Signos de ruptura en el pacto con la sociedad, por Andrés Vallone

Por Andrés Vallone

Analista político – Diputado nacional MC

Durante más de dos años, una parte sustantiva de la sociedad argentina decidió sostener al gobierno de Javier Milei bajo un acuerdo implícito: tolerar el ajuste con la expectativa de una estabilización futura. Ese contrato social, basado en la promesa de orden macroeconómico, fue el principal capital político del oficialismo. Hoy, sin embargo, comienzan a multiplicarse los indicios de desgaste. Ya no se trata de percepciones aisladas, sino de una tendencia que empieza a consolidarse.

Distintas consultoras privadas coinciden en señalar una caída sostenida en la imagen del gobierno. Niveles de aprobación que superaban el 55% en los primeros meses de gestión hoy oscilan entre el 40% y el 45%, con picos de desaprobación en sectores medios y bajos. A esto se suma un dato aún más sensible: más del 60% de los encuestados considera que su situación económica personal empeoró en el último año. La macro puede mostrar señales de orden, pero la micro —la vida cotidiana— sigue en crisis.

En ese contexto, los recientes episodios vinculados al denominado caso “Libra”, que involucran al presidente y a su hermana, Karina Milei, introducen un elemento corrosivo: la pérdida de credibilidad.
No es únicamente una discusión judicial, sino un golpe directo al corazón del relato oficialista, que había construido su legitimidad sobre la idea de una nueva ética pública.

El problema se agrava cuando aparecen cuestionamientos en figuras clave del propio esquema de poder. Las críticas hacia el jefe de gabinete, Manuel Adorni, por presuntas irregularidades y contradicciones en su función, impactan de lleno en la comunicación gubernamental, hasta ahora uno de los activos más eficaces del oficialismo. En paralelo, el caso que salpica al ex ministro de Defensa y actual diputado nacional, Luis Petri, en relación con la obra social de las Fuerzas Armadas, refuerza la percepción de que las prácticas que se prometieron erradicar siguen presentes bajo nuevas formas.

Cuando los escándalos comienzan a acumularse, el relato de excepcionalidad se debilita. Y cuando ese relato cae, el gobierno queda expuesto a la evaluación más cruda: la de los resultados concretos.

En el plano económico, los datos son contundentes. El consumo masivo registra caídas interanuales que, en algunos rubros, superan el 10%. La industria opera con niveles de capacidad instalada por debajo del 60%, reflejando una retracción persistente de la actividad. El salario real acumula una pérdida significativa frente a la inflación, y el empleo formal muestra signos de estancamiento, con crecimiento de la informalidad como contracara.

Este cuadro impacta directamente en el humor social. El ciudadano que aceptó el sacrificio empieza a exigir resultados. La tolerancia al ajuste no es infinita, y menos aún cuando los costos recaen siempre sobre los mismos sectores. La narrativa de la “herencia recibida”, que fue eficaz en la primera etapa, comienza a mostrar signos de agotamiento. Después de más de dos años de gestión, la sociedad espera respuestas del presente, no explicaciones del pasado.

El oficialismo enfrenta hoy una encrucijada decisiva. Ya no alcanza con sostener el rumbo; necesita mostrar resultados tangibles y, sobre todo, reconstruir la confianza. Porque el vínculo con la sociedad no se basa únicamente en expectativas, sino en credibilidad. Y cuando esa credibilidad se erosiona, el contrato social entra en crisis.

Los signos de ruptura no implican aún un quiebre definitivo, pero sí una advertencia clara. La política argentina ha demostrado, una y otra vez, que el respaldo social puede ser tan intenso como efímero.
El desafío para el gobierno es evitar que el desgaste se transforme en desencanto irreversible. Porque cuando la sociedad siente que cumplió y no obtiene respuestas, el cambio de ciclo deja de ser una posibilidad y se convierte en una certeza.

