“Fascismo Cosplay”: el desconcierto argentino como síntoma de época

En su nuevo libro, el filósofo cordobés Luis Ignacio García propone una lectura incómoda del fenómeno Milei: no como una anomalía aislada sino como la expresión extrema de una descomposición política, cultural y afectiva incubada durante años en la Argentina.
16 de mayo de 2026
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García, investigador cordobés, publicado por Caja Negra.

¿Puede la inflación ser tan enloquecedora como para llevar a aceptar el enloquecimiento en casi todas las demás esferas de la vida social? ¿Acaso la desaceleración de los precios —que además descansa sobre la pérdida del poder adquisitivo— compensa la aceleración simultánea de la descomposición institucional, política, cultural, comunicativa, diplomática, científica y afectiva del país?

Ese conjunto de preguntas incómodas marca el tono de Fascismo Cosplay. Crónicas del desconcierto en el laboratorio argentino, publicado en febrero de este año por Caja Negra dentro de su colección Futuros Próximos.

Lejos de ofrecer una explicación simplista sobre el ascenso de Javier Milei, García intenta leer el fenómeno libertario como síntoma antes que como causa. Allí aparece uno de los núcleos más provocadores del libro: la idea de que el actual oficialismo no irrumpió desde afuera del sistema político argentino, sino desde sus propias ruinas.

“Todos los escandalizados tenían que entender que Milei era un efecto de los gobiernos que ellos defendieron”, escribe García, señalando que la crisis de representación no comenzó con la llegada libertaria al poder, sino mucho antes, incubada en años de frustración, deterioro económico y agotamiento de las estructuras tradicionales.

El libro evita la comodidad moral de reducir el fenómeno Milei a un accidente irracional o a una simple manipulación mediática. Por el contrario, intenta comprender qué tipo de subjetividad social hizo posible su emergencia.

Allí aparece otro de los aportes más interesantes del ensayo: la idea de que la nueva derecha ya no se organiza principalmente alrededor del viejo odio de clase, sino sobre formas más fragmentadas de resentimiento individual, frustración cotidiana y sensación de humillación permanente.

García no romantiza ese malestar, pero tampoco lo desestima. “¿Cómo podría ser objetable la oscuridad de un sentimiento producto de capas de dolores y penas mal cicatrizadas?”, se pregunta, antes de recuperar una definición tan polémica como reveladora del ensayista Martín Rodríguez: “Milei no tiene razón, pero sus votantes sí”.

Pero quizás el concepto más potente del libro sea el que aparece ya desde el propio título. ¿Por qué “Fascismo Cosplay”? La expresión parece intentar capturar una característica central de las nuevas ultraderechas contemporáneas: su dimensión performática, estética y digital.

No se trataría de una reedición mecánica de los fascismos clásicos del siglo XX, sino de una forma degradada, algorítmica y espectacularizada de autoritarismo, construida entre redes sociales, provocación permanente, memes, streaming y demolición sistemática de toda autoridad simbólica previa.

En ese contexto, el negacionismo deja de funcionar únicamente como posición ideológica para convertirse en estrategia discursiva. García lo define como “una operación metadiscursiva que hace pasar el desmontaje del régimen de la opinión como una opinión más”. El resultado de esa lógica es una paradoja inquietante: gobiernos cada vez más autoritarios que logran presentarse a sí mismos como defensores absolutos de la libertad.

Como el libro surgió originalmente de una serie de posteos y reflexiones en redes sociales, el ensayo conserva algo del pulso urgente de la vida cotidiana. Y allí es donde aparecen algunos de sus pasajes más inquietantes, especialmente cuando aborda la violencia adolescente, la crisis de transmisión entre generaciones y la impotencia contemporánea para construir vínculos duraderos.

“La impotencia de los padres para comprender; la de los adolescentes para relacionarse y disfrutar de esa edad; la de ambas generaciones para ejercitar el arte de la transmisión”, enumera García, antes de conectar esa fragilidad emocional con las formas de radicalización política promovidas por las ultraderechas globales.

Más que un tratado académico cerrado, Fascismo Cosplay funciona como una crónica filosófica del desconcierto argentino. Un intento por pensar una época donde la estabilidad económica aparece, muchas veces, conviviendo con la demolición de casi todos los consensos sociales, culturales y democráticos que hasta hace poco parecían indiscutibles.

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