En la semana del nacimiento de Antonio Esteban Agüero vale correrlo del altar donde algunos lo dejaron. Consagrado como el poeta más reconocido de San Luis, Agüero también fue el hombre que tuvo que pedir plata porque tenía hambre; el radical que festejó la muerte del general Aramburu; el agnóstico que escribió una de las plegarias más íntimas de la poesía argentina (Canción del Buscador de Dios); el merlino que apagó su vida entre bares y tragos; y el exministro que, meses antes de morir a los 53, escribió que quería irse de San Luis para siempre.
Estas son las cinco historias que la liturgia de los aniversarios suele esquivar.
1. El político incómodo
Agüero firmaba sus cartas como “El Poeta”, con mayúsculas iniciales. Pero durante años también fue un cuadro político influyente en San Luis: adherente de la Unión Cívica Radical, se alineó con la UCRI frondizista y ocupó cargos de peso en la provincia. Encabezó el Consejo Provincial de Educación entre 1955 y 1956, fue director de Cultura en 1957, ministro de Previsión Social y Educación ese mismo año y ministro de Gobierno entre 1958 y 1959, durante la gobernación de Alberto Domeniconi.
Un hecho raro lo había marcado temprano: en diciembre de 1952 terminó preso —lo estuvo durante tres meses— por una supuesta conspiración contra el gobierno de Juan Domingo Perón. La causa mezcló clima de complot y literatura: el origen habría sido un poema con pinceladas sarcásticas, “Yo, Presidente”, en el que fantaseaba con entrar a la Plaza de Mayo al frente de un ejército de jinetes espectrales “para ser Presidente y organizar la Patria”.
Después, con el peronismo barrido y proscripto en el ‘55, volvió a la vida pública. Con el radicalismo intransigente empujó una agenda laica, lejos del conservadurismo de comité. Llegó a ser convencional constituyente en la reforma provincial de 1962, una Constitución que quedó atrapada en la crisis política y la intervención federal de ese año.
Agüero iba a diario a la casa de su primo Miguel Ángel Flores para hablar de revoluciones, organizaciones armadas y noticias que llegaban desde Cuba. Distintos testimonios dicen que cuando Montoneros mató al general Pedro Eugenio Aramburu, fue a despertarlo de madrugada para acusarlo, en broma, de haber organizado el operativo sin invitarlo.
Sus ideas políticas eran incómodas: demasiado de izquierda para el radicalismo tradicional; demasiado tradicional para la izquierda; demasiado antiperonista para el movimiento nacional y popular.

2. La discípula y el maestro
Entre las muchas relaciones que tejió, una resulta clave para entender su costado humano: su vínculo con la escritora puntana “Beba” Di Genaro.
A sugerencia de su padre —también radical—, “Beba” le mostró a Agüero su cuadernito de poemas cuando entraba en la adolescencia. El merlino leyó un texto sobre el viento Chorrillero y dio su dictamen: “Usted es poeta, siga”. Ella diría, muchos años más tarde, que esa frase le cambió la vida: “Ya nunca más dejé de escribir”.
Con el tiempo, la relación derivó en un intercambio intenso: ella le mandaba sus poemas y él devolvía consejos; él le ofrecía su casa de Merlo cuando ella atravesaba un divorcio; ella salía a defenderlo cuando lo atacaban por su pasado político. La amistad creció en un cruce permanente de cartas y las cartas se convirtieron en un archivo vivo del Agüero más íntimo.

3. El poeta y la pobreza
En sus últimos años, Agüero estuvo lejos de ser un clásico consagrado. “Beba” Di Genaro —fallecida en marzo de 2015 a los 77 años— siempre recordaba que luchó para la edición de Un hombre dice su pequeño país. Pero cuando consiguió el dinero, el autor le pidió que no mandara la plata a la editorial, sino a él, porque tenía hambre. Su marido, “Alfi” Menéndez, la empujó a hacerlo. “Gracias a esa plata, Agüero pudo comer y escribir los últimos años de su vida”, diría Beba muchos años después.
Ese contraste es doloroso: el hombre que había ganado premios nacionales con jurados presididos por Jorge Luis Borges, que había sido funcionario público, necesitaba el desvío de un fondo cultural para comprar carne y pan.
En esa misma correspondencia, que “Beba” reveló en un documental del ciclo De Puño y Letra, emitido hace años en Canal 13 de San Luis, aparece otro subrayado íntimo: en marzo de 1970, poco antes de morir, el poeta, cansado, confiesa que le gustaría irse de la provincia.
Frente a cámara, el testimonio de la escritora fue contundente:
—El Poeta se murió enojado con nosotros, sin querer quedarse en San Luis, dispuesto a irse porque su pobreza en ese tiempo era inmensa. Y hay una carta extraña que dice: “Si yo me voy no lo hago porque me echen, me voy porque tengo ganas. Ningún verso mío, ni en bronce, ni siquiera en papel de estraza, figura en ninguna plaza de mi provincia natal. Por eso me voy, por eso quiero irme, voy a quemar las naves…”.
4. El Che, la peña y la carta peligrosa
La política latinoamericana también se coló en esas cartas. Cuando asesinaron a Ernesto “Che” Guevara en Bolivia, “Beba” Di Genaro tenía una peña literaria en su casa. Esa noche, ella y su grupo escribieron un canto colectivo para el guerrillero que admiraban. El poeta, desde Merlo, respondió con un texto que la dictadura consideraría subversivo años más tarde:
“Así como ustedes allá en su peña, yo también canté un lamento para nuestro compatriota heroico el Che Guevara, que, como el inca Tupac Amaru, desde entonces sigue regando con su sangre la libertad de América”.
El fragmento integró Cartas para un aprendiz, una compilación que circuló como folleto y terminó destruida por los militares. Durante la última dictadura despidieron a “Beba” de su trabajo, la interrogaron y la pusieron bajo sospecha. No solo por el poema erótico “Tengo ganas de hacer el amor esta noche”, que incomodaba a la moral conservadora, sino por ese “Che” que aparecía en sus papeles.

