A punto de transitar el último tramo de su gestión al frente de la Universidad Nacional de los Comechingones, Agustina Rodríguez Saá repasa logros y tensiones de una institución joven, en expansión y con foco ambiental.
En una conversación extensa, la rectora reivindica la ciencia aplicada al territorio, cuenta historias de graduación que “desbordan” de emoción, advierte por el impacto del ajuste y se mete de lleno en debates clave: microcredenciales, créditos académicos, ética de la inteligencia artificial, y el rol de la universidad pública como motor de desarrollo.
—¿Cómo está la Universidad de los Comechingones?
—La verdad es que me gustaría contar dos historias para reflejar un poco lo que ha sido el año, y cómo está la Universidad.
En mayo firmamos un convenio con la FAO, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. En el marco de la Convención de Cambio Climático de las Naciones Unidas, la FAO está aplicando en la Argentina fondos destinados a la preservación del bosque nativo y, a partir del cumplimiento de determinada normativa y de los avances logrados en su cuidado, San Luis fue elegida para ese financiamiento.
Y se requiere hacer un plan de prevención de incendios forestales, que es un estudio técnico. La FAO eligió a nuestra universidad para hacer ese trabajo técnico profundo, largo, que nos va a llevar 18 meses; y nos eligió por el prestigio de nuestros docentes investigadores y nuestra carrera.
Nosotros tenemos una tecnicatura en gestión de incendios forestales en la que tenemos estudiantes de todo el país, sobre todo porque estamos involucrados en el Plan Nacional de Manejo del Fuego. Entonces es impresionante que el prestigio de ese cuerpo docente hiciera que la FAO nos eligiera para trabajar en la provincia.
Así que firmamos un convenio con FAO, y participó, por supuesto, el Gobierno de la provincia de San Luis. Esto es un financiamiento internacional y de gran relevancia. A nosotros nos puso muy, muy felices haber hecho esa apuesta por esta tecnicatura, por este tema de estudios que se está haciendo en la Universidad, que es vinculado con los riesgos ambientales y los incendios forestales.
Y la segunda historia, también para reflejar el año, tiene que ver con la graduación del 12 de diciembre. Ese día entregamos una nueva tanda de títulos. Ya habíamos completado la primera fila de estudiantes y estaba por comenzar la segunda. Yo tenía a los graduados y graduadas de frente y, justo antes de continuar, miré a quienes ya habían recibido su título: estaban todos profundamente emocionados, muchos de ellos hasta las lágrimas.
Pero uno de los chicos estaba absolutamente conmovido. La compañera al lado lo abrazaba —no eran compañeros, eran graduados de la universidad—, lo abrazaba, lo contenía. Fue una emoción desbordante. Las autoridades que estábamos de este lado también nos emocionábamos.
Cuando mirás todo el auditorio emocionado por recibir títulos, porque un título universitario es mucho más… cuenta historias de vida. Al chico que estaba absolutamente emocionado le había sido absolutamente difícil cursar y lo logró, y recibía su título después de enormes dificultades personales.
Teníamos un padre… teníamos un padre y un hijo recibiendo juntos también títulos. Sí, hermoso, hermoso, con toda su familia. Muchas chicas que son madres. La primera licenciada en paleontología de la provincia, de nuestra universidad, en donde tenemos esta carrera tan especial. Fue absolutamente conmovedor.
Y con estas dos historias un poco lo que te quiero contar, por un lado, es el resultado de estos nueve años que llevamos, y siete nada más desde que nos dieron la puesta en marcha de la Universidad, que es cuando empieza la actividad académica. O sea, el resultado de estos siete años, si querés, de ciencia aplicada al territorio.
La ley de creación de esta universidad dice que prioritariamente nos tenemos que dedicar a las ciencias ambientales. Entonces, ciencias ambientales pensadas en el contexto del cambio climático, de que América Latina necesita adaptarse al cambio climático. Un cambio climático que es una consecuencia de nuestros gases de efecto invernadero; no somos países desarrollados, pero a América Latina nos pega fuerte.
