Nostalgia tóxica: de Putin a Trump y las caravanas de camiones

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La guerra está reconfigurando nuestro mundo y frenando algunos de los avances respecto de la necesidad de un nuevo Green New Deal [Nuevo Pacto Verde]. ¿Es posible aprovechar esa urgencia para la acción en favor del clima o sucumbiremos a un auge final y mortal del petróleo y el gas?

Por Naomi Klein.

La nostalgia por el imperio es lo que parece impulsar a Vladímir Putin, eso y el deseo de superar la vergüenza por la rigurosa terapia de choque económica impuesta a Rusia al final de la Guerra Fría1. La nostalgia por la «grandeza» estadounidense es en parte lo que impulsa al movimiento que Donald Trump aún lidera, eso y el deseo de superar la vergüenza de tener que enfrentar la villanía del supremacismo blanco que moldeó la fundación de Estados Unidos y aún lo mutila. La nostalgia es también lo que animaba a los camioneros canadienses que ocuparon Ottawa durante casi un mes, empuñando sus banderas rojiblancas como un ejército conquistador, evocando un tiempo más sencillo en el que sus conciencias no estaban perturbadas por pensamientos sobre los cuerpos de niños indígenas cuyos restos aún hoy se descubren en los terrenos de esas instituciones genocidas que alguna vez se atrevieron a llamarse «escuelas»2.

No se trata de la cálida y acogedora nostalgia de los placeres de la infancia vagamente recordados; es una nostalgia furiosa y aniquiladora, que se aferra a falsos recuerdos de glorias pasadas contra toda evidencia atenuante.

Todos estos movimientos y figuras basados en la nostalgia comparten un anhelo por algo más, algo que puede parecer no relacionado, pero no es así. La nostalgia por una época en la que los combustibles fósiles podían extraerse de la tierra sin pensamientos inquietantes de extinción masiva, sin niños exigiendo su derecho a un futuro, sin informes del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático como el que se publicó recientemente3 y que se puede leer, en palabras del secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, como un «atlas del sufrimiento humano y una acusación condenatoria del liderazgo climático fallido»4. Putin, por supuesto, lidera un petroestado que se ha negado con actitud desafiante a diversificar su dependencia económica del petróleo y el gas, pese al efecto devastador que tiene sobre su gente la montaña rusa de los commodities y pese a la realidad del cambio climático. Trump está obsesionado con el dinero fácil que ofrecen los combustibles fósiles5 y, como presidente, hizo del negacionismo climático una política distintiva6.

Los camioneros canadienses, por su parte, no solo eligieron camiones de 18 ruedas ociosos y bidones contrabandeados como símbolos de protesta, sino que los líderes del movimiento están también profundamente ligados al petróleo extrasucio de las arenas bituminosas de Alberta7. Antes del «convoy de la libertad», muchos de estos mismos actores protagonizaron el ensayo general conocido como United We Roll [Unidos Rodamos], un convoy de 2019 que combinó una ferviente defensa de los oleoductos, la oposición a la fijación del precio del carbono, la xenofobia antiinmigrante y una nostalgia explícita por un Canadá blanco y cristiano8.

Aunque los petrodólares respaldan a estos actores y fuerzas, es fundamental entender que el petróleo es una representación de una cosmovisión más amplia, una cosmología profundamente entrelazada con el Destino Manifiesto y la Doctrina del Descubrimiento, que clasificó la vida humana y no humana dentro de una jerarquía rígida en la que los hombres cristianos blancos ocupan la parte superior. El petróleo, en este contexto, es el símbolo de la mentalidad extractivista: no solo lo que se percibe como un derecho otorgado por Dios a seguir extrayendo combustibles fósiles, sino también el derecho a seguir tomando lo que se desea, dejar el veneno y nunca mirar hacia atrás.Esta es la razón por la cual la crisis climática que avanza con rapidez representa no solo una amenaza económica para las personas comprometidas con los sectores extractivos, sino también una amenaza cosmológica para las personas comprometidas con esta cosmovisión. Porque el cambio climático es la Tierra diciéndonos que nada es gratis; que la era del «dominio» humano (blanco, masculino) ha terminado; que no existe tal cosa como una relación unidireccional que consiste únicamente en tomar; que todas las acciones tienen reacciones. Estos siglos de excavar y extraer están hoy desencadenando fuerzas que hacen que aun las estructuras más sólidas creadas por las sociedades industriales (ciudades costeras, carreteras, plataformas petrolíferas) parezcan vulnerables y frágiles. Y dentro de la mentalidad extractivista, eso es imposible de aceptar.

