ya no son solo las grandes empresas pornográficas las que funcionan como productoras, mediadoras y distribuidoras de ese contenido. Esto es un factor clave para comprender el éxito de la plataforma: la posibilidad de entablar un diálogo directo y personalizado le agrega un valor único. Esta idea, sumada a la posibilidad de tener demanda en cualquier momento del día, irrumpe en el resto de la vida de las generadoras de contenido erótico. La flexibilidad laboral se convierte en una exigencia, y la autonomía, la elección y la gestión del tiempo personal son valores centrales en esta lógica4. Sin embargo, esta aparente libertad también implica una fuerte carga de voluntarismo, en cuyo marco la responsabilidad de los ingresos y el éxito laboral recae en cada una de ellas.

En este sentido, Manuel Alfieri muestra que plataformas de reparto como Glovo presentan esta dinámica como una forma de «disponer de la propia libertad», es decir, transformar el tiempo libre en una oportunidad de generar ingresos5. Siguiendo esta idea, Flor considera que cuanto más tiempo se le dedica a la plataforma, más plata se gana. Las que tienen un trabajo en relación de dependencia aprovechan los tiempos libres, el home office o los recreos del trabajo para destinar más tiempo a OnlyFans.

En Argentina, este modelo se entrelaza con un factor clave: el dólar como objeto de deseo. En un contexto de crisis económica, la moneda estadounidense representa estabilidad en contraste con la volatilidad del peso6. A diferencia de otras plataformas donde las ganancias se perciben en moneda local, OnlyFans permite cobrar en dólares, un aspecto que todas las entrevistadas destacan como una motivación central. El deseo de «ganar en dólares» y el uso del tiempo libre como un recurso valioso que no puede desperdiciarse se presentan entonces como móviles fuertes para meterse en el negocio.

Así, el ocio y la vida cotidiana se entrelazan con la producción de contenido, lo que difumina los límites entre trabajo y descanso. Pero esta autonomía aparente, que permite decidir cuándo y cuánto trabajar, también puede resultar agobiante, según los relatos de las entrevistadas. «Estar» en OnlyFans resulta ambiguo en algunos casos para ellas, ya que es profundamente satisfactorio cuando reciben dinero en momentos en que podrían estar haciendo otra cosa pero, al mismo tiempo, debido a la frontera borrosa entre trabajo y no trabajo, lo describen como algo agotador, demandante y sin descanso –o simplemente, difícil de regular–.

«Si te ven bien, te contratan»

A la luz de lo anterior, cabe preguntarse por la práctica de comercializar erotismo y devenir generadoras de contenido: ¿qué capacidades o conocimientos hay que tener para generar contenido erótico? ¿Ya contaban con ellos? ¿O, en cambio, los construyeron? ¿Cómo fue el desarrollo entre esa identificación y la creación de un perfil? ¿Qué implica «animarse» (un verbo que aparece de modo recurrente en las entrevistas)?

Para buscar respuestas a estas preguntas, consideremos el ejemplo que nos brinda Nati. Ella enumera:

Cuando salimos con alguien nos mandamos fotos [alude a fotos eróticas con algún compañero sexual], veo un montón de personas en Instagram que comparten fotos re hot y cuando las veo no me parece grave. Yo antes no subía fotos así, pero de a poco fui probando y me di cuenta de que me salía y que no era tan grave tampoco. Hace diez años sí había más prejuicios si alguien subía fotos mostrando mucho o beboteando7, pero ahora lo hace todo el mundo, ya nos acostumbramos. Y si eso mismo se puede cobrar ¿por qué no hacerlo?

En relación con la circulación y el intercambio de fotos más íntimas, Flor, otra entrevistada, comenta:

Tenía «Mejores amigos» [en Instagram] y subía fotos… en ropa, pero hot, o en bombacha ¿me entendés? Y digo: «Che, yo a estos pibes les estoy mostrando gratis y capaz por la misma foto me pagan». Después empecé a subir fotos un poquito más zorra en Instagram, en «Mejores amigos» y después dije: «No, pará, estoy perdiendo el tiempo». Ahí me abrí la cuenta [de OnlyFans].

En estos casos, el común denominador es exponer imágenes en Instagram, en historias o en «Mejores amigos». Esto supone, por un lado, la práctica de tomarse fotos y, por el otro, la elección de publicarlas en internet. El uso de redes sociales favoreció el incremento de la exposición y nos acostumbró a mostrar desde selfies hasta prácticas cotidianas8. Como explica Nati, es algo que hace algunos años no habría hecho, pero pareciera que el paso del tiempo, el uso y la permanencia en redes contribuyen a que esa práctica se vuelva común o, al menos, más extendida, en tanto que no se limita a un puñado de personas.

En todos los casos, el modo de actuar comprende, en una primera instancia, un capital que ya se posee y que se desarrolla de un modo no consciente, mediante la participación en redes sociales y en sus códigos, aprendiendo a sacarse fotos más «zorra» o «hot» a medida que otras también lo hacen. Cuando menciono el concepto de capital, me refiero específicamente a aquel que Catherine Hakim denomina «capital erótico» y que conceptualiza como «una combinación de estética, atractivo visual, físico, social y sexual, para otros miembros de la sociedad»9. Esta definición recibió algunas críticas, entre ellas la de Santiago Morcillo, que problematiza la definición porque considera que ignora el carácter relacional de este capital; en cambio, propone incorporar la noción de campo, que es el locus que le daría valor al capital erótico10.

En este sentido, todas las entrevistadas afirman que, ante la opinión o reacción de terceros al contenido que comparten, reconocen la competencia que poseen. Si bien todas saben cómo generar material adecuado, que otra persona confirme ese valor les implica a las tres un reconocimiento de sí como poseedoras de «algo» que se puede vender fácilmente. Aquello que ya se tiene son los rasgos y cualidades del capital erótico que cada una aprendió a realzar y a desarrollar. En el trabajo que cada una realiza sobre ellos, cuando se ponen a actuar, estos atributos se convierten en un capital. En ocasiones, son otros quienes lo notan y valoran, así como son otros quienes les permiten pensar a las entrevistadas que esas características y habilidades que poseen pueden ser rentables.

Capital erótico, elección y límites

No obstante, la creación de contenido erótico no se limita únicamente al desarrollo de un capital, y tener un perfil en OnlyFans no consiste simplemente en publicar y vender ese contenido. Si bien la plataforma permite subir fotos y videos para que los fans los compren por única vez o a través de una suscripción mensual, esta actividad va mucho más allá. Las propias dinámicas de la plataforma implican interactuar con los clientes, mantener conversaciones y enviar contenido personalizado según lo soliciten. De acuerdo con los relatos de cada una, son múltiples los pedidos que reciben y, en muchos casos, es una fantasía para el cliente saber que el contenido fue hecho específicamente para él. Esto le agrega un atractivo y un valor extra, tanto en el sentido económico como en lo que es apreciado. A su vez, tener vínculo directo con los clientes significa, en muchas oportunidades, ensayar cosas nuevas o adquirir nuevos aprendizajes, elegir prestar ciertos servicios y otros no.

En este sentido, «animarse» a crear y vender contenido erótico implica elegir qué poner en juego de la intimidad, es decir, a qué atreverse. Según Viviana Zelizer, lo íntimo se define por dos componentes: conocimientos específicos (secretos compartidos, información corporal, rituales) y atenciones particulares (expresiones de cariño, servicios corporales, apoyo afectivo)11. Es decir, lo íntimo es aquello que se elige con quién compartir, y la persona puede verse afectada si esa intimidad sale a la luz, lo que quiebra el pacto de confianza. Podría pensarse, efectivamente, que la práctica de las generadoras de contenido comprende aspectos de su intimidad: comparten información corporal propia, ofrecen servicios vinculados a su sexualidad y corporalidad y utilizan con sus clientes un lenguaje específico, en el sexting, videollamadas y videos particulares.

Zelizer sostiene que la vida privada y la actividad económica no se oponen, sino que se complementan. Las mujeres entrevistadas hacen dialogar su intimidad con transacciones económicas y esto las convierte en expertas en su negociación. Por un lado, negocian consigo mismas qué desean y qué se animan a mostrar de sí. Por el otro, negocian con sus clientes qué servicios quieren ofrecer y aceptan dar.

Por ejemplo, dice Luisa: «Una vez que te animaste… no sé, yo no quería poner nada explícito pero de repente es como, bueno, por plata baila el mono ¿no? Quizás una vez que arrancás te das cuenta de que es demasiado y te querés ir y te vas, no pasa nada. O quizás te vas cebando y cada vez te importa menos».

Por su parte, Mai se pregunta quién está «del otro lado»: en la plataforma la intimidad se expone ante un tercero desconocido. Cuando Luisa sostiene que cada vez «te importa menos», da cuenta de un cierto acostumbramiento. De esta manera, negocian consigo mismas cuando aceptan correr, al menos un poco, ese límite inicial. En relación con la idea de cierto acostumbramiento, dice Vani: «También están las videollamadas, probé hacer una y vi que me daba alta ansiedad al principio, pero después pensé ‘Che, hice bastantes dólares en cinco minutos, no está tan mal esto’».

El concepto de autogestión corporal12 da cuenta de la habilidad o competencias que estas mujeres desarrollan –María de las Nieves Puglia lo usa respecto a trabajadoras sexuales– para elegir qué involucrar de sí mismas a la hora de vincularse con los clientes. Esta idea alude a que no todo el cuerpo o la subjetividad están a disposición del trabajo, ellas pueden y saben cómo marcar límites. Esto nos permite pensar en las estrategias que emplean las generadoras de contenido erótico para elegir de qué modo tratar con los fans, qué servicios dar y cuánto desean exponer de sí. Vender contenido erótico no implica entregar lo que sea o aceptar cualquier servicio que se les pida; la agencia de las generadoras de contenido erótico radica en marcar esos límites y elegir qué les gusta y conviene ofrecer y aceptar. Ese, para vincularlo con las ideas de Zelizer, es otro punto en el que negocian. En esa misma clave, Puglia nota que un aspecto de la agencia de las trabajadoras se manifiesta al elegir a los clientes, optar por aquellas partes del cuerpo que se ponen en juego y decidir qué hacen esas partes13. Por ejemplo, Flor dice: «Videollamadas no hago, la cara no te la muestro y la mano en el culo no me la meto, ¿entendés?».

Así, vemos de qué modo se dan las distintas negociaciones y el margen de elección, y por lo tanto de agencia, de las generadoras de contenido para decidir de qué modo estar en la plataforma y tratar con los clientes. Observamos qué aceptan, qué rechazan o cómo, en algunos casos, acceden a brindar un servicio y lo adaptan de manera pragmática para que se ajuste a lo que sí están dispuestas a ofrecer, como en el caso de Caro:

Una vez me pidieron que me pegara con una fusta hasta que me quedara marcado. Yo obvio que no me quería marcar, así que lo que hice fue pintar la fusta con un labial y me golpeaba tranqui, lo actuaba un poco y así iba quedando rojo. Fue re rápido y me pagaron un montón, porque las cosas así, de violencia, se cobran caro.

Yo madama, ellos pajeros: reivindicaciones y revanchas

En el diálogo entre las generadoras de contenido erótico y los clientes se puede observar cómo se sitúan en esa interacción, qué les despierta de sí mismas y dónde quedan ellos ubicados. Para ser más precisa, es en esa interacción donde ellas encuentran una narración para explicar por qué venden contenido erótico que, además, las sitúa en un lugar privilegiado y hasta reivindicativo. Mientras que esto no sucede en la particularidad del trato con cada usuario, sí aparece en la idea «en plural» que tienen de los clientes o consumidores de OnlyFans.

Las entrevistadas utilizan de modo recurrente la expresión «pajeros» para referirse a los compradores de contenido. De esta manera, toman de sus propias trayectorias de cosificación de sus cuerpos un adjetivo que las ayuda a definir a los varones que consumen su contenido; los asocian con actitudes machistas, son «pajeros», en plural, todos aquellos que pagan por mirar o consumir servicios sexuales o eróticos. En esa concepción, la posición reivindicativa se fortalece y convierte en una argumentación a favor de sí mismas.

La idea de «sacar provecho» apela a la representación pública y a una nueva moral que ofrecen los feminismos, así como los discursos de amor propio y empoderamiento que acompañaron este movimiento14. A partir de ellos, muchas mujeres reconocieron en sus propias trayectorias de vida distintas situaciones que van desde la opresión o el acoso hasta la permanente opinión ajena sobre sus cuerpos o las acciones y decisiones que toman. De ahí que vinculen la venta de contenido erótico con la cosificación de sus cuerpos y elijan mercantilizarlo como una reivindicación.

Ellas son dueñas de su cuerpo, erotismo y sexualidad, y, conscientes de eso, eligen con astucia sacar una ventaja de ello. Podríamos pensar que los feminismos ofrecen, entonces, un marco interpretativo que da sentido a sus acciones, o bien, que este mismo marco es el que las ayuda a «animarse» a involucrarse en la venta de contenido erótico en OnlyFans. Conocen la cosificación de sus cuerpos, la viven en carne propia y, por eso mismo, sacan un provecho de ello.

De este modo, se presenta la venta de contenido erótico como una reivindicación en torno de la autonomía y, al mismo tiempo, como una revancha no solo frente a lo que representan los clientes, sino también en oposición a una moral conservadora que cree que la práctica no es válida y es además denigrante para las mujeres. Luisa se posiciona ante lo que cree que opina «la gente» en relación con vender contenido erótico: «Yo creo que la gente cree que te estás desvalorizando… que en realidad un poco es al contrario ¿no? Me estoy valorando tanto que te cobro por existir».

De este modo, continuamos con la pregunta por el aparente crecimiento de la mercantilización de contenido erótico y bajo qué condiciones se da. Zelizer indaga en la multiplicidad de relaciones que encarnan la intimidad y las transacciones económicas y por qué este entrecruzamiento resulta tan inquietante o contradictorio para muchas personas. La autora afirma, y así lo muestran las generadoras de contenido erótico, que ambos aspectos conviven en múltiples relaciones y sostienen la vida. Sin embargo, la negociación de la intimidad implica, también, comprender y administrar esas tensiones.

Como se encargaron de mencionar muchas de las entrevistadas, el trabajo sexual, la venta de servicios eróticos y las prácticas eróticas y sexuales por mero placer despiertan todavía un fuerte rechazo que proviene de una moral conservadora15. La discusión que dan las generadoras de contenido es contra quienes creen que ellas «no se respetan» o que se «desvalorizan». Podemos encontrar estas mismas representaciones en posiciones estigmatizantes que victimizan a las generadoras de contenido erótico apelando a la moral contra este tipo de actividad.

Lo que pasa en OnlyFans queda en OnlyFans

Tomamos, entonces, una pregunta que se hace Zelizer: «bajo qué condiciones, cómo y con qué consecuencias las personas vinculan su vida íntima con sus actividades económicas»16. Este interrogante deviene central porque, a partir de los relatos de las creadoras de contenido erótico, observamos que ellas eligen poner en juego algo de su intimidad, pero que al mismo tiempo deciden cuidarse y toman medidas concretas para hacerlo, sabiendo qué consecuencias indeseadas podrían encontrar si no lo hacen.

Volviendo al principio, el principal motivo por el que las mujeres se dedican a esta práctica es por dinero. Lo hacen a sabiendas de que poseen un capital que puede ser mercantilizable y que, para ello, deben exponerlo, en este caso, en OnlyFans. El gran incremento de generadoras de contenido erótico no puede entenderse sin tener en cuenta que ellas pueden llevar adelante su práctica gracias a las garantías que encuentran para preservar su intimidad. Es, paradójicamente, en internet –el mayor medio de exposición, difusión y viralización de imágenes, noticias, videos– donde también es posible encontrar un anonimato relativo. Al respecto, sostiene Dana: «Yo aprovecho el anonimato que te brinda internet, entonces podés ser quien quieras ser y mantener cierta intimidad dentro de la exposición. Yo, como persona separada de mi personaje de Only, porque no es parte de la vida real». Ante estas dos dicotomías planteadas entre ella-su personaje e intimidad-exposición, le pregunto qué hay de ella y de íntimo en OnlyFans, a lo que responde: «de mí está mi cuerpo y mi sensualidad, creo que va más por ahí».

Para crear y validar los perfiles de OnlyFans, es preciso cumplir múltiples pasos, algo que las entrevistadas describen como «tedioso» pero que «da confianza en la plataforma». Es necesario, por ejemplo, presentar documentación, que puede demorarse en ser validada e, incluso, ser rechazada. Debido a esto, muchas personas quedan a mitad de camino, no concretan la creación de un perfil o hacerlo les lleva varios intentos. La plataforma no permite subir contenido obtenido en espacios públicos, no pueden aparecer animales, no se pueden usar palabras violentas ni pueden aparecer formas de acoso explícito. En caso de subir contenido en el que participan otras personas, se debe acompañar esto con un documento que dé cuenta del consentimiento de esas personas antes de que el contenido sea publicado. Otra medida de seguridad muy importante que ofrece OnlyFans es la de bloquear los países donde no se desea vender contenido; así, por ejemplo, todas las entrevistadas bloquean la venta en Argentina. Algunas eligen no mostrar la cara, y el nombre del perfil suele ser ficticio. Se pueden ver distintas estrategias que cooperan en la preservación de la identidad, y el temor se presenta si las «encuentra un vecino, o un amigo de los padres, o compañeros de trabajo». Las nuevas generadoras de contenido no parecen encontrar impedimentos para compartir contenido erótico y sexual con personas que no conocen y que viven en otros países. Solo en algunos casos, cuando se trata de clientes recurrentes y «fieles», trascienden OnlyFans y confían en llevarlos a otras plataformas. Eso quiere decir que si algún contenido lo requiere y deciden que el cliente lo amerita, pueden también tener un diálogo por aplicaciones como Telegram o Snapchat, que a su vez ofrecen otras medidas de seguridad (como el impedimento de grabar o hacer capturas de pantalla).

Así, encuentran la distancia suficiente para hacer aquello que no harían públicamente, pero sí dentro de los marcos que la plataforma delimita. La posibilidad de ser anónimas a pesar de la exposición que llevan adelante pareciera ser una de las claves para explicar la proliferación de generadoras de contenido erótico pago.

Para concluir

Todas las mujeres entrevistadas se presentan como hábiles lectoras de su contexto. Conocen sus capacidades y encuentran en esta coyuntura una forma de generar dinero y acceder a cosas que de otro modo no obtendrían. Además, lo hacen mercantilizando lo que ya saben hacer, son conscientes del capital erótico que poseen y encuentran los momentos para venderlo, mezclan el ocio con la producción de ganancias y se protegen para evitar que ello les pueda generar un conflicto, sabiendo que es un riesgo. A pesar de las dificultades o el tedio que puede suscitar, la accesibilidad tecnológica también juega un papel fundamental, al permitir que cualquier persona con un teléfono móvil y conexión a internet pueda participar.

Resulta necesario recordar que persiste un dilema moral en torno del trabajo sexual y la exposición del cuerpo. Las entrevistadas identifican los estigmas asociados y administran su visibilidad según los espacios en que se desenvuelven, protegiendo su intimidad para evitar juicios en ámbitos familiares, laborales o de pareja. Esto evidencia que, aunque emergen nuevas narrativas en torno de la intimidad y la sexualidad, estas aún coexisten con moralidades más conservadoras. En este sentido, podríamos hablar de intimidades en plural, como aquellas que se experimentan de distintos modos según el ámbito, el espacio y las personas con quienes se comparte o no esa intimidad.

La idea de esta investigación fue partir desde, y priorizar, la perspectiva de las generadoras de contenido erótico, destacando su agencia. De haber partido de un enfoque estructuralista, habría quedado solo en evidencia la pregnancia del capitalismo neoliberal en todos los ámbitos de la vida, la cosificación y la desigualdad que devienen de la exposición en redes sociales y plataformas. Considero que esta visión podría resultar reduccionista y, efectivamente, esta investigación echa luz sobre la acción y los modos de resolver de las generadoras de contenido. Las mujeres entrevistadas conocen la cosificación de sus cuerpos, la viven en carne propia y, por eso mismo, sacan un provecho de ella. A fin de cuentas, eligen, sin desconocer las dificultades de la coyuntura y su contexto particular, tomar aquello con lo que cuentan y hacer algo, de un modo pragmático, para su propio beneficio.

  • 1. «OnlyFans, une entreprise sulfureuse qui ne connait pas la crise» en France Culture, 10/9/2024, disponible en www.radiofrance.fr/franceculture/podcasts/un-monde-connecte/onlyfans-une-entreprise-sulfureuse-qui-ne-connait-pas-la-crise-4268172.
  • 2. Nick Srnicek: Capitalismo de plataformas, Caja Negra, Buenos Aires, 2018.
  • 3. Patrick Henze: «Porn 2.0 Utopias: Authenticity and Gay Masculinities on Cam4» en Networking Knowledge. Journal of the meccsa Postgraduate Network vol. 6 No 1, 2013.
  • 4. Luc Boltanski y Ève Chiapello: El nuevo espíritu del capitalismo [1999], Akal, Barcelona, 2022.
  • 5. M. Alfieri: «‘Sé tu propio jefe’. Economía de plataformas y neoliberalismo. Los casos de Uber, Rappi y Glovo en Argentina (2016-2018)» en OLAC vol. 4 No 2, 2020.
  • 6. Mariana Luzzi y Ariel Wilkis: El dólar. Historia de una moneda argentina, Crítica, Buenos Aires, 2019.
  • 7. En las redes sociales, se suele llamar «beboteo» a hablar o mostrarse de manera aparentemente inocente o infantil, pero con intención de seducir [n. del e.].
  • 8. Paula Sibilia: La intimidad como espectáculo, FCE, Buenos Aires, 2008; Eva Illouz: Intimidades congeladas, Katz, Buenos Aires, 2007.
  • 9. C. Hakim: Capital erótico. El poder de fascinar a los demás, Debate, Barcelona, 2012, p. 501.
  • 10. S. Morcillo: «‘Como un trabajo’. Tensiones entre sentidos de lo laboral y la sexualidad en mujeres que hacen sexo comercial en Argentina» en Sexualidad, Salud y Sociedad vol. 18, 2014.
  • 11. V. Zelizer: La negociación de la intimidad, FCE, Buenos Aires, 2005, p. 38.
  • 12. María de las Nieves Puglia: «Lejos de la ‘venta de cuerpo’: gestiones corporales y simbólicas en trabajadoras sexuales» en Astrolabio No 16, 2016.
  • 13. Ibíd.
  • 14. Lucía Raffin Templi: «‘Bailando en culo arriba de unos zapatos’. Un estudio sobre mujeres que practican pole dance en una academia de San Martín durante 2019», tesina de grado, UNSAM, 2022.
  • 15. Carolina Justo Von Lurzer: «Putas, el estigma: aproximación a las representaciones y organización de las mujeres que ejercen la prostitución en la Ciudad de Buenos Aires» en Question/Cuestión vol. 1 No 12, 2006.
  • 16. V. Zelizer: ob. cit., p. 35.