Ciencias pensadas para nuestro territorio, para San Luis, con incendios forestales, con el cuidado del agua, que para nosotros es fundamental. Muchos estudios vinculados con la crecida de los arroyos, el riesgo que eso implica para la población. Además también ciencias pensadas para el beneficio de las personas. Eso en cuanto a FAO.
Y en cuanto a los estudiantes graduados que te cuento, es también para reflejar eso: que nosotros somos una universidad que le está dando oportunidades a chicos y chicas, a jóvenes de la provincia de San Luis y de todo el país. Porque con esta tecnicatura en gestión de incendios forestales, nos desplegamos por todo el país. Nosotros llevamos cuatro graduaciones. En siete años, cuatro graduaciones. Súper bien.
—¿Cuál es el total de graduados?
—Ya estaremos llegando a 60 graduados recibiendo títulos de técnicos o licenciados. Las primeras licenciaturas salieron este año. Pensá que una licenciatura más o menos dura cinco años. Si empezamos hace siete, ya estamos cerrando los primeros ciclos de las carreras.
Hay carreras como ingeniería que todavía estamos abriendo el cuarto año. Por eso, abro paréntesis: por eso nos golpea fuerte la crisis del financiamiento cuando nosotros estamos creciendo.
Pero vuelvo a la primera idea para completar la primera pregunta. En una encuesta entre graduados observamos que entre los primeros graduados que tuvimos, con resultados este año —la primera y segunda camada—, la mayoría, el 70%, trabaja y estudia. Como la mayoría de las universidades públicas, nuestros estudiantes trabajan y estudian, lo cual implica un esfuerzo enorme. Implica que no puedan llevar la trayectoria perfectamente al día. Hay algunos que sí, pero no todos.
De esos graduados, más del 76% son de la provincia de San Luis, tenemos de todo el territorio de la provincia de San Luis, y claro que principalmente del Valle de Conlara.
La oferta académica que tenemos es muy particular, se distingue digamos, del resto de las universidades que tenemos en San Luis. Y después, un dato importante: más del 56% de los graduados son primera generación de graduados en sus familias.
Otro dato, que ya eso se va transformando: de esos primeros graduados muchos son mayores de 35 años. Y con eso nosotros lo que hemos reflejado es que, cuando pensamos la universidad —yo tuve la oportunidad de trabajar en el proyecto antes de que se abriera— veíamos una demanda insatisfecha. Entonces, con estos graduados mayores de 35, no son los jóvenes que empezamos a tener ahora, recién salidos de la escuela secundaria, vemos que la universidad verdaderamente vino a satisfacer esta necesidad, esta demanda de jóvenes, no tan jóvenes, que no habían podido acceder a educación superior.
Así que bueno, te reflejo un poquito esas dos grandes conclusiones de este 2025, que además reflejan el trabajo de estos años: ciencia para el territorio, posibilidades, igualdad de oportunidades.
—¿Sentís que hay una buena vinculación entre lo que se estudia en la universidad y tu territorio?
—Nosotros pensamos esta Universidad para eso. Son temas particulares, está vinculado con las ciencias ambientales. Son carreras que se llaman de vacancia, porque áreas de vacancia son aquellas que no tienen tanta oferta.
Por ejemplo, nosotros hicimos dos ingenierías: la Ingeniería Ambiental y la Ingeniería de Recursos Hídricos, que son ofertas relativamente nuevas y que no son tan demandadas. Hay estudios del sistema universitario, del CONFEDI -Consejo Federal de Decanos y Decanas de Ingeniería de Argentina-, que dicen que nosotros necesitaríamos 4.000 graduados en ingeniería por año y en Argentina no se llega a eso. Y es importante que haya ingenieros e ingenieras.
Entonces, cuando nosotros pensamos en la universidad pensamos en meteorología, en paleontología. Todas estas carreras las pensamos justamente porque tienen que ver con el territorio, resuelven problemas que se vinculan con lo cotidiano y con lo productivo. Por ejemplo, cuidado del agua: nosotros sabemos que el agua es una limitante para el crecimiento de San Luis.