El día que Argentina empezó a importar desempleo

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La economía argentina siempre discutió inflación, impuestos o tipo de cambio. Pero el debate real hoy es otro: la competencia desigual entre modelos productivos. El cierre de la histórica fábrica de neumáticos Fate, con 920 trabajadores despedidos, no es un episodio aislado sino un síntoma visible de un proceso que ya avanza sobre toda la estructura industrial del país.

El fenómeno no empezó ahora. En el último año cerraron plantas metalúrgicas, textiles, de electrodomésticos y autopartes; multinacionales y empresas locales dejaron operarios sin trabajo por la presión de importaciones más baratas. Incluso sectores alejados del rubro industrial, como frigoríficos, registran paralizaciones y despidos por caída de actividad.

El denominador común es la misma ecuación: Argentina produce con costos financieros, tributarios y logísticos elevados, mientras compite contra economías planificadas que subsidian producción y exportación. No es libre mercado: es competencia asimétrica. El consumidor ve precios más bajos, pero la economía pierde salarios, aportes previsionales y tejido productivo. La industria no sólo fabrica bienes; sostiene comercios, transporte, servicios y consumo local.

El impacto ya es sistémico. Cuando cae la industria, no cae sólo el empleo actual: cae el empleo futuro. Un país sin fábricas no se reconvierte en servicios avanzados; se transforma en economía dependiente.

La caída de Fate, entonces, no debe leerse como la historia de una empresa que no pudo adaptarse, sino como la advertencia de un país que todavía no definió su modelo de desarrollo.
Porque cuando un producto importado reemplaza a una fábrica, la sociedad cree ganar un precio… pero en realidad está comprando desempleo financiado en cuotas.

Por Andrés Vallone — Analista político y consultor

Reforma laboral: advertencias técnicas ante una flexibilización sin anclaje productivo

La reforma laboral impulsada por el Poder Ejecutivo Nacional constituye una de las discusiones más relevantes que atraviesa hoy el Congreso, no solo por la magnitud de los cambios propuestos, sino por el enfoque conceptual que los sustenta.

Lejos de una actualización integral del sistema de relaciones laborales, el proyecto se apoya casi exclusivamente en la reducción de costos y en la flexibilización normativa como supuestos motores de creación de empleo, sin articular dichos cambios con una estrategia de desarrollo productivo de mediano y largo plazo.

Desde el diagnóstico, el Gobierno parte de datos objetivos: según el INDEC, la informalidad laboral se ubica en torno al 45% de la población ocupada, mientras que el empleo privado formal se mantiene prácticamente estancado desde hace más de una década.

Asimismo, el desempleo ronda el 7–8%, lo que revela un mercado laboral que no destruye empleo masivamente, pero sí lo degrada en calidad. Sin embargo, atribuir estas distorsiones de manera casi excluyente al régimen indemnizatorio o a la rigidez de la legislación laboral constituye una simplificación analítica que no resiste un examen técnico riguroso.

La evidencia económica comparada es clara: no existe una relación causal directa entre flexibilización laboral y creación de empleo formal. Estudios de la OIT y de organismos multilaterales muestran que las reformas laborales solo generan efectos positivos cuando se implementan en contextos de crecimiento económico, inversión sostenida y estabilidad macroeconómica.

En ausencia de estas condiciones, la flexibilización tiende a traducirse en mayor rotación, precarización contractual y transferencia del riesgo económico hacia el trabajador, sin impacto significativo en los niveles de formalización.

Desde el punto de vista legislativo, preocupa especialmente que la reforma avance sobre mecanismos de protección sin prever instrumentos compensatorios adecuados. Argentina destina menos del 0,5% del PBI a políticas activas de empleo, muy por debajo del promedio de países de la OCDE, y cuenta con un sistema de seguro de desempleo de cobertura limitada y montos claramente insuficientes.

En este contexto, debilitar las garantías laborales sin fortalecer previamente estos dispositivos implica una regresión en términos de protección social.

Otro aspecto crítico es el impacto generacional. Según datos oficiales, cerca del 60% de los jóvenes menores de 29 años se desempeñan en condiciones de informalidad. Cualquier reforma que no priorice la creación de empleo formal juvenil, la capacitación laboral y la inserción productiva corre el riesgo de consolidar un mercado de trabajo dual: flexible para algunos, pero estructuralmente precario para la mayoría.