5. Alcohol, nostalgia y un final abrupto
Los últimos años del poeta fueron en caída libre. Testimonios de amigos cercanos describen a un Agüero cada vez más atrapado por el alcohol, con una “tremenda nostalgia” que le borraba el brillo social y lo dejaba, a veces, en un descuido físico que chocaba con la imagen del escritor consagrado.
Pero el fallecido escultor merlino Juan Carlos Ortega, otro radical histórico de la villa turística, cuestionaba a quienes exageraban sus problemas con el alcohol:
— Muchos de los que habían sido sus amigos decían que era un alcohólico terminal, pero si hubiera sido un borracho sus neuronas no hubieran respondido y no hubiera escrito jamás Canción del buscador de Dios. Iba a los boliches, sí, pero ¿por qué? Agüero, cuando estaba en San Luis, era una persona importante, de buena posición económica y social. Pero cuando vuelve a Merlo se dedica solo a escribir y se queda sin ingresos. Todos los que habían sido sus amigos, los que llenaban su casa, esos amigos que eran amigos del poder, se empezaron a ir. Entonces, cuando escribía algo, como ya no iba nadie a su casa, buscaba la crítica en los bares, donde leía su poesía. Eso buscaba Agüero en los boliches. Son lugares donde la gente se refugia, encuentra un amigo. Esta es la imagen que yo tengo de Agüero.
En 1970 el poeta sufrió un accidente cerebrovascular en Merlo y lo trasladaron en una avioneta a San Luis, sin que pudieran salvarlo.
“Beba” Di Genaro recordó esos días con precisión literaria:
—Agüero cae una madrugada en Merlo con un infarto cerebral. Creo que estaba tomando unas copas en un bar, dice que se siente mal, intenta irse y luego cae. Lo traen en avioneta a San Luis y estuvo internado en el sanatorio Ramos Mejía. No me olvido más: el doctor Borra, con mi primo Augusto Di Genaro, lo asisten y le hacen la traqueotomía. Yo veía esa garganta abierta; era tan doloroso. “Yo no quiero morir, es imposible que yo pueda morir, mientras siga la vida en jilgueros y caballos”. Eso es lo que dice en Pregón. “Yo no puedo morir, es imposible”…
Parecía imposible. Pero murió el 18 de junio de 1970, sin fortuna, sin reconocimientos importantes y sin ocupar el lugar central que hoy tiene en la Villa de Merlo, donde su casa se convirtió en el museo más visitado por los turistas y donde Peteco Carabajal le puso música a Digo la Mazamorra.
De Merlo al Vaticano
Décadas después de su muerte, la Universidad Nacional de los Comechingones y la de San Luis editaron juntas Agüero. Poesía, naturaleza y universidad, un libro que reúne textos del poeta con fotografías de la región. El volumen nació como obsequio institucional al papa Francisco, en un encuentro de rectores latinoamericanos en 2023, antes de llegar a las manos del público puntano.
Al recibirlo, el Papa argentino dejó una certeza que, de otra forma, quizás nunca se hubiera revelado: al menos una vez en su vida tuvo en sus manos la poesía del puntano Antonio Esteban Agüero.

Las etapas de una voz
La obra de Agüero también cuenta su biografía. A grandes rasgos, puede leerse en capas:
- El joven del paisaje: Poemas lugareños, Romancero aldeano, las primeras Pastorales. La voz que nombra arroyos, pájaros, labores rurales, pero ya sospecha que bajo la postal bucólica hay historia y conflicto.
- El cantor de la infancia y el árbol: Romancero de niños, Las cantatas del árbol. Poesía para chicos que nunca subestima a los chicos, y un árbol, el Algarrobo Abuelo, que se vuelve sujeto político, testigo de la tierra y del trabajo.
- El poeta cívico: Un hombre dice su pequeño país, la Tonada del viejo amor a la provincia, las piezas que ponen a la patria chica en diálogo con la historia nacional. Allí se mezcla la épica de la tierra con la crítica al poder central y a sus abusos.
- El místico laico y el experimental: Canciones para la voz humana, poemas como “La visita de Beethoven”, “Un poeta llamado Jesús” o la propia Canción del buscador de Dios. Es el tramo final, más introspectivo, donde el paisaje se vuelve memoria, música, diálogo con la muerte.
Lo que permanece en todas esas etapas es una misma operación: tomar la velocidad y la luz del pueblo para convertirla en materia poética y elevar a categoría universal aquello que parece “chico”.