—¿Tiene algún valor simbólico que la universidad se llame como el pueblo originario de la provincia de San Luis?
—Tiene valor simbólico vinculado con nuestra historia y con el pueblo originario que habitó la región. Pero también tiene que ver con la identidad. Lo pensamos mucho con la identidad geográfica y del territorio.
Porque nosotros pensamos en una universidad vinculada con toda la zona de Traslasierra de Córdoba, que es una micro-región. En la pandemia fue impresionante cómo se notó la interacción permanente. Ibas a comprar algo y no había porque están detrás de la sierra. Cosas cotidianas, que ahí dimensionamos esa territorialidad muy fuerte.
Entonces tiene que ver con la identidad de la Costa de los Comechingones, de las sierras. Es una mirada integral: no sólo el reconocimiento de la historia, que es fundamental, sino también esta identidad territorial. Que tiene una oportunidad inmensa. Esto de la FAO nos abrió posibilidades inmensas. Nosotros también, a través de la RUC, la red de universidades que presido, -Red de Universitaria para el Cuidado de la Casa Común- trabajamos mucho con el Papa Francisco. Ahí está el vínculo con cambio climático, con la convención de cambio climático.
Y hay una política inmensa: América Latina reclama fondos para la adaptación climática. Creo que ahí la universidad se puede posicionar enormemente para tratar eso: internacionalizada, pero para nuestro territorio.
Eso yo me lo imagino, si logramos superar esta crisis —que un día se va a superar, confío en eso—, porque la educación superior es un derecho humano. En Argentina está reconocida como un derecho humano incluso en la Constitución, y es una característica del país frente a otros países de América Latina.
En 2018 se hizo la conferencia regional de educación superior. Cada continente hace la suya y después se juntan en la cumbre mundial. América Latina, en su declaración siempre ratifica que la educación superior es un derecho humano universal, una estrategia de desarrollo de los pueblos y un bien público y social.
Son definiciones inmensas. Para nosotros, conseguir una educación superior como derecho humano significa que es una inversión. Si es una inversión, no es un gasto. Y si no es un gasto, nos salimos del debate de la mercantilización.
Por eso digo que esta crisis la vamos a superar. Con la esperanza que nos transmite el Papa Francisco, se va a superar. Y ahí creo que Comechingones tiene la oportunidad de afianzar fuertemente la investigación, el conocimiento, de salir de la región de Traslasierra, de pensar todo el oeste argentino con sus características propias, la desertificación, cómo nos preparamos para seguir creciendo, para tener desarrollo productivo. Me imagino a Comechingones bien arriba, bien posicionada.
—¿Qué ha significado el recorte que ha planteado el Gobierno nacional para el funcionamiento de la Universidad de Comechingones?
—Para nosotros fue muy duro, muy duro, porque somos una universidad que está creciendo, estamos recién en las primeras etapas. Entonces, si a nosotros nos quedó congelado el presupuesto en 2023, por decirlo de una manera, dado que fue la última Ley de Presupuesto, hoy nos van llegando los incrementos salariales que el Gobierno nacional aplica para aumentar los sueldos, que es toda una problemática, pero no nos llega para cargos docentes nuevos.
Y nosotros cada cuatrimestre abrimos materias nuevas, porque vamos a pasar al segundo, al tercer año de ingeniería, cuarto año… todo eso a nosotros nos implicó un fuerte impacto, que lo podemos sortear gracias al esfuerzo que hacen los docentes actuales, que han relegado investigación por mayor dedicación a la docencia.
Entonces logramos sortear y salir adelante, pero están los docentes agotadísimos, cansados, y dejando otra función que interactúa permanentemente: la docencia y la investigación. La investigación nutre a la docencia, la docencia nutre a la investigación. Y eso es un impacto que, a largo plazo, se puede ver reflejado en la calidad, que nosotros estamos buscando cuidar para que no impacte en la calidad educativa.