Dadas sus cosmologías comunes, no debería sorprender que Putin, Trump y los «convoyes de la libertad» se acerquen entre sí a través de geografías dispares y circunstancias muy diferentes. Así que Trump elogia el «movimiento pacífico de camioneros, trabajadores y familias patriotas que protestan por sus derechos y libertades más básicos» en Canadá9; Tucker Carlson y Steve Bannon alientan a Putin mientras los camioneros lucen sus gorras con la leyenda «maga» [las siglas de «Make America Great Again»]; Randy Hillier, miembro de la Legislatura de Ontario y uno de los simpatizantes más ruidosos del convoy, declara en Twitter que «muchas más personas han muerto y morirán a causa de esta inyección [las vacunas contra el covid] que en la guerra entre Rusia y Ucrania». ¿Y qué tal el restaurante de Ontario que puso en su pizarra de especialidades diarias el anuncio de que Putin «no está ocupando Ucrania» sino plantando cara al Gran Reinicio, a los satanistas, y «luchando contra la esclavización de la humanidad»10?

Estas alianzas parecen al principio profundamente extrañas e improbables. Pero si se mira un poco más de cerca, está claro que las une una actitud hacia el tiempo que se aferra a una versión idealizada del pasado y se niega rotundamente a enfrentar verdades difíciles acerca del futuro. También comparten el deleite en el ejercicio del poder bruto: el camión de 18 ruedas frente al peatón, la realidad fabricada que se proclama a los gritos frente al informe científico cauteloso, el arsenal nuclear frente a la ametralladora. Esta es la energía que actualmente surge en muchas esferas diferentes, iniciando guerras, atacando sedes de gobierno y desestabilizando con actitud desafiante los sistemas de soporte vital de nuestro planeta. Este es el ethos que está en la raíz de tantas crisis democráticas, crisis geopolíticas y la crisis climática: un aferrarse de manera violenta a un pasado tóxico y una negativa a enfrentar un futuro más complejo e interrelacional, restringido por los límites de lo que las personas y el planeta pueden tomar. Es una expresión pura de lo que la fallecida bell hooks describió a menudo, con un guiño juguetón, como «patriarcado capitalista imperialista de supremacía blanca», porque a veces se necesitan todas las armas grandes para describir nuestro mundo con precisión.

La tarea política más urgente que tenemos entre manos es presionar lo suficiente a Putin para que vea su invasión criminal de Ucrania como un riesgo demasiado grande para ser sostenible. Pero eso es solo el más mínimo de los comienzos. «Hay una ventana breve y que se cierra rápidamente para asegurar un futuro habitable en el planeta», afirmó Hans-Otto Portner, copresidente del grupo de trabajo del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático que organizó el trascendental informe publicado en febrero11. Si hay una tarea política unificadora de nuestro tiempo es dar una respuesta integral a esta conflagración de nostalgias tóxicas. Y en un mundo moderno nacido del genocidio y el despojo, eso requiere diseñar una visión para un futuro en el que nunca antes hemos estado.

Los líderes de nuestros diversos países, con escasas excepciones, están muy lejos de enfrentar este desafío. Putin y Trump son figuras nostálgicas y retrógradas, y tienen mucha compañía en la extrema derecha. Jair Bolsonaro fue elegido jugando con la nostalgia por la era de gobierno militar de Brasil, y Filipinas, en un hecho alarmante, eligió como su presidente a Ferdinando Marcos Jr., hijo del difunto dictador que saqueó y aterrorizó a su nación durante buena parte de los años 70 y 80. Pero esto no ocurre solo en la derecha. Muchos liberales convencionales son también figuras profundamente nostálgicas, que solo ofrecen como antídoto contra el fascismo emergente un neoliberalismo recalentado, alineado abiertamente con los intereses corporativos depredadores, desde las grandes farmacéuticas hasta los grandes bancos, que han hecho trizas los estándares de vida. Joe Biden fue elegido con la reconfortante promesa de un regreso a la normalidad anterior a Trump, sin importar que este fuera el mismo terreno en el que creció el trumpismo. Justin Trudeau es la versión más joven del mismo impulso: un eco trivial y superficialmente llamativo de su padre, el difunto primer ministro canadiense Pierre Elliott Trudeau. En 2015, la primera declaración de Trudeau Jr. en el escenario mundial fue «Canadá ha vuelto»; la de Biden, cinco años después, fue «Estados Unidos ha vuelto, listo para liderar el mundo»12.