 

¿Por qué todavía importa Hannah Arendt?

Por Jake Scott.

Es un teórico político especializado en populismo, constitucionalismo democrático y la formación de identidades populares. Obtuvo su doctorado en la Universidad de Birmingham en diciembre de 2022 y ha trabajado como director de investigación en diversos think tanks y organizaciones de investigación.

 

Hannah Arendt protestó enérgicamente cuando la llamaron filósofa. Prefirió el término «teórica política» porque, como ella misma dijo, el tema de la filosofía era «el hombre», mientras que a ella le preocupaban «los hombres». Fruto del trágico entrelazamiento de fuerzas históricas, una vida interrumpida y los grandes proyectos políticos del siglo XX, la obra extensa de Arendt giró en torno del estudio de cómo los hombres —y las mujeres— vivían realmente y, quizás más importante aún, cómo se veían obligados a vivir.

Como nos recuerda Stonebridge en las primeras páginas de su libro We Are Free to Change the World: Hannah Arendt’s Lessons in Love and Disobedience [Somos libres para cambiar el mundo: las lecciones de amor y desobediencia de Hannah Arendt], la obra más famosa de Arendt —Los orígenes del totalitarismo— llegó a la cima de la lista de bestsellers a finales de 2016, tras la primera victoria de Donald Trump, el Brexit y el aparentemente imparable ascenso de la retórica populista y nacionalista en Europa. Las advertencias lúgubres que Arendt hizo en vida parecían estar siendo ignoradas justo cuando eran más relevantes: el surgimiento de «la turba» como fuerza política, las tácticas de los demagogos y el uso político de mentiras deliberadas para volver la verdad incognoscible.

Pero Arendt, nos muestra Stonebridge, tiene más que enseñarnos que pesimismo y oscuridad. De hecho, Arendt era una pensadora profundamente enamorada de la humanidad, decepcionada y consternada por su perversión, pero esperanzada por el hecho de que «los hombres, no el Hombre», tienen poder sobre sus propias vidas y destinos, si aceptan las circunstancias en las que se encuentran. Por encima de todo, Stonebridge insiste en tomar a Arendt en serio como «filósofa, existencialista y teóloga», recordando cómo originalmente había planeado titular su texto de 1958 La condición humana: el amor al mundo.

Estructuralmente, el libro presenta sus conceptos centrales de manera lógica y seductora, alternando entre capítulos que desglosan el rico pensamiento de Arendt a lo largo de su carrera y de su vida (aunque, como Stonebridge nos recuerda constantemente, para Arendt eran la misma cosa) y capítulos que exploran la relevancia de ese pensamiento para las circunstancias actuales. Por ejemplo, los dos primeros capítulos fundamentales, «Cómo pensar» y «Cómo pensar como un refugiado», toman la sabiduría que Arendt acumuló en la primera mitad de su vida y nos recuerdan que debemos intentar ver cada circunstancia de la manera más holística posible, como las perspectivas de los refugiados judíos en los años 40 que, desde el punto de vista palestino, «también eran una generación de colonos, llegando a establecerse en su tierra».

Stonebridge entrelaza con maestría el pensamiento y la vida de Arendt, y a su vez los vincula con su propia experiencia. El libro combina reflexiones sobre la vida de una de las pensadoras más importantes del siglo XX con los análisis tranquilos y personales de la autora, junto a la galería de personajes que pasaron por la vida de Arendt, desde Martin Heidegger hasta Mary McCarthy o Wystan Hugh Auden.

Stonebridge nos lleva a través de la dolorosa primera mitad de la vida de Arendt, tan condicionada por las circunstancias. Criada en la Alemania de entreguerras, fue arrestada en 1933 por investigar la creciente persecución del pueblo judío, antes de huir de Berlín a París, escapar de la Francia ocupada a través de España y ser trasladada en secreto a Portugal antes de partir finalmente hacia América. Pero Stonebridge se esfuerza por mostrar cómo, en respuesta a esto y a la convicción de que era su deber existencial hacerlo, Arendt toma el control de su propia vida en su segunda mitad. Lo hizo a través de su carrera universitaria, sus extensos viajes, sus inclinaciones como figura social y, sobre todo, su mente perseverante.

Un logro particular del libro es su tratamiento de la feminidad de Arendt, especialmente la historiografía que la rodea, y la propia ambigüedad de Arendt hacia el sujeto femenino y la feminidad política. Arendt nunca fue una pensadora especialmente preocupada por la cuestión de género, pero eso no significa que ignorara su papel: las anécdotas que Stonebridge recoge de la propia Arendt revelan su conciencia de su género a través del trato condescendiente que experimentó, ya fuera los «consejos» paternalistas de Martin Heidegger para conservar su «esencia femenina más íntima» antes de «emprender una carrera académica», o ser descrita como «alumna de Karl Jaspers» mucho después de convertirse una pensadora consolidada por derecho propio.

Para Arendt, la gran amenaza era la revocación de la identidad política y la reducción del hombre a lo que Giorgio Agamben llamó «la nuda vida» —en la superfluidad que caracterizaba a los exiliados políticos entre los que vivió—. La cuestión del género no era tan urgente. Sin embargo, Stonebridge deja muy claro que la historiografía sobre Arendt ha sido, tanto en vida como después, a menudo condescendiente y desdeñosa —siendo «frecuentemente advertida para que ‘se mantuviera en su carril’ o, más agresivamente, para que saliera de cualquier carril en el que se la viera invadir»— producto de ver a Arendt, la pensadora, como creada por fuerzas históricas, y a Arendt, la persona, como creada por su relación con los hombres.

Stonebridge aborda críticamente a Arendt en su faceta más controvertida en el capítulo cinco, «Cómo pensar —y cómo no pensar— sobre la raza», que relata el muy polémico ensayo de 1959 de Arendt Reflexiones sobre Little Rock, escrito en respuesta al famoso caso «Brown contra la Junta de Educación»1.Este ensayo perturba las historias «pulcras» de la obra de Arendt, ya que a menudo se lo critica como regresivo en los movimientos antirracistas.

Pero, como señala Stonebridge, «Arendt tenía claro que el racismo no era solo un accesorio de la catástrofe que azotó Occidente en el siglo XX: era la catástrofe». Muestra que Arendt no intentaba borrar las experiencias afroestadounidenses mediante la segregación, sino que temía que la integración borrara la identidad de los afroestadounidenses y les impidiera vivir auténticamente como ellos mismos. Irónicamente, al intentar ponerse en el lugar de la madre de la icónica Elizabeth Eckford2, «Arendt se vio secretamente a sí misma en Elizabeth Eckford… pero lo cierto es que no vio a Elizabeth Eckford».

En particular, el capítulo cuatro ejemplifica la habilidad de Stonebridge para abarcar la obra de Arendt y encontrar un hilo conductor que une su pensamiento. En Cómo amar considera el trabajo de Arendt desde su tesis doctoral —El concepto de amor en San Agustín— hasta su obra final inconclusa La vida del espíritu, para mostrar cómo las preguntas que la obsesionaron al principio de su vida la acompañaron hasta el final: ¿qué es el amor? y ¿por qué importa? Porque, «tal como ella lo entendía, solo a través de las relaciones con otras personas es posible a veces existir». Así, la relevancia del amor para la política se vuelve clara, porque «el amor es la condición pre-política de nuestra convivencia en el mundo».

En general, We Are Free to Change the World es una introducción magistral a la vida, el pensamiento, la obra y la inextinguible sabiduría de Arendt. Se nutre con destreza de la obra y las cartas privadas de Arendt para ofrecernos una visión completa y matizada de una mujer a menudo oscurecida por su propio pensamiento y por la tendencia de sus biógrafos a verla siempre acompañada por los hombres de su vida.

Nota: la versión original de este artículo, en inglés, se publicó en LSE Review of Books, el 30/4/2025 y está disponible aquí. Traducción: Mariano Schuster.

  1. El caso Brown vs. Junta de Educación (1954) fue un fallo histórico de la Corte Suprema de Estados Unidos que declaró inconstitucional la segregación racial en las escuelas públicas, marcando el fin de la política «separados pero iguales» y dando un impulso clave al movimiento por los derechos civiles. Arendt lo criticó
    no por defender la segregación, sino por preocuparse de que el Estado impusiera integración sin autonomía comunitaria [N. del E.] .
  2. Elizabeth Eckford perteneció al grupo de los nueve estudiantes afroaestadounidenses de Little Rock que en 1957 desafiaron la segregación racial al integrar la escuela secundaria Central High en Arkansas, bajo protección militar. Su imagen, caminando sola entre una multitud hostil, se convirtió en símbolo de la lucha por los derechos civiles [N. del E.].

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Francisco, el primer papa del Sur global

Por Dean Dettlof.

Es un periodista católico y profesor en el Instituto de Estudios Cristianos de Toronto, Ontario, donde recibió su doctorado en Filosofía.

 

El papa Francisco, pontífice de la paz y los pobres, falleció el Lunes de Pascua tras una lucha heroica por su vida desde que sufrió una crisis médica en febrero.

El día anterior, el Domingo de Resurrección, el papa se había reunido con el vicepresidente estadounidense J.D. Vance, un católico converso con quien se había enfrentado en los últimos meses, en especial por los derechos y el trato dado a los inmigrantes por el gobierno de Donald Trump. Elegido el 13 de marzo de 2013, Francisco deja un estilo papal definido por su cercanía a las personas que sufren. En su último mensaje de Pascua, pidió la paz en varios conflictos en todo el mundo y reiteró su constante demanda de un alto el fuego en Gaza. Casi todas las noches, el papa hablaba por teléfono con los feligreses de la única parroquia católica de Gaza, la Sagrada Familia, donde los palestinos se refugian de las bombas israelíes desde 2023. Su última llamada a la parroquia fue el Sábado Santo, día en que los cristianos recuerdan el descenso de Jesucristo a los infiernos.

Ya en 2014, el papa Francisco sugirió que solo le quedaban dos o tres años antes de «partir a la casa del Padre». Sin embargo, las cosas fueron diferentes y Francisco se encontró conduciendo a la Iglesia en varias conferencias internacionales (fallidas) sobre el cambio climático. Además, guio los destinos de la Iglesia mientras atravesaba una pandemia y sobrellevaba la guerra en Ucrania, el auge del populismo de derecha y el genocidio en Gaza. Pontífice de alto impacto mediático global, Francisco ganó reputación por ser un particular crítico de una economía global que «mata», como él mismo lo expresó con crudeza en Evangelii gaudium, una de sus primeras exhortaciones evangélicas.

La pérdida que representa su muerte es palpable en un momento en que el mundo sigue fragmentándose a un ritmo vertiginoso, con Estados Unidos tratando de forma desesperada de revivir sus apetitos imperiales y desmantelando erráticamente su propio gobierno federal, mientras otras potencias compiten por una nueva posición en un orden mundial cambiante. Al tiempo que crecen las especulaciones sobre su posible sucesor, el mundo se pregunta quién emergerá en un momento como este como el líder de la comunidad cristiana más grande del planeta.

Francisco será recordado como un papa pionero. Después de casi 500 años, fue el primer jesuita en convertirse en pontífice. Asociada desde hace mucho tiempo con la educación, la orden de los jesuitas se comprometió con la justicia social en la segunda mitad del siglo XX, el mismo periodo en que Francisco, entonces conocido como Jorge Bergoglio, ascendió al sacerdocio. Con la publicación de Laudato si’ hace diez años, Francisco presentó la primera encíclica papal dedicada centralmente a la crisis climática. Que Bergoglio haya adoptado el nombre de San Francisco de Asís fue un hecho apropiado: se trataba de otro reformador con un gran corazón para los pobres y para los bienes de la creación.

Sin embargo, quizá lo más importante es que, al ser originario de Argentina, fue el primer papa moderno de un país no europeo y el primero de América Latina. Se trasladó a Roma desde una región que a menudo se vio envuelta en conflictos con sus dos predecesores debido a su papel como cuna de la Teología de la Liberación, hacia la que el Vaticano adoptó una actitud disciplinatoria. Y es muy probable que no sea el último papa del Sur global. Durante su mandato, Francisco llevó a cabo una silenciosa transformación geográfica del órgano decisorio más importante de la Iglesia católica: el Colegio Cardenalicio, el grupo de hombres responsables de deliberar y elegir al próximo papa.

Durante su pontificado, Francisco completó el Colegio Cardenalicio, compuesto por 252 hombres (y sí, todos son hombres), y ahora 135 de sus miembros tienen menos de 80 años, lo que les permite votar al próximo papa. El resto puede participar en las deliberaciones, pero no votar. La última promoción de cardenales fue nombrada el 8 de diciembre, y la mayoría de los elegidos por el papa Francisco fueron no europeos. 80% de los que elegirán al próximo pontífice fueron nombrados por él.

La Iglesia católica es famosa por su lentitud a la hora de cambiar, y también lo es por los debates sobre la modificación de sus intrincados mecanismos burocráticos. El cónclave no es una excepción. Los pontífices Juan Pablo II y Benedicto XVI cambiaron la forma de elegir al papa. Actualmente, en un proceso que no fue modificado por Francisco, un candidato necesita dos tercios de los votos para ser elegido, a menos que se produzcan 33 votaciones consecutivas sin alcanzar ese resultado, en cuyo caso la elección pasa a una segunda vuelta entre los dos candidatos más votados. El proceso ha sido criticado por comentaristas como el sacerdote jesuita Thomas Reese por abrir la puerta a una elección polarizada, en lugar de dar lugar a un proceso de discernimiento cuidadoso y colectivo.

Muchos de los cardenales nombrados por el papa Francisco son los primeros de sus países, diócesis y comunidades. Por nombrar solo algunos, el obispo Toribio Ticona Porco, de Bolivia, se convirtió en el primer cardenal de un pueblo indígena de América Latina; el arzobispo Wilton Gregory se convirtió en el primer cardenal afroestadounidense; el arzobispo Anthony Poola se convirtió en el primer cardenal procedente de la casta dalit de la India, y el arzobispo chileno Natalio Shomali Gharib es el primer cardenal de origen palestino.

Aunque la proporción no es perfecta y Europa sigue estando sobrerrepresentada, los cambios demográficos del Colegio Cardenalicio reflejan los de la Iglesia católica en general. En Europa, el número de católicos está disminuyendo, mientras que la fe está creciendo en el resto del mundo. En Canadá, el catolicismo evidencia un ascenso, no por los conversos nacidos en el país, sino por la inmigración procedente del Sur global, que llena los bancos de las iglesias, que de otro modo estarían vacíos. Una mayoría cada vez más abultada de católicos vive fuera del hemisferio occidental, aunque la distribución de los recursos humanos de la Iglesia (es decir, los sacerdotes) sigue estando sesgada hacia el Norte global. Al cambiar la demografía de los responsables de elegir al próximo pontífice, el papa Francisco ha iniciado lo que sin duda será un largo y arduo proceso para que la Iglesia católica se alinee institucionalmente con la realidad geográfica de sus fieles. El papa Francisco fue el primer papa del Sur global; su sucesor será el primero elegido por un cónclave sin mayoría de europeos.

El papa Francisco también ha ascendido a algunos de sus principales simpatizantes y colaboradores, como su compañero jesuita Michael Czerny y, más recientemente, al teólogo y sacerdote dominico Timothy Radcliffe. Sin embargo, sería un error suponer que todos los cardenales que elegirán al próximo papa están alineados y unidos ideológicamente. El enfoque reformista de Francisco se ha caracterizado por su compromiso con el diálogo y la diferencia, lo que ha frustrado tanto a las facciones conservadoras como a las progresistas dentro de la Iglesia. Además de disciplinar a ciertos críticos conservadores –el caso más famoso es la excomunión del desacreditado teórico de la conspiración, el arzobispo Carlo Maria Viganò–, también ha frenado las reformas más profundas de obispos más progresistas, como los de Alemania, que han intentado impulsar cambios relacionados con las mujeres y las uniones entre personas del mismo sexo. Independientemente de si los cardenales de Francisco comparten sus posiciones, las tendencias ideológicas de un cónclave son complejas. Al fin y al cabo, fue un cónclave con cardenales elevados por los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, a menudo considerados representativos de un ala más conservadora de la Iglesia católica, el que eligió a Bergoglio.

A la hora de formar el próximo cónclave papal, que tendrá la tarea de encontrar un líder capaz de seguir gestionando eficazmente estos desacuerdos, Francisco se decantó claramente por un colegio más diverso geográficamente y se esforzó por encontrar cardenales en los márgenes, pero su agenda ha tenido una recepción variada entre los obispos del Sur global.

Tomemos África, por ejemplo. El papa Francisco encontró fuertes aliados en cuestiones económicas, como el destacado prelado cardenal Fridolin Ambongo, de la República Democrática del Congo, quien ha argumentado que la extracción descontrolada de minerales críticos en África está creando «mártires modernos». Sin embargo, también se encontró con una fuerte oposición al plantear la posibilidad de que los sacerdotes bendigan las uniones entre personas del mismo sexo, una medida que ha sido rechazada enérgicamente por los obispos africanos, que han publicado una declaración colectiva en la que afirman sin ambigüedades que «no habrá bendición para las parejas homosexuales en ninguna iglesia de África».

Sin duda, los cardenales con capacidad de elegir al próximo pontífice debatirán las divisiones dentro de la Iglesia y en el mundo en general cuando se reúnan para determinar quién debe ser el próximo obispo de Roma. A pesar de sus numerosos esfuerzos, Francisco le deja a su sucesor una larga lista de desafíos.

Al igual que su homónimo, el papa Francisco emprendió un ambicioso programa de reformas y, como el propio San Francisco, tuvo que aprender las difíciles lecciones de institucionalizar el fervor que impulsó esas reformas. Tras la sorprendente renuncia al papado de Benedicto XVI, Francisco heredó una Iglesia que se enfrentaba a múltiples crisis. En 2013, el escándalo de los abusos sexuales sistémicos seguía pesando mucho sobre la reputación de la Iglesia, y sigue haciéndolo ahora.

Pero también había problemas menos mediáticos que la afectaban. El Banco Vaticano, una institución propensa a los escándalos, siguió siendo motivo de vergüenza, como lo demostró el prolongado juicio del Vaticano contra diez acusados de diversos delitos relacionados con una inversión inmobiliaria en Londres, entre ellos un cardenal de alto rango. Aunque Francisco intentó, con resultados dispares, sacar a la Iglesia de las narrativas polarizadoras del siglo XX, las diferencias ideológicas en la Iglesia se han acentuado, con puntos conflictivos relacionados con el papel de la mujer, la autorización para celebrar misas en latín y otras cuestiones. En el peor de los casos, algunos de los críticos más acérrimos de Francisco, entre los que se encuentran varios obispos católicos, han argumentado que el papa estaba socavando la fe, una acusación que le valió a Joseph Strickland la destitución de su cargo como obispo de Tyler, Texas, en 2023. Pero, contrariamente a las fantasías de la derecha católica, el papa también fue criticado por su enfoque de ofrecer interpretaciones más bien caritativas de las enseñanzas de la Iglesia sobre cuestiones vinculadas al rol de las mujeres, la sexualidad o la identidad de género –lo que la escritora católica Kaya Oakes denomina popesplaining–, en lugar de abrir la posibilidad de cambiarlas.

Francisco también trató de hacer frente a algunos de los legados más difíciles y preocupantes de la Iglesia católica, incluido su papel en el colonialismo. En un discurso pronunciado en 2015 durante una visita a Bolivia, el papa latinoamericano pidió perdón por la complicidad de la Iglesia en la colonización de América, y especialmente por los abusos cometidos contra los pueblos indígenas. En el avión de regreso a casa tras una delicada visita a Canadá, un país conmocionado por la conciencia pública de las brutales condiciones en los internados –la mayoría de los cuales estaban dirigidos por órdenes religiosas católicas–, Francisco utilizó la palabra «genocidio» para describir los intentos de alienar a los pueblos indígenas de sus lenguas, cultura y costumbres. A lo largo de sus numerosos viajes –fue uno de los papas más viajeros de la historia—, habló habitualmente de los efectos persistentes del neocolonialismo y se opuso a la explotación de las personas y de la tierra en el Sur global, reprendiendo al Norte.

Sin embargo, aquí tampoco las reformas resultaron fáciles, y Francisco tuvo que lidiar con un catolicismo reaccionario y recalcitrante, que se expresó plenamente cuando, en medio del desarrollo de una reunión en el Vaticano sobre el catolicismo y la religión amazónica, un católico italiano de extrema derecha robó una estatua indígena y la arrojó al río Tíber en Roma. Conseguir una Iglesia institucional que se parezca más a las personas que la integran no será fácil, dados los siglos de estructuras coloniales creadas y utilizadas por la Iglesia católica para impregnar el mundo y mantener un modelo de poder eurocéntrico. Se necesita algo más que el papado de Francisco para deshacer o desmantelar esas estructuras.

