La campaña de Adolfo Rodríguez Saá para intentar regresar a la Gobernación en 2027 parece haber comenzado con una práctica demasiado vieja para una candidatura que necesita hablarle al San Luis del futuro.
En distintos puntos de la provincia comenzaron a aparecer carteles turísticos y viales intervenidos con la inscripción “Adolfo 2027”, una señal inequívoca de que el cinco veces gobernador empieza a instalar anticipadamente su nombre de cara a las próximas elecciones provinciales.
Las imágenes resultan elocuentes. Un cartel que invita a conectarse “con la magia de los ríos” y señala que El Trapiche se encuentra a 17 kilómetros lleva estampado sobre su superficie el nombre de Adolfo y el año electoral. Lo mismo ocurre con otro ubicado en cercanías de El Volcán, destinado a promocionar el balneario La Hoya.
El problema excede incluso la discusión sobre quién es el candidato.
En tiempos en los que la comunicación política cambió radicalmente, las campañas electorales disponen de redes sociales, plataformas digitales, contenidos audiovisuales y herramientas de segmentación capaces de llegar de manera directa a miles de personas. Frente a ese escenario, volver a marcar carteles instalados en la vía pública remite a una forma de hacer política que parecía haber quedado atrás.

Pero existe además una diferencia importante: una cosa es colocar cartelería partidaria y otra, muy distinta, utilizar como soporte de una campaña electoral señalética concebida para otra finalidad y financiada con el aporte de los contribuyentes.
Los carteles intervenidos forman parte de la comunicación turística y vial de San Luis. Informan distancias, promocionan localidades y balnearios y acompañan a quienes recorren la provincia. Superponer sobre ellos una consigna electoral no agrega información: la invade.
La política argentina conoce sobradamente estas prácticas. Durante décadas, paredes, postes, puentes, señales y cuanto espacio estuviera disponible fueron convertidos en territorio de disputa partidaria. El nombre del candidato debía aparecer en todas partes. Cuanto mayor fuera la ocupación del espacio público, mayor parecía ser la demostración de fuerza.
El mundo de la comunicación, sin embargo, cambió.
Hoy una campaña puede construir identidad, instalar una candidatura y discutir ideas sin necesidad de apropiarse de cada superficie disponible. Incluso podría sostenerse que una campaña que pretende presentarse como alternativa para gobernar San Luis debería comenzar demostrando cómo entiende y respeta aquello que pertenece a todos.
Por eso la aparición de “Adolfo 2027” sobre carteles turísticos deja una primera fotografía poco favorable para el regreso electoral del exgobernador.
No porque resulte extraño que Rodríguez Saá quiera volver a competir por el poder. Está en todo su derecho de hacerlo y será la sociedad sanluiseña la que eventualmente evalúe su propuesta.
La cuestión es otra.
Si “Adolfo 2027” pretende ser el comienzo de una nueva etapa política, arrancó utilizando una de las herramientas más viejas de la política. Y arrancó mal.