—Recién, cuando contabas lo del financiamiento externo, decías que uno de los parámetros para elegirlos era el nivel de la plantilla docente.
—Exactamente, exactamente. Para la acreditación de las carreras de ingeniería en CONEAU nosotros asumimos compromisos de que los docentes cumplan determinadas condiciones.
—¿Cómo los seleccionan? ¿Es por concurso?
—Sí, el docente se ingresa por concurso de antecedentes y oposición, por supuesto. Pero hay una primera etapa donde uno va conformando el cuerpo docente, una trayectoria hasta que se van consolidando esos concursos. Concurso de antecedentes y oposición es la forma de ingresar formalmente a la carrera.
Mientras tanto, uno lo va conformando con docentes de manera interina. Y uno se va vinculando. Las temáticas son tan específicas que hay poco docente, por ejemplo, meteorología para cambio climático: no son muchos los climatólogos en Argentina. Pero el sistema funciona muy bien y, generalmente, uno se vincula con otras universidades, se va generando una interacción, y los propios docentes van recomendando colegas y se incorporan a la planta.
Nosotros, además, este año tuvimos una experiencia muy linda, que fue el primer ingreso de docentes por concurso. Cada siete años tienen que revalidar sus cargos. Así que tuvimos todo el proceso de revalidar a los primeros docentes.
Eso va consolidando la carrera docente, el prestigio, el vínculo. Sirvió para quienes revalidaron y para el resto de los docentes, que pusieron su mirada sobre ese trabajo tan, en algún punto, comprometido, de los docentes de nuestra casa de estudios.
—¿Qué cantidad de docentes hay?
—Estaremos en ciento sesenta, más o menos.
—¿Todos tienen que hacer investigación?
—No es una obligación, porque depende de la dedicación. Hay dedicación simple, que son docentes que están diez horas; después, a mayor dedicación, uno puede también investigar. Para cualquier docente con vocación docente es bueno investigar, porque esto te nutre.
—¿Y la temática de investigación la definen ellos o también la conducción de la universidad?
—Nosotros tenemos líneas estratégicas que orientan esa investigación. Y ellos, por supuesto, pueden generar propuestas.
Lo que pasa es que justo cuando nosotros empezábamos a levantar cabeza y a empezar a fomentar la investigación, nos pegó duro lo del financiamiento. Pero, igualmente, apostamos.
¿Qué hicimos cuando cambió el gobierno? Somos una universidad muy pequeña y con un manejo de recursos siempre muy cuidadoso. Hicimos un plan de contingencia. Por ejemplo, replegarnos: teníamos algunas oficinas alquiladas, replegamos todo al edificio, que por suerte pudimos construir, nuestro primer edificio propio, y fue muy importante contar con casa propia.
Hicimos ese repliegue, pudimos reorganizarnos y con recursos propios empezamos a generar, en este último tramo del año, un fortalecimiento en líneas de investigación. Estamos orientando esos recursos propios para fortalecer estas funciones, sobre todo investigación, que a mí me parece fundamental en esta etapa en la que empecemos a crecer, porque es lo que nos nutre, es lo que nos prestigia, es lo que nos permite después que un organismo internacional como FAO nos seleccione.
—¿Qué te da el parámetro para decir “somos una universidad pequeña”? ¿El presupuesto, los alumnos, los años?
—Según las estadísticas. Hay un anuario estadístico de la secretaría o subsecretaría de políticas universitarias, que fija el parámetro por cantidad de alumnos.
Por eso, cuando pensamos la universidad y por la temática que elegíamos, pensamos que íbamos a ser una universidad pequeña. Ahora esto empieza a cambiar porque, con la virtualización y carreras a distancia, se empezó a reconfigurar todo, y a tenemos una cantidad de alumnos inesperada, que nos alegra muchísimo. Creo que tal vez en otro momento dejemos de ser una universidad pequeña.