Una de las contribuciones más duraderas de Francisco, diseñada en parte para abordar estos conflictos, está dada por su último gran proyecto: el Sínodo sobre la Sinodalidad. Aunque «sínodo» es normalmente un término burocrático reservado a las reuniones de obispos para debatir cuestiones de doctrina, procedimiento o enfoque, Francisco recuperó su significado original del griego syn (juntos) y hodos (viaje o camino), componiendo una palabra que expresa la tarea de «caminar juntos». El Sínodo sobre la Sinodalidad ha dado prioridad a la inclusión de una multitud de voces ajenas a la jerarquía católica, incluida la participación sin precedentes de laicos y mujeres.

Descrito por su biógrafo, Austen Ivereigh, como «el ejercicio deliberativo más grande de la historia», el proceso de tres años consistió en recabar opiniones y reflexiones sobre el estado de la Iglesia católica en todos los rincones del mundo, un proceso acogido con entusiasmo por algunos y con ferviente oposición por otros, incluso dentro de la jerarquía católica. Tras su conclusión en Roma a finales de 2024, Francisco renunció al privilegio papal habitual de preparar un documento que resumiera los planteos del sínodo e interpretara sus resultados finales, permitiendo en su lugar que el documento colectivo que surgió de los debates se mantuviera por sí mismo como autoridad, una posición francamente radical en favor de una Iglesia más deliberativa. Aun así, el proceso no estuvo exento de críticas, que señalaron que dejar de lado cuestiones excepcionalmente controvertidas como la ordenación de las mujeres y las enseñanzas de la Iglesia sobre las personas LGBTI+ y aplazarlas a una cumbre futura no permitía un debate verdaderamente abierto y honesto.

Hay un dicho popular en la Iglesia católica que dice que cada papa corrige los errores del anterior. Se trata de una intuición tentadora, dada la situación actual de la democracia mundial, en la que la política de extrema derecha está ganando terreno frente a los progresistas, que han perdido popularidad o no han sabido ofrecer perspectivas políticas convincentes.

Pero quien ocupe la silla de San Pedro será elegido por aquellos en quienes Francisco ha depositado su confianza. El cónclave será una prueba del discernimiento de Francisco más que un referéndum sobre su enfoque, y aunque los resultados son difíciles de predecir, dada la gran cantidad de electores, es difícil imaginar un cónclave que dé lugar a una simple venganza de la derecha, por mucho que lo deseen los tradicionalistas o lo teman los escépticos.

Al igual que Francisco, el próximo papa heredará una Iglesia plagada de escándalos, esfuerzos a medio terminar y divisiones. Sin embargo, será elegido por un cónclave que reflejará mejor la población católica de todo el mundo, un resultado que es el núcleo de lo que el papa Francisco –el primer papa del Sur global, comprometido con caminar juntos– buscaba lograr.

Nota: la versión original de este artículo, en inglés, se publicó en The Nation, el 22/4/2025 y está disponible aquí. Traducción: Mariano Schuster.

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La ingobernabilidad del capitalismo 4.0

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Por Alejandro Galliano.

Es docente en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y colaborador habitual de las revistas CrisisLa Vanguardia y Panamá. Publicó Los dueños del futuro. Vida y obra, secretos y mentiras de los empresarios del siglo XXI (con Hernán Vanoli, Planeta, Buenos Aires, 2017) y ¿Por qué el capitalismo puede soñar y nosotros no? Breve manual de las ideas de izquierda para pensar el futuro (Siglo XXI, Buenos Aires, 2020).

 

En tiempos recientes, las sociedades occidentales comparten la sensación de estar atravesando dos procesos simultáneos: por un lado, una aceleración tecnológica y económica; y por otro, una crisis de los valores e instituciones políticas de la democracia liberal, dominantes durante los últimos 40 años. Para muchos analistas, resulta irresistible vincular ambos procesos: o bien las nuevas tecnologías horadan la capacidad de gobierno de las instituciones democrático-liberales, o bien este sistema político, que Occidente consagró en la posguerra e intentó globalizar con relativo éxito, quedó obsoleto ante cambios tecnológicos y económicos que ya no puede contener. Convendría, sin embargo, no deslumbrarse por la novedad de la aceleración. En 1886, decía Werner von Siemens: «Esta ley, claramente reconocible, es la de la aceleración constante del actual desarrollo de nuestra civilización»1. Es más, se podría narrar la historia entera del capitalismo como la de las sucesivas crisis de ingobernabilidad que genera la disrupción técnica y económica, y las nuevas formas de gobernabilidad que esas mismas tecnologías hacen posibles.

En 2001, al calor de la crisis de las puntocom, el colectivo anarquista Tiqqun publicó La hipótesis cibernética. Allí se sostiene:

La relación entre capitalismo y cibernética se ha invertido a lo largo del siglo: mientras que, tras la crisis de 1929, se construyó un sistema de informaciones sobre la actividad económica a fin de servir a la regulación –este fue el objetivo de todas las planificaciones–, la economía, tras la crisis de 1973, hace descansar el proceso de autorregulación social sobre la valorización de la información (…). El problema de la cibernética no es ya el de la previsión del futuro, sino el de la reproducción del presente. Ya no es cuestión de orden estático, sino de dinámica de autoorganización. El individuo ya no está acreditado por ningún poder: su conocimiento del mundo es imperfecto, sus deseos le son desconocidos, es opaco para sí mismo.2

Tiqqun se disolvió poco después del atentado contra las Torres Gemelas. Sus herederos de El Comité Invisible llamaron la atención del Buró Federal de Investigaciones (fbi, por sus siglas en inglés) y más tarde quedaron vinculados a un sabotaje ferroviario en Francia que terminó en arrestos y nueve procesos criminales3. Sus ideas tienen un antecedente, citado explícitamente: el Manual de supervivencia publicado por Giorgio Cesarano en 1974. Allí dice:

El capital quiere convertirse nada más y nada menos que en el gestor cibernético y cuantificador del «Otro», en el caldo de cultivo de las «comunas» autoanalíticas, donde cada uno autogestione su propia reestructuración descentrada (se transforme en una «terminal biológica» de la computadora que lo minimiza estadísticamente…).4

Cercano al operaísmo italiano y heredero tanto del marxismo como del vitalismo irracionalista fascista, Cesarano participó de la reflexión que siguió al reflujo de 1968, y en la crisis del Estado de Bienestar entrevió una nueva forma de gobernanza capitalista.

Medio siglo antes de Cesarano, en los albores del fordismo y en medio de la inquietante paz que se extendió entre las dos guerras mundiales, el periodista y funcionario estadounidense Walter Lippmann observó que el entorno tecnológico e informacional estaba evolucionando a una velocidad mayor que la especie humana y su capacidad para adaptarse: «La sociedad moderna no es visible para nadie ni inteligible de forma continuada como un todo (…). Ya es suficientemente malo hoy (…) estar condenado a vivir bajo un bombardeo de información ecléctica». Propuso usar ese mismo parque infotécnico para «fabricar consenso» mediante la propaganda de un gobierno dirigido por especialistas5. Y un siglo antes que Lippmann, el médico y geólogo escocés Andrew Ure publicó The Philosophy of Manufactures [La filosofia de las manufacturas], donde concebía la fábrica como un autómata, y la mecanización, como una vía de disciplinamiento humano por una fuerza autorregulada:

Por la debilidad de la naturaleza humana, sucede que cuanto más hábil es el trabajador, más obstinado e intratable tiende a volverse y, por supuesto, menos apto como componente de un sistema mecánico. El gran objetivo, por tanto, del fabricante moderno es, mediante la unión del capital y la ciencia, reducir la tarea de sus trabajadores al ejercicio de la vigilancia y la destreza.6

La aparente crisis de gobernabilidad que signa nuestro presente es otro capítulo de la dialéctica entre un flujo tecnoeconómico7 que estremece y eventualmente derriba las instituciones y valores existentes para gobernar a la sociedad, y los nuevos mecanismos de gobierno que ese flujo tecnoeconómico hace eventualmente posibles. Un repaso esquemático por esa dinámica nos permitiría ubicar mejor nuestra época y tratar de vislumbrar las posibles salidas.

Cuatro versiones del software capitalista

A fin de evitar caracterizaciones opacas como «neoliberalismo», «fordismo», «capitalismo manchesteriano» y un largo etcétera, voy a optar por periodizar cada fase y transformación del capitalismo como versiones de un mismo software. La metáfora se inspira en el ya olvidado concepto de «industria 4.0» que propuso Wolfgang Wahlster, director del Centro de Investigaciones de Inteligencia Artificial de Alemania, durante la Feria de Hannover de 2011. Y se fundamenta en que cualquier sistema económico es un conjunto de procedimientos para circular materia, energía e información (lo que comúnmente llamamos «riqueza»), esto es, un software, que debe instalarse en un hardware: un entorno más estable de instituciones, recursos, territorios, etc. De esa manera, el capitalismo es un software que debe desarrollar diferentes versiones para afrontar las sucesivas crisis que genera su propia disrupción. El capitalismo 1.0 corresponde al periodo de la llamada «Revolución Industrial», que se extendió durante la primera mitad del siglo xix, cuando los flujos mercantiles que se venían desarrollando desde el siglo xvii se consolidaron alrededor de un paradigma tecnológico (la máquina de vapor y, por extensión, la termodinámica) y un modelo de negocios (la empresa capitalista conducida por su propietario). La crisis de gobernabilidad del capitalismo 1.0 se vuelve evidente si reparamos en que nació en un entorno conflictivo (las guerras y revoluciones que se sucedieron desde 1756 hasta 1815) y los rasgos de su desarrollo acelerado (la mecanización de la producción, la globalización del comercio y la proletarización del trabajo) alteraron la estructura inveterada de las sociedades que iba incorporando en sus redes. Este es el problema que atacaron tanto Andrew Ure como Charles Babbage, Henri de Saint-Simon, Karl Marx y John Stuart Mill, entre otros, todos interesados en gobernar de una u otra manera a la nueva sociedad emergente con sus propias herramientas, pero gobernarla al fin.

Para mediados de siglo, un conjunto básico de instituciones (el patrón oro, la hegemonía británica y las sucesivas «leyes de pobres») ordenaron la aceleración del capital 1.0. Pero a mediano plazo, esa misma aceleración llevó a una saturación de la oferta, que desembocó en la gran depresión de fines del siglo xix. De esas crisis, y de los diferentes experimentos políticos y empresariales pensados para superarla, emergió el capitalismo 2.0, caracterizado por un nuevo y más complejo paradigma tecnológico (la electricidad, la motorización y la producción en serie) y un tejido institucional más robusto (Estados intervencionistas, grandes sociedades empresariales oligopólicas). Bajo el capitalismo 2.0, las empresas se trasnacionalizaron, y el consumo y el trabajo se masificaron. La nueva escala del capitalismo 2.0 dejó obsoleta la hegemonía británica para garantizar un orden global y produjo tensiones entre las naciones y en el seno de las sociedades que desembocaron en la gran crisis de 1914-1945 (guerras, revoluciones, cracks financieros). Esa crisis de gobernabilidad se resolvió recién durante la Segunda Guerra Mundial con la consolidación de Estados Unidos dentro de un sistema aparentemente bipolar (desde la década de 1960, la Unión Soviética estuvo económica y tecnológicamente a la zaga, y militarmente a la defensiva). Las preocupaciones de Lippmann y de John Maynard Keynes sobre la viabilidad de un sistema de semejante escala encontraron eco en el complejo tejido de instituciones públicas nacionales e internacionales montado en Bretton Woods a los fines de garantizar la gobernanza nacional y global del capitalismo 2.0. Pero semejante peso institucional no pudo evitar que el orden fuera cediendo en los bordes: desde fines de la década de 1960, la periferia del mundo comenzó a resistir la hegemonía estadounidense, la disciplina laboral comenzó a resentirse en las grandes plantas industriales y los nuevos actores de la sociedad de masas (estudiantes, trabajadoras, jubilados) reclamaron mayores beneficios. El peso fiscal de las instituciones que intentaban atender esos conflictos mediante la intervención militar (warfare state) o la compensación económica (welfare state) se hizo intolerable para el capital, que aprovechó sus redes transnacionales para evadirse de cualquier regulación estatal. Fue una crisis de gobernabilidad de la periferia, el trabajo y el capital.

La salida que encontró el capital para esa crisis dio lugar al capitalismo 3.0, basado en un nuevo modelo de negocios: la empresa conectada a flujos financieros globales y adaptada a ciclos de negocios cortos mediante la tercerización, el offshoring y la mercantilización creciente de áreas enteras de la sensibilidad humana, desde el ocio con el turismo hasta la imaginación con la publicidad. De alguna manera, se consagró la «cibernética» que Cesarano denunció en los años 70 y que Tiqqun vio crecer a fines del siglo xx. Alrededor de este modelo de negocios se desarrollaron nuevas tecnologías (la microelectrónica, la informática, los organismos genéticamente modificados), nuevas instituciones internacionales o viejas instituciones adaptadas al nuevo sistema financiero global (la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional, el Sistema de la Reserva Federal, la Bolsa de Valores de Nueva York). Los sistemas fiscales nacionales también se reconvirtieron: dejaron de distribuir la riqueza hacia abajo para estimular la demanda agregada y comenzaron a hacerlo hacia arriba, recortando gastos sociales para poder reducir impuestos al capital y estimular la inversión. También se mantuvo la vieja hegemonía estadounidense, golpeada por la crisis de los años 70 pero revitalizada por el colapso del bloque comunista a fines de los años 80. Se trataba de un sistema sumamente frágil e inestable que para principios del siglo xxi se sostenía en redes financieras tan aceleradas como volubles y un endeudamiento sistemático de los Estados, los individuos y las empresas.

La crisis de 2008 vino a dar por tierra con el capitalismo 3.0. El capitalismo 4.0 es el que está naciendo de aquella crisis que ya va por su segunda década. Sería fácil citar la supuesta aseveración del líder chino Zhou Enlai con aquello de que «es demasiado pronto para opinar» (en referencia a la Revolución Francesa), pero la crisis de gobernabilidad global es demasiado evidente como para suspender los juicios hasta que el búho de Minerva despliegue sus alas. Cualquier análisis histórico de un presente que se precipita hacia el futuro corre el riesgo de quedar obsoleto, pero aun así vale la pena intentarlo.

El paradigma tecnológico de nuestra época parece acomodarse alrededor de la llamada «inteligencia artificial» (ia), en rigor, el aprendizaje automático de redes enfocado a funciones específicas. La ia viene a expandir un sistema ciberfísico ya en curso, de creciente integración de objetos y personas con la web mediante plataformas. La difusión y adopción, muchas veces experimental, de la ia en diferentes modelos de negocios altera tanto las formas de las empresas (que pueden prescindir crecientemente de activos gracias a la digitalización y a un sistema de fondeo en los flujos financieros globales), como de producción, de consumo y, finalmente, de subjetividad. Estas microeconomías y modelos de negocios son posibles por una infraestructura física de escala casi planetaria compuesta por cables submarinos, centros de datos, satélites, antenas, servidores, etc., y una disputa abierta en torno de la hegemonía que va a gobernar a este capital global. Esas son las bases de la actual crisis de gobernabilidad.

De la precarización a la posnormalidad

Para caracterizar someramente la ingobernabilidad del capitalismo 4.0, voy a delimitar dos tendencias que considero nodales, aunque de ninguna manera agotan los rasgos del sistema: la precarización global y la deriva de la web. Son dos denominaciones arbitrarias, empecemos por la primera. Precarización es un concepto normativo porque supone el deterioro de una condición normal (sea el trabajo formal, el mejoramiento de las condiciones materiales, la previsibilidad de ciertos procesos en las vidas de las personas, etc.). Denunciar una «precarización» muy extendida en el tiempo o dentro de la sociedad implica asumir que esa «condición normal» está dejando de serlo.

En la actualidad, el deterioro de la «normalidad» es impulsado por dos factores estructurales y globales. El primer factor es la crisis climática, un fenómeno difícil de fechar y que dista de ser nuevo, pero cuyos efectos (inundaciones, sequías, variaciones térmicas atípicas, reducción de la biodiversidad) ya forma parte de los cálculos y considerandos de gobiernos y empresas. También hay una extendida conciencia de que no se trata de fenómenos naturales, sino de la irrupción de fuerzas planetarias en las que se entrelazan procesos naturales con factores artificiales o humanos: emisiones de dióxido de carbono, epidemias sintetizadas por el tráfico global, humedales sepultados que inundan ciudades. Es evidente que estos procesos precarizan la existencia humana al resquebrajar el soporte material de nuestra civilización y de nuestras vidas individuales: una nueva inundación o incendio forestal desplaza poblaciones enteras, una nueva variación de virus puede devenir en una epidemia, etc. El segundo factor es la digitalidad como paradigma tecnoeconómico, del cual el aprendizaje automático por redes es solo una parte. La difusión y aplicación de estas tecnologías a diferentes modelos de negocios y su impacto en la economía ya fueron muy estudiados8: la empresa se jibariza en startup, los ciclos de negocios se acortan, las intermediaciones (logística, comercialización) se saltean, se destruyen más empleos de los que se generan y se desalariza a los nuevos trabajadores. Es la famosa «disrupción» que, más allá de sus ecos schumpeterianos y su sesgo ideológico, describe una dinámica de inestabilidad y precarización.

Ya en la década de 1990, los epistemólogos Silvio Funtowicz y Jerome Ravetz hablaron de la «era posnormal» o «posnormalidad» para designar una escala de problemas que escapan a los parámetros de la ciencia normal y el enfoque de los especialistas9. En la medida en que la precarización se universaliza montada sobre dos fenómenos estructurales, globales y de tendencia creciente como la crisis climática y la disrupción tecnológica, el problema epistemológico que Funtowicz y Ravetz diagnosticaron hace más de 30 años se transforma en un problema global: la voz de los expertos se deteriora, la incertidumbre deja paso a la lisa y llana ignorancia, los datos se vuelven blandos y los valores sociales se vuelven duros. Pudimos verlo en 2020 en los debates sobre aislamiento social y vacunación obligatoria, lo habíamos visto con anterioridad en los debates sobre la crisis climática, y al parecer lo veremos de manera cada vez más frecuente en cada tema supuestamente consensuado durante los años de hegemonía democrática liberal. Para Ravetz y Funtowicz esta ingobernabilidad responde a la contradicción principal de la modernidad: queremos vivir mejor y tenemos los medios técnicos para hacerlo, pero desconocemos el impacto material de esos medios. Eso nos lleva al segundo factor de ingobernabilidad.

Una rápida y canónica historia de la internet comienza en 1969, cuando dos universidades de la Costa Oeste norteamericana lograron conectar sus computadoras para comunicarse en el marco del programa arpanet, desarrollado por el Departamento de Defensa al calor de la Guerra Fría. Veinte años más tarde, en un contexto de distensión geopolítica y mayor accesibilidad de las tecnologías, Tim Berners-Lee creó una serie de protocolos y lenguajes que conectaban esa información en una telaraña de hipertextos, la web. Si en 1969 arpanet había descubierto un mundo inmaterial, en 1990 la web trazó las calles y señales de tránsito que nos permitirían pasear por él tranquilos y seguros. Berners-Lee era totalmente consciente del sentido político de su innovación: hacer la internet accesible para todos. A partir de 2001, luego de la crisis de las puntocom, con la consiguiente concentración del sector digital en un puñado de big techs, y en medio del giro securitario posterior al atentado contra las Torres Gemelas, se comenzó a cocinar la web 2.0: redes sociales y plataformas que ya no comparten sus datos con la web y retienen al usuario dentro de ellas mediante una multitud de gadgets y funcionalidades internas. Prima aquí el llamado diseño centrado en el usuario10, la retroalimentación constante de la experiencia de los usuarios con las interfaces digitales. Fue la primera deriva de la web: si Berners-Lee hizo de internet una ciudad, las plataformas son barrios privados que explotan recursos públicos sin contribuir a su desarrollo.

Desde entonces, se acumularon análisis de diferente tono y calidad que hablan del deterioro de la web como espacio de intercambio y su efecto sobre los usuarios como nuevo sujeto social. Desde la «enshittification» («mierdificación» o decadencia de las plataformas) (Cory Doctorow), la «silicolonización del mundo» (Éric Sadin) y el «capitalismo de vigilancia» (Shoshana Zuboff), hasta enfoques más complejos y atractivos como el «tecnofeudalismo» (Cédric Durand), el «tecnoceno» (Flavia Costa) o el «nanofundismo» (Agustín Berti)11A priori, todos esos análisis se enfocan en la capacidad de control social de las nuevas tecnologías. Existe un ecosistema digital envolvente que permite capturar datos de cada uno de nosotros, fundirlos en un mazacote estadístico y retornarlos a un individuo redefinido como perfil de targeting, que va desde un potencial cliente hasta un posible terrorista. El volumen de información extraída de los usuarios de internet y procesada permite cruzar y escalar los viejos datos biométricos con los nuevos datos conductuales registrados por la digitalidad. El resultado es un sujeto plano y transparente, del que es más importante predecir la conducta que comprender los motivos.

Sin embargo, sería un error considerar al nuevo sujeto como arcilla dócil en las manos del algoritmo. La web 2.0 es un recipiente de sitios y programas formateado por sus usuarios, que fueron diseñando plataformas y aplicaciones, y transformando una red pensada para el intercambio y el sharing de agradables sujetos neoliberales en un espacio de reafirmación identitaria y farmeo de seguidores12. Lo mismo puede decirse de muchas redes sociales, videojuegos, etc. Se fue reemplazando una lógica de comunicación masiva e industrial (pocos medios masivos produciendo información homogénea para muchos usuarios) por la horizontalización de la red: todos los usuarios produciendo información customizada para pequeños grupos. El feedback dentro de ese ecosistema derivó en una conectividad cada vez menos orientada al intercambio y más hacia la reafirmación de un «yo» tribal y emocional, sobrepasado de información polémica que no puede absorber. Tiene que elegir, más allá de cualquier evidencia. Y en el ejercicio de esa libertad no racional rompe cualquier predictibilidad y ordenamiento colectivo. El mismo ecosistema tecnológico que nos hizo transparentes para un algoritmo nos hizo opacos para nosotros mismos.