No venceremos a las fuerzas de la nostalgia tóxica con estas débiles dosis de nostalgia marginalmente menos tóxica. No basta con estar «de vuelta»; tenemos una desesperante necesidad de algo nuevo. La buena noticia es que sabemos cómo es luchar contra las fuerzas que posibilitan la agresión imperial, el pseudopopulismo de derecha y el colapso climático al mismo tiempo. Se parece mucho a un Green New Deal [Nuevo Pacto Verde], un marco para salirse de los combustibles fósiles invirtiendo en empleos sindicalizados que respalden a las familias y en los que se lleve a cabo una tarea significativa, como construir viviendas ecológicas asequibles y buenas escuelas, comenzando por las comunidades sistemáticamente más abandonadas y contaminadas13. Y eso exige alejarse de la fantasía del crecimiento ilimitado e invertir en el trabajo de cuidado y reparación14.

El Nuevo Pacto Verde, o el Nuevo Pacto Rojo, Negro y Verde, es nuestra mejor esperanza para construir una sólida coalición multirracial de la clase trabajadora, basada en la búsqueda de un terreno común a través de las divisiones. También resulta ser la mejor manera de cortar el flujo de petrodólares que llegan a personas como Putin, ya que las economías verdes que han superado la adicción al crecimiento sin fin no necesitan petróleo ni gas importados. Y también es así como cortamos el oxígeno al pseudopopulismo de Trump/Carlson/Bannon, cuyas bases se están expandiendo porque son mucho mejores para aprovechar la ira dirigida contra las elites de Davos que los demócratas, cuyos líderes, en su mayor parte, son parte de esas elites.

La invasión de Rusia subraya la urgencia de este tipo de transformación verde, pero también plantea nuevos desafíos. Antes de que los tanques rusos comenzaran a rodar, ya estábamos escuchando que la mejor manera de detener la agresión de Putin es aumentar la producción de combustibles fósiles en América del Norte. Pocas horas después de la invasión, todos los proyectos de devastación del planeta que el movimiento por la justicia climática había logrado bloquear durante la última década eran otra vez puestos frenéticamente sobre la mesa por políticos de derecha y expertos favorables a la industria: cada oleoducto cancelado, cada terminal de exportación de gas rechazada, cada campo de fracking protegido, cada sueño de perforación en el Ártico. Dado que la maquinaria de guerra de Putin se financia con petrodólares, la solución, se nos dice, es perforar, fracturar y despachar más por nuestra cuenta.

Todo esto es una farsa capitalista de desastre del mismo estilo de la que he descrito demasiadas veces con anterioridad. En primer lugar, China seguirá comprando petróleo ruso independientemente de lo que suceda en la Formación Marcellus o en las arenas bituminosas de Alberta15. En segundo lugar, los plazos son una fantasía. No existe tal cosa como un juego de combustibles fósiles a corto plazo. Cada uno de los proyectos que se anuncian como una solución a la dependencia de los combustibles fósiles rusos tardaría años en tener un impacto y, para que sus costos irrecuperables tuvieran sentido en el plano financiero, los proyectos tendrán que permanecer en actividad durante décadas, desafiando las advertencias cada vez más desesperadas que recibimos de la comunidad científica.

Pero, por supuesto, el impulso a nuevos proyectos fósiles en América del Norte no apunta a ayudar a los ucranianos o a debilitar a Putin. La verdadera razón por la que se han desempolvado todos los viejos sueños imposibles es mucho más grosera: esta guerra los ha hecho de la noche a la mañana mucho más rentables. En la semana en que Rusia invadió Ucrania, el petróleo de referencia europeo, el crudo Brent, alcanzó los 105 dólares el barril, un precio que no se veía desde 2014, y todavía ronda los 100 dólares (el doble de lo que era a finales de 2020). Los bancos y las empresas de energía están desesperados por aprovechar al máximo este repunte de los precios, ya sea en Texas, en Pensilvania o en Alberta.