Originalmente estaba pensada como una universidad pequeña por el área de influencia y por las temáticas, por las carreras que tenemos. Ingeniería en Recursos Hídricos, en Argentina, estudian 200 chicos, no 30.000. Entonces es un indicador en Argentina, no solo en Comechingones porque esté en Merlo. No solamente tiene que ver por eso, sino por las propias carreras: hay que estimular vocaciones científicas.
Nosotros ahí tenemos una mirada muy fuerte de lo que pensamos que es la ciencia argentina. Pero hay un dato: con todos los gobiernos que nos han tocado interactuar, todos nos han remarcado que la oferta académica de nuestra universidad es destacada y buena para el crecimiento productivo de Argentina.
—Qué bueno para un país que demanda mayor cantidad de estudios de ciencias duras.
—Exactamente. Y vinculada, lo digo, con el desarrollo productivo.
—Comechingones también discute esta cuestión de las micro-credenciales académicas.
—Exactamente. ¿Te acordás cuando vino Hugo Juri, a quien le hiciste una entrevista? Juri, que es el ex rector de la Universidad Nacional de Córdoba, vino al plenario de la Red de Universidades y de Institutos que hicimos en Comechingones. Eso fue en mayo del 21. Veníamos saliendo de la pandemia, o no de la pandemia, sino de todo el tema de los aislamientos, y veníamos como reacomodándonos.
En ese plenario estuvo Hugo Juri y estuvo Óscar Alpa, que actualmente es rector de la Universidad Nacional de La Pampa y fue secretario de Políticas Universitarias. Inmediatamente después de que se fue de Merlo, a los pocos días, lo convocaron para ser secretario de Políticas Universitarias.
¿Por qué traigo esta anécdota? Porque en ese plenario, a ellos dos, nosotros —con Víctor Moriñigo, entonces rector de la Universidad Nacional de San Luis— les pedimos que nos dijeran los desafíos y que nos plantearan la agenda del futuro. Y ellos plantearon una agenda que en diciembre del 21 terminó plasmada en la Declaración de San Martín.
La Declaración de San Martín se llama así porque fue firmada en la Universidad Nacional de San Martín y nosotros, coloquialmente en el sistema universitario, le llamamos “los siete puntos”. Siete puntos que son siete puntos estratégicos que planteamos.
La pandemia nos vino a zarandear fuerte el sistema universitario. Y en ese plenario Óscar Alpa era el presidente de la Comisión de Asuntos Académicos del CIN. Entonces venía trabajando desde 2020 con todos los secretarios y secretarias académicos de nuestras universidades en cómo abordar la pandemia y la virtualización.
Entonces ahí hubo una semillita en Comechingones, que además Óscar y Hugo siempre, públicamente, cuando están en encuentros, rememoran ese día. El último fue ahora, en diciembre: hicimos un plenario extraordinario en el CIN porque cumplió 40 años. Y ellos, que hicieron la conferencia de cierre, en su intercambio de opiniones recordaron el plenario de Comechingones como la semillita de estos siete puntos.
Los siete puntos son esta propuesta que hicimos desde el CIN de cómo actualizar el sistema universitario de acuerdo a este cambio de época impresionante que vivimos. Y somos muy conscientes en el CIN de que hay que cambiar, actualizar y profundizar en la modernización del sistema. Ahí vienen las microcredenciales, entre otras.
De estos siete puntos hay un núcleo duro vinculado con lo académico que tiene que ver, primero, con las modalidades de enseñanza-aprendizaje: virtualización, clases híbridas, educación a distancia, cómo incorporamos la tecnología al día a día de la enseñanza y el aprendizaje.
Después tenemos un planteo fuerte: sincerar la duración teórica frente a la duración real de las carreras. Nosotros tenemos nuestra licenciatura en Meteorología, en su plan de estudio dice que dura cinco años, pero la carga real es de 4.000 horas en total. Eso implicaría que el estudiante esté ocho horas diarias dedicado, por lo menos, al estudio: los cinco días de la semana, ocho horas diarias. Y según nuestra encuesta de graduados y graduadas, los estudiantes trabajan y estudian.