Varios analistas incorporan ese entorno tecnológico como un factor de la ingobernabilidad actual. Para William Davies, la sobrecarga informativa no solo desautorizó a las voces expertas con un flujo de datos tan precisos como variables, sino que permitió «personalizar» la verdad. En el siglo xxi, la autoridad de los datos dejó de ser un sol que brilla para todos y pasó a ser un conjunto de estrellas fugaces alrededor de cada uno13. Para Martin Gurri, en algún momento del siglo xxi las nuevas tecnologías le dieron voz a un público masivo, que abandonó el rol pasivo al que lo había reducido durante ese siglo el mainstream de instituciones autorizadas y concentradas que Gurri llama el «Centro». Ahora ese público se organiza en sectas de opinión marginales, que el autor llama «Frontera»: «El resultado es una parálisis por desconfianza. Ya está claro que la Frontera puede neutralizar al Centro, pero no reemplazarlo. Las redes pueden protestar y derrocar, pero no gobernar. La inercia burocrática confronta al nihilismo digital. La suma es cero»14.

Los análisis de Davies y Gurri, si bien relativamente recientes, todavía toman como marco la ya vieja web 2.0. Hoy entramos en una tercera deriva de ese entorno digital. La ia no hace más que extremar las tendencias sociales de la web 2.0. Se trata de una tecnología –el aprendizaje automático por redes– que viene desarrollándose desde 1943, pero que conoció un «invierno» de desinversión durante las décadas de 1970 y 1980, cuando cundió la desconfianza en poder replicar el funcionamiento neuronal con electrodos. El desarrollo de la web en los años 90 proveyó a esas redes de un volumen de datos hasta entonces inasequible, y así volvió la primavera de la ia. En 2012, un equipo encabezado por Geoffrey Hinton y asociado a Google presentó una red neuronal artificial capaz de reconocer objetos con 70% más de precisión que otras redes. Nacía el «aprendizaje profundo»: el procesamiento en paralelo por parte de varias redes neuronales y el entrenamiento de los algoritmos mediante retropropagación hacia un objetivo concreto. El diseño centrado en el usuario sigue siendo fundamental: «No vamos a comprender plenamente el potencial y los riesgos sin que los usuarios individuales jueguen realmente con ella», dice Alison Smith, responsable de ia de la consultora Booz Allen Hamilton15. Esta nueva primavera de la ia se alimenta de los datos y contenidos que brotan del seno de la web. Los sesgos y estereotipos, la desinformación deliberada, la violación de los derechos de autor y la agresividad son parte de los nutrientes que asimila.

Si hasta hace 10 años la ciudadela de internet se preocupaba por la piratería, los discursos de odio y las teorías conspirativas que asolaban a suburbios como 4chan o Megaupload, ahora ese material emana de los edificios del centro: Google, Microsoft, Meta, Amazon, Alibaba, Baidu y Tencent. Todos embarcados en una carrera por desarrollar una tecnología que amplifica un solo insumo: nosotros mismos, la sinrazón humana. Si la web se enlazó desde el principio con el sustrato irracional de la humanidad, la ia digiere esa internet para dar lugar a algo humano, demasiado humano. E ingobernable.

«China o el caos»: en busca de una gobernabilidad 4.0

Gurri considera que esta nueva ingobernabilidad puede derivar tanto «en el caos como en China». La dicotomía es pertinente. Por un lado, están aquellas proyecciones que se enfocan en el nuevo paradigma tecnoeconómico como mecanismo de control y ven a China como un laboratorio replicable en Occidente. Un ecosistema digital semicerrado, con aplicaciones nativas (Baidu, Weibo, TikTok), centros de datos propios, empresarios voraces y una ingente cantidad de datos que quedan dentro del mismo ecosistema, gestionado por un Estado con menos trabas legales para intervenir en ese ecosistema y en la vida de sus usuarios16. Si China pudo desarrollar su propio ecosistema digital, otros también lo van a intentar. Más aún cuando hay nuevas playas por conquistar: la ia y la computación cuántica, entre otras. La desglobalización que caracteriza el capitalismo 4.0, con su reshoring y sus disputas por la hegemonía, puede extenderse también a la web. Este modelo de gobernabilidad cerrado y desglobalizado puede permitir que resurja cierto grado de diversidad tecnológica y cultural, luego de medio siglo de homogenización global de las tecnologías y los consumos17. Pero también puede plantear problemas de gobierno mundial, al fragmentar el capitalismo 4.0 en bloques competitivos entre sí, sin una hegemonía clara que los regule.

Por otro lado, está la opción caótica: hacer de la ingobernabilidad una gobernabilidad en sí misma. Uno de los ensayos mejor vendidos al respecto es Los ingenieros del caos, del consultor ítalo-suizo Giuliano da Empoli. Esencialmente descriptivo y considerablemente superficial en su conceptualizaciones, el libro toma a varios «ingenieros del caos» (Gianroberto Casaleggio18, Dominic Cummings19, Steve Bannon20, Milo Yiannopoulos21), asesores políticos o especialistas en marketing que entendieron que en la opinión pública digital y en la nueva política «el juego ya no consiste en unir a las personas en torno de un denominador común, sino, por el contrario, en inflamar las pasiones de tantos grupos como sea posible y luego sumarlos, incluso a los predeterminados. Para obtener una mayoría, no convergerán hacia el centro, sino que se unirán con los extremos». Una vez más, el entorno digital es determinante para esta ingeniería del caos:

estos ingenieros del caos están en camino de reinventar la propaganda adaptada a la era de las selfies y las redes sociales y, como consecuencia, transformar la naturaleza misma del juego democrático. Su acción es la traducción política de Facebook y Google. Es naturalmente populista, porque, al igual que las redes sociales, no admite ningún tipo de intermediación y sitúa a todos en el mismo plano.22

Aquí también convendría no exagerar la novedad: ya en 1942 Franz Neumann consideraba que la estructura y práctica de poder del régimen nacionalsocialista alemán era esencialmente caótica. Si se trata de gobernar mediante el caos, la inflamación de pasiones y la destrucción de intermediaciones, también contamos con un modelo oriental: la Gran Revolución Cultural Proletaria china que Mao Zedong proclamó y condujo entre 1966 y 1976, una exaltada movilización de juventudes y milicias no solo contra los restos de la cultura burguesa (el Partido Comunista Chino estaba en el poder desde 1949), sino contra cualquier forma de autoridad (la familia, la docencia, los expertos e intelectuales) y, en especial, contra los propios dirigentes del Partido, sospechados de querer burocratizar la revolución como lo había hecho el «revisionismo» soviético posterior a Stalin. En el centro de esa espiral de caos se reforzaban el liderazgo y poder personal del propio Mao. Dentro de los modestos límites materiales de la República Popular China, el maoísmo también explotó su entorno tecnológico: el gobierno instaló un sistema de altoparlantes en el techo de cada edificio de departamentos, en las escuelas rurales y las bases militares que transmitía la radio estatal a todo volumen desde las 6 de la mañana23.

Como modelo para Occidente, la ingeniería del caos maoísta no tiene mucho que aportar: se extinguió en su propio apetito de destrucción, hizo colapsar económicamente a la nación y no pudo evitar la efectiva burocratización de la dirigencia comunista.

Para el politólogo Roland Lew, sin embargo, el maoísmo involuntariamente sentó las bases para el posterior desarrollo acelerado del capitalismo en China: destruyó gran parte de las instituciones tradicionales que pudieran obstaculizar el flujo del capital y disciplinó tanto a la sociedad como a la dirigencia comunista en la supervivencia y flexibilidad ante la inestabilidad constante24. Mientras Rusia saltó de un comunismo planificado a un capitalismo caótico, China pudo transicionar desde un comunismo caótico a un capitalismo planificado. Quizás la mayor lección maoísta que pueda extraer Occidente sea que la ingeniería del caos allane el camino a un capitalismo 4.0 ordenado. Y es difícil no pensar que la democracia liberal hoy se perciba como una de esas instituciones y prácticas tradicionales que pueden obstaculizar el flujo del capital.

Nota: este artículo resume las ideas presentadas en La máquina ingobernable. Historia de cuatro capitalismos, El Gato y la Caja, Buenos Aires, 2024.

  • 1. Cit. en Reinhart Koselleck: Aceleración, prognosis y secularización, Pre-Textos, Valencia, 2003, p. 39.
  • 2. Tiqqun: La hipótesis cibernética, varias ediciones, 2015, p. 23.
  • 3. Cyril Castelliti y Pierre Gautheron: «L’ombre du Comité invisible plane sur la jeunesse radicale en Street Press», 9/5/2017.
  • 4. G. Cesarano: Manual de supervivencia, La Cebra / Kaxilda, Donostia-Adrogué, 2023, p. 66.
  • 5. Barbara Stiegler: Hay que adaptarse. Tras un nuevo imperativo político, La Cebra, Adrogué, 2023.
  • 6. A. Ure: The Philosophy of Manufactures: Or, An Exposition of the Scientific, Moral, and Commercial Economy of the Factory System of Great Britain [1835], B. Franklin, Nueva York, 1969.
  • 7. El concepto de «flujo tecnoeconómico» refiere «al modelo de ‘producción indirecta’ de Böhm-Bawerk, en el que el ahorro y la tecnicidad eran integrados en un proceso social único (el desvío de recursos desde el consumo inmediato hacia la mejora del aparato productivo). Como consecuencia de esto, la tecnología y la economía, en tanto componentes fundamentales del capital, presentan un carácter distintivo formal y específico bajo las condiciones históricas de la escalada capitalista. Esta dinámica indisolublemente emparejada es tecnoeconómica». Nick Land: Teleoplexia: ensayos sobre aceleracionismo y horror, Holobionte, Madrid, 2021, p. 27 (traducción modificada).
  • 8. Solo por citar un pequeño número de libros y artículos representativos: Daron Acemoglu y David Autor: «Skills, Tasks and Technologies: Implications for Employment and Earnings», nber Working Paper No 16082, 6/2010; Carl Benedikt Frey y Michael A. Osborne: «The Future of Employment: How Susceptible Are Jobs to Computerisation?» en Technological Forecasting and Social Change vol. 114, 2017; Loukas Karabarbounis y Brent Neiman: «The Global Decline of the Labor Share» en The Quarterly Journal of Economics vol. 129 No 1, 2014; Andrew McAfee y Erik Brynjolfsson: Machine, Platform, Crowd: Harnessing Our Digital Future, W.W. Norton & Co, Nueva York, 2017; Nick Srnicek: Capitalismo de plataformas, Caja Negra, Buenos Aires, 2018.
  • 9. S.O. Funtowicz y J.R. Ravetz: «Science for the Post-Normal Age» en Futures vol. 25 No 7, 1993.
  • 10. Donald A. Norman y Stephen Draper (eds.): User Centered System Design: New Perspectives on Human/Computer Interaction, Lawrence Erlbaum Associates, Hillsdale, 1986.
  • 11. C. Doctorow: «‘Enshittification’ Is Coming for Absolutely Everything» en The Financial Times, 8/2/2024; É. Sadin: La silicolonización del mundo. La irresistible expansión del liberalismo digital, Caja Negra, Buenos Aires, 2018; S. Zuboff: La era del capitalismo de la vigilancia. La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder, Paidós, Barcelona, 2020; C. Durand: Tecnofeudalismo. Crítica de la economía digital, La Cebra / Kaxilda, Adrogué-Donostia, 2021; F. Costa: Tecnoceno. Algoritmos, biohackers y nuevas formas de vida, Penguin Random House, Buenos Aires, 2021; A. Berti: Nanofundios. Crítica de la cultura algorítmica, La Cebra, Adrogué, 2022.
  • 12. El término proviene de la palabra inglesa farm, que significa «cultivar» [n. del e.].
  • 13. W. Davies: Estados nerviosos. Cómo las emociones se han adueñado de la sociedad, Sexto Piso, Madrid, 2019.
  • 14. M. Gurri: La rebelión del público. La crisis de la autoridad en el nuevo milenio, Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2023.
  • 15. Will D. Heaven: «These Six Questions Will Dictate the Future of Generative ai» en MIT Technology Review, 19/12/2023.
  • 16. Ver Simone Pieranni: Espejo rojo. Nuestro futuro se escribe en China, Edhasa, Buenos Aires, 2021 y Kai-Fu Lee: Superpotencias de la inteligencia artificial, Deusto, Barcelona, 2020.
  • 17. Ver Yuk Hui: Fragmentar el futuro. Ensayos sobre tecnodiversidad, Caja Negra, Buenos Aires, 2020.
  • 18. Emprendedor y especialista en comunicación italiano, fue cofundador del Movimiento 5 Estrellas. Falleció en 2016.
  • 19. Estratega político británico, consejero jefe del primer ministro del Reino Unido Boris Johnson (2019-2022).
  • 20. Estratega político, ex-asesor de Donald Trump y publicista de las nuevas derechas radicales.
  • 21. Influencer y polemista británico gay de extrema derecha, hoy en declive.
  • 22. G. Da Empoli: Los ingenieros del caos, Oberon, Madrid, 2020.
  • 23. Ying Zhu: Dos mil millones de ojos. La historia de la Televisión Central de China, Eudeba, Buenos Aires, 2015.
  • 24. R. Lew: «¿Cómo alcanzó China su sorprendente solidez?» en Le Monde diplomatique edición Cono Sur, 10/2004.

Bienvenidos al nuevo orden mundial

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Por Marc Saxer.

Director de la oficina de la Fundación Friedrich Ebert (fes) en la India.

En la Conferencia de Seguridad de Múnich que tuvo lugar entre el 14 y el 16 de febrero, dos visiones del orden diametralmente opuestas entraron en conflicto. Es probable que los historiadores del futuro puedan señalar este momento como el del final definitivo del orden mundial liberal liderado por Estados Unidos y como el punto en el que la erosión de la hegemonía liberal dentro de las democracias occidentales se hizo innegable.

El vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, transmitió dos mensajes clave a los europeos. En primer lugar, afirmó que Estados Unidos está reformando fundamentalmente su sistema de gobernanza y que espera que sus aliados sigan su ejemplo. En segundo lugar, sostuvo que si Europa no emprende esta transformación, los valores compartidos que sustentan la asociación transatlántica desaparecerán, junto con la garantía de seguridad de Estados Unidos.

Las reacciones europeas fueron reveladoras. Muchos analistas no captaron la naturaleza trascendental de la declaración estadounidense, desestimándola como una interferencia escandalosa, proveniente de un funcionario del gobierno de Trump, y por lo tanto «de derecha» y «malvada». Los cínicos podrían argumentar que esto ignora la lógica imperial que considera los asuntos de los vasallos como inherentemente internos. Esta mentalidad fue evidente cuando Trump se refirió al primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, como un «gobernador», como si administrara una provincia estadounidense.

Los observadores más astutos reconocieron que esta no era una discusión entre iguales, sino el ultimátum de un patrón o un jefe: pónganse en fila o enfréntense solos a la agresión rusa. Algunos incluso especularon con la posibilidad de que el verdadero objetivo de Estados Unidos sea el de desmantelar la Unión Europea, allanando el camino para que los oligarcas estadounidenses tuvieran vía libre en una Europa fracturada de miniestados débiles.

Hay poco que añadir a esta lectura geopolítica. Estados Unidos está cuestionando abiertamente la alianza transatlántica, el principal pilar de la seguridad de Europa Occidental durante más de 80 años. Incluso si se renueva —su propia incertidumbre ya está debilitando su poder de disuasión— se espera que los europeos asuman la carga principal de la defensa convencional, y posiblemente incluso nuclear, de su continente. Mientras tanto, Estados Unidos centrará toda su atención en su lucha hegemónica con China.

En el plano global, Estados Unidos ya no está dispuesto a actuar como garante de las instituciones multilaterales y del derecho internacional, que en su día se enmarcaron como el «orden mundial liberal basado en reglas». Esto no solo presagia la parálisis del sistema de las Naciones Unidas, sino que también pone en tela de juicio la apertura de la economía mundial. El hegemón está declarando obsoleto el mismo orden que una vez construyó.

Para los europeos, con sus ejércitos en miniatura deliberadamente entrelazados con la maquinaria militar estadounidense y sus economías de exportación profundamente arraigadas en las cadenas globales de suministro, los cimientos de su seguridad y prosperidad están cambiando drásticamente.

Lo que permanece en gran medida inexplorado es el choque entre dos visiones radicalmente diferentes del orden, tanto a escala global como nacional. Mientras que muchos apenas están empezando a comprender el fin del orden liberal, pocos entienden realmente qué lo reemplazará. No es de extrañar que muchos europeos y estadounidenses progresistas tengan dificultades para interpretar el mensaje del gobierno de Estados Unidos: aún tenemos que aprender el vocabulario de este orden emergente.

En Europa, las tentativas del presidente estadounidense de anexar Groenlandia, Panamá y Canadá fueron en gran medida desestimadas como estrafalarias provocaciones. Sin embargo, subyacía en ellas el posible resurgimiento de la Doctrina Monroe: una retirada estratégica hacia el hemisferio occidental, donde el dominio estadounidense sigue sin ser cuestionado. Si se combina con la voluntad de «vender» Ucrania a Rusia, se percibe un retorno al pensamiento de las esferas de influencia, conocido desde hace mucho tiempo en Europa pero marginado durante el momento unipolar de Estados Unidos. Incluso es concebible que Washington pueda llegar a un entendimiento con sus grandes rivales, China y Rusia, acordando mantenerse al margen de las respectivas esferas de influencia de cada uno. Si es así, el destino de Taiwán estaría tan sellado como el del Cáucaso.

Los europeos hablan de traición, pero vale la pena recordar que una vez estabilizaron su propio orden multipolar a través de esferas de influencia y acuerdos, con éxito en el siglo XIX. Cada vez que una sola potencia buscaba la hegemonía por la fuerza, el resultado eran guerras mundiales catastróficas.

Hoy en día los neoconservadores estadounidenses creen que pueden ganar una guerra contra una China con armas nucleares. Cabe destacar que Trump retiró la protección personal a las figuras más prominentes de ese espacio, lo que en la práctica las marginó políticamente. El gobierno de Estados Unidos parece reconocer ahora que la victoria en un conflicto militar con China es inalcanzable, eliminando cualquier camino de vuelta a un mundo unipolar. El verdadero punto de inflexión, entonces, radica en el cambiante equilibrio global de poder. Los estadounidenses simplemente han aceptado esta realidad más rápido que los europeos.

No hace falta ser adivino para predecir que Europa abandonará pronto su desafiante postura de «ahora más que nunca» sobre Ucrania. Del mismo modo, los esfuerzos por imponer los valores occidentales en el mundo probablemente terminen en el basurero de la historia. Si Europa desea evitar convertirse en un mero peón en la competencia de las grandes potencias, debe impulsar una reforma interna audaz. Solo a través de un contrato social negociado, que distribuya de manera justa los inmensos costos, podrá construir la fuerza militar y política necesaria para una verdadera autoafirmación.

La reestructuración del sistema de gobernanza interna de Estados Unidos es igualmente radical, con Trump utilizando un enfoque agresivo similar al de Musk. En Europa, la opinión común es que busca vengarse del llamado Estado profundo o que incluso pretende transformar a Estados Unidos en un régimen autoritario, tal vez incluso en una monarquía. De hecho, algunos dentro de su administración creen que las democracias liberales occidentales ya no pueden competir con el capitalismo de Estado de China y visualizan una nueva forma de gobierno tecnocrático. La dependencia de Trump de las órdenes ejecutivas refleja esta mentalidad.

Sin embargo, los críticos europeos se apresuran a desestimar el llamamiento del vicepresidente de Estados Unidos a la libertad de expresión y al respeto de la voluntad de los votantes como meramente «de derechas» e «intrusivo». Incluso dentro de Europa, un número creciente de ciudadanos denuncia estas tendencias y se manifiesta cada vez más para exigir un cambio. Y lo que es más importante, esta crítica pasa por alto que los sistemas de gobierno siempre han evolucionado en respuesta a nuevos desafíos y cambios tecnológicos. La Revolución Francesa y las reformas prusianas fueron manifestaciones diferentes de este proceso. Hoy en día, los Estados burocráticos construidos a finales del siglo XIX están luchando denodadamente para gestionar las complejidades de un mundo globalizado, interconectado y en rápida aceleración. Esto es especialmente evidente en su respuesta a los flujos globales —ya sean pandemias, migraciones, datos o crisis financieras— que se propagan por todo el mundo a una velocidad sin precedentes.

La elite tecnológica de Silicon Valley, liderada por Elon Musk, imagina una solución: sustituir las lentas burocracias analógicas, a menudo criticadas por su ineficiencia y corrupción, por una gobernanza impulsada por la inteligencia artificial que sea más eficiente, competente y receptiva. En resumen, en su competencia sistémica con China, Estados Unidos apuesta por una actualización del sistema operativo.

Yanis Varoufakis advierte acertadamente que estos avances no constituyen meros servicios públicos benignos. El hombre más rico del mundo no está recortando la ayuda a millones de niños hambrientos por desinterés. Detrás de esto se esconde la visión de los oligarcas de integrar el tecnofeudalismo en el marco institucional del Estado estadounidense. El objetivo es una tecnocracia hipereficiente, aislada de la supervisión democrática, dedicada únicamente a sostener la infraestructura fiscal y material del capitalismo digital.

Por eso, las constantes advertencias sobre un retorno al fascismo histórico pueden ser inútiles: tales comparaciones pasan por alto que la transformación que se está desarrollando hoy en día está moldeada de manera única por nuestro tiempo. De hecho, esta es la razón por la que otras etiquetas del siglo XX tampoco encajan en este nuevo fenómeno. El desmantelamiento de las viejas burocracias por parte de Elon Musk no constituye tampoco un retorno al neoliberalismo, ya que ese modelo no puede  hacer frente a la competencia capitalismo de Estado chino. Del mismo modo, la retórica de J.D. Vance sobre la libertad de expresión y el respeto a la voluntad de los votantes no refleja una mentalidad verdaderamente «liberal», toda vez que el gobierno de Trump desafía simultáneamente el Estado de derecho y la separación de poderes.