Así como Putin está decidido a reconfigurar el mapa de Europa del Este posterior a la Guerra Fría, este juego de poder del sector de los combustibles fósiles está destinado a reconfigurar el mapa energético. El movimiento por la justicia climática ha ganado algunas batallas muy importantes durante la última década. Ha logrado prohibir la fractura hidráulica en países, estados y provincias enteros; se han bloqueado enormes oleoductos como Keystone xl, y también muchas terminales de exportación y varias incursiones de perforación en el Ártico. Los líderes indígenas han jugado un papel central en casi todas las luchas. Y sorprendentemente, 40 billones de dólares de fondos de dotación y pensiones en más de 1.500 instituciones se han comprometido con alguna forma de desinversión en combustibles fósiles, gracias a una década de tenaz organización de desinversiones16.

Pero he aquí un secreto que nuestros movimientos se ocultan a menudo incluso a sí mismos: desde que el precio del petróleo se desplomó en 2015, hemos estado luchando contra una industria que tiene una mano atada a la espalda. Esto se debe a que el petróleo y el gas más baratos y de fácil acceso en buena medida se han agotado en América del Norte, por lo que las batallas campales por nuevos proyectos se han centrado principalmente en fuentes no convencionales y más costosas de explotar: combustibles fósiles atrapados en la roca de esquisto, o bajo el lecho marino en las profundidades del océano, o bajo el hielo del Ártico, o el lodo semisólido de las arenas bituminosas de Alberta. Muchas de estas nuevas fronteras de combustibles fósiles solo se volvieron rentables después de que eeuu invadiera Iraq en 2003, lo que disparó los precios del petróleo. De repente, tuvo sentido en términos económicos hacer esas inversiones multimillonarias para extraer petróleo de las profundidades del océano o convertir el betún fangoso de Alberta en petróleo refinado. Los años de auge estaban delante de nosotros, con el Financial Times describiendo el frenesí por las arenas bituminosas como «el mayor auge de recursos de América del Norte desde la fiebre del oro de Klondike»17.

Sin embargo, cuando el precio del petróleo colapsó en 2015, la determinación de la industria de seguir creciendo a un ritmo tan frenético flaqueó. En algunos casos, los inversionistas no estaban seguros de que podrían recuperar su dinero, lo que llevó a algunas grandes empresas a retirarse del Ártico y de las arenas bituminosas. Y con las ganancias y los precios de las acciones a la baja, los organizadores de la desinversión fueron de pronto capaces de argumentar que las acciones de las empresas de combustibles fósiles no solo eran inmorales, sino que eran una inversión pésima, incluso en los propios términos del capitalismo. Pues bien, las acciones de Putin han desatado la mano detrás de la espalda de las grandes petroleras y la han convertido en un puño.

Esto explica la reciente ola de ataques contra el movimiento por el clima y el puñado de políticos demócratas que han propuesto una acción en favor del clima basada en la ciencia. El representante Tom Reed, un republicano de Nueva York, afirmó: «eeuu tiene los recursos energéticos para eliminar por completo a Rusia del mercado del petróleo y el gas, pero no usamos esos recursos debido a la complacencia partidista del presidente Biden hacia los extremistas ambientales del Partido Demócrata».

Se trata exactamente de lo contrario. Si los gobiernos, muchos de los cuales se postularon prometiendo políticas similares al Nuevo Pacto Verde durante la última década y media, las hubieran realmente implementado, Putin no podría burlarse de la ley y la opinión internacional como lo ha estado haciendo de manera flagrante, firme en la creencia de que seguirá teniendo clientes para sus hidrocarburos cada vez más rentables. La crisis subyacente que enfrentamos no es que los países de América del Norte y Europa occidental no hayan logrado construir la infraestructura de combustibles fósiles que les permitiría desplazar el petróleo y el gas rusos; es que todos nosotros –eeuu, Canadá, Alemania, Japón– todavía consumimos cantidades obscenas e insostenibles de petróleo y gas y, de hecho, de energía, punto.