Entonces hay que sincerar eso. Se hizo toda una propuesta: plantearnos seriamente, por ejemplo, contenidos que se repiten en distintos espacios curriculares. Si uno los sincera, los trabaja seriamente, los aborda, lograremos tal vez acortar sin perder calidad. Porque lo importante es no perder calidad. En ese acortamiento de carreras hay mucho prejuicio: “vas a bajar la calidad”. No, no; es trabajarlo seriamente y sinceramente.
Ahí es donde vienen los créditos académicos. El crédito académico permite esta mirada centrada en el estudiante: ver cuánto le lleva al estudiante estudiar un espacio curricular y así toda la carrera. Y cómo, por esto, tenés tantos créditos académicos. Entendemos que permite abordar esto y modernizar.
Y después estaba también el reconocimiento de trayectos formativos. Cuando nosotros empezábamos a pensar, en 2016, que abríamos las puertas, pero que estábamos preparando el proyecto que nos tenía que aprobar el Ministerio de Educación, el debate interno entre académicos y académicas era fuerte. Empezamos a hablar de tecnicaturas y hubo un sector de la mesa que se puso muy incómodo. Ese día no hubo consenso. Nos fuimos todos enojados. Dije: bueno, esperamos una semanita, dos, nos volvemos a juntar, y costó mucho introducir las tecnicaturas.
Porque para el sistema universitario, hace nueve años, no tenían prestigio. Hoy la mayoría de nuestros estudiantes elige carreras cortas. Y eso es también actualizarnos a las demandas.
Entonces, si vos al chico le proponés la tecnicatura, le das el título y le decís: “Mirá, si seguís un poquito más, sos licenciado o licenciada”, se súper enganchan. Es otra mirada. Hay que mirar la realidad de los jóvenes:
—¿Eso es el mercado que se mete en la academia?
—No, en este caso nosotros no estamos pensando en una mirada… No, porque puede ser visto como mercantilista. Nosotros lo miramos desde la mirada de cómo es ahora.
Y si hacemos una mirada más profunda, este cambio acelerado y este cambio de época nos muestra que sí: el capitalismo está siendo más profundo, se están acentuando rasgos negativos desde mi punto de vista, como el individualismo, la mercantilización. En algún punto sí podemos decir que hay una influencia.
Entonces, ¿cómo abordarlo para que eso no acontezca? Para que la mirada sea integral, para que haya pensamiento crítico. Cada vez más, para los jóvenes que llegan, el humanismo, los valores…
Creo que vos conocés que nosotros tuvimos la experiencia, 200 Universidades de América Latina, de habernos reunido con el Papa Francisco.
—Te iba a preguntar sobre eso, porque tenés en tu estado una foto del Papa Francisco. ¿Qué significó ese encuentro para vos, en lo personal o en términos de tu rol como rectora?
—Mi rol como rectora, la verdad es que te tengo que contar… porque además lo tengo en mi estado: yo presido la Red de Universidades para el Cuidado de la Casa Común, de toda América, que fue la red organizadora de ese encuentro con el Papa Francisco.
En el momento de esa foto yo le estoy entregando al Papa una declaración que firmamos los rectores que estábamos ahí presentes, de compromiso con la ética para la inteligencia artificial, que promovía el Papa Francisco, y los rectores nos comprometimos. Entonces tuve la oportunidad de estar con él.

—¿Y qué los llevó al Papa Francisco?
—Sobre todo esta red, estos 200 rectores que fuimos. Somos universidades muy heterogéneas: universidades públicas laicas, laicas como Comechingones y como todas las argentinas que fuimos, y muchas más. Hay universidades privadas, privadas confesionales, otras que no. Hay del judaísmo, del catolicismo. Es muy heterogéneo.
Pero el Papa Francisco, ¿por qué nos convocó? Porque él escribe la encíclica Laudato Si, en 2015. Es la encíclica de la doctrina social de la Iglesia. Pero cuando inicia la encíclica dice: “Esta encíclica es para los fieles católicos”, como empiezan todas. Inmediatamente dice: “Pero quiero invitar a todas las personas que adhieran a estos pensamientos a que reflexionemos juntos”.