El Congreso tiene aquí una responsabilidad central. La modernización del derecho laboral es un debate legítimo y necesario, pero no puede abordarse de manera fragmentaria ni subordinada exclusivamente a objetivos fiscales o de corto plazo.

Una reforma técnicamente sólida debe integrarse a un proyecto de desarrollo que contemple productividad, inversión, educación y protección social. De lo contrario, la flexibilización legislada corre el riesgo de convertirse en un ajuste encubierto sobre el trabajo, con consecuencias económicas y sociales difíciles de revertir.

Cómo se resetea el peronismo tras la condena a Cristina

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La política argentina vivió un terremoto silencioso. La condena firme a Cristina Fernández de Kirchner no sólo marca el final de una era. También abre, por primera vez en dos décadas, una zona franca de disputa interna que reconfigurará al peronismo como lo conocimos. Y eso, aunque parezca una obviedad, no ocurrirá de la noche a la mañana, hay que esperar que baje la espuma.

La figura de Cristina ha funcionado, desde 2003, como una bisagra entre la nostalgia del peronismo histórico y las aspiraciones ideológicas de un progresismo nacional-popular. Pero también como un cerrojo. Durante los últimos años, todo intento de renovación, debate interno o surgimiento de nuevas conducciones fue bloqueado por un aparato verticalista, emocionalmente idealizado, donde disentir era sinónimo de traición.

Con Cristina detenida o legalmente inhabilitada, ese orden se rompe. Y con él, se habilita algo más importante: la posibilidad de pensar el peronismo sin pedir permiso.

El fin del dedo, el comienzo del barro.

En términos estructurales, la condena de Cristina pone en crisis al último liderazgo de masas del campo nacional. La jefatura se desintegra sin traspaso claro. Massa está dañado pero siempre esta, los gobernadores desarticulados, La Cámpora aún no decide si juega a la resistencia o al repliegue territorial. El viejo verticalismo choca con un presente sin conducción. Y eso es nuevo.

Lo que viene es el barro: una disputa de poder interna entre generaciones, sectores sociales y estructuras territoriales. Hay dirigentes jóvenes, intendentes, líderes piqueteros, sindicalistas y movimientos sociales que esperaban este momento con cautela. No porque desearan la caída de Cristina, sino porque sabían que solo así podrían salir del congelamiento.

¿La calle será la trinchera?

El gobierno de Javier Milei, con su proyecto de desguace del Estado y demonización del peronismo, funcionará como catalizador. La presión del ajuste, el deterioro del tejido social y la escalada represiva serán terreno fértil para que el peronismo vuelva a hacer lo que mejor sabe: disputar la calle.

Pero atención: no será una movilización romántica. Las organizaciones sociales, los sindicatos y los movimientos populares saben que enfrente hay un gobierno sin matices, que no duda en apelar a las fuerzas de seguridad ni en legislar a fuerza de decretos. La calle será un campo de resistencia, pero también de riesgo.

Aun así, es probable que esa tensión genere algo valioso: una nueva épica política. Una narrativa postkirchnerista que se pare en las cenizas del modelo anterior, pero que mire hacia adelante. No se tratará ya de defender a Cristina, sino de reconstruir una identidad en diálogo con las nuevas generaciones.

El reloj de la historia.

El peronismo no desaparecerá. Nunca lo hizo. Pero tampoco resucitará como si nada. Necesita reinventarse, resetearse. Dejar de pensar en 2003 y empezar a hablarle a un país del 2025 que vive en TikTok, se informa por Instagram y ya no compra los discursos del pasado.

Y eso implica responder preguntas incómodas: ¿Qué es hoy el peronismo? ¿Un partido, un movimiento, una marca electoral? ¿Puede construir futuro sin anclarse en el relato kirchnerista? ¿Quién encarnará ese futuro?