Conocemos la salida de esta crisis: aumentar la infraestructura para las energías renovables, alimentar los hogares con energía eólica y solar, electrificar nuestros sistemas de transporte. Y debido a que todas las fuentes de energía conllevan costos ecológicos, también debemos reducir la demanda de energía en general, mediante una mayor eficiencia, más transporte público y menos sobreconsumo derrochador. El movimiento por la justicia climática viene diciendo esto hace décadas. El problema no es que las elites políticas hayan pasado demasiado tiempo escuchando a los supuestos extremistas ambientales, sino que apenas nos han escuchado a nosotros.Ahora nos encontramos en un momento extraño, en el que parece que hay mucho en juego. bp anunció que venderá su participación de 20% en el gigante petrolero ruso Rosneft18, y otros están siguiendo su ejemplo. Esas serían buenas noticias para Ucrania, ya que la presión sobre este sector tan crítico sin duda llamará la atención de Putin. Sin embargo, también debemos tener claro que es probable que esto solo suceda porque bp planea aprovechar al máximo el frenesí del petróleo y el gas, desatado por los precios más altos, en América del Norte y en otros lugares. «bp sigue confiando en la flexibilidad y resistencia de su marco financiero», aseguró a los observadores del mercado en su comunicado de prensa que anunciaba el movimiento de Rosneft19.

También es significativo que el anuncio de bp se produjera pocas horas después de que el canciller alemán Olaf Scholz informara que su país construirá dos nuevas terminales de importación para recibir envíos de gas natural, lo que aumenta aún más la dependencia de los combustibles fósiles en medio de la emergencia climática. Los ambientalistas alemanes se han opuesto durante mucho tiempo a las terminales, pero ahora estas reciben nuevo impulso al amparo de la guerra, y se las presenta como la única forma de compensar el gas que, según el reciente anuncio de Scholz, no llegará a través de Nord Stream 2, el flamante gasoducto que corre bajo el Mar Báltico. Ese movimiento convirtió una pieza de infraestructura de combustibles fósiles de última generación en un «agujero en el suelo de 11.000 millones de dólares», en palabras del jefe de la oficina europea de The Globe and Mail Eric Reguly.

Sin embargo, no solo se matan y reviven proyectos de combustibles fósiles. «Estamos doblando la apuesta por las energías renovables», anunció Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, antes de la invasión de Rusia. «Esto aumentará la independencia estratégica de Europa en materia de energía»20.

Al ver estas piezas de ajedrez geopolíticas volar por todo el tablero en cuestión de días, junto con la última ola de dramáticas sanciones contra los bancos rusos y el tráfico aéreo, hay muchas razones para el temor, entre ellas la repetición de medidas que castigan a los pobres por los crímenes de los ricos. Pero también hay destellos de optimismo. Lo alentador es menos la sustancia de cualquier movimiento individual que su pura velocidad y determinación. Como en los primeros meses de la pandemia, la respuesta a la invasión de Rusia debería recordarnos que a pesar de la complejidad de nuestros sistemas financieros y energéticos, estos aún pueden ser transformados por las decisiones de simples mortales21.

Vale la pena detenerse en algunas de las implicaciones. Si Alemania puede abandonar un oleoducto de 11.000 millones de dólares porque de repente se lo considera inmoral (siempre lo fue), entonces toda la infraestructura de combustibles fósiles que viola nuestro derecho a un clima estable también debería ser objeto de debate. Si bp puede abandonar una participación de 20% en una importante petrolera rusa, ¿qué inversión no puede abandonarse si se basa en la destrucción de un planeta habitable? Y si se puede anunciar que el dinero público construirá terminales de gas en un abrir y cerrar de ojos, entonces no es demasiado tarde para luchar por mucha más energía solar y eólica.

Como escribió Bill McKibben en su excelente newsletter, Biden podría ayudar en esta transformación utilizando poderes que solo están disponibles en tiempos de emergencia e invocando la Ley de Producción de Defensa para construir una gran cantidad de bombas de calor eléctricas y enviarlas a Europa para mitigar el daño por la pérdida del gas ruso22. Ese es el espíritu creativo que necesitamos en este momento. Porque si vamos a construir nueva infraestructura energética, y es preciso hacerlo, seguramente debería ser la infraestructura del futuro, no más nostalgia tóxica.

