El posteo de una fotografía de José Giraudo junto a Alejandro Cacace —dirigente de La Libertad Avanza y subsecretario de Reformas Estructurales del gobierno de Javier Milei— y una segunda publicación en la que insinuó una eventual candidatura propia a intendente de Villa Mercedes y de Poggi a gobernador, cayó mal. Muy mal.
En la mesa chica del frente que gobierna no hubo matices: “cayó pésimo”, sintetizó un dirigente con acceso directo a las decisiones.

La incomodidad tiene dos razones. La primera, política. La imagen junto a Cacace —referente de La Libertad Avanza— abre una zona de ambigüedad en un terreno en el que las señales importan más que las explicaciones. Homo Videns: la palabra ha sido destronada por la imagen.
La segunda, interna. El propio Giraudo reforzó esa lectura con un posteo de tono desafiante, en el que defendió la posibilidad de expresar aspiraciones electorales a más de un año de los comicios. En realidad, ese primer posteo ya parecía responder a una —¿futura?— recriminación.
“¿Qué? ¿Acaso a casi poco más de un año para las próximas elecciones uno no puede expresar sus deseos democráticos? Lo lamento por quienes se ponen en papel de críticos”, posteó Giraudo.

No se trata solo de tiempos, sino de roles, argumentan.
Giraudo no es un dirigente más: es el responsable de la vinculación institucional del gobierno. Y ese dato modifica el encuadre. Su presencia en la Asamblea Legislativa —el momento de mayor densidad institucional del año— no era la de un actor político en campaña, sino la de un funcionario del Ejecutivo.
Ahí es donde el episodio deja de ser una simple expresión personal y pasa a ser leído como un desajuste político.
En un contexto social que reclama gestión y resultados, la anticipación de candidaturas —y más aún cuando proviene de funcionarios— aparece, hacia adentro y hacia afuera, como un ruido innecesario.