Por ahora, nadie tiene esas respuestas. Pero una cosa es segura: con Cristina afuera del juego, empieza una disputa de poder real. Y como siempre en el peronismo, el que llega primero no es el más lúcido, sino el que mejor resiste el barro.

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La inteligencia artificial y el futuro del trabajo

“No estamos frente a una época de cambios, sino a un cambio de época.”

— Zygmunt Bauman

 

La inteligencia artificial ya no es una promesa de laboratorio ni un asunto exclusivo de las grandes tecnológicas de Silicon Valley. Hoy está reconfigurando silenciosamente —pero con fuerza— el mundo del trabajo. Y si miramos hacia los próximos diez años, el impacto no solo será profundo: será inevitable.

Un nuevo paradigma laboral.

Según el Informe Future of Jobs 2023 del Foro Económico Mundial, se estima que el 23% de los empleos actuales cambiarán en su estructura o desaparecerán para 2030, impulsados por el avance de tecnologías como la IA generativa, la automatización y la robótica avanzada. La misma fuente proyecta la creación de 69 millones de nuevos empleos vinculados a la tecnología, pero también la eliminación de 83 millones de puestos tradicionales.

No estamos ante una simple sustitución de humanos por máquinas. Lo que está ocurriendo es un reposicionamiento de las habilidades: el trabajo repetitivo, predecible o de bajo valor agregado está siendo absorbido por algoritmos, mientras que las capacidades humanas más difíciles de automatizar (creatividad, juicio ético, pensamiento crítico, liderazgo) se revalorizan.

¿Qué sectores se verán más afectados?

  1. Administración, contabilidad y atención al cliente

La automatización de tareas administrativas mediante IA está avanzando a pasos agigantados. Empresas como UiPath y Zapier permiten automatizar desde reportes contables hasta respuestas de atención al cliente. Según McKinsey, hasta el 50% del tiempo en funciones administrativas puede ser automatizado con tecnología ya existente.

  1. Transporte y logística

Con los avances en conducción autónoma y optimización logística, se estima que el 30% de los puestos de transporte de carga podrían verse afectados. Tesla, Waymo y compañías chinas como Baidu ya están probando camiones autónomos en condiciones reales.

  1. Medios y contenidos

La IA generativa (como GPT o herramientas de edición como Runway y Midjourney) ya está siendo usada para redactar notas, guiones, jingles y más. Esto no significa la desaparición del periodista o del creativo, pero sí un cambio en su rol: menos redacción, más curaduría y estrategia.

  1. Manufactura y producción

La robótica con IA permite una automatización más inteligente, capaz de aprender del entorno. Siemens y Foxconn están implementando fábricas casi autónomas. En países desarrollados, la robotización podría eliminar el 20% de los empleos industriales para 2035.

  1. Educación, salud y cuidado

Paradójicamente, estos sectores también incorporarán IA, pero con otro enfoque: como asistentes, no reemplazos. En salud, herramientas como IBM Watson o DeepMind ayudan al diagnóstico. En educación, la IA personaliza el aprendizaje. Se espera una explosión de “copilotos humanos” asistidos por IA, especialmente en contextos de alta demanda emocional.

¿Qué sectores crecerán?

  • Tecnología y datos: ingenieros de IA, científicos de datos, especialistas en ciberseguridad.
  • Salud mental y bienestar: en un mundo más automatizado, lo emocional cobra valor.
  • Educación y capacitación digital: enseñar a convivir con la IA será un nuevo negocio.
  • Oficios con creatividad o contacto humano: desde chefs hasta psicólogos, pasando por artesanos o desarrolladores de videojuegos.

Argentina frente al desafío de la inteligencia artificial.

En el contexto argentino, la adopción de la inteligencia artificial en el ámbito laboral aún se encuentra en una etapa incipiente. Según el estudio Randstad Employer Brand Research 2024, solo el 13% de los trabajadores argentinos utiliza la IA de forma regular en sus tareas diarias, una cifra considerablemente inferior al promedio global del 29%. Sin embargo, la percepción sobre su impacto es significativa: un 34% reconoce que la IA ya está influyendo en su labor cotidiana.