Son muchas las lecciones que debemos tomar del momento de conmoción que estamos viviendo23. Lecciones sobre los peligros de permitir que las armas nucleares proliferen sin control. Sobre la miopía de avergonzar a países que otrora fueran grandes potencias. Sobre el grotesco doble rasero de los medios occidentales respecto a qué tierras y qué vidas se tratan como pasibles de invasión y desechables24. Sobre qué migraciones forzadas se tratan como crisis para las personas que se desplazan, y cuáles como crisis para los países hacia los que se desplazan. Sobre la voluntad de la gente común de luchar por las tierras, y sobre qué luchas por la autodeterminación y la integridad territorial se celebran como heroicas y cuáles se califican de terroristas. Todas estas son lecciones que debemos aprender por vivir este momento de historia desnuda.

Y también debemos aprender esto: todavía es posible que los humanos cambien el mundo que hemos construido cuando la vida está en juego, y es posible hacerlo de manera rápida y drástica. Al igual que hace dos años, cuando se declaró por primera vez la pandemia, estamos en otro momento aterrador pero muy maleable.

La guerra está reconfigurando nuestro mundo, pero también lo hace la emergencia climática. La pregunta es: ¿aprovecharemos los niveles de urgencia y acción de tiempos de guerra para catalizar la acción climática, logrando mayor seguridad para todos en las próximas décadas, o permitiremos que la guerra agregue más combustible a un planeta que ya está en llamas? Svitlana Krakovska, una científica ucraniana que forma parte del grupo de trabajo del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático que elaboró el informe de febrero, planteó ese desafío de manera más aguda. Aun cuando su país estaba bajo el ataque del Kremlin, habría dicho a sus colegas científicos en una reunión virtual que «el cambio climático inducido por el ser humano y la guerra en Ucrania tienen las mismas raíces: los combustibles fósiles y nuestra dependencia de ellos».

Los ultrajes de Rusia en Ucrania deberán recordarnos que la influencia corruptora del petróleo y el gas se encuentra en la raíz de prácticamente todas las fuerzas que desestabilizan nuestro planeta. ¿La arrogancia engreída de Putin? Gentileza del petróleo, el gas y las armas nucleares. ¿Los camiones que ocuparon Ottawa durante un mes, acosando a los residentes, llenando el aire de humo e inspirando convoyes de imitadores en todo mundo? Una de las líderes de la ocupación se presentó ante el tribunal con una sudadera que decía «Yo ♥️ Petróleo y Gas»25. Ella sabe quiénes son sus patrocinadores. ¿Negacionismo del covid y cultura de la conspiración en aumento? Bueno, una vez que negaste el colapso climático, negar pandemias, elecciones o prácticamente cualquier forma de realidad objetiva es muy fácil26.

En esta última etapa del debate, gran parte de esto se entiende bien. El movimiento por la justicia climática ha ganado todos los argumentos a favor de la acción transformadora. Lo que corremos el riesgo de perder, en la niebla de la guerra, es nuestro coraje. Porque nada cambia tanto el enfoque como la violencia extrema, incluso aquella que es subsidiada de manera activa por el precio del petróleo en alza. Para evitar que eso suceda, no es una mala idea inspirarnos en Krakovska, quien según reportes les dijo a sus colegas del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático en esa reunión a puertas cerradas: «No nos rendiremos en Ucrania. Y esperamos que el mundo no se rinda en la construcción de un futuro resistente al clima»27. Sus palabras conmovieron tanto a su homólogo ruso, informan testigos oculares, que rompió filas y se disculpó por las acciones de su gobierno: un vislumbre de un mundo que mira hacia adelante, y no hacia atrás.

 

Naomi Klein. Es una periodista, escritora y activista canadiense. Es autora de No Logo. El poder de las marcas (Planeta, Buenos Aires, 2001); La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre (Paidós, Buenos Aires, 2008); Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima (Paidós, Barcelona, 2015) y Decir no no basta. Contra las nuevas políticas del shock por el mundo que queremos (Paidós, Buenos Aires, 2017).

