El aula del mañana: entre el algoritmo y el espíritu, por Víctor Moriñigo

12 de junio de 2026
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Víctor Moriñigo.

Escuche en una reunión de la que me tocó participar, una frase dicha por un hombre que se merecía ser escuchada: “Habrá que pensar cuanto están dispuestos a tributar las empresas de IA con la enorme cantidad de dinero que ganarán, y ojala los gobiernos destinen esos tributos a la creación de ingreso universal  para los más necesitados, para comer y vestirse”. El hombre preocupado por la irrupción de la IA en el mundo era Pepe Mujica, ex presidente de la República Oriental del Uruguay y dirigente social muy reconocido en el mundo, que hoy ya no está con nosotros.

Hace apenas un mes, el Papa León XIV sacudía el debate global con la publicación de su encíclica Magnifica Humanitas. En sintonía con lo que la historia le demandaba a León XIII con la Rerum Novarum en 1891, hablando de “trabajo digno”, “derecho del trabajo” hace casi 130 años atrás para el mundo.

En un mundo encandilado por los destellos de la Inteligencia Artificial y la automatización extrema, el Vaticano no ha optado por el silencio, ni por el rechazo ciego, sino por una advertencia urgente: la técnica debe servir a la dignidad del hombre, y no al revés.

Esta carta encíclica no es sólo un documento teológico; es un manifiesto político y social que nos obliga a plantearnos la pregunta más incómoda de nuestro tiempo: ¿cómo educar para un mercado laboral donde lo técnico ya no es patrimonio exclusivo de los seres humanos?, ¿Cómo educar para trabajos que aún no sabemos que existirán?, ¿Cómo educar en las nuevas tecnologías, con la brecha de acceso a esa tecnología?

La respuesta no está en competir contra las máquinas en su propio terreno. Intentar que nuestros estudiantes sean mejores procesadores de datos o programadores mecánicos que una IA es una batalla perdida de antemano. La salida es, precisamente, la que señala el Pontífice: la necesidad imperiosa de un nuevo humanismo.

Este nuevo humanismo no implica un retorno nostálgico al pasado ni un abandono de las ciencias exactas. Al contrario, es una evolución obligada. Significa entender que, ante el avance de sistemas capaces de automatizar tareas cognitivas complejas, los atributos más valiosos del ser humano ya no serán la memoria o la velocidad de cálculo, sino aquellos que nos son intrínsecos: la empatía, el pensamiento crítico, la intuición ética, la creatividad y la capacidad de colaborar, la interpretación, el trabajo en equipo, la percepción. Lo exótico será lo artesanal, lo hecho en casa, lo que pensé, lo que analicé, lo que relacioné, lo que construí o diseñé.

El nuevo humanismo es el escudo ético y la caja de herramientas conceptuales que nos permitirán gobernar la tecnología en lugar de ser gobernados por ella.

«La técnica desprovista de alma no emancipa al trabajador, lo desplaza; el verdadero progreso mide su éxito en la preservación de la centralidad humana.» — Inspirado en el espíritu de Magnifica Humanitas.

Esta transición filosófica tiene un campo de batalla inmediato y pragmático: la educación para los nuevos trabajos. Los empleos del futuro —muchos de los cuales aún no tienen nombre— demandarán profesionales mutables. La era de «aprender una profesión para toda la vida» ha muerto. Viene la era de aprender, para desaprender y volver a aprender.

Los nuevos entornos laborales exigirán una alfabetización digital profunda, sí, pero paradójicamente combinada con una formación humanística radical.

¿Cómo debe configurarse, entonces, la educación necesaria para este nuevo paradigma?

  • De la memorización a la curación crítica: Enseñar a hacer las preguntas correctas y a dudar de las respuestas del algoritmo, en lugar de exigir la repetición de datos que ya están en la nube.
  • Transdisciplinariedad obligatoria: Las fronteras entre las ciencias y las humanidades deben disolverse. Un programador del futuro necesitará tanta filosofía y ética como líneas de código; un gestor social necesitará entender de análisis de datos tanto como de psicología.
  • Centralidad de las habilidades blandas: La resiliencia, la adaptabilidad al cambio y la inteligencia emocional deben dejar de ser el «currículum oculto» y convertirse en el eje central de los planes de estudio.

El desafío es inmenso. Los sistemas educativos suelen moverse a la velocidad de los glaciares, mientras que el mercado tecnológico avanza a la velocidad de la luz. Sin embargo, la encíclica de León XIV nos ofrece la brújula perfecta. No se trata de adaptar a los seres humanos para que encajen sumisamente en los nuevos moldes del mercado, sino de transformar la educación para que los futuros trabajadores tengan la capacidad de moldear ese mercado bajo criterios de justicia, ética y dignidad.

El nuevo humanismo no es una utopía romántica; es la estrategia de supervivencia más pragmática que tenemos. Rediseñar la educación bajo esta premisa es el único camino para garantizar que el futuro del trabajo siga siendo, ante todo, un futuro humano.

San Luis ha aceptado el desafío de subirse a este cambio inexorable de paradigma, con la valentía de saber que, está ocurriendo ahora mismo. “Poniendo a la Educación en el centro de las políticas públicas”, suelde repetir hasta el cansancio el Gobernador Claudio Poggi, y eso pone a nuestra Provincia a discutir un tema casi en soledad en el concierto nacional.

En el año de la Educación en San Luis, se debaten y construyen políticas educativas para preparar mejor a nuestros jóvenes para un mañana incierto. Ahora con la certeza que educándolos estarán -sin dudas- mejor preparados, dándole la mejor herramienta que se puede tener para un “buen vivir”.  Depende de ellos mismos. Y eso se llama libertad.

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