Un informe conjunto del Ministerio de Trabajo y el Centro Interinstitucional en Ciencia de Datos (UBA-MINCyT) revela que el 54% del empleo formal privado se encuentra en ocupaciones donde al menos la mitad de las tareas son potencialmente automatizables mediante IA generativa, lo que representa alrededor de 3 millones de puestos de trabajo. Este impacto es especialmente fuerte en sectores altamente calificados, como profesionales científicos y directivos, donde más del 90% de las tareas podrían ser asistidas —o incluso reemplazadas— por inteligencia artificial.

A pesar de ello, la mayoría de los argentinos se muestra optimista: el 90% considera a la IA como una herramienta positiva para el futuro laboral, y un 89% expresa su intención de capacitarse para no quedar rezagado en esta transformación. El desafío no está solo en la tecnología, sino en el acceso a una educación continua, equitativa y pertinente.

Conclusión.

La inteligencia artificial no nos dejará sin trabajo. Nos dejará sin cierto tipo de trabajo. El verdadero desafío será no aferrarnos al pasado, sino prepararnos activamente para la transición. La historia del trabajo está llena de revoluciones tecnológicas, pero siempre han surgido nuevas formas de empleo. Esta vez no será la excepción, aunque sí exigirá una reinvención más rápida, más profunda y más humana.

El futuro no será de los que compitan con las máquinas, sino de los que sepan trabajar con ellas.

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El triunfo electoral de Poggi

El triunfo electoral de Poggi reafirma el rumbo del gobierno de cara al futuro.

El resultado electoral en San Luis no sorprendió a quienes vienen siguiendo de cerca lo que ocurre en la provincia: el amplio respaldo al oficialismo liderado por Claudio Poggi no es producto del marketing ni del oportunismo, sino de algo mucho más infrecuente en la política argentina: gestión sostenida, concreta y visible.

En un país donde la palabra “crisis” parece tatuada en el alma colectiva, San Luis ha optado por un camino distinto. Mirar el futuro. Desde que asumió su mandato en 2023, Poggi se propuso reconstruir los pilares de un Estado presente, ordenado y comprometido con lo esencial. Y lo logró en tiempo récord.

El gobernador que obtuvo el 46,81% de los votos con más de 21 puntos de diferencia con el segundo, activó una modalidad que hace años no se  practicaba: la cercanía con los vecinos de ciudades y pueblos de la provincia, lo que le permitió rápidamente testear de primera mano, lo que necesitaba cada lugar y cuáles eran las prioridades de esos ciudadanos que habían sufrido la indiferencia del gobierno anterior.

A esto se suma una decisión estratégica que marca diferencia: la vuelta a la administración ordenada del gasto público, eliminando privilegios y destinando recursos a donde más se necesitan. En medio del ajuste nacional, San Luis eligió proteger el tejido social y la reactivación productiva dándole un rol y una responsabilidad clave al sector privado.

Pero este triunfo no fue solo provincial. También se construyó desde abajo, desde los municipios que entendieron que gobernar es estar cerca. En ese sentido, merecen  una mención especial los  intendentes de Villa Mercedes  Maximiliano Frontera y de Juana Koslay, Jorge “Toti” Videla, electo diputado provincial en esta elección, cuya gestión municipal fue otra de las premiadas por la ciudadanía con el 58,50 % de votos de respaldo.

Frontera y Videla, con un estilo cercano, transparente y enfocado en la mejora de los servicios públicos, supieron construir  ciudades ordenadas, con obras visibles, mantenimiento constante y un fuerte vínculo con los vecinos. Estas gestiones no sólo acompañaron el modelo Poggi: lo fortaleció desde el territorio. Si bien ambos venían de acompañar  la gestión anterior, eligieron priorizar a sus vecinos y mirar el futuro, ambos recibieron como respuesta el reconocimiento al trabajo silencioso pero transformador que lideraron  en sus municipios, y entregaron un aporte clave al triunfo general del oficialismo.