  • 1. Murtaza Hussain: «How Putin’s Designs on Ukraine Reflect the ‘Dangerous Nostalgia’ of a Lost Empire» en The Intercept, 22/2/2022.
  • 2. N. Klein: «Stealing Children to Steal the Land» en The Intercept, 16/6/2021.
  • 3. «Climate Change: A Threat to Human Wellbeing and Health of the Planet: Taking Action Now Can Secure Our Future», 28/2/2022.
  • 4. «ipcc Adaptation Report ‘A Damning Indictment of Failed Global Leadership on Climate’» en un News, 28/2/2022.
  • 5. Lee Fang y Naomi LaChance: «Donald Trump’s Epa Team will be Run by Fossil-Fuel Industry Advocates» en The Intercept, 7/12/2016.
  • 6. «Part Seven: Climate Carnage» en The Intercept, 22/10/2020; Sharon Lerner: «As the West Burns, the Trump Administration Races to Demolish Environmental Protections» en The Intercept, 19/9/2020.
  • 7. Ryan Tumilty: «Ottawa Protesters Employ Gas Can Subterfuge to Frustrate Police» en National Post, 8/2/2022.
  • 8. «Scenes from Parliament Hill United We Roll Convoy Rally», video en Ottawa Citizen, canal de YouTube, 19/2/2019, www.youtube.com/watch?v=2qgpduidtwg.
  • 9. «Trump Criticizes Canada over its Removal of Convoy Protesters in Ottawa» en The Canadian Press, 26/2/2022.
  • 10. Tuit disponible en https://twitter.com/bluestockingetc/status/1497252986413719552; N. Klein: «The Great Reset Conspiracy Smoothie» en The Intercept, 8/12/2020.
  • 11. «UN Climate Report Urges World to Adapt Now, or Suffer Later» en CBS, 28/2/2022.
  • 12. «Joe Biden: ‘America is Back’ on World Stage», video en AP, canal de YouTube, 24/11/2020, www.youtube.com/watch?v=eeIkv8ri3uI.
  • 13. Kate Aronoff: «With a Green New Deal, Here’s What the World Could Look Like for the Next Generation» en The Intercept, 5/12/2018.
  • 14. N. Klein: «A Message from the Future ii: The Years of Repair» en The Intercept, 1/10/2020.
  • 15. «Putin Hails China Oil and Gas Deals amid Tensions with Europe» en Aljazeera, 4/2/2022.
  • 16. «Fossil Fuel Divestment Movement Hits $40 Trillion in Represented Assets» en Stand.earth, 22/2/2022.
  • 17. N. Klein: «Baghdad Burns, Calgary Booms» en The Nation, 31/5/2007.
  • 18. Ramishah Maruf: «bp Will Dump its 20% Stake in Russian Oil Giant Rosneft» en CNN, 27/2/2022.
  • 19. «BP to Exit Rosneft Shareholding», 27/2/2022, disponible en www.bp.com/en/global/corporate/news-and-insights/press-releases/bp-to-exit-rosneft-shareholding.html.
  • 20. Michael Birnbaum y Steven Mufson: «EU Will Unveil a Strategy to Break Free from Russian Gas, After Decades of Dependence» en The Washington Post, 24/2/2022.
  • 21. N. Klein: «Coronavirus Capitalism – And How to Beat It» en The Intercept, 16/3/2020.
  • 22. B. McKibben: «Heat Pumps for Peace and Freedom» en The Crucial Years, 28/2/2022.
  • 23. Sara Sirota: «Russia’s Ukraine War Heightens Urgency around Biden’s Nuclear Weapons Strategy» en The Intercept, 25/2/2022.
  • 24. Mona El-Naggar: «In Mideast, After Decades of War, the Mass Flight From Ukraine Resonates» en The New York Times, 26/2/2022.
  • 25. «No Bail Decision Yet for Tamara Lich, Convoy Protest Organizer» en CBC, 19/2/2022.
  • 26. Micah Lee: «Oath Keepers, Anti-Democracy Activist, and Others on the Far Right are Funding Canada’s ‘Freedom Convoy’» en The Intercept, 17/2/2022.
  • 27. Sarah Kaplan: «Russian Climate Delegate Apologizes on Ukraine, Saying Many ‘Fail to Find Any Justification for the Attack» en The Washington Post, 27/2/2022.

Nota: la versión original de este artículo fue publicada, en inglés, en The Intercept, con el título «Toxic Nostalgia, From Putin to Trump to the Trucker Convoys» (3/2022). Se puede leer el original aquí.

Este artículo es copia fiel del publicado en la revista Nueva Sociedad 301, Septiembre – Octubre 2022, ISSN: 0251-3552