Sin embargo, las luchas de poder dentro de esta nueva formación están lejos de resolverse. La disputa pública entre Steve Bannon, la fuerza intelectual detrás del movimiento MAGA [Make America Great Again], y Elon Musk, el jefe supremo de la tecnología, nos da una idea de las brutales batallas que se libran dentro de la coalición trumpista. Mientras el objetivo sea desmantelar el viejo orden, esta alianza se mantendrá. Pero en una sorprendente entrevista con The New York Times, Bannon lo dejó claro: si los oligarcas tecnológicos intentan institucionalizar el tecnofeudalismo, él les declarará la guerra. Desde la orientación geoestratégica hasta la redistribución interna del imperio estadounidense, casi todo es fundamentalmente controvertido. Todavía es imposible saber qué facciones —y qué modelos ideológicos— prevalecerán en última instancia.

Los europeos precisan aprender urgentemente a descifrar de qué se tratan realmente estas luchas de poder. Interpretarlas a través de la lente de un liberalismo que ha quedado obsoleto sería inútil. En lugar de lamentar la irracionalidad, la corrupción o la indecencia del equipo de Trump, los europeos necesitan reconocer lo que está realmente en juego y utilizar su influencia, que se reduce rápidamente, para proteger sus propios intereses. Una cosa es cierta: ya hemos entrado en la próxima época de la historia mundial. Si no logramos comprender rápidamente su dinámica, corremos el riesgo de ser aplastados por ella. Como advirtió Mijaíl Gorbachov, «el que llega demasiado tarde es castigado por la vida».

Traducción: Mariano Schuster

¿Libertad sin democracia? Distopías neorreaccionarias que recorren el mundo

Por Pablo Stefanoni

Jefe de redacción de Nueva Sociedad. Coautor, con Martín Baña, de Todo lo que necesitás saber sobre la Revolución rusa (Paidós, 2017) y autor de ¿La rebeldía se volvió de derecha? (Siglo Veintiuno, 2021).

 

¿Preferís que en 2024 visite Argentina el papa Francisco o Elon Musk? La «encuesta» propuesta en una cuenta de la red x tras el triunfo del libertario Javier Milei en las elecciones presidenciales argentinas de noviembre de 2023 tuvo un resultado previsible: se trataba de la cuenta de un simpatizante del nuevo presidente, quien se ha referido al papa Francisco como «un representante del Maligno en la Tierra»1. Sus seguidores expresaron de manera casi unánime su preferencia por el magnate de origen sudafricano, quien ha elogiado a Milei por rechazar de plano la idea de «justicia social». El papa, que no regresó nunca a su país desde su nombramiento en 2013, había insinuado la posibilidad de viajar a Argentina en 2024, y también el director de Tesla ha expresado su deseo de visitar Buenos Aires, convertida en una nueva meca de la derecha radical.

Perdida entre los centenares de millones de posteos diarios, esta «encuesta» puede darnos algunas claves de lectura de las derechas contemporáneas, sobre su estética, su lenguaje y su carácter iconoclasta. La derecha está tradicionalmente ligada a las viejas jerarquías, pero esas viejas jerarquías se han visto erosionadas por una crisis de autoridad ampliamente extendida y un creciente cuestionamiento a las elites –no solo políticas, sino también culturales y sociales–, al mismo tiempo que las nuevas derechas han puesto énfasis en su faceta «antisistema».

En La rebelión del público, el analista estadounidense Martin Gurri escribió: «Estamos atrapados entre un viejo mundo cada vez menos capaz de ofrecernos sustento intelectual, espiritual e incluso quizás material, y un nuevo mundo que no ha nacido aún. Dado el carácter de las fuerzas del cambio, pueden pasar décadas en las que estemos estancados con esta postura desgarbada»2. Hitos del viejo régimen, como los diarios y los partidos políticos, prosigue Gurri, «han comenzado a desintegrarse bajo la presión de esta colisión en cámara lenta. Muchos rasgos que valorábamos del viejo mundo también están amenazados: por ejemplo, la democracia liberal y la estabilidad económica. Algunos de ellos terminarán permanentemente distorsionados por la tensión. Otros simplemente desaparecerán». Se trata de una lucha entre «la autoridad para el viejo esquema industrial que ha dominado globalmente por un siglo y medio» y «el público para la estructura incierta que se esfuerza por volverse manifiesta»3.

¿De qué lado ubicar, entonces, a las nuevas extremas derechas que pululan por un Occidente que, como en la década de 1920, vuelve a sentirse amenazado, en «decadencia»? Se trata, posiblemente, de derechas ligadas al «interregno» que atraviesa el sistema global4, aún no cristalizadas. Para el historiador Enzo Traverso, se trata de un conjunto de corrientes que no terminó todavía de estabilizarse ideológicamente. Lo que las caracteriza, escribe, «es un régimen de historicidad específico –el comienzo del siglo xxi– que explica su contenido ideológico fluctuante, inestable, a menudo contradictorio, en el cual se mezclan filosofías políticas antinómicas»5. Se trata, en fin, de derechas que o bien no llegaron al gobierno o bien, habiendo llegado, no pudieron aplicar su programa maximalista; de derechas radicales que vienen alterando el escenario político occidental pero que (aún) no lo han rediseñado, al menos no de manera radical. Entre tanto, la colisión en cámara lenta de la que habla Gurri ha erosionado también la autoridad de clérigos e intelectuales, ha alterado la forma en que se lee y discute –y en que circulan las ideas– y, sin duda, ha modificado la forma en que se significa la realidad política y social. Las imágenes del asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021 por una horda de insurgentes que cuestionaban el resultado electoral estadounidense dieron la vuelta al mundo. La mezcla de tonalidades bizarras, incompetencia estratégica y peligrosidad efectiva puso de relieve las emociones insurreccionales que atraviesan a una parte de las nuevas derechas radicales. El Capitolio no fue un rayo en cielo sereno: en agosto de 2020, una gran manifestación organizada en Berlín contra las restricciones sanitarias en el marco de la pandemia de covid-19 levantó el estandarte de la «libertad» y atrajo a una multitud heterogénea de militantes antivacunas, new age críticos de la medicina dominante y defensores de teorías complotistas. Varios de los carteles denunciaban la «dictadura del coronavirus» y, en efecto, las encuestas muestran que muchos alemanes creen vivir bajo una dictadura. Sobre el final de la jornada, varios centenares de manifestantes intentaron tomar el Bundestag, el Parlamento federal. Emblemas neonazis y del grupo complotista qanon y banderas del antiguo Reich alemán conformaron un cóctel que generó una fuerte ansiedad en la opinión pública alemana. Más tarde, el escenario fue Roma, donde una manifestación contra las restricciones sanitarias derivó en un intento de asalto del palacio Chigi, sede del gobierno, y tras enfrentamientos con la policía, una parte de los exaltados atacó la sede de la Confederación General Italiana del Trabajo (cgil, por sus siglas en italiano). Las tropas del grupo ultra Forza Nova jugaron un papel en estas protestas, pero lo que vuelve sintomática esta movilización «insurreccional» fue su capacidad de fundirse en un amplio humor antiinstitucional y «antisistema».

La emoción de tomar las calles y el regocijo de oponerse al «sistema» parecen ahora muy proclives a inclinarse hacia la derecha, o a ser capturados por corrientes reaccionarias radicales. Los acontecimientos «insurreccionales» que acabamos de mencionar también se caracterizaron por un folclore extraño –todos recordamos la imagen ya inmortal del chamán con cuernos en el Capitolio– y parecen expresar un inconformismo de nuevo tipo, potenciado luego de la crisis de 2008 y, sobre todo, luego del triunfo de Donald Trump en 2016. Más allá de estos episodios más o menos incongruentes, hay algo más profundo y menos espectacular, pero que no debe dejar de preocuparnos: la emergencia de figuras y vectores de un nuevo sentido común, que expresa nuevas formas de transgresión de derecha, que a menudo pretenden rebelarse contra el nuevo totalitarismo de la «corrección política»6.

Es banal constatar que las extremas derechas están a la ofensiva en Occidente; lo que no lo es tanto es la corroboración de que su lenguaje y sus referencias han cambiado, así como los públicos susceptibles de ser interpelados por ellas. Combinando de manera variable nacionalismo y antiestatismo, xenofobia y guiños a la comunidad homosexual (sin dejar de denunciar el «lobby gay»), negacionismo climático y ecofascismo, antisemitismo y apoyo entusiasta a Israel, las «derechas alternativas», cuyos contornos son a menudo porosos7, encarnan un tipo de irreverencia «políticamente incorrecta», capaz de seducir a un sector de la juventud cansado de la «banalidad del bien» progresista y lo que muchos perciben como un sermoneo paternalista e inquisidor. Ya fuera de los márgenes en que se encontraban después de la Segunda Guerra Mundial, las derechas radicales buscan impulsar una revolución cultural antiprogresista (una verdadera contrarrevolución cultural, en palabras de la derecha húngara y polaca), navegando sobre la crisis de la idea de futuro y la inflación de distopías reinante, lejos de los movimientos de «indignados» de comienzos de los años 2000 y más cerca de una impugnación reaccionaria de las elites políticas y culturales. Uno de los ideólogos más enigmáticos de las nuevas derechas ultras, el estadounidense Curtis Yarvin, declaraba que «el régimen liberal-progresista comenzará a tambalearse cuando los chicos cool [cool boys] empiecen a abandonar sus valores y su visión del mundo»8. Hoy, definirse de derecha, sobre todo en las redes sociales, no es simplemente una expresión de conservadurismo rancio –que lo hay– o de conformismo social –que también lo hay–, sino una marca de rebeldía frente a la supuesta «Matrix progresista». Para los jóvenes socializados en la cultura del troleo en línea, fastidiar a los progres ha devenido una posición de desafío a lo establecido. Desde diversas plataformas –4chan, Twitter, Instagram o YouTube–, las derechas radicales ya no se reducen al fanatismo grupuscular de antaño y plantean desafíos que van desde las redes hasta las calles, sin olvidar declinaciones violentas de estos discursos, materializadas en atentados y matanzas en nombre de la «defensa de Occidente» o la lucha contra el «gran reemplazo»9. Pero asistimos también a auténticas rebeliones electorales, que están poniendo en jaque a la democracia liberal tal como la conocemos en Occidente. A las victorias de Donald Trump en 2016, en Estados Unidos, y de Jair Bolsonaro en 2018, en Brasil, se suman las de Giorgia Meloni en Italia y Javier Milei en Argentina y el retorno de Trump en 2024, junto con el ascenso y persistencia de las extremas derechas en gran parte de Europa y América Latina.

¿Cómo interpretar el fenómeno Milei a la luz de este nuevo contexto global (o más precisamente, occidental)? ¿Qué nos dice este inesperado ascenso libertario en el país sudamericano sobre las transformaciones en curso en las derechas y sobre el momento actual?

Las modulaciones de la «libertad»

Más allá de los episodios más o menos incongruentes antes descriptos, hay algo más profundo: el cambio de signo ideológico de la indignación. Si el libro Indignaos, del nonagenario francés Stéphane Hessel (2011), capturó el clima de época de los movimientos de indignados entre la primera y la segunda décadas del siglo xxi10, diez años más tarde esa indignación parece estar mutando. El inconformismo social hacia el statu quo pervive, y en muchos aspectos es aún más profundo, pero ¿qué significa indignarse en los años 2020? Hay varias entradas a esta cuestión –de hecho, parece productivo un abordaje rizomático11 y una de ellas creemos que es la emergencia de un «libertarismo» de nuevo tipo. No se trata solo de corrientes definidas, sino de una presencia más o menos difusa en diferentes derechas radicales, que se potenció durante la pandemia y se ha ido expandiendo luego.

«Libertarismo en tiempos de pandemia: ¿una reacción temporal o el resurgir de una ideología?», se preguntaba un artículo en la revista The Conversation. La autora de este breve texto señala que «históricamente [el libertarismo] ha buscado un nicho particular al margen de los partidos conservadores y socialistas, pero hoy no tiene inconveniente en autodefinirse como de derecha e incluso de derecha radical»12. Y apunta que «no cabe duda de que las coyunturas especiales pueden favorecer el nacimiento o el resurgimiento de determinadas ideologías adaptadas a nuevos contextos. Creemos que esto está ocurriendo en la actualidad con el libertarismo». En efecto, el fenómeno, en el que incidió el triunfo de Trump en 2016, obtuvo un nuevo impulso con las restricciones estatales en el marco de la pandemia de covid-19. Estas redefinieron en alguna medida el uso del término «libertad» en el debate público e hicieron que los gobiernos pagaran altos costos políticos; movilizaciones callejeras de diversa magnitud y naturaleza –a menudo muy heterogéneas– surcaron muchas capitales occidentales. Desde Trump hasta la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, pasando por Jair Bolsonaro, observamos estas modulaciones del significante «libertad», asociado a un proyecto reaccionario. Este fenómeno tuvo como su momento la victoria de Milei en Argentina, con más de 55% de los votos en el balotaje de noviembre de 2023.

Hasta qué punto este resurgir del «libertarismo» –con particular calado entre los más jóvenes– es más un fenómeno pasajero o resulta en algo más permanente en nuestros paisajes políticos parece aún incierto. Lo que no deja dudas es que la recepción del libertarismo de derecha en Argentina –y más allá– es un fenómeno fácilmente detectable, y hasta cierto punto curioso, que por momentos se confunde dentro del magma de las nuevas derechas «alternativas» que han venido modificando la discursividad política y alterando la forma de entender la rebeldía y las críticas al «sistema». Asistimos a una suerte de «populismo de la libertad» que, en el caso argentino, derivó en la sorprendente victoria electoral de Milei, impensable pocos meses atrás en un país sin antecedentes de outsiders en la Presidencia13.

Siempre hay, en estos procesos, elementos contingentes, como la propia aparición de Milei, con su forma particular de carisma, en el escenario público, pero la expansión de su discurso ocurrió en un momento internacional específico: el ascenso a la Presidencia de Donald Trump en eeuu, que de la mano de Steve Bannon, extendió la retórica de la derecha alternativa (Alt Right) a escala global y funcionó como una ecología favorable a un tipo de derecha radical que ponía en cuestión el orden liberal internacional, al tiempo que encarnaba una guerra cultural anti-woke más allá de eeuu14. Milei y sus nuevos seguidores se identificaron rápidamente con el trumpismo.

Hoy no es inusual que las utopías libertarias de derecha –a menudo alimentadas por la ciencia ficción– se mezclen, de manera promiscua, con (retro)utopías que buscan regresar a algún tipo de pasado dorado o avanzar hacia futuros antiigualitarios, y sobre todo, que se combinen con ideas del llamado movimiento neorreaccionario. Aunque, a primera vista, libertarios y reaccionarios no deberían tener un terreno ideológico en común, existen algunas sensibilidades compartidas que habilitan articulaciones que, solo en apariencia, aparecen demasiado extrañas. Tanto los libertarios como los reaccionarios odian la «mentira igualitaria», desprecian lo «políticamente correcto» e imaginan formas posdemocráticas capaces de evitar la «demagogia de los políticos» y las «supersticiones estatistas de las masas»15. Tanto unos como otros pueden formar parte de coaliciones populistas, como la que llevó a Trump al poder, que hablan en nombre del pueblo contra las elites. Y, no menos importante, todos rechazan, por igual, a los «guerreros de la justicia social», una expresión paraguas utilizada en eeuu para descalificar no solo la lucha por la justicia social en sentido estricto sino la defensa del feminismo, los derechos civiles y el multiculturalismo, y que viene siendo reemplazada por el concepto de woke. El rechazo a la idea de que la justicia social16 pueda ser posible –y más aún deseable– tiene un largo recorrido y se aúna con la defensa del laissez faire y el rechazo al Estado (la Escuela Austriaca de economía de Ludwig von Mises y Friedrich Hayek es uno de sus principales sustentos teóricos). Curtis Yarvin, conocido también por su seudónimo Mencius Moldbug, creó el concepto de «La Catedral» para nombrar el complejo intelectual estadounidense, que incluye grandes universidades, la prensa y, obviamente, Hollywood. Un lugar especial en este entramado le correspondería al intelectual y lingüista Noam Chomsky: aunque muchos podrían verlo como antisistema, en verdad, lo que él vende, según Yarvin, es puro conformismo hacia «La Catedral», una «teocracia atea» capaz de dominar las mentes; una suerte de «pastilla azul» destinada a implantar un gusano que no deja ver la realidad tal cual es. Yarvin se presenta como el anti-Chomsky y el proveedor de la «pastilla roja». Estas figuras provienen de la película Matrix, en la que el protagonista, Neo, tiene que elegir entre la esclavitud (la píldora azul) y la iluminación (la píldora roja). Hoy, ironiza Yarvin, separar a la iglesia del Estado debería consistir en separar a Harvard o Stanford del Estado porque ahí es donde se está creando la verdad que luego se impone a la opinión pública a través de los medios, en eeuu y más allá. Las democracias occidentales son sistemas orwellianos como el nazismo o el comunismo, mantienen su legitimidad «formateando la opinión pública», «esculpiendo la información» que se difunde. Y es así como la opinión pública «examina el mundo a través de una lente vertida por el gobierno». Para explicar esta forma de control, Yarvin utiliza el término «pwn», usado originalmente por los hackers cuando tomaban el control de una computadora ajena. Entonces, ¿cómo poder ver la realidad tal como es cuando estamos pwned? Mediante la red pill. Esta «pastilla» operaría sobre la propia química del cerebro para ver cómo funciona La Catedral «desde afuera» de ese complejo. Vistas desde afuera, las democracias occidentales «son ejemplos particularmente elegantes de la ingeniería orwelliana», que «funciona en el contexto de una prensa libre y de elecciones justas y competitivas. No opera ningún gulag. (…) El sistema puede ser orwelliano, pero no tiene Goebbels. Produce Gleichschaltung [sincronización de la sociedad] sin una Gestapo. Tiene una línea de partido sin un partido». Un «buen truco» que hace más difícil tomar conciencia de la forma en que cada quien es dominado (pwned)17.

Los neorreaccionarios –una de las subgalaxias de las derechas radicales–, que hace unos años concitaron muchos artículos de análisis, están vinculados al mundo tecnológico de Silicon Valley, que incluye investigaciones en ciencias cognitivas. Sus referentes cuestionan la democracia y la igualdad. La neorreacción es un movimiento de culto, antimoderno y futurista, de libertarios desilusionados con la democracia que decidieron que una cosa es la libertad y otra la democracia y que ya no se pueden lograr cambios mediante la política. Yarvin es un ingeniero en software de San Francisco, propietario de la startup Tlön, que consiguió financiamiento de Peter Thiel, cofundador de PayPal y uno de los primeros inversores de Facebook, y se ha vuelto popular en el sector más radical del trumpismo. Como apunta un artículo reciente, Yarvin destaca entre los comentaristas de derecha por ser probablemente la persona que más tiempo ha dedicado a idear cómo, exactamente, se podría derrocar y sustituir el gobierno de eeuu –«reiniciarlo», como a él le gusta decir– con un monarca, un director general o un dictador al timón. Yarvin sostiene que un líder creativo y visionario –como Napoleón o Lenin– debería hacerse con el poder absoluto, desmantelar el antiguo régimen y construir algo nuevo en su lugar18.

Utopías neorreaccionarias

Los neorreaccionarios consideran la democracia un producto catastrófico de la modernidad, un régimen «subóptimo» e inestable, orientado hacia el consumo en lugar de hacia la producción y la innovación, y que conduce siempre a una mayor tributación y redistribución (los políticos necesitan ganar elecciones). La democracia es consumismo orgiástico, incontinencia financiera y reality show político. No genera el progreso, lo consume. Por eso termina dando lugar a una sociedad de parásitos. El único remedio es un neoelitismo oligárquico, en el que el papel del gobierno no debería ser representar la voluntad de un pueblo irracional, sino gobernarlo correctamente. Los libertarios clásicos suelen quejarse, también, de que la democracia es demasiado permeable a poblaciones hostiles al laissez faire e impregnadas de una «mentalidad anticapitalista» gregaria. Eventualmente, incluso, de «socialismo». Por eso, si de manera realista resulta difícil creer que el Estado pueda ser eliminado, Yarvin argumenta que al menos puede ser curado de la democracia. Para eso, la clave está en tratar a los Estados como empresas. Los países serían desmantelados y transformados en compañías competidoras administradas por directores generales competentes; algún tipo de variante o combinación de monarquía, aristocracia o del denominado «neocameralismo», en el que el Estado es una sociedad anónima dividida en acciones y dirigida por un ceo que maximiza los beneficios; una suerte de feudalismo corporativo19. Yarvin propone que los países sean pequeños –en realidad, ciudades-Estado, como Hong Kong o Singapur, pero más libres de política y más tecnoautoritarias– y que todos ellos compitan por los ciudadanos/consumidores. «Los habitantes serían como clientes en un supermercado. Si no están contentos, no discuten con el gerente, se van a otro lado», explica Nick Land, un filósofo británico que inspiró a la denominada corriente aceleracionista, abandonó la academia, se mudó a China y se convirtió en neorreaccionario. «Si se consideran las tres célebres opciones de Albert Hirschman frente a una situación política, ExitVoice o Loyalty [salida, voz o lealtad], apostamos al mecanismo del Exit, mientras que la democracia se basa en el derecho de Voice», precisa el autor del ensayo The Dark Enlightenment [La Ilustración oscura], una de las principales referencias de la neorreacción. Land cree que la tecnología nos dirige hacia la singularidad y el futuro posthumano, hacia una suerte de neoespecie, y que no tiene sentido tratar de evitarlo porque de todos modos va a ocurrir. Matthew Goodman apunta que «los neorreaccionarios tienden a imaginar un futuro de mónadas: no un singular imperio ario que se extiende desde Washington hasta Florida, sino un paisaje infinitamente fragmentado de ciudades-Estado basado en el principio ‘todo salida y ninguna voz’. Si no te gusta, te vas a la siguiente ciudad-Estado, al siguiente ceo rey o rey ceo». No hay política, solo reglas. Los que no pueden cumplir con las normas de ningún rey –pobres, improductivos y deficientes mentales– no tienen que ser asesinados en masa, sino que pueden ser encerrados en una cápsula conectada a un mundo virtual, al estilo de Matrix20. En varias cuestiones coinciden con los paleolibertarios, sobre todo en su desprecio por la democracia.