El pueblo no premió una figura, premió un rumbo. Poggi volvió a conectar con esa tradición sanluiseña de gobiernos que planifican con responsabilidad y ejecutan con eficacia. No hubo fórmulas mágicas, hubo trabajo.

En una Argentina marcada por el escepticismo, San Luis dio una lección: todavía hay lugar para la política que transforma, para los liderazgos que no gritan pero cumplen. Y esa coherencia, en tiempos de cinismo, vale doble.

El oficialismo no ganó solo una elección. Revalidó una forma de gobernar que honra la inteligencia del votante.  Una mira diferente, más adaptada a los nuevos tiempos  parte de una política distinta: la que escucha, trabaja y cumple.

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Murió el Papa: el argentino que logró cambiar el mundo, pero no logró cambiar el egoísmo de su país

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Murió Francisco. Y con él, se fue el argentino más importante de la historia moderna. El hombre que, sin buscarlo, llevó la argentinidad hasta el último rincón del planeta, sin haber sido jamás del todo aceptado en su propia tierra.

Murió casi en el exilio, como José de San Martín. Alejado de las calles que conocía de memoria, de las veredas de Flores, del aroma a pan en los pasillos del subte A. Murió sin haber vuelto a su patria como Papa, no por falta de voluntad —al menos no la suya—, sino por esa tensión sorda, ese malestar constante que supimos cultivar como país cada vez que uno de los nuestros se eleva demasiado.

Y murió pobre, como Manuel Belgrano. Sin bienes, sin gloria material, sin bustos en las plazas de su barrio que lo representen como lo que fue: el líder espiritual de más de mil millones de personas. Un hombre que, desde Roma, hablaba de los pobres, de la justicia, de la necesidad de una Iglesia con olor a oveja, mientras desde Buenos Aires algunos lo reducían a una caricatura política, como si la única forma de comprenderlo fuera etiquetarlo, encapsularlo, silenciarlo.

El Papa Francisco no fue solo un jefe de Estado. Fue un faro en tiempos de oscuridad global. Un defensor del ambiente antes de que el planeta se incendiara. Un agitador de conciencias frente a la indiferencia social. Un argentino que caminó los pasillos del poder sin olvidar el barro de las villas.

Y sin embargo, aquí, en esta tierra suya, fue amado por muchos pero también ignorado, subestimado, e incluso vilipendiado por otros. Tal vez porque no se dejó domesticar por ninguna estructura de poder. Tal vez porque nos cuesta abrazar a quienes se nos escapan de las categorías cómodas. Tal vez porque, como nos pasa tan seguido, necesitamos que alguien muera para empezar a entender quién fue en verdad.

Hoy, el mundo llora a Francisco. En las calles de Manila, en los barrios pobres de África, en los pasillos silenciosos del Vaticano, se lo despide como a un santo, como a un revolucionario de la fe. Mientras tanto, en Argentina, el duelo es más ambiguo. No por falta de afecto —que lo hubo—, sino por la incomodidad de tener que asumir que fuimos casa, pero no siempre hogar.

Se fue el Papa. Se fue Jorge. Se fue Francisco. Y con él, se fue también una oportunidad: la de habernos reconciliado a tiempo con nuestra propia historia, mientras aun latía.

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Crisis energética: a 15 meses de gobierno, un gran blindaje mediático

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Argentina se encuentra en una encrucijada energética: posee vastos recursos naturales, como las segundas reservas mundiales de gas de esquisto en Vaca Muerta y una posición destacada en el “triángulo del litio”. Sin embargo, recientes cortes de luz y aumentos tarifarios bajo el gobierno de Javier Milei evidencian una contradicción entre este potencial y la realidad energética del país.

El 6 de marzo de 2025, un apagón en Buenos Aires dejó a más de 600,000 clientes sin electricidad, afectando semáforos, el servicio de metro y otras infraestructuras críticas durante una ola de calor con temperaturas que alcanzaron los 42°C. Este incidente subraya la fragilidad de la red eléctrica argentina, especialmente durante picos de demanda en verano.

