Adolfo, vení y bancá conmigo la corrupción de los jóvenes brillantes, amigos de mi hijo, que fueron parte de mi gabinete.
Ese parece ser el verdadero pedido del último convite que Alberto Rodríguez Saá le lanzó a su hermano Adolfo, en el más reciente capítulo que ofrece la novela reconciliatoria que protagonizan desde hace ya casi un mes.
El verdadero argumento del mensaje de Alberto a Adolfo no está en línea con una sumatoria política: sabe que está descapitalizado: hace 7 años lo votaron sólo 2 de cada 10 puntanos. No tiene legisladores, no tiene intendentes, no tiene concejales.
No. El pedido es más desafiante, más atrevido, más propio de la naturaleza política que se le reconoce a Alberto.
El mensaje implícito parece ser ese, brutal: Adolfo, vení a respaldar a quienes integraron mi gobierno, aunque vos mismo hayas denunciado la tierra arrasada que dejé con ellos.
Bancar a los más de 15 exfuncionarios investigados, o imputados, o condenados por corrupción que desfilan por los tribunales.
Como sea, la película completa, que se alimenta posteo tras posteo, tiene bastante de desconexión histórica.
Dos dirigentes que rozan los ochenta años, después de más de cuatro décadas dominando la política puntana, ¿todavía parecen convencidos de que el futuro de San Luis puede resolverse alrededor de la asistencia a una olla de locro y una foto de reconciliación familiar?.
Claro que más desconcertante todavía es observar a parte de la dirigencia pendiente de ese ritual antiguo, como si la política provincial siguiera transmitiéndose desde un televisor en blanco y negro. Como si no hubiera alcanzado con ver durante años a buena parte de la sociedad puntana atrapada en la lógica caprichosa de las disputas personales entre esos dos hermanos.
Y ahí aparece quizá el contraste más profundo. No se trata sólo de que la mayor parte del padrón electoral nació después de que Adolfo y Alberto llegaran al poder. También hay una distancia cultural. Una sociedad moldeada por la lógica digital, por la velocidad de las redes y por la desconfianza hacia los liderazgos eternos, frente a una dirigencia octogenaria que todavía parece convencida de que la política puede ordenarse alrededor de una foto familiar, de ciertas complicidades, y una olla de locro.
Perder la conciencia de época puede ser muy cruel. Nos hace actuar como si el tiempo no hubiera pasado.