Los neorreaccionarios defienden la libertad personal, pero no la libertad política. Incluso Yarbin señaló en una ocasión que eeuu debía «perder la fobia a los dictadores». La idea que está detrás de sus razonamientos es que mientras la tecnología y el capitalismo han hecho avanzar a la humanidad en los últimos dos siglos, la democracia solo ha hecho daño, por lo que la idea, simple, es separar capitalismo de democracia. Esto no es nada nuevo: de hecho, el «maridaje» entre capitalismo y democracia es reciente y siempre inestable; lo nuevo son, en todo caso, las formas para lograr ese objetivo. Tampoco es nueva la utopía de acabar con la política: incluso el marxismo se entusiasmó con el reemplazo del gobierno sobre los «hombres» por la administración de las cosas bajo el comunismo. Pero en este caso está ausente la idea de emancipación, reemplazada por una búsqueda de eficiencia, y más importante, esta suerte de ultraneoliberalismo reaccionario renuncia a la disolución del Estado, cuyo poder crecería enormemente, al tiempo que muta en supuestamente otra cosa.

En esta visión –escribe crítica e irónicamente Jason Lee Steorts, jefe de redacción de la conservadora National Review–, el «gobierno» tendría un fuerte incentivo económico para que la vida sea placentera, evitando así el exit, y puede hacer lo que debe hacerse sin que se lo impidan los rituales liberal-democráticos. La libertad, en el sentido de la participación política y la soberanía popular, ya no existirá, pero se nos promete que debido a que el reino estará tan bien gobernado y será tan seguro, tan maravilloso en todos los sentidos, todos pondrán pensar, decir o escribir lo que quieran, «porque ‘el Estado –la corporación soberana– no tiene razón de preocuparse. La libertad de pensamiento, de palabra y de expresión ya no es una libertad política. Es solo libertad personal’».

Como la corporación obtiene sus ingresos de los impuestos sobre la propiedad y los súbditos del reino pueden irse cuando quieran, hacer cosas desagradables, como usar el poder para matar o encarcelar, sería malo para los negocios. Además, si el Ejecutivo demuestra ser incompetente, los accionistas podrían reemplazarlo. «Cuanto más feliz pueda hacer Fnargland [el nombre de un utópico Estado neorreaccionario] a sus residentes, más puede cobrarles», dice Moldbug/Yarvin. Un Starbucks a gran escala. Si las clases dominantes (accionistas) se quedan sin ciudadanos/clientes, se funden21.

Como escribe Park MacDougald, «el sentimiento antidemocrático es poco común en Occidente, por lo que las conclusiones de Land parecen chocantes, provocaciones deliberadas, que en parte lo son. Pero aunque sus recetas para la ‘dictadura corporativa’ –tomadas de Moldbug– son obviamente radicales, la crítica a la democracia no lo es». De hecho, continúa MacDougald en su artículo en The Awl, Land condimenta su ensayo con citas de padres fundadores de eeuu, como Thomas Jefferson, John Adams y Alexander Hamilton, para hacer comprender que la Constitución tiene como sustrato un temor similar al pueblo. La neorreacción simplemente lleva esos temores a su siguiente paso lógico: eliminar la necesidad de un consentimiento electoral22. Por eso mismo, aunque sea una constelación de grupos o pensadores marginales, la neorreacción puede funcionar como un sistema de alerta temprana de cómo podrían ser una futura derecha antidemocrática y un capitalismo autoritario. No es casual que los neorreaccionarios busquen sus ejemplos en Asia, donde muchas de estas ideas son, sin duda, menos chocantes que entre el progresismo occidental. La idea es que un gobierno económica y socialmente efectivo se legitima a sí mismo sin necesidad de elecciones. Otra coincidencia con los libertarios de derecha o paleolibertarios.

En palabras de MacDougald, se trataría, más que de un nuevo fascismo, de una tecnocracia capitalista rígidamente formalizada, una especie de funcionalismo puro basado en incentivos, sin movilización de masas ni una reorganización social totalitaria o un culto particular a la violencia23. Simplemente, la soberanía popular será eliminada y, como sustrato, existe en este tipo de posiciones una «extraña clase de conservadurismo cultural desilusionado», aunque «absolutamente despojado de moralismo». A esto, neorreaccionarios como Land le agregan un futurismo oscuro. El mercado genera nuevas realidades incluso antes de que hayamos tenido tiempo de ponernos de acuerdo sobre qué hacer con las antiguas, y esta tendencia se intensifica exponencialmente (o hiperbólicamente) en los niveles más elevados del desarrollo tecnológico. MacDougald agrega de manera aguda que a pesar del racismo y el autoritarismo de los neorreaccionarios, su economía política está más cerca del Singapur de Lee Kuan Yew que del Reich de Adolf Hitler. Land es elitista, más leal al iq que a la etnicidad, y con un marcado desprecio por los «proletarios con dificultades para expresarse» del ala nacionalista blanca. Pero el propio Land señala que son precisamente estos «proles» los que componen la mayor parte de la reactósfera actual. «Hay una forma directa por la cual los estadounidenses pueden terminar la democracia: elegir un presidente que prometa cancelar la Constitución», escribió Moldbug24. Y quizás aquí se pueda establecer algún nexo entre neorreaccionarios y nacionalpopulistas, aunque en el caso de los segundos la apelación a la soberanía popular es fundamental, al menos antes de tomar el poder. En un artículo de 2009, Peter Thiel dijo que «ya no cree que la libertad y la democracia sean compatibles»25. La neorreacción expresa, a su vez, una forma de autoritarismo de derecha entrecruzado con un tipo de transhumanismo oscuro26. Sin duda, se trata de una visión del mundo minoritaria, pero, como escribió Klint Finley, arroja algo de luz sobre la psique de parte de la cultura tecnológica contemporánea27. Por eso vale la pena considerarlo, más que por su fuerza política-intelectual, como un síntoma: más allá de su exotismo, la neorreacción comunica cosas que están ahí. La retórica de Milei –que habla de libertad pero no de democracia– se emparenta con algunas dimensiones del poslibertarismo neorreaccionario. Cuando una periodista lo interrogó explícitamente sobre su apoyo a la democracia, Milei le respondió: «¿Usted conoce la paradoja de Arrow?». Nunca respondió que la apoyaba. Entretanto, Elon Musk, con sus connotaciones tecnofuturistas y posdemocráticas, se fue volviendo una figura de culto para amplios sectores de las derechas radicales, incluidos Milei y Bolsonaro, que lo consideran un «héroe de la libertad de expresión». Convertido en un virulento anti-woke, hoy el patrón de –que se proyecta como una figura central del trumpismo 2.0– sintetiza muchos de los elementos de las nuevas derechas radicales: provocación, anticorrección política, libertarismo económico. Tiene inversiones en astronáutica, neurotecnologías, automóviles eléctricos. Musk es un anarquista de derecha en su expresión químicamente más pura –escribió Asma Mhalla–. Pero Musk es mucho más que el nombre de un magnate de la tecnología. Es también un sistema que forma parte de nuevos tipos de actores híbridos, que son a la vez empresas privadas, actores geopolíticos y a veces espacios públicos y que plantean una serie de desafíos respecto a los límites de lo público y lo privado en un contexto de remilitarización y geopolitización del mundo28.

Comprender el alcance político, ideológico y geoestratégico del proyecto de Musk permite –subraya Mhalla– hacer visibles estas nuevas formas de poder y, a la vez, comprender mejor la fragilidad actual de nuestros modelos institucionales. Y también la fragilidad de la democracia, incluso donde esta parecía asentada.

 

Nota: partes de este texto se publicaron en Giancarlo Summa y Monica Herz (eds.): Multilateralismo na mira. A direita radical no Brasil e na America Latina, Hucitec Editora / Puc, Río de Janeiro-San Pablo, 2024, y en P. Stefanoni: ¿La rebeldía se volvió de derecha?, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2021.

  • 1. «Javier Milei atacó al papa Francisco: ‘Es el representante del maligno’», video en canal de YouTube de W Radio Colombia, 7/9/2023, disponible en www.youtube.com/watch?v=3j4ahcbrtdq.
  • 2. M. Gurri: La rebelión del público, Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2023.
  • 3. Si bien esta afirmación se refiere stricto sensu a los países desarrollados, no es menos cierto que se trata de un modelo al que aspira el resto del mundo.
  • 4. José Antonio Sanahuja: «Interregno. La actualidad de un orden mundial en crisis» en Nueva Sociedad No 302, 11-12/2022, disponible en www.nuso.org.
  • 5. E. Traverso: Las nuevas caras de la derecha, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2018, p. 19.
  • 6. P. Stefanoni y Marc Saint-Upéry: «Prólogo» en P. Stefanoni: La rébellion est-elle passée à droite?, La Découverte, París, 2022.
  • 7. Steven Forti: Extrema derecha 2.0. Qué es y cómo combatirla, Siglo XXI Editores, Madrid, 2021.
  • 8. James Pogue: «Inside the New Right, Where Peter Thiel Is Placing His Biggest Bets» en Vanity Fair, 22/5/2022.
  • 9. P. Stefanoni: ¿La rebeldía se volvió de derecha?, cit.
  • 10. S. Hesse: Indignaos, Destino, Madrid, 2011.
  • 11. La noción de rizoma, tomada de Gilles Deleuze y Félix Guattari, refiere a una estructura sin centro, sin línea de subordinación piramidal o arborescente (sin raíz ni tronco) ni articulaciones predefinidas, y es muy útil para el tipo de fenómenos a los que nos enfrentamos, que trascienden los partidos de extrema derecha.
  • 12. M. Victoria Gómez García (con Javier Álvarez Dorronsoro): «Libertarismo en tiempos de pandemia: ¿una reacción temporal o el resurgir de una ideología?» en The Conversation, 12/5/2021.
  • 13. Pablo Semán y Nicolás Welschinger: «El ‘populismo de la libertad’ como experiencia» en Le Monde diplomatique edición Cono Sur No 276, 6/2022.
  • 14. Las palabras «woke» y «wokeness» proceden originalmente de la jerga política afroestadounidense, en la que eran en cierto modo equivalentes a los términos «consciente/concientización». Su uso polémico y peyorativo contra la izquierda y los movimientos sociales progresistas se extendió como la pólvora en EEUU a partir de 2020 aproximadamente, antes de ser importado por las derechas en otros países.
  • 15. Laura Raim: «La ‘derecha alternativa’ que agita a Estados Unidos» en Nueva Sociedad No 267, 1-2/ 2017, disponible en www.nuso.org.
  • 16. Con el tiempo, el concepto de justicia social incluyó otras facetas igualitarias en el terreno del género, la «raza» y el ambiente.
  • 17. M. Moldbug: «A Gentle Introduction to Unqualified Reservations», 2009, disponible en www.unqualified-reservations.org/2009/01/gentle-introduction-to-unqualified.
  • 18. Andrew Prokop: «Curtis Yarvin Wants American Democracy toppled. He Has Some Prominent Republican Fans» en Vox, 10/2022.
  • 19. Matthew Shen Goodman: «Bears Will Never Steal Your Car: Reacting to the Neoreactionaries» en Leap, 9/6/2015.
  • 20. Ibíd.
  • 21. M. Moldbug: «Good Government as Good Customer Service» en Unqualified Reservations, 25/5/2007.
  • 22. P. MacDougald: «The Darkness Before the Right» en The Awl, 28/9/2015.
  • 23. Ibíd.
  • 24. M. Moldbug: «A Gentle Introduction to Unqualified Reservations», cit.
  • 25. P. Thiel: «The Education of a Libertarian» en Cato Unbound, 13/4/2009.
  • 26. Mark O’Connell: «The Techno-Libertarians Praying for Dystopia» en Intelligencer, 30/4/2017.
  • 27. K. Finley: «Geeks for Monarchy: The Rise of the Neoreactionaries» en TechCrunch, 23/11/2013.
  • 28. A. Mhalla: «Musk 3T. ¿Una economía de la posverdad?» en Nueva Sociedad No 302, 11-12/2022 disponible en www.nuso.org.

El nacionalismo criptoeconómico de Trump 2.0

Por: Antulio Rosales y Ty Tarnowski

Antulio Rosales. Es Profesor asistente de Ciencias Políticas en la Universidad de New Brunswick (Canadá)  / Ty Tarnowski. Es Investigador y máster en Desarrollo, Medioambiente y Cambio Cultural por la Universidad de Oslo.

Los entusiastas de las criptomonedas se encuentran entre los más probables ganadores del segundo mandato de Donald J. Trump. Parte de las explicaciones de la derrota electoral del Partido Demócrata parecen recaer, entre otras cuestiones, en una brecha de género, según la cual la coalición de Trump obtuvo el apoyo de la mayoría de los votantes varones de todas las generaciones y de casi todos los orígenes raciales y étnicos.

Analistas y comentaristas han destacado el éxito de la irrupción de Trump en la «bro-esfera», donde aparecía en podcasts y otros medios no tradicionales con una audiencia predominantemente masculina. Además de librar una «guerra cultural» cada vez más agresiva contra las personas transgénero y otras minorías sexuales, es notable el respaldo a ciertos espacios y discursos masculinos hegemónicos, incluido el de los entusiastas de las criptomonedas, o cripto-bros.

Esto no significa que hubiera una clara dicotomía entre un Partido Demócrata contrario a las criptomonedas y un Partido Republicano ultrafavorable. Por ejemplo, Coinbase lanzó un monitor llamado «Stand With Crypto» («Apoya a las criptomonedas»), que otorga calificaciones a los candidatos a los escaños de la Cámara de Representantes y el Senado en las elecciones. Aquí, los candidatos republicanos no son los únicos en recibir apoyo. A grandes rasgos, ambos partidos, en particular en la recta final de la campaña, intentaron crear un espacio en sus plataformas para la industria de las criptomonedas.

Sin embargo, el Partido Republicano emergió como el favorito para quienes tienen interés en un ecosistema de criptomonedas próspero, empezando por el elegido para la Vicepresidencia por Trump. El senador JD Vance es hace mucho tiempo un entusiasta de las criptomonedas, es poseedor de bitcoins y una figura vinculada con la línea conservadora-libertaria de Silicon Valley. A lo largo de su ascendente carrera política, Vance recibió una enorme financiación del empresario e inversor de riesgo Peter Thiel.

Esta tendencia fue visible en la campaña por el Senado de Ohio, donde la industria de las criptomonedas invirtió 40 millones de dólares (de un total de 245 millones supuestamente gastados por la industria en este ciclo electoral) para quitarle la banca al demócrata Sherrod Brown, quien había respaldado públicamente las investigaciones de Elizabeth Warren sobre corredores de criptomonedas y votó sistemáticamente a favor de regular la industria, en especial tras el tristemente célebre proceso por fraude contra Sam Bankman-Fried/FTX. La campaña en Ohio fue exitosa y el republicano Bernie Moreno, propietario de una empresa de tecnología blockchain, sucederá a Brown.

Pero ¿qué significarán estas conexiones y este apoyo para el mundo de las criptomonedas en un segundo mandato de Trump? Es probable que su gobierno empodere a empresas, entusiastas y mercados de criptomonedas a través de un realineamiento masivo de la política económica estadounidense para servir a ideales nacionalistas criptoeconómicos, intereses relacionados con los combustibles fósiles y una agenda nativista.

Una reserva estratégica de bitcoin en construcción

Los partidarios del bitcoin y los entusiastas de las criptomonedas, supuestamente libertarios y enemigos del Estado, han buscado durante mucho tiempo influir directamente en los aparatos estatales. Los líderes del sector cripto son conocidos por aprovechar vacíos normativos y obtener favores de la regulación gubernamental. En Puerto Rico, los inversores en criptomonedas buscaron activamente una exención regulatoria que aprovecha la condición colonial del archipiélago frente a Estados Unidos.

Estas políticas buscan atraer a capitalistas de riesgo con la promesa de un impuesto cero a las ganancias de capital sobre los criptoactivos y una plaza semejante a un paraíso tropical. Los principales entusiastas de las criptomonedas han logrado forzar un cambio político. Tal es el caso de la ley de El Salvador que convirtió el bitcoin en moneda de curso legal, una medida en buena parte influenciada por Jack Mallers, fundador y CEO de la plataforma de intercambio de criptomonedas Strike.

En Estados Unidos, esta comunidad está proponiendo un conjunto de políticas que podrían transformar la columna vertebral monetaria del país. El objetivo es convertir enormes reservas de oro y otras monedas a bitcoins, para transformar la tendencia criptográfica de hold (no soltar las criptomonedas bajo ningún concepto) en una política gubernamental. Esta propuesta no es completamente nueva. En Argentina, por ejemplo, el uso de la combustión de gas en el gran yacimiento de petróleo y gas de esquisto de Vaca Muerta para minar bitcoins fue presentado como un plan patrocinado por el Estado para destinar las utilidades en bitcoins a las reservas del Banco Central.

En Estados Unidos, Cynthia Lummissenadora republicana por Wyoming, propuso que la Reserva Federal utilice su enorme reserva de oro para emitir certificados para almacenar bitcoins, y alcanzar así, eventualmente, una reserva supuestamente estratégica de un millón en cinco años (casi 100.000 millones de dólares al valor del bitcoin de fines de noviembre).

En una entrevista, Jack Mallers comparó la idea de la reserva estratégica de bitcoin con cambios monumentales en la historia monetaria de Estados Unidos y el mundo como la desvinculación estadounidense del patrón oro en 1971. Esta idea aparentemente visionaria, según Mallers, «sirve a los supremos intereses del público. Es proempleo, proenergía, proindustria, procrecimiento».

Una reserva estratégica de bitcoins por mandato del gobierno federal produciría efectos dominó en el sistema monetario y podría impulsar aún más la valoración del bitcoin, creando un ciclo de retroalimentación del atractivo de este activo. La idea busca elevar el bitcoin a la categoría de recurso estratégico-militar, como lo es actualmente el petróleo. Esto no debería sorprender, toda vez que los promotores del bitcoin ven este activo como «oro digital». El imaginario que relaciona el bitcoin con materias primas claves está presente en su diseño, de ahí la metáfora de la minería como síntesis del protocolo de prueba de trabajo (proof-of-work).

Mejorar y escapar de la regulación

La nueva política económica del gobierno de Trump converge en torno de una a priori extraña combinación de aranceles, desregulación, recortes de impuestos y rediseño de la burocracia gubernamental para aumentar la eficiencia, compensar la pérdida de ingresos y tratar de eliminar lo que la extrema derecha llama el «Estado profundo».

Anuncios recientes del presidente electo señalan una fuerte apuesta en favor de las criptomonedas y una menor regulación en su próximo gobierno. Trump nombró a Howard Lutnick para dirigir el Departamento de Comercio y a Paul Atkins como presidente de la Comisión de Bolsa y Valores, y creó un púlpito para que David Sacks defienda la actividad desde el puesto vagamente definido de «zar de la inteligencia artificial y las criptomonedas». Todos ellos son evangelizadores de las criptomonedas que han abogado por marcos regulatorios laxos y por tratar el bitcoin como «cualquier otra mercancía» que debería comercializarse libremente y no pasar por una supervisión regulatoria más estricta que la de valores como los bonos y las acciones.

Lutnick se desempeñó como copresidente del equipo de transición de Trump. Este CEO de la empresa financiera Cantor Fitzgerald es un entusiasta incondicional de las criptomonedas y propietario de un «montón de bitcoins», mientras que su empresa es un importante garante de la criptomoneda Tether. A raíz de su nombramiento como secretario de Comercio, salió a la luz que su empresa adquirió una participación de 5% en Tether, valorada en alrededor de 600 millones de dólares, y exploró un proyecto de préstamos en bitcoins respaldado por la plataforma. Esto ocurre a pesar de la investigación federal a Tether por haber violado presuntamente sanciones y normas contra el lavado de dinero. Se dice que Lutnick está estrechamente vinculado al propuesto Departamento de Eficiencia Gubernamental, denominado en inglés DOGE, no casualmente como la «meme coin» (moneda meme)1 convertida en criptomoneda.

El propio Trump es «defensor en jefe de las criptomonedas» en un autoproclamado proyecto de finanzas descentralizadas llamado World Liberty Financial. El proyecto vende un token que no es transferible a ninguna plataforma financiera, pero en cambio ofrece una participación en la dirección del proyecto. Aunque Trump y sus hijos no figuran como fundadores, recibirán 75% de los ingresos netos por la venta de tokens durante los próximos cinco años a modo de remuneración por su apoyo.

El proyecto no ha logrado alcanzar su objetivo de venta de tokens, pero aun así ha atraído una inversión sustancial, incluida una compra de 30 millones de dólares por parte del empresario Justin Sun, quien previamente había sido demandado por la Comisión de Bolsa y Valores (SEC, por sus siglas en inglés). Esto indica un aparente conflicto de intereses: un grupo bajo el escrutinio de la SEC está en condiciones de proveer fondos casi directamente a la familia Trump fuera de la maquinaria de donaciones políticas. Las implicaciones de tener funcionarios políticos y reguladores favorables a la industria en los niveles más altos del gobierno estadounidense son significativas para un sector que es propenso al fraude, las estafas, las sanciones y la evasión de impuestos.