—Es una invitación global.
—Con una invitación global independientemente de la religión. Y ahí es donde nos sentimos convocadas las universidades laicas.
Él hace una reflexión de las consecuencias del actual modelo de desarrollo, cómo están impactando en las personas. Desde cuestiones ambientales —que fueron las que a mí me llevaron, del cambio climático—, pero él profundiza enormemente en temas laborales, en la cultura del descarte, pero no desde lo ambiental: la cultura de las personas descartadas.
Él habla de los adultos mayores. Fue impresionante. Fue muy conmovedor el diálogo que tuvimos con él. En la encíclica, al final escribe un capítulo dedicado a la educación. Dice: “Para salir de esto el camino es el educativo”. Y tiene que estar la ciencia pensando el cambio frente a este paradigma, porque él no dice la solución.
Y él, a quien muchas veces lo tachaban injustamente de anticapitalista, dice: Yo no estoy diciendo que soy anticapitalista. Estoy diciendo que el modelo actual, vigente como está, tiene estas consecuencias. Puede ser un capitalismo mejorado, puede ser otro modelo, no sé, hay que pensar. Y eso es lo que invitó él, hasta ahí llegó.
Eso es lo que llamó pacto educativo global, donde tenía siete puntos y uno era el cuidado de la casa común. Y eso es lo que convocó a nuestras universidades.
Tuvimos ese encuentro, que en lo personal me dejó profundamente marcada. Asumir este compromiso por repensar el modelo. En el encuentro nos decía la importancia de las universidades arraigadas en el territorio, la territorialidad, porque son las que conocen.
Por eso para mí lo de la FAO —te llevo al principio— expresa todo eso. Porque nuestras universidades, conociendo nuestro territorio, FAO dijo: “Háganlo ustedes. Ustedes conocen a la gente. Saben la parte del proceso participativo de la ciudadanía”. Nos pidió esto. Mucho juego con la territorialidad.
Una universidad abierta en la vinculación, no cientificista cerrada, decía el Papa Francisco: abierta en diálogo, abierta a otros saberes. No solamente los científicos, también los populares, las ciencias ciudadanas.
—Tengo la sensación de que sobre inteligencia artificial se habla mucho, pero son pocas las personas que saben realmente. ¿Qué hace la Universidad de los Comechingones con la inteligencia artificial? ¿Qué mirada tiene?
—Nosotros en febrero siempre hacemos una reunión con todos los docentes de la universidad. Nos juntamos porque es un día de reflexión, de balance, de proyectarnos para el año. En la reunión de febrero del 2023 empezamos a hablar de inteligencia artificial.
El planteo fue: en realidad la inteligencia artificial se nos estaba colando a través de los estudiantes, porque el estudiante ya empezaba a usar el ChatGPT, ya empezaba a contestar. Hay docentes, en su individualidad, que lo venían trabajando, pero no teníamos una cuestión pensada institucionalmente.
Entonces, bueno, no nos gustó. Había mucha resistencia, por miedo. Te viene a desafiar enormemente tu día a día de dar clases. Entonces planteamos abordar el tema. “Bueno, ahí está, hay que trabajar”.
Nos empezamos a vincular con personas que venían trabajando el tema desde la pedagogía o desde la ciencia de datos, y fuimos haciendo un plan de capacitación primero para nuestros docentes.
En ese contexto, 2023, en septiembre, tenemos el encuentro con el Papa Francisco y nos plantea como gran preocupación…
—¿Esto fue en el año 2023?
—Sí. Febrero del 2023 empezábamos con los docentes, la agenda y cómo abordarla. Porque veníamos de toda la virtualización de las tecnologías, veníamos hablando de temas muy tecnológicos que desafiaban la práctica docente del día a día. Y la inteligencia artificial acelera enormemente todo eso.