A pesar de que la producción diaria de petróleo en Vaca Muerta se ha cuadruplicado en los últimos cinco años, permitiendo reanudar exportaciones a Chile después de 17 años, la falta de inversión en infraestructura limita el pleno aprovechamiento de estos recursos. La paralización de proyectos clave, como la segunda etapa del Gasoducto Néstor Kirchner, restringe la capacidad de transporte y distribución de energía.

Durante el primer año de la administración de Milei, las grandes empresas energéticas han experimentado aumentos significativos en ganancias y cotizaciones bursátiles debido a políticas de desregulación y beneficios impositivos. Sin embargo, estos beneficios contrastan con la situación de los consumidores, que enfrentan aumentos tarifarios y una infraestructura energética deficiente.

Paralelamente, la estrategia comunicacional del gobierno ha generado un blindaje en la critica a las responsabilidades directas o compartidas de un gobierno anti estado que ya lleva un camino recorrido donde cada vez tiene menos credibilidad echarle la culpa al que estuvo antes, en materia energética hay responsabilidades compartidas que debe resolver el que gobierna y debe ser en la urgencia.

Para capitalizar su potencial energético y garantizar un suministro confiable, Argentina necesita una estrategia integral que promueva inversiones en infraestructura, mejore la eficiencia del sistema eléctrico y asegure que los beneficios de los recursos naturales se traduzcan en mejoras tangibles para la población. Además, es esencial garantizar una prensa libre e independiente que pueda informar y fiscalizar las políticas públicas sin restricciones ni presiones.

Presidente y Vice, una pelea histórica

En el juego de la casta, Milei profundiza el bloqueo a  Villarruel

El nuevo cruce entre Presidente y su Vice se da en el marco del congelamiento de las dietas de los senadores decretado por Villarruel, quien posteriormente se manifestó en contra del salario que percibe, en sus redes sociales: «Mi sueldo está congelado hace un año y la prepaga aumenta, los impuestos aumentan, no alcanza a nadie que viva de su sueldo con honestidad”, deslizó la vice quién gana un sueldo de, aproximadamente, $3.764.821 sin descuentos.
Milei que sabe que fue un mensaje directo al Poder ejecutivo que es quien liquida el salario de la Vice , detalló: «El 95% de los argentinos gana mucho menos que eso. Mire en el Indec los datos de distribución del ingreso. El salario promedio de la economía es 400 mil y pico. En el 25% que está mejor gana entre 500 mil y 7 millones y medio. Si toma el 10% más alto, gana entre 900 mil y 7 millones y medio. Y en promedio el más alto gana 1.400.000. Entonces me parece que es una frase muy desafortunada y de no entender cuál es la realidad de los argentinos y el esfuerzo que hicieron. Pero bueno, la casta política vive desconectada de la realidad de los argentinos, el senado son sueldos en torno a los 10 millones, está desconectada de la realidad y es el mundo en el que ella vive de la alta política. Es una frase muy desafortunada».
El Presidente profundiza las diferencias «Ella me acompañó en la fórmula, pero a partir de mayo dejó de participar de las reuniones de gabinete porque no compartía nuestra forma de hacer política. Se siente más cómoda con las cosas que aplaude el círculo rojo y nosotros no hacemos política para 500 mil argentinos sino para 47 millones».