Parasitismo energético

Un componente importante de la agenda de Trump es su firme apoyo a la energía tradicional basada en combustibles fósiles. Su candidato a presidir la Secretaría de Energía, Chris Wright, es un conocedor y defensor de la industria de los hidrocarburos, así como un negacionista del cambio climático. En un discurso pronunciado en la Conferencia Bitcoin de 2024 en Nashville, Trump dijo que quería que las criptomonedas «se minaran, acuñaran y fabricaran en Estados Unidos». Ya en 2021, Estados Unidos era responsable de más de 37% de la tasa de hash global de la minería de bitcoins2. Estados Unidos se convirtió en un foco de atracción para las inversiones de minería de criptomonedas después de que China empezara a tomar medidas enérgicas contra la actividad, y muchos se dirigieron a otros lugares, con regulaciones flexibles y energía abundante y barata.

Ciertas investigaciones han demostrado que el protocolo de prueba de trabajo es un mecanismo de derroche de energía. De manera similar, las instalaciones de bitcoin requieren un suministro creciente de energía. Se las puede etiquetar como «centros de datos» de alta gama para promover el progreso tecnológico y las mejoras en la industria, cuando en realidad ofrecen poco en términos de empleos. Los costos se sienten a menudo en las comunidades cuya infraestructura energética es consumida por ruidosos galpones que extraen no solo energía, sino también enormes cantidades de agua que a veces devuelven a alta temperatura a los cursos de agua.

Si bien el suministro de energía está regulado a nivel estadual en Estados Unidos, es probable que un marco regulatorio federal de puertas abiertas promueva la expansión de las disposiciones contractuales a los grandes productores de criptomonedas en varios estados, cualquiera sea la fuente de energía que domine su matriz de generación. Estados como Texas, Georgia y Kentucky son ya las principales jurisdicciones de minería cripto del país. En última instancia, aumentar la capacidad de la minería de criptomonedas puede convertirse en un punto de interés para el gobierno federal si la reserva estratégica de bitcoins se vuelve  realidad, añadiendo demanda a una industria que en 2022 se cree que representaba hasta 2,3% del consumo eléctrico estadounidense.

La idea de la reserva estratégica comenzaría con el gobierno federal manteniendo la custodia de los bitcoins incautados por la Justicia en casos penales. Quienes la impulsan también creen que el gobierno debería intervenir en el negocio de la minería cripto y almacenar directamente las recompensas en bitcoins. Alcanzar los objetivos de la reserva propuesta mediante minería requerirá cada vez más consumo de energía. La recompensa por minar un bloque de bitcoin se reduce a la mitad cada cuatro años como parte de la mecánica deflacionaria de bitcoin.

Una propuesta de este tipo podría beneficiar a los productores de energía con marcos de generación y distribución desregulados, como los operadores del mercado de Texas. La minería de bitcoins ha sido criticada por su ineficiencia energética y su alto consumo, así como por otros efectos perjudiciales para el medio ambiente, en términos de enorme generación de residuos electrónicosconsumo de agua y contaminación acústica. Un cambio diametral en la política del gobierno estadounidense que busque acumular 200.000 bitcoins por año durante un periodo de cinco años podría aumentar drásticamente la criptominería nacional y constituir el retraso más grave hasta la fecha en el movimiento hacia una transición energética alejada de los combustibles fósiles.

Conclusiones

Es probable que el segundo mandato de Donald Trump genere cambios aún más radicales en la política y la cultura política que su anterior gestión. Creemos que el mundo de las criptomonedas y los maximalistas del bitcoin serán los principales beneficiarios de su política «Estados Unidos primero». De hecho, ya están cosechando los frutos: el bitcoin ha superado los 100.000 dólares por primera vez en su historia, apenas unas semanas después de su elección.

Un gobierno Trump 2.0 podría generar una forma de nacionalismo económico caracterizada por el proteccionismo comercial (aranceles), una desregulación masiva de los sectores de las finanzas digitales y la inteligencia artificial y un apoyo inquebrantable a los productores tradicionales de energía a partir de combustibles fósiles que los alimentan.

Nota: la versión original de este artículo, en inglés, se publicó en LSE Blog (London School of Economics and Political Science), 19/12/2024, y puede leerse aquí. Traducción: Carlos Díaz Rocca.

  • 1. Criptoactivos que apuntan a capitalizar el entusiasmo popular en torno de una persona, un movimiento o un fenómeno viral en Internet [N. del E.].
  • 2. La minería de bitcoins refiere a a la generación de nuevos bloques para la red Bitcoin, por analogía con la minería del oro. La construcción de la cadena de bloques permite mantener a una red peer-to-peer basada en la tecnología blockchain para dar seguridad al sistema. La tasa de hash es una medida de la potencia computacional y se utiliza para determinar la dificultad de minería de una red de blockchain, por lo que puede usarse como indicador de seguridad [N. del E.].

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Maduro 3.0: el fin de la legitimidad electoral

Por Yoletty Bracho

Es doctora en Ciencia Política. Se desempeña como profesora asistente de ciencias políticas en la Universidad de Aviñón.

 

Las elecciones presidenciales del 28 de julio en Venezuela no resolvieron el conflicto político que atraviesa el país, sino que han vuelto a agudizarlo. El anuncio de los «resultados» por parte del rector principal del Consejo Nacional Electoral (CNE) en la madrugada del 29 abrió la puerta a una nueva etapa en el proceso de consolidación autoritaria del gobierno de Nicolás Maduro. 

Con la represión abierta, la banalización del fraude y el afianzamiento de la llamada «unión cívico-militar-policial perfecta», el devenir de la Revolución Bolivariana nos recuerda, como lo describen Vincent Geisser y Michel Camau para el caso de Túnez, la necesidad de pensar los autoritarismos como sistemas caracterizados por «la alternancia de fases de apertura y repliegue, de contestación y represión» que les permiten adaptarse a las circunstancias y así mantenerse en el tiempo. En ese sentido, la llegada del 10 de enero, es decir, el día de la toma de posesión del Presidente de la República, inspira mucha tensión pero bajas expectativas respecto de cambios en el panorama político venezolano.

Poca tolerancia a las derrotas

Una de las principales características del proyecto político chavista en sus inicios fue el de proponer una «revolución democrática», es decir, un proceso de cambio radical de la sociedad cuya legitimidad provendría de las urnas. La famosa «maquinaria electoral» del chavismo tenía el rol de movilizar a la población venezolana, y en especial a las clases populares, para expresar a través del voto su inserción y apoyo al proyecto hegemónico de la Revolución Bolivariana y al «socialismo del siglo XXI». Sin embargo, y desde la época de Hugo Chávez, la «revolución democrática» tuvo una baja tolerancia hacia las derrotas. Tal fue el caso de lo que el propio Chávez llamó una «victoria de mierda» opositora, refiriéndose a los resultados del referéndum constitucional de 2007 en el que la campaña del «No» obtuvo la victoria. Sin embargo, es bajo la presidencia de Nicolás Maduro que se instala una práctica recurrente de no reconocimiento de los resultados electorales que comienza con la victoria de la oposición tradicional (hoy reunida no sin tensiones en la Plataforma Unitaria Democrática) en las elecciones para la Asamblea Nacional de 2015. Tras la derrota del chavismo de gobierno, la Asamblea es paulatinamente vaciada de sus atribuciones en favor de los poderes ejecutivo y judicial, mientras la oposición tradicional amenazaba con hacer uso del poder parlamentario para destituir a Maduro y posteriormente nombró a Juan Guaidó como «presidente encargado».

Sin embargo, entre el no reconocimiento y la organización de fraude a gran escala hay una distancia que fue recorrida durante las elecciones presidenciales de 2024. A tan solo días de la toma de posesión de Maduro para un tercer mandato, las autoridades venezolanas no han presentado las actas por mesa de los resultados electorales como forma de refutar las presentadas por los dirigentes opositores para argumentar la victoria de Edmundo González Urrutia. Un detalle en particular llama la atención: la desaparición de la página web del Consejo Nacional Electoral (CNE), que se ha mantenido inaccesible desde el final del mes de julio. No se trata, por cierto, de un hecho menor. Históricamente, la web del poder electoral ha permitido a los venezolanos verificar los resultados de cada comicio por mesa, centro de votación, municipalidad y Estado (como ocurre en cualquier sistema electoral transparente). Más allá de la obligación legal que le incumbe, al no mostrar los resultados desagregados de las elecciones presidenciales, el CNE rompe el acuerdo social y político que alguna vez fue reivindicado como la base del «proyecto revolucionario». 

¿Pero cómo ha logrado el gobierno sostener ese fraude que ni siquiera buscó disimular? Hay aquí al menos dos respuestas. La primera refiere al tristemente común uso de la represión –encarcelamiento, desaparición, muerte en prisión de opositores– que ha podido amedrentar las muy numerosas expresiones de rechazo y descontento dentro de la sociedad venezolana. La segunda, quizás más sorprendente, es la pasividad o aceptación mostrada por viejas y nuevas elites económicas, que han sabido sacar ventaja de sus alianzas con el gobierno. Pero también, por algunos sectores de las clases populares que se reclaman del chavismo y buscan mantener un frágil pero conocido status quo frente al miedo al revanchismo opositor.

La quimera de la internacionalización opositora 

Mientras Maduro y sus aliados gobiernan el territorio venezolano, la oposición retoma su estrategia de internacionalización del conflicto, en un contexto en el que más de 2.400 personas fueron encarceladas en los días posteriores a la elección. (Nótese que dicha cifra reivindicada por las autoridades venezolanas en alocuciones públicas es mayor a las cifras presentadas por las ONG de defensa de derechos humanos). 

Sin embargo, en el proceso de internacionalización ciertas alianzas pueden ser cuestionadas si se toma en cuenta el discurso de defensa de la democracia y de los derechos humanos que la oposición tradicional se adjudica a sí misma. Tras el exilio claramente forzado de González Urrutia en España, tanto él como María Corina Machado fueron premiados por el Parlamento Europeo con el prestigioso Premio Sakharov para la Libertad de Conciencia. Es la segunda vez que la oposición tradicional recibe el premio desde 2017. Dicho reconocimiento es decidido mediante el voto de los presidentes de los grupos políticos que conforman el Parlamento Europeo, en este caso de los representantes de la derecha y de la extrema derecha europea, poco conocidos por sus aspiraciones democráticas y aún menos por su solidaridad con los migrantes como es el caso de los cientos de miles de venezolanos que viven en el territorio de la Unión Europea. 

Es posible ver una dinámica similar a escala continental. González Urrutia inició este 4 de enero una gira donde su primera parada fue la Argentina de Javier Milei. El emotivo encuentro entre el líder opositor y los miles de venezolanos que fueron a saludarlo en la Plaza de Mayo no impide cuestionar su alianza con un Milei que, más allá de sus políticas ultraliberales, encarna una batalla cultural reaccionaria conectada con sectores ultras de Europa y Estados Unidos y ha expresado en varias ocasiones su desprecio por la democracia. En general, la gira americana está marcada por las inclinaciones políticas históricas de la oposición tradicional venezolana y en particular por el auspicio del llamado Grupo Idea, conformado por figuras de la derecha transatlántica entre los cuales figuran José María Aznar y Álvaro Uribe. Estas derechas suelen utilizar la situación en Venezuela, a menudo con sobreactuaciones retóricas contra el «comunismo», más para consumo interno que para buscar una verdadera salida democrática para los venezolanos.

También es cierto que los países latinoamericanos actualmente gobernados por la izquierda, que esta vez han sido más críticos el gobierno venezolano, no han sido capaces de jugar el rol que se pudo esperar de ellos en el periodo postelectoral. Los intentos de intermediación frente al gobierno venezolano, principalmente por parte de los gobiernos de Luiz Inácio Lula Da Silva en Brasil y de Gustavo Petro en Colombia no dieron resultados y, al contrario, provocaron altos niveles de conflictividad entre las cancillerías de estos países, cuya política interna se ve afectada por el conflicto político venezolano –en particular en el caso colombiano–, y Caracas. Finalmente, la gira americana de González Urrutia no podía cerrarse sin pasar por Estados Unidos. Desde los inicios de los años 2000, la oposición tradicional venezolana ha encontrado en el norte del continente a su principal aliado. Allí consiguió apoyos políticos y logísticos que no escondieron diversas formas de intervencionismo al viejo estilo (que además resultó en muchos momentos funcional, en la práctica, al chavismo). 

Hoy en día se abre, sin embargo, una nueva incógnita con el segundo mandato de Donald Trump. Si por una parte la integración de los llamados neocons en su gobierno, como es el caso de Marco Rubio como secretario de Estado, podría llevar al recrudecimiento de la política de sanciones cuyas principales víctimas son los venezolanos de a pie, el método de gobierno transaccional de Donald Trump podría también abrir la puerta a negociaciones con el gobierno de Maduro, que podrían incluir venta de petróleo y recepción de migrantes venezolanos deportados desde el gigante del Norte.

Alta tensión, bajas expectativas 

El Ministerio del Transporte venezolano anunció el cierre de los primeros 16 kilómetros de la autopista Caracas-La Guaira, que une a la capital venezolana con la costa caribeña y en especial con Maiquetía, principal aeropuerto internacional del país, entre el 4 y el 9 de enero. 

Precisamente en dicho aeropuerto ha sido expuesto tanto en afiches en las paredes como en mensajes en las pantallas digitales el anuncio de la recompensa de 100.000 dólares por la captura de Edmundo González Urrutia, quien por su lado dice que llegará a Venezuela para su investidura «por cualquier medio que sea». La Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM), principal brazo represor del gobierno de Maduro está desplegada en la capital haciendo uso de las instalaciones de la base aérea Generalísimo Francisco de Miranda, mejor conocida como La Carlota. El mismo Diosdado Cabello, número dos del régimen y muy cercano a su ala militar, hace alusión en un video publicado en la red social X a los nervios que emergen en los sectores de oposición ante el despliegue de las fuerzas armadas y policiales en la ciudad y aclara que ellos «están para garantizar la paz de todos los venezolanos y las venezolanas», a la vez que concluye que «esto es muy normal». 

Esta «normalidad» recuerda la dinámica represiva que se inició en el mes de julio de 2024. Si en el mes de diciembre se procedió a la liberación de numerosos presos vinculados a las protestas postelectorales, también se ha retomado la práctica de la «puerta giratoria» que implica nuevos encarcelamientos al tiempo que otros presos políticos salen sin obtener libertad plena.

Si el chavismo de gobierno tiene su plan trazado, el de juramentar a Maduro, por parte de la oposición tradicional las cosas parecen menos claras. Los distintos intercambios entre representantes de las diferentes fuerzas opositoras dejan entrever la dificultad para activar espacios de movilización plurales que incluyan a las organizaciones populares y sindicales. La principal fuente de desmovilización es claramente la acción represiva gubernamental. Pero, al mismo tiempo, las expectativas creadas por el prometido retorno de Edmundo González Urrutia al territorio venezolano y por el llamado a la movilización para el 9 de enero compartido por María Corina Machado en sus redes sociales, no parecen tener por corolario la promoción de una movilización amplia construida en concertación con los espacios sociales y políticos que históricamente apoyaron al chavismo y que en las últimas elecciones votaron en su contra. 

Finalmente, en un contexto en el que se ha buscado reducir al mínimo la capacidad organizativa y de expresión política de la disidencia, algunos sectores opositores optan por mirar a largo plazo y por relativizar el 10 de enero. Esta visión responde a la necesidad de mantener una perspectiva coherente frente a lo que hasta ahora parece bastante evidente, es decir, que, hoy por hoy, el único que tiene a la mano la fuerza y las estructuras institucionales para asumir un nuevo mandato presidencial en Venezuela no es quien ganó las elecciones del pasado mes de julio, sino Nicolás Maduro.

Artículo publicado en https://www.nuso.org/articulo/maduro-10-enero/

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Javier Milei y el incierto experimento libertario

Por Roy Hora

Es historiador, doctorado en la Universidad de Oxford. Es investigador principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) de Argentina y profesor titular en la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ). Su último libro es ¿Cómo pensaron el campo los argentinos? Y cómo pensarlo hoy, cuando ese campo ya no existe (Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 2018).

 

En el año que se cierra, la Argentina ha sido sometida a un experimento político ambicioso y singular, pero de bases endebles y destino incierto. Sobre los escombros de un orden político que en la última década solo despertó esperanzas para pronto cambiarlas por frustración y resentimiento, se abre camino una nueva promesa, nacida en la extrema derecha, que tiene a la denuncia de la clase política y la reforma radical del exhausto y disfuncional capitalismo argentino como su corazón y su bandera.

El sorprendente ascenso del outsider libertario Javier Milei, que se impuso en las elecciones presidenciales de noviembre de 2023, combina azar y determinaciones de fondo. Comencemos por los factores contingentes. Este economista de personalidad volcánica y estilo plebeyo que seduce a los ciudadanos de a pie logró capitalizar la oportunidad que le otorgaron los errores de cálculo del expresidente Mauricio Macri. Bajo la guía del líder del partido Propuesta Republicana (PRO), Juntos por el Cambio, la coalición opositora de centroderecha que en 2022 tenía todo para ganar las elecciones presidenciales, eligió el camino de la división y la discordia, y terminó asociada al oficialismo que venía a reemplazar. Con un jefe político de miras más elevadas y, sobre todo, más convencido de la necesidad de cohesionar a su tropa y presentar a la sociedad una oferta electoral más ordenada, el espacio para un outsider surgido de los medios de comunicación hubiera sido más reducido. Y la historia, en 2023, podría haber sido diferente.

El peronismo en el gobierno también hizo su aporte a la victoria del candidato de La Libertad Avanza. Por una parte, estimuló y financió su crecimiento a partir del cálculo egoísta de que con ello restaba apoyos a la coalición de centroderecha que se aprestaba a desplazarlo del poder. Y, sobre todo, lo ayudó ofreciendo una clase magistral de impericia en la gestión del Estado, con momentos estelares como las peleas a cielo abierto que sus principales facciones protagonizaron durante el malogrado gobierno de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner (2019-2023).

En síntesis, de uno y otro lado de la cerca política que dividió al país por más de una década, el espectáculo penoso e irritante de una elite dirigente enfocada en disputas que solo le interesan a ella misma convenció a muchos votantes de que había llegado el momento de promover una profunda renovación del elenco gobernante, y proyectó hacia el centro del escenario a una figura que –sin pasado conocido, sin lazos con la elite dirigente, y sin apariencia ni modales de político– no podía ser más contrastante. Desprovisto de la involuntaria ayuda de las figuras que dominaron la vida pública desde que la crisis política de 2001 renovara el elenco gobernante, es improbable que Milei hubiese llegado a la Casa Rosada aupado, en la segunda vuelta electoral, por el 56% de los votos.

Estos factores contingentes ayudan a explicar el momento y el nombre, pero no el sentido y la profundidad de la transformación en curso. Porque por detrás de las egoístas maquinaciones de nuestra elite gobernante había una sociedad cada vez más resentida, cansada de largos años de promesas vacías. Sobre el telón de fondo de un extenso ciclo de entusiasmos seguidos de fracasos y frustraciones que cubre todo el período democrático inaugurado en 1983, los gobiernos del nuevo siglo agravaron el problema conduciendo al país hacia un callejón sin salida. El problema de fondo es que los esfuerzos de los gobiernos de Néstor Kirchner (2003-2007) y, sobre todo, de Cristina Kirchner (2007-2015), para recrear el patrón de crecimiento centrado en la industrialización por sustitución de importaciones –del que el resto de los países de América Latina se fue alejando en el último medio siglo– terminaron forjando una economía muy cerrada y muy regulada, y por ende poco competitiva y poco dinámica. Ese marco económico solo pudo ofrecer una primavera redistributiva destinada a degradarse tan pronto como el contexto internacional de altos precios para las exportaciones –el que también hizo posible la bonanza sobre la que se montó la «marea rosa» en toda América Latina– revirtiera su signo.

Abrazar un proyecto económico arcaico, que cerró una economía ya caracterizada por una muy baja tasa de apertura, aislando a la Argentina de las fuerzas creadoras de la globalización (en el curso de la década 2005-2015, el sesgo antiexportador hizo que el número de empresas exportadoras se redujera un tercio, al mismo tiempo que el país prácticamente no recibió inversión extranjera y cayó la productividad), tuvo beneficios redistributivos inmediatos, pero al costo de hipotecar el mediano y el largo plazo. El mejor indicador de esta miopía es el pobre desempeño de la economía nacional, que palidece cuando lo comparamos con el curso ascendente de sus vecinos latinoamericanos en el siglo XXI. Medida contra las expectativas que despertó, la promesa inclusiva contrastó con la pobreza de sus resultados (que ya en 2007 comenzaron a ser maquillados mediante la falsificación sistemática de la estadística pública).

De allí que, en un país caracterizado por la intensidad de sus reclamos redistributivos, frente a los cuales los gobiernos kirchneristas siempre se mostraron muy sensibles, tanto por razones ideológicas como prácticas, la respuesta a la anemia del sector privado fue una expansión sin precedentes del gasto público, que incluso superó la de los años iniciales del primer peronismo, entre 1946 y 1949. Empujado por el incremento de los recursos destinados a subsidios y transferencias dirigidos a conquistar la adhesión de amplios sectores de la población a los que el mercado les ofrecía poco, en apenas una década el tamaño del Estado saltó de 25% a un infinanciable 45% del producto. Sin acceso al crédito y sin reformas fiscal, y tras agotar todas las reservas, la consecuencia inevitable de tanto gasto fue estancamiento e inflación.

Además, a los padecimientos que provocó un largo período sin crecimiento que comenzó en 2011 se sumó el agudo malestar que acompañó el prolongado encierro con el que, una década más tarde, el país enfrentó la pandemia de covid-19. Sobre estas dos dolencias operó un tercer mal: la aguda degradación de la moneda por la excesiva emisión, que solo en el último año del gobierno de Alberto Fernández, cuyo mandato se extendió entre 2019 y 2023, con el inescrupuloso Sergio Massa a cargo del Ministerio de Economía, alcanzó la astronómica cifra de 7% del producto y, con una inflación anual superior al 211%, dejó al país encaminado hacia la hiperinflación. La experiencia política que, dos décadas atrás, había comenzado con superávit fiscal y superávit externo, terminó ofreciéndole a la sociedad la negación de esas virtudes, y derrapando por el camino del estancamiento, el control de cambios, la caída salarial, la alta presión impositiva, los servicios públicos de baja calidad, y la inflación desbocada (la corrupción, desde hace tiempo endémica y muy visible entre la dirigencia peronista, no parece haber mermado significativamente el apoyo popular a esta fuerza política). Todo ello dañó, como nunca antes, la legitimidad de los promotores de la expansión del Estado y el gasto público como la solución a todos los males.