En septiembre tenemos el encuentro con el Papa. El Papa nos habla del abordaje desde la mirada ética del uso de la inteligencia artificial, tal vez otra mirada, no tanto con el día a día.
Y cuando volvimos, tuve un acuerdo con el ministro de Ciencia de la provincia de San Luis, un planteo en la provincia, y digo: “Miren, ¿qué les parece si hacemos un congreso, un encuentro, un trabajo para empezar a debatir los temas de inteligencia artificial?”. Así que hicimos el primer encuentro de inteligencia artificial a finales del 24.
Y hasta llegar a finales del 24, nosotros fuimos con un eje fuerte vinculado con la inteligencia artificial en la educación superior, porque es lo que nos importaba a la universidad. Pero con el ministro, en su momento, y con la participación del Gobernador, abordamos también el eje de seguridad, de salud, etcétera, de otras áreas de políticas públicas que se ven impactadas.
Para nosotros la inteligencia artificial es una herramienta. La tenemos que abordar, utilizar y aprovechar. Es muy desafiante, pero son los tiempos actuales, es este cambio de época.
Tengo colegas rectores que han participado en encuentros en distintos lugares, algunos han ido a China, encuentros en educación superior, y dicen que es impresionante todo lo que está pasando. Creo que nosotros en la Argentina nos debemos trabajar fuertemente con eso. Estamos como atrás de la gente.
—Pero los docentes lo están abordando…
—Nuestros docentes lo están abordando fuertemente. Tuvimos una capacitación hace muy poquito con un destacadísimo investigador puntano —no vive en San Luis actualmente, pero como es puntano se vincula mucho con nuestra universidad—, el doctor Ezequiel Álvarez.
Él vino a dar una capacitación sobre herramientas en el uso de la inteligencia artificial y los datos: cómo podemos trabajar con nuestros estudiantes y nosotros mismos trabajar con el chat, con ChatGPT y con cualquier otro.
La mirada era: “Mirá, vos pensás el trabajo práctico y en algún punto le escondés datos; si utiliza bien las herramientas de inteligencia artificial los va a poder detectar”. Tiene que ver mucho con la ciencia de datos, trabaja mucho con el procesamiento.
—¿Le sugieren, en algún sentido, reglar la utilización de inteligencia artificial o no?
—Hay una tendencia en los Estados de reglar. Los que seguimos al Papa Francisco, que habla de la ética, vemos un cuestionamiento: cuestiones éticas, de principios…
Nosotros, en particular, internamente en la universidad todavía no me lo he planteado como una necesidad. Uno puede tener lineamientos. Tal vez sean debates que haya que darse también a nivel Estado, eso sí, por supuesto.

—Una reflexión final: pese a este escenario de crisis, la universidad sigue siendo una de las instituciones con mayor credibilidad y prestigio ante la sociedad. ¿Por qué?
—Sí, totalmente. Volvamos a la primera reflexión: si nuestros graduados y graduadas empiezan a ser la primera generación en su familia, implica progreso, posibilidades de inclusión, ciencia en el territorio. Y eso el ciudadano común lo vive, lo percibe.
Una universidad impacta en el medio mucho más que contarnos por cantidad de alumnos. Porque ese alumno transitó por la universidad. Porque en la universidad hay todos los días un no docente que va y abre las puertas y tiene un trabajo digno. Todos los días un docente que se prepara, estudia, investiga, da clases. Y todo eso, en favor de la Argentina.
Y creo que además hay una conciencia muy grande en Argentina de lo destacada que es la universidad pública. Nos debemos debates de modernización, de actualización, totalmente. No nos puede confundir la mercantilización que decías. Eso no nos puede confundir.
Nosotros tenemos este núcleo de garantizar el derecho humano, un derecho humano que además se debe a un territorio, a toda la Argentina. Toda la ciencia tiene que ser pensada en favor de la Argentina. Por eso se habla de la pertinencia, de que sean adecuados.
Creo que por eso es prestigiosa. Y aparte porque las universidades, en el mundo, en la historia de la humanidad, son instituciones de las primeras de la historia de la civilización.
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