Presidente y Vice, una pelea que tiene historia

La primera tensión de la que se tiene registro entre ambos integrantes de una fórmula presidencial data de la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento (1868-1874) y su vice, Valentín Alsina.
Según cuentan los libros, el padre del aula no se llevaba con Alsina. Tan poco coincidía con su vice, que dicen que le dijo: “Usted no se meta en mi gobierno; limítese a tocar la campanilla en el Senado durante seis años y lo invitaré de tiempo en tiempo a comer para que vea mi buena salud”.
Otra situación donde quedó al descubierto una interna fue durante la segunda presidencia de Hipólito Irigoyen (1928-1930). En esa ocasión, ante la inminencia del golpe de Estado y tras la renuncia del primer mandatario, el vicepresidente Enrique Martínez —en ejercicio de la Presidencia— decretó el estado de sitio y pensó en renovar el gabinete, ambicionando quedarse con el cargo. Pocas horas después, el general José Félix Uriburu, quien encabezaría el Gobierno de facto, le pidió la renuncia también a Martínez esa misma tarde.
Los registros más recientes recuerdan las diferencias y traiciones entre Menem y Duhalde, Chacho Álvarez y De la Rúa , Cobos y Kirchner y las marcadas diferencias entre Cristina Kirchner y Alberto Fernández
Las sociedades en política muchas veces sirven para lograr el objetivo pero al corto plazo ese mismo objetivo que es el poder, termina en rupturas y diferencias plasmadas por las ambiciones que forman parte de la naturaleza de los Políticos.

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La pobreza: una realidad que duele y la política ignora

La pobreza es una problemática compleja y una consecuencia estructural del sistema económico y social vigente. En Argentina, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), en el primer semestre de 2024, el 52,9% de la población vivía por debajo de la línea de pobreza.

Esta cifra, según una estimación de la U.C.A tuvo una breve baja en el tercer trimestre del año y se ubica en el 49,9% aunque no sucede lo mismo en el caso de los niños donde la pobreza creció al 65,5% , representa a más de 20 millones de personas que carecen de los recursos necesarios para cubrir sus necesidades básicas y 1 de cada 2 niños en situación de pobreza.

La complejidad de este fenómeno radica en su carácter multidimensional. No puede medirse únicamente a partir del ingreso promedio de una población. Ser pobre no solo implica carencia de recursos económicos, sino también desigualdades profundas en el acceso a derechos fundamentales como la tierra, la salud, la educación, la justicia, el tiempo libre y la participación cultural. En este contexto, el Estado tiene la responsabilidad ineludible de garantizar, a través de políticas públicas inclusivas, un piso real de igualdad que permita diseñar estrategias efectivas para erradicar la pobreza.

Un factor crucial es la desigualdad en la distribución del ingreso. En Argentina, el 10% más rico concentra más del 30% de los ingresos totales, mientras que el 10% más pobre apenas alcanza el 1,5%. Reducir esta brecha exige implementar políticas laborales activas que fomenten empleos de calidad y salarios dignos.

Los sectores más vulnerables a la pobreza son los niños, niñas, adolescentes y adultos mayores. Según UNICEF, más del 60% de los niños y niñas en Argentina vive en condiciones de pobreza, un dato alarmante que refleja la realidad de Sudamérica: la mayoría de los niños son pobres, y la mayoría de los pobres son niños. Frente a este escenario, es fundamental garantizar la implementación efectiva de los marcos normativos que protegen sus derechos y promueven condiciones de vida dignas.

En el caso de los adultos mayores, las políticas sociales juegan un rol esencial. Según el Observatorio de la Deuda Social de la UCA, casi un 14% de las personas mayores vive en pobreza, muchas veces enfrentando dificultades para acceder a servicios básicos como salud y vivienda.
La pobreza también exacerba las desigualdades de género. En 2022, más del 65% de los hogares encabezados por mujeres en situación de pobreza no alcanzaban los ingresos necesarios para cubrir una canasta básica total. Las mujeres, especialmente aquellas que son jefas de hogar, enfrentan barreras adicionales para acceder a empleo formal y redes de apoyo, perpetuando su exclusión y vulnerabilidad.

Por otra parte, las propuestas basadas en el pensamiento económico ortodoxo, que confían en la «mano invisible» del mercado para corregir desigualdades, han demostrado ser insuficientes. En lugar de reducir las inequidades, tienden a profundizarlas al desincentivar la intervención estatal en políticas redistributivas.

Es urgente un cambio de paradigma para enfrentar esta problemática. Reconocer la pobreza como una prioridad central en la agenda política y social es el primer paso hacia su erradicación. Las políticas públicas inclusivas, basadas en evidencia y con un enfoque de derechos, son indispensables para construir una sociedad más justa, equitativa y solidaria.

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