Impugnado y desprestigiado el ideal del «Estado presente», que las franjas mayoritarias del progresismo y la izquierda abrazaron sin beneficio de inventario hasta hacerse indistinguibles de la propuesta del oficialismo nacional-popular, la alternativa no podía sino venir del arco de centroderecha. Sin embargo, esa respuesta no provino de una alternativa promotora de giro gradual hacia una política más amiga de la acumulación que de la distribución –como la que en su momento ensayó sin suerte el gobierno de Mauricio Macri (2015-2019) –sino de una más profunda y radical, centrada en una drástica reducción del gasto del sector público y la emisión monetaria y una muy ambiciosa, pero por el momento también selectiva, desregulación de la actividad económica (no comprende, por ejemplo, las ventajas fiscales de que gozan las empresas radicadas en la provincia austral de Tierra del Fuego, tal vez el caso más escandaloso de capitalismo de amigos, cuyos dueños tienen a varios de los principales políticos del país en su lista de pagos). A tono con el mensaje de una campaña electoral en la que Milei se exhibió ante sus seguidores blandiendo una motosierra, en su primer año de gobierno el presidente libertario impuso un duro recorte fiscal, cercano a 4,5% del PBI, o 30% de las erogaciones del sector público central.

Muchos pensaron que un ajuste de esta magnitud, para el que no existen precedentes en la historia argentina, despertaría grandes resistencias y se revelaría políticamente inviable. Estimaron, en definitiva, que la protesta social frente a un gobierno que carece de mayorías parlamentarias propias, lo haría descarrilar. Se equivocaron. La aceptación de un paquete de medidas que incluye una reducción tan drástica del gasto público y tiene costados muy dañinos (fuerte caída de la inversión en obra pública y pensiones, en educación, salud y ciencia), pero que alcanzó éxitos muy visibles en el control de la inflación (en el curso de un año, cayó de 25% a 2,5% mensual), habla del extendido rechazo que concita la clase dirigente que carga sobre sus espaldas con los fracasos de muchos años y, sin duda, de la capacidad del presidente libertario para despertar alguna esperanza en el futuro allí donde desde hace tiempo solo florecían decepciones. De hecho, pese a la fuerte contracción económica y el incremento de la pobreza que acompañó los primeros meses de la administración de Milei, cuando el programa de ajuste se cobró muchas víctimas, el apoyo popular al nuevo gobierno apenas cedió, y desde el comienzo se mantiene firme en torno de 50% de los votantes.

La actitud de los grandes sindicatos, tanto del sector público como del privado, es reveladora. Consciente de que incluso entre sus afiliados el deseo de confrontar con Milei es débil, y al igual que hizo frente a la reforma promercado del presidente Carlos Menem (1989-1999), la oligarquía sindical que los conduce ha renunciado a impulsar cualquier ofensiva popular contra el gobierno, y se contenta con preservar, además de sus privilegios personales, el poder y los recursos de las organizaciones que controla con mano de hierro. Los líderes de los otrora poderosos movimientos de desocupados, hasta hace poco dueños de la calle, también se mantienen en la pasividad, pese a que el gobierno los ha castigado duramente cortando su acceso a los fondos públicos con los que financian sus organizaciones. La dirigencia de centro-derecha, y parte importante de la peronista, sobre todo en el interior, duda si acompañar o enfrentar a un gobierno que no los reconoce como interlocutores legítimos pero cuyo programa ellos y sus votantes comparten en aspectos esenciales. De allí que, frente a una clase dirigente que ha perdido prestigio y atractivo, y que no tiene claro cuál debe ser su lugar en el campo político, el medio país que lo acompaña hace de Milei el único actor con capacidad de iniciativa política. Solo la provincia de Buenos Aires, gobernada por el kirchnerista Axel Kicillof, ofrece un polo de poder de envergadura abiertamente enfrentado con la Casa Rosada. Que los apoyos de Milei se distribuyan a lo largo de todo el arco social habla del daño que su ascenso ha causado tanto en la coalición de centroderecha (que recoge votos en las clases medias) como en el peronismo (que tiene su bastión tradicional en las clases populares), cuyos líderes ven con preocupación una sangría que por el momento no se detiene.

En su furiosa denuncia contra la elite que rigió los destinos del país en las últimas décadas, Milei también desprecia lo mejor de la cultura democrática del país que, desde que el presidente Raúl Alfonsín llevó a los responsables de la última dictadura militar (1976-1983) ante los tribunales civiles, constituye uno de los faros democráticos de América Latina. Su retórica agresiva y polarizadora revela que, si algo está ausente en su manera de ver el mundo, es el ideal del liberalismo político. Sus agresiones al periodismo, muchas veces con nombre y apellido, son muy reveladoras de la intensidad de sus pulsiones autoritarias y su desprecio por valores liberales como la pluralidad y el debate de ideas. Sin embargo, los que lo acusan de no ser un digno heredero de Juan Bautista Alberdi y Julio Argentino Roca y los héroes fundadores de la tradición política que construyó el orden constitucional y el estado en la segunda mitad del siglo XIX pierden el tiempo. Hace ya casi una centuria que el liberalismo es una fuerza menguante en el debate público, y la nueva administración, que lo invoca rara vez y siempre de manera selectiva, no parece interesada en rehabilitarlo. El liberalismo no solo les resulta desconocido, sino también irrelevante para darle carnadura a un proyecto que concibe a la política como enfrentamiento antes que como diálogo entre diversos intereses y puntos de vista. Milei prefiere a Menem, el peronista convertido al credo del mercado, que a los promotores de una sociedad plural y tolerante. Y se hace eco de los llamados a librar una «batalla cultural» que recoge las visiones agonales de la cultura y la política en sus concepciones más belicosas y más simplistas.

A falta de una concepción verdaderamente liberal de lo social y del orden político, en el seno del oficialismo conviven la retórica del individualismo extremo, la celebración del Estado mínimo y la primacía del mercado con un tosco y anacrónico ideal conservador, que rechaza los cambios sociales y culturales que volvieron a la Argentina del último medio siglo una sociedad cada vez más compleja y plural. Para empujar esta agenda reaccionaria, el gobierno Milei tiene donde apoyarse. El coro de voces que hoy lo acompaña en su impugnación de temas como el feminismo y la agenda de género nos recuerdan que, pese a que la discusión pública ha estado por largo tiempo dominada por una humor progresista, también cuentan, y mucho, los sectores de sensibilidad conservadora, que en estas últimas dos décadas habían sido forzados a mantenerse a la defensiva, mascullando su resentimiento contra las novedades del siglo.

Sin embargo, quienes conciben el dilema político argentino como una gran disputa ideológica en torno a ideales alternativos de sociedad debieran recordar que, más allá de las ambiciones refundacionales que cada tanto inspiran a las fracciones más rupturistas de la clase dirigente, los consensos que cimentaron las hegemonías políticas más perdurables siempre se estructuraron sobre planos muy prosaicos. Y esto no solo porque es difícil definir a fuerzas como el peronismo o incluso el radicalismo, los grandes protagonistas de la política del siglo XX, a partir de dimensiones ideológicas alineadas en torno al eje derecha-izquierda. También porque, incluso en un país como Argentina, conocido por la intensidad de su debate político y el fuerte arraigo social de las identidades partidarias, las batallas de ideas solo involucran a minorías militantes. Debilitadas las poderosas identidades partidarias surgidas en la primera mitad del siglo XX, la argentina es una sociedad mucho más consensual de lo que muchos protagonistas del debate ideológico imaginan, por lo que la suerte de un gobierno depende de factores bastante pedestres, como la marcha de la economía y, sobre todo, de su capacidad para mejorar los salarios y producir bienestar. Estos son los grandes temas que preocupan a un amplio sector de la población que, distante de los debates que agitan la superficie de la vida pública, tiene mucho de mayoría silenciosa. Es improbable que el ascenso de la nueva derecha o la relevancia adquirida por la política de las redes, grandes novedades de nuestro tiempo que vuelven más intenso y agonal el debate público, alteren radicalmente esta antigua verdad.

Por otra parte, la Argentina posee la que, muy probablemente, es la sociedad civil más densa, potente y movilizada de América Latina. Si esta arisca sociedad ayer rechazó la deriva autoritaria del gobierno de Cristina Kirchner cuando esta, en su segundo mandato, se propuso pintar con sus colores la vida pública y la administración del Estado, lo más probable es que ahora resistirá las tentaciones decisionistas que por momentos parecen animar a la administración de Milei. De allí que, si durante el gobierno kirchnerista nunca fue realista el temor a que la sociedad fuese domesticada hasta transformarse en un eco austral de la dictatorial Venezuela, hoy tampoco parece realista la alarma ante la «batalla cultural» contra lo que Milei denomina «zurdaje empobrecedor»  y la tosca motosierra libertaria, por más daño que esta cause en ciertos sectores e instituciones (educación, sistema de salud, ciencia, cultura). Pese a muchas ineficiencias y abusos, y pese al uso partisano de algunas agencias estatales, esas instituciones son cruciales hoy y lo serán todavía más en el futuro para cualquier proyecto de desarrollo. Ello no quita, sin embargo, que la calidad del intercambio cívico se esté deteriorando como consecuencia de la violencia retórica y el agravio al que son sometidos todos los que osen pensar distinto al gobierno (incluyendo al periodismo, víctima de constantes agresiones). La democracia solo prospera en un ambiente pluralista y respetuoso, y el primer mandatario está lejos de entender que tiene la obligación constitucional de cuidar y recrear ese entorno. Prefiere, en cambio, jugar a la polarización y la división, tan rentable políticamente en un país en el que la ira contra la clase dirigente sigue a flor de piel.

¿Estamos asistiendo al nacimiento de lo que algunos observadores quizás demasiado encandilados por la novedad ven como una nueva configuración político-ideológica? Pese al vértigo de estos doce meses, el escaso tiempo transcurrido es insuficiente para evaluar si este primer año de gobierno de Milei representa la aurora de una nueva era o de un capítulo más, siempre reversible, de la larga saga de fracasos que jalonan el descenso argentino y vuelven al país un caso ejemplar de nostalgia por glorias pasadas. En 1985, con Raul Alfonsín y su plan Austral1, y en 1991, con Menem y su convertibilidad2, el país ya conoció programas de estabilización que tuvieron éxitos iniciales y conquistaron vastos apoyos ciudadanos y, más tarde o más temprano, terminaron siendo repudiados y revertidos. A un año de la llegada de Néstor Kirchner al poder, era imposible imaginar cómo terminaría su gobierno y, mucho menos, qué forma tomaría, con Cristina, el kirchnerismo maduro como forma de poder estatal. En cualquier caso, y en tren de señalar novedades, uno de los aspectos más originales e intrigantes de este nuevo tiempo se refiere a la naturaleza de la coalición que sostiene a Milei, que sugiere que algo de fondo está cambiando.

Es habitual señalar que Milei recoge sus mayores adhesiones entre las nuevas generaciones, en especial entre los varones, con los que además establece una conexión muy intensa y empática. Hombres jóvenes incómodos frente a la politización de las relaciones de género y el desafío que supone el ascenso femenino, y jóvenes trabajadores de la economía de las plataformas y el sector informal que reclaman un ordenamiento más sensible hacia el emprendedurismo popular serían los voceros más convencidos de las verdades contenidas en los rugidos del león libertario. A ellos se suman los nuevos empresarios y los trabajadores de la poderosa y expansiva economía digital. Sin embargo, los que ven a Milei como el profeta de una revolución juvenil de derecha no exenta de contenido popular olvidan que el nuevo mandatario concita seguidores en toda la escala social (y, pese a sus aspectos misóginos, también entre no pocas mujeres). A la luz de la historia electoral argentina, una coalición tan transversal constituye una rareza, que ninguna fuerza política del siglo XX logró estabilizar. La Unión Cívica Radical y el PRO terminaron atando su suerte a la de los sectores medios, y el peronismo a la de los populares. Por el momento, la base de apoyo de Milei es mucho más amplia, tal vez porque, antes que como el ideólogo de un nuevo orden, el libertario es percibido como el domesticador de una inflación desquiciada. Y el hecho de que, en medio de un ajuste que cae con fuerza sobre amplios sectores de la clase media y la baja, el único programa social que ha reforzado sea la Asignación Universal por Hijo (AUH) -una dotación a la población más pobre- dice mucho sobre sus ambiciones de crear una coalición popular que se dé la mano con la economía de mercado.

Además de apoyos en toda la escala social, la coalición que acompaña a Milei tiene, también, una singular dimensión territorial. Sus principales apoyos están localizados en el interior del país, y esto constituye un hecho igualmente singular. Durante un siglo, desde que en 1916 la Argentina abrazó el camino democrático, el destino nacional se hizo y deshizo en torno a la capital del país. Buenos Aires y su gran periferia urbana, que desde muy temprano alojaron a un tercio del padrón electoral, produjeron los actores –empresarios, sindicatos, estudiantes universitarios, clases medias, movimientos de desocupados– que animaron las principales disputas cívicas, a cuyos proyectos el resto del país siempre se plegó sin resistencia. Allí nació y se impuso el radicalismo3, de allí surgió el peronismo, allí también nació y se impuso el PRO.

Pese a que es difícil imaginar a una figura más porteña que Milei, el presidente no es profeta en su tierra sino señor del interior. Las elecciones de 2023 lo pusieron de manifiesto, y los estudios de opinión realizados a lo largo de 2024 lo siguen confirmando. El PRO de Macri, junto a distintas expresiones de centroizquierda, y el peronismo de izquierda de Cristina Kirchner y su delfín (y hoy retador) Axel Kicillof, se reparten las lealtades de parte muy considerable de los votantes de la Ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires. En estos dos distritos, La Libertad Avanza ocupa un segundo plano. Si todo dependiera de lo que sucede en Buenos Aires, Milei no sería presidente. El «león» -como lo apodan sus seguidores- está en la Casa Rosada porque así lo quiso el resto del país. Es allí, sobre todo en la franja central y occidental, donde el ascendiente de Milei no tiene rivales entre las figuras de proyección nacional. Esto sugiere que estamos asistiendo a la emergencia de una nueva sensibilidad política, cuya espina dorsal coincide con el trazado de la ruta 40, la que recorre el país de norte a sur. Tenemos aquí una de las razones que, más allá de la política de las transferencias discrecionales de recursos desde el gobierno federal a las provincias, explican el alineamiento de muchos gobernadores del interior con la Casa Rosada.

¿La adhesión a Milei y su motosierra supone un repudio a esa dispendiosa Buenos Aires que, según muchos creen, en los últimos veinte años ha vivido subsidiada, con gas, energía eléctrica y transporte casi gratis, mientras el resto del país pagaba altos precios por todos estos servicios? ¿Supone, asimismo, una impugnación a los cientos de miles de desempleados –los «planeros» del Gran Buenos Aires4– que, se indignan sus críticos, percibían subsidios sin contraprestación laboral, y cuyas movilizaciones en torno a la sede del Ministerio de Desarrollo Social fueron radiografiadas y vilipendiadas hasta el cansancio por los más diversos canales de televisión ? ¿Significa un repudio a una clase dirigente nacional que, además de remota y egoísta, muchos ven como representante de un proyecto político centralista que margina a los habitantes del interior? Y un último interrogante, referido a una cuestión más de fondo: ¿este cambio en las preferencias de los votantes, además de reactivo, también tiene un costado positivo, asociado a las promesas que ofrece el ascenso de una nueva economía que tiene por gran protagonista al interior, y que se mueve al ritmo de la expansión de la minería andina, de los hidrocarburos del enorme depósito de Vaca Muerta, de la vitivinicultura de Mendoza, de la agricultura exportadora? ¿Está naciendo con Milei una nueva Argentina productiva y exportadora que, a diferencia del entramado productivo del capitalismo sobreprotegido que hoy impone su ley a toda la economía argentina, está en condiciones de prosperar en un entorno más abierto y con un tipo de cambio más bajo, lo que, de paso, también lo coloca en condiciones de seducir, con sus promesas de dólar barato, a sectores de clase media y popular? En definitiva, ¿el «antiporteñismo» y el antiestatismo del que Milei es intérprete hablan también del deseo de dejar atrás el horizonte de la industrialización por sustitución de importaciones que tuvo su origen y todavía tiene su principal hogar en el conurbano bonaerense como gran organizador de la vida económica argentina, y anuncian la emergencia de una nueva coalición apoyada sobre una nueva geografía económica cuyos pilares son los recursos naturales y la desterritorializada economía digital?

Todavía no tenemos respuestas para estas preguntas que nos hablan de una transformación que, antes que ideológica, es política y territorial. Concebir a Milei en esta clave —como la expresión de un nuevo orden estatal pero también de una nueva configuración territorial apoyada en una economía que se presenta como superación del proyecto centrado en la industria protegida que dio vida al gran Buenos Aires— es prematura y tentativa, porque estos cambios productivos son incipientes y todavía endebles y quizás reversibles, y darles volumen e impacto social va a requerir, además de estabilidad macroeconómica, grandes inversiones en capital físico y humano (sobre todo porque la muy acotada capacidad de esos sectores de generar empleo de calidad en gran escala es conocida). Pero es importante recordar que, luego de tantos fracasos, muchos argentinos piensan que allí están las mejores oportunidades que tiene este país hace tiempo en retroceso para volver a crecer.

El 17 de Octubre, en Berisso, la ciudad que se precia de ser el kilómetro cero del peronismo, el gobernador Kicillof organizó un acto por el Día de la Lealtad peronista, al que concibió como un hito del lanzamiento de su carrera hacia la presidencia en 2027. Se entiende por qué una figura como Kicillof, de endebles pergaminos peronistas (su origen está en la izquierda marxista), quiso mimetizarse con la ciudad cuya historia está identificada con la de la organización partidaria en la que decidió hacer carrera política: Berisso es la ciudad industrial de la que, el 17 de Octubre de 1945, salieron muchos de los trabajadores que protagonizaron la jornada que constituye el mito de origen del partido asociado, más que ningún otro, con la sociedad creada al calor del proteccionismo industrial. Pero la ocasión no podría ser más reveladora porque, desde hace varias décadas, ésta degradada urbe exhibe a flor de piel las heridas que fue acumulando como consecuencia de la declinación del proyecto socioeconómico anudado en torno a la economía cerrada, el papel central del Estado en el proceso de acumulación, y la industrialización por sustitución de importaciones. En este sentido, Berisso es un emblema no solo del origen sino también de la declinación del programa socioeconómico que el peronismo hizo suyo y, en particular, de las dificultades de esta fuerza para ofrecer un proyecto de orden productivo dinámico e inclusivo para la Argentina del siglo XXI. De allí que, si Milei consolida su liderazgo y la coalición mileísta se afirma, tal vez haya llegado el momento de preguntarnos si, además de kilómetro cero del peronismo, ese castigado y empobrecido mundo del conurbano está dejando de representar el gran nudo que mantiene congelada a la Argentina en un rumbo que durante décadas no ha podido ofrecer verdadero desarrollo, y comienza a ser parte del pasado. De un pasado que no va a ceder su lugar sin lucha, pero que ya no está en condiciones de imponer su ley política y económica al país que hoy pugna por nacer tras la declinación del peronismo y de su heredero el kirchnerismo.

La llegada de Milei a la Casa Rosada, junto con la reformulación del campo político que viene con ella, plantea enormes desafíos conceptuales y políticos a las fuerzas progresistas y de la izquierda democrática. Por largo tiempo furgón de cola del proyecto nacional-popular, quizás ha llegado el momento de que este sector de la opinión se libere de esa asfixiante servidumbre y avance hacia la elaboración de una visión realista y moderna de los desafíos que el país tiene por delante, más capaz de aunar crecimiento económico y desarrollo personal, igualdad y libertad. Le toca, además, encarar la compleja tarea de redefinir su perfil y su lugar en el campo político en un momento de gran incertidumbre, en el que el escenario se encuentra hegemonizado por alternativas deplorables. Para ello debe tomar distancia de una propuesta que tiene los ojos clavados en el pasado y de otra que, además de dañina para la construcción de una mejor democracia, imagina un futuro donde los valores de la igualdad y la solidaridad no tienen lugar. De un proyecto nostálgico y arcaico, y no exento de lastres corruptos y autoritarios, pero también de otro insensible a la necesidad de reparar los agravios que el mercado produce en la vida social y que, por ello, es incompatible con el núcleo mismo de la idea de una sociedad liberal. Nada garantiza que el progresismo y la izquierda democrática puedan salir airosos de esta difícil empresa. Pero tienen, al menos, un estímulo para encararla: la certeza de que la Argentina se transforma, y de que ninguna fuerza que quiera incidir sobre el destino nacional puede quedarse al margen de ese cambio.

  • 1. El Plan Austral fue un programa de estabilización anunciado en junio de 1985, durante el gobierno de Raúl Alfonsín, cuando la inflación rondaba el 30% mensual. Pese a sus éxitos iniciales, su fracaso se hizo evidente ya en la segunda mitad de 1986.
  • 2. El Plan de Convertibilidad ató el valor del peso argentino al del dólar estadounidense. Implementado en 1991, durante la primera presidencia de Carlos Saúl Menem, el régimen de cambio fijo terminó quebrándose en  2001, desatando una profunda crisis económica.
  • 3. Por la Unión Cívica Radical, fundado en 1891 y la fuerza mayoritaria de la política argentina desde que la Ley Saénz Peña consagró el sufragio masculino obligatorio en 1912 y la creación del Partido justicialista por el coronel Juan Perón en 1946.
  • 4. Forma despectiva de referirse a quienes reciben asignaciones sociales.